- XIV -
La joya de Magallanes

     -¿Qué es aquello? ¿La casa... la cruz negra... el pontón?...

     -La Congeladora.

     -¿Y el pontón que se ve tan cerca entre las casas y la cruz?

     -Pertenece a la fábrica. También tiene una parte de la maquinaria.

     -¿Es muy importante el establecimiento?

     -Mucho. Pertenece a Woods y Compañía. Ahora va a ocuparse de la exportación de ganado en pie. Ya ha hecho un ensayo con buen éxito.

     -¿Estamos en la primera angostura? ¿No se llaman angosturas estos pasos más estrechos?

     -En la primera; según se cuente... Ya sabe usted lo del cesante que vivía en el primer piso, a partir desde el cielo...

     Un poco más tarde:

     -¿Qué son esos puntos blancos que se mueven en la costa?

     -¿Cuáles?

     -Aquellos... Parecen terneros...

     -¡Ah! sí; son ovejas...

     -Y muchas... Probablemente malvineras como más al norte, del tamaño de animales vacunos... ¡Cuántas!

     -¡Y las que no se ven!... Son de Menéndez. Aquí, sobre la costa, tiene más de 100.000.

     -¿Sin exageración?

     -Más de 100.000, seguro.

     Poco rato después:

     -Más ovejas, ¿no?

     -En efecto.

     -¿De quién?

     -De Reynard.

     -¿Cuántas?

     -Más de 100.000 también.

     -¡Pero, hombre! ¡Pero, hombre!

     Y se me abrían los ojos, y me decaían las mandíbulas, con aquella sorpresa. ¡Cómo! ¿Había en el extremo de América establecimientos así? ¿planteles semejantes de fortuna? ¿capitales tan grandes en juego? ¿fuerza tal de expansión y crecimiento?

     -¿Con que Reynard? ¿Con que Menéndez? ¡Cien mil y más ovejas cada uno!

     -¡Oh! Menéndez tiene y tiene... Ahora puebla en Santa Cruz y se establece en Tierra del Fuego. Los planos locales están llenos de la repetición de su nombre, y tiene en Punta Arenas una casa de comercio que no estaría mal en Buenos Aires, y una línea de vapores, y... ¡qué sé yo!

     -¿Algún capitalista europeo?...

     -Un hombre de su trabajo, y un hijo de sus obras. Vino pobre, hace muchos años. Se cuentan sobre él las historias más raras. Sus orígenes humildes han dado lugar a una porción de leyendas, interesantes como todas las leyendas; rapsodias por lo común, en que se le cuelgan milagros que no ha hecho, y se le atribuyen parecidos con otros triunfadores de los países nuevos...

     -¿Por ejemplo?

     -Con Barnatto... sin las minas.

     -¡Cuente usted eso!...

     -Y usted, indiscreto, lo contará a su vez en La Nación... ¿Verdad?

     -Para eso estamos.

     -Pero no garantizo la autenticidad de la narración...

     -Ni yo diré que usted me la ha hecho. Verdad o mentira, también la biografía tiene su interés, cuando sale de la órbita de lo vulgar. E imagine, amigo mío, qué bien parecerá algo de ameno, por ejemplo, después de la historia del Magallanes, y de un sinnúmero de datos estadísticos... Lo de Barnatto me ha intrigado... Decía usted que Menéndez...

     -El señor Menéndez, hoy millonario, gran hacendado, progresista, hombre de negocios de mucho olfato, y muy correcta persona en el trato social -ya lo conocerá usted-, vino hace muchos años a Punta Arenas, en una situación precaria, según se dice. Acompañaba -agrega la leyenda- a un pobre saltimbanqui que traía un teatrito de títeres. La población, deseosa de diversiones, acogió aquélla como un verdadero regalo, y aunque el espectáculo no fuera muy atrayente ni muy subyugante, lo frecuentó, permitiendo a sus introductores hacer algunas economías. Menéndez, muy cuerdo y muy práctico, se sirvió de ellas para establecerse con una pequeña casa de comercio, que prosperó gracias a su espíritu de empresa, a su sagacidad para los negocios, a su tesón y... al medio en que actuaba.

     -Sí, el medio... El medio es uno de los pocos semi-vírgenes que van quedando en el mundo: no ha aprendido a ser ingrato todavía. Me gustaría compararlo con la Australia de los primeros tiempos... tanto más, cuanto que ésta es la tierra más austral del continente americano... Pero el personaje vale lo que el medio, es un gran producto de estos países, una síntesis determinada de sus pobladores... aunque sólo sea cierta una parte de su leyenda.

     -Poco más o menos... Otra lo presenta como elemento de una compañía de circo, que -más inteligente que sus compañeros- se quedó en Punta Arenas, con la visión del porvenir, perseverando hasta el extremo de trabajar él solo, como un Proteo, en todos los papeles, o como dicen los acróbatas y artistas, en «todos los números», bajo una carpita que se llenaba de mineros, de piratas, de todos los ecumeurs de estos mares y estas costas, pródigos como cuantos ganan fácilmente el dinero. En fin, Menéndez está rodeado del prestigio que le presta su éxito y del enorme que lo añade la envidia, yendo a buscar sus principios, para denigrarlo, y que sólo consigue hacerlo un personaje de novela.

     -¡Interesantísimo!

     -¡No! no tome usted notas... o prométame no decir quién lo ha contado eso.

     -¿Para qué decirlo?... ¿Y está usted seguro de que podré conocer a Menéndez?

     -Y de que se encontrará usted con un hombre muy agradable y de ideas muy claras, que extiende hoy su radio de acción a nuestro país, como ya le he dicho. Sí, lo conocerá, como podrá conocer gran parte de la población de Punta Arenas, la más extraordinaria que haya usted visto hasta ahora, por sus componentes y por... su fermento. Porque aquello fermenta que es un gusto, y está produciendo algo muy raro: un pueblo con caracteres propios.

     Seguíamos navegando sobre las aguas apresuradas del Estrecho, en medio de una atmósfera tibia, clara y tranquila; del uno y del otro lado veíamos la costa chilena de Patagonia y de Tierra del Fuego, con montículos y entalladuras cubiertas de yerba, más amena ya que la Patagonia propiamente dicha, como si tras larga navegación por tierras áridas y frías fuéramos entrando en la zona templada.

     Y nuevas preguntas:

     -¿Qué es aquello? ¿Un canal? ¿Una bahía? ¿La entrada esa?...

     -Bahía Peckett. La Isla que se vislumbra allá, a proa, es la Isabel. Ya estamos cerca de Punta Arenas.

     -En efecto, comienza a animarse el paisaje. Hay más ovejas...

     -Pocas. Son de Hamilton y Saunders, pero no se recuestan mucho a la costa.

     -¿Cuántas tienen?

     -Treinta mil... Si usted dejara la profesión... Pero no quiero hacer epigramas.

     -Gracias. Me vengaría... Ahora comienzan a verse algunas casas aisladas; supongo que irán aumentando un poco hasta las cercanías de Punta Arenas...

     -Y un mucho también. Punta Arenas va a ser una sorpresa para usted, que ya tiene el ojo acostumbrado a Madryn, Santa Cruz, Gallegos...

     ...Cuando, con gallarda maniobra el Villarino trazó una curva sobre la ola rizada, ya la voz del comandante redobló la cadena del ancla en el escobén, saltó el agua pulverizada hasta la borda, sonó el telégrafo con el campanillazo de «máquina atrás» y luego con el «Stop» final, y quedamos fondeados, sólo entonces me di cuenta de lo que era y de lo que valía la joya del Magallanes, Punta Arenas, tendida sobre colinas verdes, casi casi como una risueña Montevideo del sur.

     Aquella tarde no desembarcamos.

     Tuvimos que aguardar, primero, a que la capitanía del puerto nos diera entrada, como lo hizo sin gran pérdida de tiempo; luego se trasladó a bordo el cónsul interino de nuestro país, mister Jacobs, que se quedó a comer con nosotros, y que nos dio noticias relativamente frescas de Buenos Aires.

     Es que, mientras los transportes invierten semanas en el viaje de la capital de la República Argentina a Magallanes (verdadero nombre de Punta Arenas), los vapores de la P. S. N. C. que salen de Montevideo, llegan en 120 horas de navegación, poco más menos, y adelantan, naturalmente, la correspondencia una porción de días.

     ¡Oh! Punta Arenas es la población del sur más socorrida en cuanto a comunicaciones, y su movimiento tendrá que hacerse más intenso cada vez, gracias a ellas. Véase sus líneas de vapores:

     Pacific Steam Navigation Company, con dos buques cada mes, que tocan a la ida y al regreso en Magallanes.

     Lloyd. Norte Alemán con un vapor por semana. Tocan, pues, ocho veces al mes en dicho puerto.

     Messageries Maritimes, un vapor quincenal.

     Kosmos (de Hamburgo) quincenal; cada mes toca una vez en las islas Malvinas.

     Chargeurs Réunis, en combinación con las M. M., quincenal.

     Hay además una compañía italiana que hace servicio regular cada veinte días o un mes, y una norte americana, que sirve de vez en cuando a aquel puerto. Pero esto no es todo.

     Para el cabotaje, salvamentos, etc., existen también en Punta Arenas cuatro compañías locales de vapores: la de Braun y Blanchard, con cuatro buques, Lovart, Torino, Vichuquen y Antonio Díaz; la de Kurtz y Wahlen, con dos; la de Menéndez con dos también, y la sociedad anónima que arma el Albatros.

     Cuters, goletas, pailebotes de dos y tres palos, de veinticinco a doscientos toneladas y más, abundan en el puerto, y llevan casi sin excepción la bandera chilena; estos barcos hacen toda especie de trabajo, desde el flete sencillo, hasta las expediciones a caza de lobos o en busca de oro en la Tierra del Fuego; y sea lo que hagan, contribuyen a impulsar y fomentar la colonia, que de pocos años a esta parte progresa de una manera no sólo visible, sino también sorprendente.

     Podíamos, desde la cubierta del Villarino, examinar a nuestro sabor el panorama de la risueña villa, que iba poco a poco esfumándose con la lenta caída de la tarde: las calles accidentadas, los largos muelles que se internaban en el agua, las casillas de madera del puerto, las más vistosas del centro, y aquí y allá, dominadores, uno que otro edificio de material, con aspecto de palacio, la esbelta torre de la iglesia, todavía con su andamiaje, todo ello destacándose sobre el doble telón de las colinas en cuya falda se tiende Magallanes. ¡Qué sorpresa para los que esperábamos hallarnos frente a un pueblito mal trazado, de casas diseminadas y tristes, como los otros de la Patagonia! Las calles centrales, bien delineadas, corrían compactas, y sus edificios, de forma graciosa, tenían tonalidades alegres en medio de la atmósfera clara; animaban el puerto carros y carretas ocupados en operaciones de carga; resonaban martillazos en la costa, en los pequeños astilleros donde se construyen buquecitos de cabotaje; lanchas a vela y a vapor surcaban las aguas tranquilas, ya dando largas bordadas... ya marchando en inflexible línea recta. Y Magallanes tenía un aspecto de actividad jubilosa; parecía más grande, ya ciudad hecha, con sus cinco mil habitantes escasos, después de la visión melancólica de los cuasi abandonados pueblos de la costa argentina...

     Ya tiene, en efecto, vida propia, y en la faja de tierra que pertenece a Chile y corre sobre el Estrecho, existen numerosos e importantes establecimientos ganaderos, algunos de los cuales he señalado ya, y cuya ubicación puede verse en el plano adjunto. Los principales son los siguientes:

     Menéndez, ya nombrado, con 100.000 ovejas; Reynard, que tiene también una grasería, 100.000; Hamilton y Saunders, 30.000; Bous, hacienda vacuna, ignoro en que cantidad; Wagner, 5000 ovejas; Shuitembourg, estancia con vacas pertenecientes al señor Adet; Hivera y Blanchard, 15.000 ovejas; Bonvalot, 10.000. Cuéntanse, además, numerosos establecimientos de menor cuantía, estanzuelas y puestos que pueblan casi todo el territorio.

     Hacia el norte están los toldos del cacique tehuelche Mulato, que posee unas trescientas vacas, otras tantas yeguas y ha formado una especie de pueblito indígena.

     Todo esto asegura a Magallanes los medios de existencia, la seguridad de atender a las primeras necesidades de la vida, sin tener que esperarlos de fuera; contribuye también a su enriquecimiento, cuya fuente principal no es, sin embargo, la ganadería, sino el comercio, la explotación de minas... de mineros sobre todo, la caza de anfibios, los salvamentos y ¿por qué no decirlo?, hasta la piratería misma, plaga que en muchos años no se desterrará de los mares del sur.

     ...Después de comer nos preparamos a bajar a tierra, acompañados por el señor Jacobs, que nos invitó a pasar un momento en su casa.

     -Lástima que no hayan llegado ustedes anoche -nos dijo- hubieran conocido de una sola vez a la sociedad de Punta Arenas, porque, festejando el entierro de carnaval, hemos tenido un gran baile en el club. ¡Oh! Ha estado muy bueno, muy animado, y se hubieran sorprendido ustedes agradablemente.

     Cuando trepamos al muelle de pasajeros, cómodo y bien construido, era completamente de noche, y reinaba en el pueblo una obscuridad sólo interrumpida aquí y allá por las luces de una que otra casa de comercio. Las calles de acceso al puerto se hallan en bastante buen estado, pero poco más lejos comienzan los pantanos y los rompecabezas, que la falta de alumbrado hace más temibles. Punta Arenas no ha tenido gobierno municipal, lo que explica el abandono de los servicios públicos.

     -Pero dentro de poco tiempo vamos a tener luz eléctrica -nos dijo mister Jacobs-. Está contratada la maquinaria.

     No era ya hora de visitar las casas de comercio, que cierran temprano, pues el movimiento nocturno es naturalmente escaso con la ciudad a obscuras; de otro modo, nos hubieran sorprendido algunas por su importancia y la multiplicidad de sus artículos.

     Es curiosa la historia de algunos de esos establecimientos, como lo es la de las fortunas que en ellos y fuera de ellos se han formado. Repetiré una parte de lo que me han contado y de lo que he podido averiguar, como contribución al estudio de aquel pueblo extraño.

     El fundador de una de las casas más fuertes de Punta Arenas, hoy fallecido, era desertor de una goleta lobera norteamericana. Quedose allí, con intención de hacer por su cuenta la pesca del lobo, y asociándose con algunos presos de la entonces colonia penitenciaria, construyó un barquichuelo, en que se embarcó junto con veintitrés compañeros más, con destino a las roquerías de la Tierra del Fuego. Los expedicionarios permanecieron allí cuatro meses, en la mayor escasez, alimentándose casi exclusivamente de carne de lobo. Pero, en cambio de este sacrificio, volvieron a Punta Arenas con 22.000 cueros, ¡una verdadera fortuna!

     El feliz iniciador de la expedición lobera, o más hábil o más cauto que sus compañeros, invirtió su capital a tanta costa adquirido, en la fundación de una casa de comercio que prosperó a pesar de su ignorancia -o gracias a ella; ¡quién sabe! -pues no conocía ni la o por redonda. Sus compañeros quedaron en la pobreza, y los que viven aún son simples trabajadores, mientras la fortuna que ha dejado aquél, suma muchos mitos de pesos.

     El actual vicecónsul de su majestad británica, sucesor de mister E. S. Younge -señor Stubenrauch, llegó a Punta Arenas el 1883, como dependiente de los señores Wehrhahn y Compañía de Hamburgo y Valparaíso, que acababan de comprar la pequeña casa de comercio de Schröder, la mejor de la localidad en aquel entonces. Más tarde dirigió dicha sucursal, que hoy la ha comprado, dándole gran impulso. Ha sido el primer poblador de la Tierra del Fuego chilena, fundando un establecimiento ganadero en Gente Grande, allá por 1886.

     Otro de los fuertes comerciantes de Magallanes, tuvo un punto de partida aún más humilde, pues llegó en 1882 como inmigrante y sin un centavo. Era un judío polaco, empeñoso y hábil, para quien todos los oficios eran medios de llegar a la realización de sus aspiraciones: fue panadero, fondista, carnicero,  estanciero, y en pocos años alcanzó efectivamente a la fortuna.

Otro judío austríaco, desembarcado en 1884 en Punta Arenas, con unas cuantas monedas de plata por único capital, puso un pequeño despacho de bebidas que atendía su mujer, mientras él trabajaba como blanqueador, vidriero, carpintero y otros menudos oficios. Hoy tiene una casa de importación y exportación, cuyo capital no bajará de $ 150.000.

     Harry Gray, que había sido mayordomo de un vapor del Pacífico, quedose en Punta Arenas, según él mismo cuenta, poseyendo solamente dos libras esterlinas, con las cuales emprendió el comercio de objetos curiosos de los indios, quillangos, artículos de bazar, libros, etc.; trabajó con tan buena suerte, que cuando la revolución chilena, pudo presentarse al gobernador general Valdivieso, ofreciéndole cinco mil libras esterlinas en moneda contante.

     Los que se han establecido ya con algún capital, como Aimé, Jounge, Blanchard, Meidell, Kurtz, Dobrée, etc., no han sido menos felices. Pero no faltan fracasos, sin embargo.

     El más sonado es el de mister Saunders, víctima más de su confianza que de otra cosa. Saunders había sido herrero de la gobernación, y con sus economías estableció el Unión Hotel, a cuyo frente puso a su esposa, para dedicarse él a otros trabajos. El descubrimiento de yacimientos auríferos en Porvenir, puerto de la Tierra del Fuego chilena, situado al este de Magallanes, le incitó a probar fortuna como número. En un principio marchó bastante bien, tanto que se embriagó con la facilidad del triunfo, y desechando medios más lentos pero más seguros, invirtió todo su capital en una mina, la Martha.

     Las perspectivas de los primeros tiempos fueron muy halagüeñas, los rendimientos de la Martha, asombrosos: con cuatro o cinco peones, a quienes pagaba $ 25 y la comida, extrajo de 400 a 500 gramos de oro por mes. Sus ilusiones subieron de punto, juzgaba aquello un tesoro inagotable, y para explotarlo con mayor amplitud, dedicó todas las ganancias a adquirir instrumentos de trabajo, vías férreas, etc...

     Desgraciadamente, en un viaje que hizo en busca de nuevos materiales para su mina, dejola en manos de un empleado infiel que lo defraudó y huyó. Cuando regresó Saunders, habían desaparecido las arenas auríferas recogidas en su ausencia, los peones estaban impagos, las herramientas destruidas... Era la miseria.

     Saunders ha vuelto, después de estar a un paso de la fortuna, a ser herrero de la gobernación de Punta Arenas.

     De modo que aquella vida se ha formado, especialmente, con hombres de esfuerzo propio, de modestos cuando no culpables antecedentes, llevados allí, ya por la indigencia, ya por el odio al castigo o a la sujeción. Porque la primera población de Punta Arenas ha sido -como debe saberse- de presidarios y de desertores. Curiosa amalgama de que tenemos algún ejemplar en el país, como varios que están dando la mano a los territorios del sur, y cuya historia no es del caso recordar.

     La rápida formación de esas fortunas justificaba la afirmación del compañero de viaje: pocas comarcas quedan en la semi-virginidad de esos parajes, pocos pioneers pueden ir todavía a trabajar donde no los haya precedido la especulación; el ruin artificio de valorizar terrenos que aún no han producido cosa alguna, justificaba esa afirmación y hacía nacer este pensamiento:

     -¿Cómo gente tan patriota, abnegada, hábil, imbuida en los secretos de la economía política, vidente del porvenir, pronta al esfuerzo eficaz, puede ignorar aún que existe Punta Arenas, y que Punta Arenas es una lección? ¿No está aquí la prueba palpable de que hemos errado el camino? Magallanes ¿no demuestra de un modo práctico y concluyente que era necesario dejar hacer? ¿Ha creado Chile esta colonia? ¿Se ha preocupado de formarla?

     Lejos de eso. El vecino, hoy mismo, no vende tierras: las arrienda. Pero ha tenido el verdadero concepto del desierto.

     -¿Quiere usted ir... tan lejos?

     -Sí, señor.

     -Pues, vaya usted.

     -Pero... ¿garantías?

     -Las que usted se procure.

     -¿Inmunidades?

     -Las que usted mantenga.

     -Sí. Pero ¿y la autoridad?

     -La enviaré tarde, y entonces lo incomodará a usted lo menos posible.

     -Mas, los derechos de aduana, para quien se arriesga a tanto...

     -No los habrá.

     -Y la policía, tan vejatoria en la campaña...

     -Usted será su propia policía...

     Y este concepto que vimos practicado por vez primera, en este siglo, allá en el Far West Americano, es el que ha formado a Punta Arenas, la más importante población del sur; como que con tales franquicias nadie temió ir a ubicarse, y a invertir capitales, aunque no tuviese el terreno en propiedad.

     (Porque Chile no ha vendido ni vende esas tierras, y queda como propietario enfitéutico de ellas; política práctica que hoy, sin embargo, parecería darle resultados adversos, pues sus hacendados compran campos en la Argentina... Pero él se queda con los suyos, que no se desarriendan, y que valen más cada vez.)

     Australia, California, el África del Sur, todo viene al recuerdo cuando se visitan estas regiones recién abiertas al trabajo y la ambición.

     Punta Arenas, ayer no más presidio, ha comenzado a crecer, a hacer humus -si se me permite decirlo- con verdaderos sedimentos sociales; y como se repitió a propósito de una colonia análoga, «tiene un clima moralizador», corrige y perfecciona. Es decir: los que van allí, después de una falta cometida porque el medio los obligó a ello en cierto modo, no la repiten, porque no la necesitan. Sublata causa... Buen argumento para los que solemos ver en el delito la obra de una fatalidad completamente humana.

     Aquel pueblo, en parte, se compone de piratas, desertores, mineros, loberos, comerciantes sin escrúpulos, prostitutas, militares sin cabida en otros centros, marinos semi-piratas, presidarios, jugadores... y sin embargo es un pueblo que -aparte de ciertas exterioridades, al fin y al cabo perdonables- puede ser comparado con cualquier otro, y de los más correctos...

     ¡Otro tema de estudio!

     Cuando salimos de casa de mister Jacobs, que nos había invitado con una copa de champaña, y cuya señora había sido extremadamente amable con nosotros, visto que sólo estaban abiertas las confiterías, nos preguntamos unos a otros:

     -¿Adónde podemos ir?

     Y el problema parecía sin solución, cuando una voz exclamó, determinada:

     -¡A casa de Piña! ¡A buscar a Piña!

     ¿Quién es Piña? El amigo de los argentinos. ¿Qué hace? Comercio. ¿De qué especie? De todas. Es farmacéutico, fotógrafo, cigarrero...

     -¡Vamos!

     Y fuimos.

     Y nos encontramos con Piña, un hombre grueso y jovial, ya entrado en años, que hace hoy por afición lo que antes hiciera para formar fortuna; vale decir, que ha comanditado a sus antiguos dependientes que tienen la botica, la fotografía, la cigarrería... y lo demás.

     Presentaciones hechas:

     -¿Qué piensan hacer ustedes? -pregunta el señor Piña.

     -Lo que usted quiera -le contestamos.

     -¿Ir al club?

     -¿A qué club?

     -Al de Bomberos.

     -¿No hay, otro?

     -No, señores, salvo el del Pito, sociedad recién formada y que todavía no tiene local. Ella es, justamente, la que dio el baile de anoche.

     Desde Santiago de Chile conté a los lectores de La Nación lo que eran las sociedades de bomberos. Una de ellas existe en Magallanes, tan igual a sus iguales que no tengo por qué describirla.

     Es el club de Bomberos un vasto edificio de madera, con varios salones, uno de ellos suficientemente grande para que se celebren en él funciones teatrales y bailes a que concurre toda la haute de Punta Arenas; en este salón están bombas de incendio, los carros y demás elementos que posee la compañía de voluntarios; en otro salón más pequeño hay billares, mesas de juego, etc. El club es muy frecuentado, como que, fuera de los cafés y confiterías, es el único sitio de reunión.

     Los viajeros fuimos muy galantemente recibidos por los socios, que nos agasajaron cuanto les fue posible, como por regla general sucede a los argentinos que van a Chile, y pasamos en el club horas muy agradables en amena plática. A veces no faltan, sin embargo, descomedidos, pero en aquella ocasión el recibimiento no pudo ser más agradable y satisfactorio.

     Cuando salimos del club era ya tarde, y sólo quedaba abierta en la villa una que otra taberna o fonda, y reinaba en ella un silencio profundo. ¡Muchos de los que habíamos bajado a tierra, optamos por quedarnos a dormir en el hotel, vista la distancia relativamente larga a que había fondeado el Villarino.

     En el hotel, bastante limpio y muy confortable en relación a los otros que habíamos visitado en Patagonia, encontramos enfermo en cama al teniente Guttero, comandante del Golondrina; tenía una afección bastante dolorosa a la garganta, pero felizmente no de gravedad, pues merced a los cuidados del doctor Luque, pocos días más tarde pudo volver al servicio.

     Estaban también allí el ingeniero Krause y otros miembros de la subcomisión de límites, que pensaban reanudar sus tareas un momento interrumpidas. Allí iba a quedar, también, el ingeniero Pastor Tapia, acompañado por sus ayudantes Vernet Lavalle y Ambone, para trasladarse luego a San Sebastián, punto de partida de sus trabajos de mensura, amojonamiento y entrega de los lotes de campo en Tierra del Fuego, que acababa de vender el Gobierno nacional. La base de la operación era la línea de límites con Chile.

     He olvidado decir que Tapia debió haber desembarcado antes en San Sebastián.

     En efecto, cuando salimos de Gallegos hicimos rumbo a ese puerto para dejarlo allí antes de ir a Punta Arenas. Tarde y en una noche obscura como boca de lobo, avistamos las luces del Páramo, el establecimiento minero que fundara Popper; pero el mar estaba agitado, la costa es brava, la noche negra mostrábase lo menos propicia para un desembarco, así es que, apenas dejamos atrás las luces del Páramo, viró de bordo el Villarino, y navegó hacia el Estrecho, renunciando a su primera intención con gran pesar del ingeniero Tapia.

     Este pudo afortunadamente encontrar en Punta Arenas los elementos necesarios para trasladarse con su comitiva y pertrechos a San Sebastián, donde le aguardaban nuevas y más penosas dificultades.

     También en Punta Arenas quedaba otra serie de estimables compañeros de viaje: Sabatier, Nesler, y alguno más que habían contribuido a amenizar las largas horas de navegación.

     Pero no había lugar para la tristeza.

     La mañana siguiente amaneció radiosa, dorando las casitas de madera, haciendo brotar chispas de los cristales en las anchas ventanas, abiertas casi de extremo a extremo de las fachadas para aprovechar la escasa luz del invierno. Risueño era el aspecto de Punta Arenas, fresca y suave la temperatura; las vías públicas animadas presentaban un aspecto de fiesta consolador después de tantos días de soledad en los monótonos pueblos patagónicos.

     Recorrimos, pues, las calles, a la espera del almuerzo, admirando algún edificio, como la casa de la señora viuda de Noguera, que no había mala figura en la Avenida Alvear, los numerosos establecimientos comerciales, atestados de mercaderías, los pequeños jardines como el del Banco de Londres y Tarapaca, o los improvisados en las ventanas, tras de cuyos vidrios brillaban las flores. Las calles son accidentadas, como las de Montevideo, y presentan pintorescas perspectivas; sólo que están -como ya he dicho- en un abandono tal, que no hay quien se anime a internarse en algunas de ellas.

     Abundan los restaurantes, los despachos de bebidas, los billares; no encontré en mi camino una sola librería, ya que no merece el nombre de tal una taberna donde se vende papel y algún libro escolar; pero no hay que extrañarlo, primero porque aquella población no es ni tiene por qué ser muy lectora, y porque artículos de escritorio y obras de batalla los hay en todos los bazares.

     Pronto conocimos la villa entera, que -lo repito- nos agradó y sorprendió, más aún en aquella hermosísima mañana, y dirigimos nuestros pasos hacia el puerto, nos detuvimos ante el gran depósito de carbón del Gobierno chileno, y paseando por la calle Körner, tuvimos ocasión de visitar algunos astilleros, en que se construyen chatas y hasta vaporcitos destinados al servicio del Magallanes.

     En las aguas del puerto había, aparte de nuestro Villarino y el Gaviota, dos o tres buques mercantes, un sinnúmero de embarcaciones menores, y un buque de guerra chileno.

     Allí tuvimos las primeras noticias del Bélgica, cuyas huellas íbamos a seguir hasta San Juan del Salvamento, para no tener luego más noticias de él.

     El buque explorador que se dirigía a la Tierra de Graham, había estado pocas semanas antes en Punta Arenas, a refrescar sus víveres y sin novedad a bordo. Sus jefes y oficiales fueron muy agasajados durante su estadía en el puerto, y un vecino que posee una cría de palomas mensajeras les regaló varias, para ser el primero en conocer el resultado de su viaje... Un mes más tarde supe que de esas palomas sólo una había regresado, pero sin mensaje alguno...

     Como se verá después, el Bélgica había sufrido algunos contratiempos bastante serios antes de llegar a la isla de los Estados.

     Del puerto pasamos a las colinas que limitan la villa formándole como un telón de foro, y desde allí pudimos abarcar el panorama de la ciudad, sentados al pie de una cruz conmemorativa de una misión.

     -¡Quisiera que alguno de nuestros gobernantes viera esto! -exclamó uno de nuestros compañeros- ¡Le daría vergüenza el abandono de los pueblos que nos pertenecen en el extremo sur!...

     Y así es la verdad.

     Un argentino que pise el suelo de Punta Arenas, no puede reprimir un movimiento de disgusto, de desconsuelo, y hasta cierto punto de envidia; no de envidia destructora y estrecha, sino de la que crea la emulación o incita a hacer, a esforzarse, a aprovechar elementos prácticamente utilizables, como lo demuestra aquel pueblo que seis años hace era apenas un villorrio...

     Chile no descuida sus más alejados territorios. No hace mucho ha enviado un nuevo contingente de población a Punta Arenas, unos mil chilenos, cuya incorporación artificial a la villa no deja de presentar serias dificultades, porque todavía no hay trabajo suficiente para todos, y la vida se les hace ardua en esas condiciones.

     Pero obviará eso realizando obras públicas de importancia, ya proyectadas, con cuyo sacrificio logrará probablemente su propósito de nacionalizar aquel pueblo que hasta ayer era compuesto en inmensa parte de extranjeros.    

 

- XV -
Los pobladores del Magallanes

     No había aún sonado la hora del almuerzo, y no sabíamos en qué ocupar el resto de la mañana.

     -¿Vamos al Diluvio? -propuso uno de nosotros, ya conocedor de Punta Arenas.

     -¿Qué es el Diluvio?

     -Un café.

     -¿Y por qué iríamos a un café y no al hotel, donde estaremos mejor?

     -Por dos razones: porque en el Diluvio veremos a una parte no poca curiosa de la población, y porque allí podremos oír un poco de música. El dueño, que es un catalán bajito, colorado y cabezón, toca el piano con bastante habilidad, y luego, allá van a tomar el vermouth muchos loberos, mineros y merodeadores de las costas...

     -Vamos, entonces.

     El Diluvio es un pequeño establecimiento cuyo mueblaje se compone de un mostradorcito atestado de botellas, dos billares,  un piano, algunas mesas y las sillas necesarias. Cuando entramos, presentaba un aspecto animado, pues casi todas las mesas estaban ocupadas, y el propietario tocaba con brío una tanda de valses.

     Este café y sus habituales frecuentadores han sido ya descriptos amena y fielmente por José S. Álvarez, en su trabajo «En el mar austral», aparecido hace poco, y no me detendré más sobre él. Pero como es, efectivamente, un punto de reunión característico, él también tiene que servirme como medio de conocer a los habitantes de aquellas extrañas regiones.

     Había allí, como me lo indicaba mi compañero, curiosas individualidades, hombres enérgicos de rostro curtido por el aire del mar, seres innobles de mirada de ave de rapiña, jóvenes marcados con el estigma del vicio, y trabajadores agobiados por las fatigas de una existencia de lucha. Y de las mesas se elevaba una confusa y extraordinaria algarabía, mezcla de todos los idiomas, en que resaltaba de vez en cuando un modismo del país pronunciado con acento extranjero, o un juramento que dominaba de pronto las sonoras y marcadas cadencias del piano.

     En Panta Arenas se hace mucho la vida de café, lo que ha contribuido a dar a sus habitantes una fama no envidiable, sobre la que han recalcado muchos viajeros, desde Popper, que hizo la más cruel diatriba de aquel pueblo, hasta los que han escrito más recientemente.

     Como, fuera de las expediciones a caza de lobos o en busca de oro, la actividad es muy restringida, el café atrae a la gente, que en él hace vida social y en él se encuentra para hacer sus negocios.

     En aquellos días el tema principal de las conversaciones era la reapertura de la caza de lobos, que después de cuatro años de prohibición, porque comenzaban a escasear dichos animales, tendría lugar el cercano 1.º de Marzo.

     Muchos se preparaban a emprender el lucrativo negocio, ya por su cuenta, ya por la de algún capitalista. Los que forman una expedición por su cuenta, no tienen generalmente grandes recursos, así es que se reúnen varios, hacen sociedad, fletan un barquichuelo, invierten los fondos que les restan en provisiones de boca y ropas de abrigo, y se lanzan al mar, muchas veces para no volver, pues ora los destruye un naufragio, ora los arrebata el oleaje de sobre alguna roca desnuda en que han desembarcado para sorprender a los lobos... Cuando  vuelven y la caza ha sido productiva, malgastan el dinero ganado a costa de tantos esfuerzos y peligros, en las tabernas, con mujerzuelas, o en el juego devorador del pocker, que en Chile baja desde los clubs hasta los figones de última especie.

     Los capitalistas que emprenden la caza del lobo son cada vez menos; el comercio da mejores rendimientos, con exigencias no tan grandes. Igual cosa ocurre con las minas, que ya no parecen ser sino recurso de desesperados. Más fácilmente se enriquece el que provee a los mineros y les compra oro, que el que lo saca de la negra arena en que está envuelto.

     Las expediciones de mineros se hacen poco más o menos lo mismo que las de los loberos. Se asocian cuatro o cinco con cuarenta o cincuenta pesos cada uno, compran víveres, compuestos de porotos, carne salada, charqui, harina, té y azúcar, adquieren lona para hacer carpas, fletan una pequeña ballenera, a veces un simple bote, y se van al sitio elegido, sobre el que alguno de ellos posee datos, o sencillamente a buscar terreno propicio en las cercanías de yacimientos conocidos ya.

     Entonces comienzan los trabajos y padecimientos. Generalmente, para obtener un puñado de oro, tienen que lavar arena meses enteros, de la mañana a la noche, sin tregua ni descanso, sufriendo los rigores de la intemperie, con hambre, aglomerados por la noche como indios en sus miserables carpas. Muchos no vuelven, porque se mueren de frío o de enfermedad, generalmente producida por el guachacay, aguardiente anisado de que llevan consigo abundante provisión.

     Pero a veces la cosecha suele ser fructífera, y el minero regresa rico a Punta Arenas, de donde salió pocos meses antes empujado por la miseria.

     Seis que volvían no hace mucho de una de esas expediciones felices, y que habían recogido diez y ocho kilogramos de oro, fueron sorprendidos en medio del Estrecho por una formidable racha que les tumbó la ligera embarcación en que iban, arrebatándoles el fruto de sus fatigas y la vida misma de casi todos ellos.

     Este año, y en el canal del Beagle, sucumbió otra expedición de mineros. Volvían también a Punta Arenas, cuando su pequeña ballenera fue tumbada del mismo modo. Los que en ese instante estaban sobre la cubierta, menos dos que desaparecieron, lograron asirse de la quilla, quizá sólo para prolongar su agonía... De pronto sintieron golpes en el casco... dentro habían quedado, como en una campana de buzo, los compañeros que se hallaban abajo cuando el siniestro. ¿Cómo socorrerlos? [147] ¿Cómo darles aire, para que pudieran vivir hasta la problemática y providencial llegada de auxilio? Si abrían un agujero, el nivel interior de las aguas subiría inmediatamente, precipitando su muerte; si no lo abrían, la asfixia no podía tardar en producirse... Y los golpes de aquel ataúd flotante se repetían cada vez más desesperados, aumentando la angustia de los tristes que, a cielo abierto, también veían acercarse a grandes pasos el momento postrero...

     De pronto el agua hirvió y se agitó junto al casco volcado, surgió una cabeza, luego un cuerpo, y no sin trabajo izose un hombre hasta la quilla, donde hacían equilibrio sobre el abismo sus compañeros de desgracia.

     Era uno de los que quedaron encerrados, un marinero correntino, gran nadador, que, buceando, había encontrado la escotilla y salido por ella, con rara fortuna... Los otros no sabían nadar... Descansó el hombre, y luego volvió a sumergirse en el agua, con su navaja abierta en la mano. Iba a tratar de desprender uno de los botes, trincado casualmente con cabo y no con cadena sobre cubierta; era la única esperanza de salvación, pues imposible sería mantenerse mucho tiempo en aquella postura sobre el resbaladizo casco. Dos y tres, y cuatro veces sumergiose así, y por fin sus esfuerzos se vieron coronados, y el bote subió a la superficie... Entretanto, los golpes continuaban en el interior de la ballenera... Allí adentro, en la horrible obscuridad de la cámara, debía desarrollarse un drama que desgraciadamente sólo podía tener un desenlace: el abandono y la muerte...

     Así fue, en efecto, el correntino y sus compañeros enderezaron y desagotaron el bote, y dando el último adiós a los enterrados vivos, se alejaron de su embarcación arrastrados por la corriente... Después de mil padecimientos, medio muertos de sed, de hambre y de frío, llegaron a Punta Arenas, más pobres y desamparados que nunca... Allí estaban, en el Diluvio, contando su lamentable historia mientras bebían una copa de pisco, prontos quizás a emprender de nuevo análogas aventuras...

     Y allí me contaron otras no menos desastrosas, algunas de las cuales acabo de encontrar de nuevo en una conferencia de Julio Popper, a quien prefiero ceder la palabra.

     «Reproduzco -dice el conferenciante- la siguiente relación, hecha por un marino que hoy reside en Punta Arenas, el capitán Harry Michelsen. La doy a título de curiosidad, porque el espíritu humano se resiste a concebir todo lo aterrador que resume en algunas palabras.

     »En uno de los viajes loberos que efectuó hace años a la Isla de los Estados, halló en sus playas un barril que contenía carne salada, que examinada detenidamente resultó proceder de restos humanos... ¡Horroroso producto de la desesperación!... ¡Carne de hombre en conserva!

     »¿Habrá sido resultado de algún sorteo caníbal? ¿El último recurso de náufragos que por largo tiempo esperaron la salvación llevada por algún buque de paso? Nadie sabrá decirlo...

     »Pero lo que puede afirmarse con seguridad, lo que está fuera de toda duda, es que un drama que tomó origen en la corte de Austria, en el que coincidía la alta nobleza del protagonista con los novelescos antecedentes de un casamiento morganático, que llamó la atención de todos los hombres ilustrados del mundo, tuvo su trágico desenlace en las abruptas costas de la Isla Desolación, donde, según todos los indicios, fue a estrellarse la Santa Margarita, templo flotante de una pasión amorosa. El archiduque Juan de Austria o más bien Juan Orth, y su adorada Milli Stubel, con todos los tripulantes que los acompañaban, encontraron su trágico fin destrozados quizás por la innumerable fauna que pulula a lo largo de las costas fueguinas, o sepultados en la playa, bajo las cenagosas arenas eternamente azotadas por las rompientes.

     »El capitán Goyet, comandante de la fragata francesa Almendral, de 1670 toneladas, perteneciente a la casa Bordes de Burdeos, refiere que el 24 de Agosto del año próximo pasado fue empujado por un temporal deshecho hacia los escollos del cabo Pilar, extremo oeste del Estrecho de Magallanes. La fragata se hallaba ya en el recinto de las enormes rompientes que se estrellan contra las rocas circundantes; el viento soplaba furioso; colosales olas iban a estrellarse contra el puente del buque, arrancando todo lo que se oponía a su paso. De un momento a otro podía chocar despedazándose contra los escollos que por todas partes le rodeaban, cuando por una circunstancia que el mismo capitán no se explica, encontrose arrastrado por una fuerte corriente hacía el interior del Estrecho, considerable mente averiado el buque, pero fuera ya de peligro. Detrás de él, en la misma desesperada situación, pero algo más al sur, frente a la Isla Desolación, quedaban luchando contra los desencadenados elementos cuatro buques más, que seguramente perecieron, uno de los cuales respondía a la inscripción del Santa Margarita.»

     La frecuencia de los naufragios, de que ya me he ocupado antes, da margen a una especie de oficio bastante lucrativo, a que se dedican muchos de los habitantes de Punta Arenas: el salvamento.

     Por esta clase de operaciones, en que se ocupan algunos vaporcitos de las compañías ya citadas, y las embarcaciones pequeñas, se cobran enormes sumas. Sé de un capitán que recibió en pago el 75% del cargamento que salvó.

     Esas mercaderías van, por cuenta de las compañías de seguros, al comercio de Punta Arenas, que las expende baratas, dando mayores facilidades de vida a la población, aunque no al viajero de paso, a quien no se tiene consideración alguna.

     -Aquel que usted ve allí -me dijo la persona que me servía de cicerone, señalándome a un hombre alto y fuerte, de aspecto decidido-, es minero, y si usted quiere, puede darle informes interesantes sobre el oro de estas costas.

     -Si quiero... ¡puj hombre! -¡como dicen por aquí!...

     Lo llamó, y previas las presentaciones y la invitación al vermouth, el minero se puso en situación de ser interrogado.

     -¿Abunda el oro por estos parajes? -pregunté.

     -Aunque se haya perdido mucho el ánimo por los fracasos sufridos, hoy se trabaja todavía, y no con mal resultado.

     -¿En dónde?

     -Especialmente en Sloggett, en la isla Lenox, en la Nueva, en la Navarino, en todo el archipiélago que se extiende al sudoeste de esta última isla, hasta el paso del Breacknock, en la península Brunswick, y en la Tierra del Rey Guillermo donde Chile está colonizando...

     -¿Y se saca mucho oro?

     -Un tal Orestes Grandi, que trabajaba con algunos indios en la isla Lenox, sacó más de seis kilos en tres meses, lo que es bastante regular. Pero hay yacimientos mejores, que la casualidad puede hacer descubrir un día.

     -Pero si usted afirma que los hay, será porque ya han sido descubiertos...

     -Lo han sido, pero diré a usted... El minero que encuentra un buen paraje, trata de guardar su hallazgo secreto, para explotarlo él solo. Así ha ocurrido con Ceferino Mora, que en poco más de un mes, y ayudado por una mujer india, con elementos escasos y sin herramientas apropiadas, saco más de dos kilos de oro, no se sabe de dónde. Lo sorprendió una helada, y a duras penas logró venirse a morir aquí; la india había muerto antes. Conociendo algunos el buen resultado material de su expedición y el gran rendimiento obtenido, quisieron comprarle el secreto, pero él no cedió y se lo llevó consigo, aunque le ofrecieran dos mil pesos y la mitad de lo que se sacara con mayores elementos, peones, etcétera. Era la fortuna, si se trataba de un sitio tan bueno como parecía... Ahora bien, usted comprenderá que ese yacimiento no está perdido, y que alguien ha de encontrarlo, tarde o temprano.

     -¿Y sólo hay oro en los puntos que usted me ha citado, o también en otros?

     -También se encuentra en las barrancas de Carmen Sylva, al este de Tierra del Fuego, en el Páramo, donde se estableció Popper; y se busca en varios parajes. Algunos mineros han ido hasta la Isla de los Estados, pero parece que sin éxito, aunque Pablo Hansen, vecino de este pueblo, diga que lo ha encontrado. Probablemente será en cantidad tan pequeña, que no compense el trabajo. En Zanja Pike, que usted habrá visto antes de doblar el Cabo de las Vírgenes, se encuentra oro hasta a doscientos metros sobre el nivel del mar... En cuanto a mí, creo que el oro de aluvión concluye en la línea que corre del cabo Peña a la bahía de Sloggett, y es fuera de duda que no lo hay lejos de la costa.

     -Le agradezco mucho estos informes, señor, y aunque abuse de su paciencia, le pediré otro. ¿Qué tales relaciones median entre loberos y mineros?

     El buscador de oro se sonrió, puso el codo sobre la mesa, apoyó la cara en el puño, y me miró un instante.

     -Son lobos de la misma camada -dijo por fin-. El minero de hoy es el lobero de mañana, y viceversa. Unos y otros se prestan auxilio en caso de desgracia. Pero los loberos no frecuentan los mismos parajes, pues podrían ser perseguidos. Digo podrían, porque no se les persigue mucho que digamos. Figúrese usted que vienen desde Europa, como lo prueba el hecho de que en una de mis excursiones encontré en Puerto Cook una flecha clavada con la punta para abajo, con una tabla en que se leía este letrero, en inglés: «Un lobero a vapor Jason, capitán Larsen, 27 de Octubre de 1893». Enterrados al pie de la fecha había un tarro de carne conservada y una botella de whisky. La goleta lobera Sarah W. Hunt, norteamericana, cazó durante nueve años consecutivos, hasta que en 1895 le echaron el guante dos vapores chilenos. De aquí salen todos los años en Julio, Agosto y Septiembre, goletas y pailebotes que van a cazar al sur, en las cercanías del Cabo de Hornos. Nosotros no vamos tan lejos, pero alguna vez los buques loberos que pasan de vuelta nos socorren.

     -¿Y es muy importante el comercio de pieles?

     -Mucho, sí señor.

     -¿A pesar de la prohibición de la caza?

     -Sí; para cerciorarse no tiene usted sino que ver las publicaciones comerciales inglesas. Los noruegos y los belgas son los que más se ocupan de esto, y con resultado, de tal manera que las precauciones que se toman para que no se extingan tan útiles animales, son completamente inútiles, y los gobiernos pierden con ellas entradas importantes para el erario. ¿Cómo perseguir a los loberos, cuando los lobos de dos pelos se han refugiado al sur, en las inmediaciones de Cabo de Hornos, donde no pasan buques de guerra, sino muy rara vez?...

     Llegados a este punto, ya era pasada la hora del almuerzo, así es que nos despedimos del amable interlocutor, y salimos de El Diluvio para encaminarnos al hotel, donde ya nos aguardaban varios compañeros de viaje, echando pestes por nuestra tardanza. Se almorzó bien y alegremente aquel día, después de tantos de mala comida a bordo, y por la tarde se reanudó el paseo, menos interesante ya, pues habíamos visto casi todo lo que hay que ver en Punta Arenas. Por la noche debíamos embarcarnos para zarpar a la madrugada siguiente.

     En las fondas y bodegones había algunos marineros, escasos compradores en las grandes tiendas, en las cuales el movimiento era pequeño; uno que otro carro dirigiéndose al puerto o regresando de él cargado de mercaderías, pocos transeúntes ocupados en sus negocios, sin prisa, con mucho tiempo por delante. El sol alumbraba como con cariño aquella escena; parecía que quisiera despedirse de nosotros, y en efecto, después estuvo muchos días ausente de nuestra vista, haciéndonos recordar y echar algo de menos aquel día hermosísimo. Sólo por momentos, allá en los canales, nos dio inolvidables espectáculos, y en la prolongada residencia de la Isla de los Estados, asomó curioso para vernos y escapar en seguida, haciendo que lo deseáramos más...

     -Mucho se ha hablado hoy de naufragios -me dijo el compañero con quien recorría nuevamente las calles de Punta Arenas-, y de loberos, y de mineros, y de comerciantes. Todo eso es de gran interés, porque tiene cierto gusto a nuevo para nosotros. Si tratáramos de saber algo más al respecto, ya que no hay cosa mejor que hacer...

     -Era mi idea -contesté-. Vamos.

     -Pero, ¿adónde?

     -¿Adónde ha de ser sino al Diluvio? Probablemente allí nos aguardará el minero de esta mañana, que podrá darnos más noticias.

     Debo advertir una vez por todas, y como demostración de agradecimiento, que la mayor parte de mis compañeros de viaje se han constituido por propia voluntad y con la mayor galantería -tanto los que fueron, como los que regresaron conmigo-, en otros tantos decididos y utilísimos colaboradores de este trabajo que, sin tal ayuda, hubiera sido más incompleto de lo que es. Y continúo:

     Fuimos, en efecto, al Diluvio, que estaba -cosa extraña- completamente solo. Pero no tardaron en llegar clientes que ocuparon los billares, acompañando con el chis-chas de las bolas, el trozo de ópera que el dueño de casa tocaba en el piano a pedido nuestro. También fue el minero, que se acercó inmediatamente a nuestra mesa. Entonces pude examinarle a mi sabor.

     Era, como ya he dicho, un hombre alto y fuerte. Sus anchas espaldas estaban, sin embargo, algo agobiadas, y su rostro enérgico, poblado de barbas bermejas y coronado por espesa y dura cabellera, tostado aquí, rojizo allá, presentaba hondas y terrosas arrugas, sobre todo en la frente y junto a la nariz ruda y arqueada. Adivinábase que había padecido y gozado mucho en los treinta y cinco o cuarenta años de su vida, y que su mano callosa y seca había manejado tanto el plato del lavador de oro como el cubilete de los dados. Quizá sea presunción, y este descubrimiento del carácter por los rasgos fisonómicos haya venido ex post facto, después de conocerlo por los indirectos informes recibidos y por la relativa saturación del medio... Sea como sea, el hombre era interesante.

     Nos relató diversas aventuras, nos describió los múltiples padecimientos del aventurero de esas regiones, contonos de hombres enriquecidos y empobrecidos en un abrir y cerrar de ojos, nos hizo historia de otros, llegados de repente al bienestar...

     -Pocos -terminó- han podido triunfar por falta de elementos, por no tener suficientes capitales, o por no tenerlos en absoluto. Para dar gran rendimiento, la arena aurífera tiene que ser trabajada con procedimientos modernos, con buena maquinaria... Popper tenía razón.

     -A propósito de Popper -interrumpí-, ¿qué se piensa de él por acá?

     -¡Psché! No se le quiere mucho que digamos, ni aun después de muerto. También es verdad que antes habían querido matarlo, y que el obispo Fagniano y otros lo salvaron de una pueblada y lo hicieron embarcar. Sin embargo, era un hombre fuerte e inteligente, cuya influencia se ha sentido para bien de estos parajes, aunque sobre todo se ejercitara en beneficio suyo. Al fin, él fundó el establecimiento minero de San Sebastián -el Páramo- y él más que otros hizo conocer lo que era la Tierra del Fuego. Aquí, despreciativamente, le llaman aventurero, y yo digo «¿y qué somos nosotros? ¿qué es la mayoría de los habitantes de estas tierras y estos mares? Sólo que Popper era un aventurero de talento y un hombre de hierro». Y es verdad: su carácter dominador lo hizo extralimitarse algunas veces. Luchó con gobernadores, con policías, con mineros que iban en hordas a su concesión, con los indios, con todo el mundo... y por fin, acuñó moneda que daba en cambio de oro en polvo, e imprimió estampillas de correo, que hasta en Chile circulaban... ¡Oh!, nunca fue blando. Me he tenido que sonreír, al leer una de sus conferencias en que se lamentaba de la amarga suerte de los indios, como si él no los hubiera cazado también cuando su primera expedición, con detalles que no son para repetidos. Pero era un hombre de una actividad pasmosa, de una energía indomable, cuyo papel estaba limitado a lo que hizo: conquistar en cierto modo estas regiones y darlas a conocer al mundo. Y eso lo hizo bien, aunque muriese joven, con tanto impulso se lanzó a realizarlo...

     -Mas, ¿por qué quisieron hacerle daño aquí, en Punta Arenas?

     -¿No lo adivina usted? Pues es muy sencillo. Él, con un piquete de policía, rechazaba a los mineros que iban de aquí a lavar en el Páramo y sus alrededores. Hasta una vez corrió a un grupo con muñecos atados a caballo... Luego después, los que habían trabajado con él, no estaban contentos con la paga recibida... Natural era que no se le quisiese, y hasta que se tratase de jugarle una mala pasada...      -¿Boycotearlo lynchándolo?

     -Justamente.

     -El procedimiento es expeditivo. Pero Popper se ha vengado de él, diciendo lo indecible de Punta Arenas.

     -Y lo han vengado otros, que hoy hacen lo mismo, o peor que él, aprovechándose del trabajador, pagándole con vales que sólo tienen curso en su establecimiento -un boliche con bebidas y un poco de ropa, en que se quedan todos los salarios,  por crecidos que sean. También es cierto que el trabajador europeo tiene que soportar la tremenda competencia que lo hacen los chilotes, los de Chiloé y Chonos, que se conchaban por diez, doce y quince pesos mensuales para trabajar en las minas, y que vienen a ser como una especie de esclavos, pues siempre deben más a sus patrones, por guachacay y alguna camiseta, que lo que han de ganar en muchos meses. Pero ellos soportan bien esas estrecheces, acostumbrados como están a vivir de choros y luche.

     -¿Qué es eso?

     -Choros son mariscos, los que ustedes llaman mejillones; y luche es una preparación que hacen con la fruta del cachiyuyo, de esas algas que verá usted después en gran abundancia. Los chilotes, cuando han juntado algunos fondos, suelen decir: «Vámonos a Chile a comer comida», con lo que expresan que van a Valparaíso o Santiago, donde comerán carne. ¡Oh!, esos hombres son muy curiosos, y si fuera a Chiloé no perdería usted su viaje. Hasta vería -como yo lo vi hace algunos años, y si no han cambiado las cosas- remates de mujeres, que el marido o el amante vende para siempre, por unos cuantos gramos de oro o alguna otra fruslería. Usted no lo creerá, pero es así.

     -En efecto, permítame usted que lo dude hasta que lo vea... y no se ofenda por ello.

     -¡Ofenderme!... Ya sé que es una verdad inverosímil...

     En el curso de la conversación habíame sorprendido la facilidad y la corrección relativa con que se expresaba, y se lo dije en una perífrasis más o menos acertada.

     -No lo extrañe -repuso-. He sido muchos años marinero, me he acostumbrado a ver y a comprender las cosas en mis largos viajes por todos los países del mundo, y algunas lecturas me han enseñado cómo se dice lo que se sabe. Hay muchos que todavía visten la blusa del marinero, que ustedes juzgan toscos e ignorantes y con quienes conversarían horas enteras. Así se sorprenderá usted cuando le diga, que aparte del español, que he aprendido en España, en la Argentina y aquí, hablo bien el alemán -lo soy-, más que regular el francés, el inglés, el italiano, el portugués... y comprendo el ona y el yagán...

     El minero nos contó, luego, en pocas palabras, su vida desde que desertó de Buenos Aires hasta que fue a dar a Punta Arenas, en la última miseria. Allí había podido trabajar por su cuenta gracias a lo que le produjo su participación en un raque...

     -¿Raque? No entiendo.

     -Así decimos nosotros, y tenemos también un verbo especial: raquear.

     -¿Qué significa?...

     -Ir a un salvamento. «Vamos al raque» o «vamos a raquear» quiere decir: «hay un buque náufrago, y en el salvamento puede ganarse dinero; vamos.»

     -¿Y de dónde sale ese modismo?

     -Es una corrupción de la palabra inglesa wreck, que se pronuncia rek y que significa naufragio. Tantos ha habido, y tantos han vivido de ellos, que, ya ve usted, hasta verbo hay para la operación...

     Iba avanzando la tarde, queríamos comer en tierra, y era preciso embarcarse aquella noche. El minero no aceptó nuestra invitación, le agradecimos sus curiosos informes, y nos despedimos de él, quizá para no volver jamás a verlo.

 

- XVI -
Antes de zarpar

     Punta Arenas tiene dos periódicos: El Magallanes y El Porvenir. El Magallanes, que es el más antiguo, sale dos veces por semana, presenta buenos materiales, y está empeñado en una campaña contra los padres salesianos, que lleva con cultura, y que tiene verdadero interés.

     «No nos guía -ha dicho- el espíritu de abrir una campaña religiosa contra la institución salesiana establecida en Punta Arenas. Únicamente queremos defender los intereses de industriales de Magallanes, y, a la vez, los de mil quinientas o más personas que viven en esta región del trabajo de los aserraderos de madera... Defendemos los derechos de esos centenares de personas que quizás antes de un año van a quedar sin el pan de cada día...»

     Cuenta el citado diario que llegados los padres salesianos a Magallanes, comenzaron por establecer una hacienda de ovejas en la isla Dawson, estancia que va adquiriendo notable desarrollo.

     «Más tarde -añade- se hicieron armadores, proveyendo hasta ahora la goleta María Auxiliadora, cuyo mantenimiento les cuesta bien poco, puesto que la tripulan con indígenas fueguinos que no perciben sueldo alguno, teniendo sólo un capitán pagado. Posteriormente han establecido en Dawson un aserradero a vapor, en cuya instalación han invertido algo como treinta mil pesos. Tienen ahí también una curtiduría que principia a funcionar. Por último, quisieron establecer en Punta Arenas el alumbrado eléctrico de la población, pero este nuevo negocio puede considerarse como fracasado.

     »Como se ve por la ligera enumeración anterior -termina El Magallanes-, los salesianos no sólo se dedican al culto divino, sino también al cultivo de industrias diversas, mereciendo de sobra el calificativo de sacerdotes-industriales.»

     He tenido ocasión de pedir opiniones e informes sobre el asunto a personas serias y penetradas de él, cuyas opiniones han coincidido con las de que efectivamente los establecimientos mercantiles de los salesianos dañan más que benefician, pues ni siquiera tratan de civilizar a los indios, sino de valerse de los que a ello se prestan como instrumentos gratuitos de trabajo. El mismo proceder observan en la Tierra del Fuego argentina, por lo cual es más interesante aún la campaña del diario chileno, que se alarma con razón del abaratamiento artificial de la madera en un aserradero que no paga la mano de obra, arruinando a los que pagan a sus obreros. Tomemos nota de los datos que ofrece.

     «En los alrededores de Punta Arenas, desde Tres Brazos por el sur, hasta Río Seco por el norte, hay nueve aserraderos establecidos, algunos de ellos desde muchos años, y son:

     Tres Brazos, a vapor, de D. M. Braun.

     Leñadora, hidráulico, de la sucesión de D. José Baereswyll.

     Río de la Mano, a vapor, de D. F. Mateo Bermúdez.

     Montaña, a vapor, de D. H. Booten.

     Río de las Minas, a vapor, de D. R. Hamann.

     Comisiones suizas, a vapor, de los hermanos Davet.

     Tres Puentes, a vapor, de D. Juan Bitsch.

     Río Seco, a vapor, de D. A. W. Scott.

     Puede calcularse el valor de estos nueve aserraderos entre terrenos, edificios, maquinarias, muelles, ferrocarriles, etc., en trescientos mil pesos.

     En los contornos de algunos de ellos, como en Tres Brazos, Tres Puentes y Río Seco, se han formado verdaderos núcleos de población. Los del Río de la Mano han hecho llegar hasta allá la población de Punta Arenas, de modo que se les puede considerar como incluídos en la parte urbana de la capital.

     Los nueve aserraderos nombrados ocupan, más o menos, de 700 a 800 hombres, entre cortadores de palos, aserradores, carreteros, mecánicos, empleados en las maquinarias, etc.

     Ese número de hombres representa quizás quinientas familias, lo que significa de 1500 a 2000 personas (hombres, mujeres y niños). Puede, pues, calcularse que de una cuarta a quinta parte de la población total del territorio, vive de los establecimientos de aserrar maderas. Y se comprende que sea así, puesto que toda la ciudad de Punta Arenas, ya bastante extensa, está construida en madera, como también las instalaciones y casas de todas las estancias de la Patagonia, tanto chilena como argentina, las de la Tierra del Fuego, y aun las poblaciones de Gallegos y Santa Cruz, que se surten de esta plaza.»

     Nótese que el dato último es perfectamente exacto, aunque tengamos un aserradero oficial en Usuhaia y uno particular en Lapataia... Pero, ¿qué hacer si los transportes casi no conducen carga, en relación con las necesidades de nuestras poblaciones patagónicas?...

     Otro mercado importante para las maderas de Punta Arenas, son las Islas Malvinas, en donde no tocan nunca nuestros buques de guerra -los transportes lo son- por las razones que comprenderá a primera vista el lector.

     La cantidad diaria que los nueve establecimientos citados pagan a la población obrera, puede estimarse en $1000, porque el jornal medio de cada operario varía entre $2.50 y $5. Unos tienen sueldo fijo y los más trabajan por su cuenta, vendiendo los palos a los aserraderos. Todas las familias que viven de los aserraderos han construido sus casas más o menos grandes, cultivan su huerto, poseen algunos animales, etc., lo que en el conjunto significa una riqueza para Punta Arenas.

     «Pues bien -exclama el diario-, esa valiosa industria, esos hombres y sus familias, se hallan ahora con la gravísima amenaza de no tener en qué ocuparse, lo que significa el hambre para dos mil personas.»

     La baja constante del precio de la madera, provocada por los salesianos de la isla Dawson, ha sembrado, en efecto, el pánico entre todos los aserradores que, si continúa, tendrán que clausurar sus establecimientos, que ya hoy mismo no les dan beneficio alguno. Ése sería un rudo golpe asestado a Punta Arenas, y que retardaría indudablemente su progreso, dando a una sola sociedad comercial el monopolio de la industria más favorable al aumento de su población.

     El precio a que los salesianos venden su madera, es el de cuatro centavos papel el pie, y a los demás propietarios de aserradero les será imposible competir, mientras no hallen el medio de hacer trabajar gratuitamente a sus hombres.

     Tal es el grave problema planteado hoy en Magallanes, y del cual pende en cierto modo su porvenir, pues la ganadería reclama pocos brazos, y no es la industria más indicada para formar pueblos.

     Lástima sería que ese tropiezo se convirtiera en obstáculo invencible, agrandado como está por la resolución de no vender las tierras fiscales, que en el momento actual, y como ya he dicho, retrae un tanto la afluencia de nuevos pobladores, y la radicación definitiva de los antiguos.

     Pero Chile tiene el derecho de gobernarse en su casa completamente a su gusto; y decidir -por otra parte- si hace bien o mal en no desprenderse de esos campos, sería partir de ligero; no hay que olvidar, en efecto, los perjuicios que al país ha causado la venta inconsiderada de nuestra tierra pública, ni tampoco el escasísimo adelanto de las zonas que han sido reservadas. Un poco de ambos sistemas, prácticamente combinados, sería lo mejor, y el eclecticismo se impone, para que la inmigración encuentre donde ubicarse y trabajar, y para que la nación no se despoje por completo de lo que mañana puede serle eficacísimo recurso.

     Entretanto, y aun en su situación actual, si no se agrava, Punta Arenas seguirá atrayendo gente de todas partes, como centro comercial de primer orden en el sur, como puerto de movimiento y como villa proveedora de una zona inmensa, que va desde el golfo de San Jorge hasta el Cabo de Hornos.

     Hasta hoy sólo Gallegos podría hacerle competencia, pero... Gallegos es uno de sus clientes principales, y lo será ostensiblemente, o por medio del contrabando, mientras no se lo coloque -y al par de él a los demás puntos patagónicos- en situación de hacer comercio con Europa, sin necesidad de ayuda de vecinos.

     La importación y exportación libres de derechos, es una condición imprescindible de progreso para la Patagonia, tanto más, cuanto que lo contrario es perfectamente inútil. Para impedir el contrabando, el fisco tendría que gastar en un año diez veces más que el producto de todas las aduanas del sur, y todavía se vería burlado y defraudado. En cambio, con la libertad aduanera, ganaría la formación rápida de pueblos como el que me ocupa, toda vez que los gobiernos de territorio no se opusieran inconscientemente a ello.

     Pero no es sólo la libertad de aduana lo que crea el predominio comercial de Chile al sur de América; la vecina república tiene algo que ofrecer a los navegantes europeos: carbón. Este carbón es de mala calidad, mejor dicho, es lignito; pero les permite dejar en sus bodegas mayor espacio para sus mercaderías, sirviéndose de él -mezclado con hulla- hasta llegar a Montevideo.

     Nosotros también tenemos carbón análogo, pero no se explota todavía por falta de hombres de empresa, y de fomento inteligente por parte del Gobierno. Si hubiera carbón de buena calidad en la Tierra del Fuego argentina, a la entrada del Estrecho -y puede obtenerse con el mismo lignito, valiéndose de procedimientos industriales poco costosos-, no hay duda de que los transatlánticos aprovecharían esa circunstancia, no para abandonar completamente el mercado carbonero chileno, sino para no cargar tanto combustible, y adquirir lo consumido en el trayecto, realizando así una nueva economía.

     Mas todo esto será también inútil, mientras no se haga un plan completo de gobierno para esas comarcas, y mientras vayan a dirigirla hombres sin preparación, sólo preocupados de los detalles visibles del momento; o convencidos de que esas gobernaciones son medios de medrar, y no otra cosa; o enfermos de autoritarismos que no hallan campo más amplio en que dar pábulo a su pasión. En esto se ha mejorado bastante, a decir verdad. Pero, siendo los Gobernadores sólo prefectos del Ejecutivo Nacional, ¿obedecen a un criterio único y bien determinado, como debiera ser?...

     Y ¿qué añadiremos, en esta ligera recapitulación, a lo ya dicho, sobre los transportes nacionales, que tan mal sirven a todo ese sur, abandonado a su suerte, más alejado de nuestros grandes centros comerciales de lo que éstos se hallan de Europa?...

     La comunicación es la incorporación. Si se quiere que Patagonia y Tierra del Fuego sean argentinas, hay que ligarlas estrechamente a los núcleos argentinos. ¿Los medios? Cualquier hombre, por poco versado que esté en lo que se llama ciencia político-económica, podrá arbitrar teóricamente unos cuantos. En la práctica, teniendo en cuenta las costumbres oficiales sudamericanas y especialmente las de nuestro país, sólo hay uno: entregar la navegación del sur a empresas particulares.

     De cuatro transportes nacionales con que se cuenta hoy para ese servicio, uno está en Europa, el Santa Cruz; otro en comisión, el Villarino; el tercero, en compostura desde hace larguísimos  meses, con trabajo para muchos meses más, eterno y achacoso como su nombre: El Tiempo. Sólo el 1.º de Mayo anda en funciones, y en su último viaje el 1.º de Mayo tardó, como el arca de Noé, ¡cuarenta días y cuarenta noches en llegar de San Juan del Salvamento a la dársena sur!...

     No hay que contar el transporte Usuhaia, al servicio exclusivo de la Gobernación de Tierra del Fuego, y cuyo itinerario se limita al extremo austral.

     ¡Dígase, después de esta rápida enumeración, que aquellas regiones son protegidas y ayudadas!...

     Comprenderán los lectores que, entretanto, había sobrevenido la noche, habíamos comido, y después de despedirnos estábamos ya a bordo del Villarino, que se preparaba a zarpar. Izábanse los botes, probábase la máquina, y en la driza dirigida al sur flotaba la bandera de salida.

     Quedábamos a bordo un puñado de pasajeros: el comandante Funes, el capitán Demartini, de la Serna, jefe del faro de Punta Laserre y su señora, el doctor Pinchetti...

     Parecía que nos despidiéramos del mundo civilizado...



- XVII -
El triunfo del paisaje

     Al partir de Punta Arenas, nuestro itinerario era el siguiente: canal de la Magdalena, canal Cockburn, paso del Breacknock, canal Darwin, canal del Beagle, bahía de Usuhaia...

     Quien examine con algún cuidado el plano que acompaña a este capítulo, comprenderá que en ese trayecto iban a presentarse ante nuestra vista espectáculos por lo menos curiosos de la Naturaleza; los tuvimos sorprendentes, grandiosos, inesperados. Los accidentados y tortuosos canales que iba a recorrer el Villarino, después de salir del Magallanes, navegando primero hacia el sur, luego al sudoeste, para dirigirse después al este, casi en línea recta, son una verdadera maravilla, insospechada por cuantos imaginan el sur como un páramo helado, sin vegetación, sin vida, como un desierto casi polar, que sólo fuera sugestivo por su misma inmensidad.

     El pequeño plano, tomado con bastante exactitud de la carta Fitz-Roy, corregida y aumentada por los hidrógrafos de la Romanche, bastará para dar una idea clara de la extraña topografía de aquellos parajes, no bien delineados en los mapas de uso común. Se verá en él, sinnúmero de islas, escollos, peñascos, islotes, caletas, bahías, que forman como un caprichoso encaje, en la costa de Tierra del Fuego, tan extraordinariamente recortada. La extraña forma del cabo Valentín, en la isla Dawson, que termina hacia el norte, en el Magallanes, como una punta de lanza. La curva relativamente suave de la península Brunswick, sembrada de cerrillos. El canal San Gabriel, que separa la isla Dawson de la Tierra del Fuego y acaba con la aguda y atrevida punta Ansiosa. El de la Magdalena, limitado al oeste por los entallados bordes de la isla Clarence. El Cockburn, curvo, lleno de islotes, con ampliaciones dadas por las bahías y los puertos. La península Breacknock, encorvada como garra de ave de rapiña, con la concavidad interna de la bahía Courtenay. El paso del Breacknock, cuyos bajíos, escollos y piedras, no ha podido aún demarcar por completo carta alguna. La isla Basket, la isla Quemada, que dejan entre una y otra un claro, un vacío, desde donde se ve la inmensidad del Pacífico, detrás de la bahía Desolada, en que altas peñas surgiendo de las aguas justifican su nombre, y aun más, pues llegan a producir temor hasta cuando la superficie del canal y del mismo océano se riza apenas con la brisa. La isla Stewart, la Londonderry, la O'Brien, que situada entre la anterior y la Tierra del Fuego, forma dos canales que, unidos luego, dan nacimiento al canal Darwin, continuado después por el del Beagle.

     «El canal del Beagle -dice Darwin-, descubierto por el capitán Fitz-Roy en su primer viaje, constituye uno de los notables caracteres de la geografía de este país, y, podría decirse, de todos los países. Puede comparársele al valle de Lochness, en Escocia, con su cadena de lagos y de bahías. Ese canal tiene, más o menos, 120 millas de largo, con un ancho medio -ancho que varía muy poco- de dos millas aproximadamente. Es casi en todas partes tan perfectamente recto, que la vista, limitada a un lado y otro por una línea de montañas, se pierde en la distancia. Atraviesa el Beagle la parte meridional de Tierra del Fuego, en dirección este-oeste; hacia la mitad, un canal irregular llamado el Estrecho de Ponsonby, viene a unírsele formando ángulo recto con él.»

     Sobre ese canal están las bahías Yandagaia, Lapataia y Usuhaia, dominada esta última por el agudo pico del monte Olivia.

     -¡Ahora sí que va usted a ver panoramas espléndidos!

     Era el segundo Méndez, que se acercaba a mí, sonriente, satisfecho de navegar, como marino de raza.

     -Pero -añadió- para verlo todo es necesario no distraerse, no quedarse en la cámara...

     Íbamos aún por el Estrecho, con tiempo excelente, algo frío, pero agradable. El cielo comenzaba a cubrirse de brumas, de nebulosidades que en el sur lo ocultan casi continuamente. El Villarino, marchando a todo vapor, se mecía apenas sobre el agua tranquila, y parecía deslizarse con elegancias de patinador, coquetamente, reflejando la blancura de su casco en las ondas verdosas...

     Allá, a la derecha, doblaba el Estrecho hacia el noroeste entre la península Brunswick y la isla Clarence; enfrente, alzábase un monte rodeado de alturas, y el canal de la Magdalena semejaba cerrada bahía, solitaria y triste. Las rocas peladas, el agua mansa, la recortada costa, el cielo turbio, todo se fundía en una coloración melancólica de tonalidad tan armoniosa, que se sentía no ser pintor para trasladarla al papel con los ligeros toques y las blandas tintas de la acuarela. Era aquello un país de ensueño triste y sentimental, una tierra y un mar, escenario de pasiones insaciadas, de desalientos mortales, de amarguras sin término; allí cabía una novela de descreimiento y desengaño; allí el pincel encontraría el cuadro sugestivo de la aridez de la existencia.

     -¡Qué hermoso es esto, a la verdad!

     -¡Oh, ya verá, ya verá! -contestó Méndez-. Espere a que entremos en los canales.

     Ningún signo de vida presentaba allí la Naturaleza; un silencio profundo reinaba en torno. «Oíase aquel silencio», como dijo el fantástico escritor, y la soledad, sin una vela en lontananza, sin un humo en las costas, tenía no sé qué de vagamente terrorífico. Sólo el agua vivía, ondulada hasta perderla de vista, móvil pero también taciturna. Y el Villarino continuaba su marcha, casi abandonado, él, que salió de Buenos Aires llevando a su bordo a un pueblo entero, él, en cuya cámara se oían voces, risas, alegres notas del piano, y en cuya cubierta había siempre un pululamiento, un ir y venir inacabable. Murúa y el timonel en el puente. Méndez y cuatro o cinco pasajeros a popa... Y así, no distraídos por influencia externa alguna, veíamos pasar ante nuestros ojos, lentamente, como en fantástica procesión, montes y bahías, cerros y costas a pico, islas y escollos, dotados para nosotros de extraño movimiento.

     La luz tamizada por nebulosidades, iluminaba sin embargo con vigor el cambiante panorama.

     Aquí y allá sobre las costas erguíanse montículos abruptos, y de vez en cuando una mancha verde, tendida en la orilla, anunciaba la cercanía de la vegetación triunfal de los canales.

     La nieve, en las alturas, señalábase apenas como una sombra blanca, preparando, en pleno verano, el helado sudario invernal que envuelve las rocas y cuelga de los árboles en pintorescos jirones.

     El Villarino avanzaba deslizándose por el agua rizada en la calle que forman las costas más escuetas cada vez del canal de la Magdalena, ya cerca del paso del Breaknock.

     -¿Vamos al puente?

     El segundo Méndez comenzaba su cuarto; Murúa iba a descansar.

     -Vamos.

     Desde arriba se abarcaba más amplio el paisaje, el lago aparente formado por la curva del canal, las rocas plomizas, los islotes verdes, el cielo al mismo tiempo claro y ceniciento, sin la victoria del sol.

     Seguimos navegando varias horas, que sin embargo, transcurrieron rápidas, y entramos al paso temible del Breacknock, semillero de escollos y bajíos, que en tiempo de niebla es barrera casi infranqueable, siempre amenazadora para el marino.

     Fue benigno. La luz intensa, el viento en calma, la mar bonancible, dejaron pasar al Villarino como un gran pájaro austral que apenas humedeciera sus plumas en la onda.

     Las cartas marítimas, tan minuciosas sin embargo, no señalan todas las piedras de aquel sitio, piedras que acechan al navegante, descubiertas sólo por el hervor del agua y por las ya lívidas ya rosadas matas de cachiyuyo, esa alga colosal que tiende desde el fondo sus brazos mucilaginosos y llega a veces a 100 metros o más, a lo lejos.

     -¿Ve el cachiyuyo? -preguntó Méndez.

     -¿Aquellas manchas verdosas?

     -Sí.

     -Parece brotar de la superficie del agua, tendiéndose sobre ella.

     -En efecto. Y el cachiyuyo es el amigo del marinero. En el sur no hay escollo que no esté aboyado por él...

     -¿Aboyado? ¿Qué quiere decir eso?

     -Viene de boya, porque, efectivamente, las matas de cachiyuyo hacen el mismo servicio que ellas, indicando los sitios peligrosos. A veces tal peligro no existe, porque la mata, adherida a la roca, sube desde una gran profundidad.

     Más tarde, leyendo a Darwin, he hallado detalles sobre esta planta extraordinaria.

     «Encuéntrase en la Tierra del Fuego -dice- un producto marino que por su importancia merece especial mención. Es una alga, la Macrocystis pyrifera. Esta planta crece sobre todas las rocas, hasta una gran profundidad, sobre la costa exterior y en los canales interiores. Creo que durante los viajes de la Adventure y del Beagle, no se ha descubierto roca alguna cercana a la superficie que no estuviera indicada por esa planta flotante. Compréndese en seguida los servicios que presta a los barcos que navegan en aquellos mares tempestuosos; a muchos sin duda ha salvado del naufragio. Nada más sorprendente que ver a aquella planta creciendo y desarrollándose en medio de esos inmensos escollos del océano occidental, en sitios donde aglomeración alguna de rocas, por duras que fueran, podría resistir largo tiempo a la acción de las olas. El tallo es redondo, viscoso, liso, y rara vez llega a una pulgada de diámetro. Varias de esas plantas reunidas son suficientemente fuertes para soportar el peso de las gruesas piedras de que brotan en los canales interiores, y sin embargo, ciertas piedras de esas son tan pesadas que un hombre no podría sacarlas del agua para ponerlas en el bote.

     »El capitán Cook dice, en su segundo viaje, que en la tierra de Kerguelén esa planta se eleva de una profundidad de veinticuatro brazas. Ahora bien, como no crece en dirección perpendicular, que forma un ángulo bastante agudo con el fondo y luego se extiende a considerable distancia en la superficie del mar, créome autorizado a decir que algunas de esas plantas se extienden a sesenta brazas y más. No creo que haya otra planta cuyo tallo llegue al largo de 350 pies de que habla el capitán Cook. Además, el capitán Fitz-Roy las ha encontrado a 45 brazas de profundidad.

     »Las capas de esta planta marina, aun cuando no tengan una gran extensión, son excelentes rompeolas flotantes. Es curioso ver en los puertos expuestos a la acción de las olas, con cuánta rapidez grandes olas que vienen de fuera disminuyen su altura y se transforman en agua tranquila, apenas atraviesan esos tallos flotantes.»

     En una nota observa Darwin que esta planta se extiende por una región inmensa. Se la encuentra desde los islotes cercanos al Cabo de Hornos, hasta los 43 grados latitud norte, por el lado oriental. En el occidental se la encuentra hasta río San Francisco, en California, y quizás también en Kamstchatka.

     Más curioso es todavía el hecho siguiente que he podido observar, y que describe Darwin con gran exactitud, diciendo:

     «El número de criaturas vivientes de todos los órdenes cuya existencia está íntimamente ligada a la de estas algas, es verdaderamente asombroso. Podría llenarse un extensísimo volumen con la sola descripción de los habitantes de esos bancos de plantas marinas. Casi todas sus hojas, salvo aquellas que flotan en la superficie, están cubiertas por un número tan grande de zoófitos, que se ponen blancas. Encuéntranse allí formaciones extremadamente delicadas, habitadas las unas por simples pólipos semejantes a la hidra, otras por especies mejor organizadas o por magníficas ascidias compuestas. Vense también, adheridos a las hojas, diversos moluscos. Innumerables crustáceos frecuentan la planta. Si se sacuden las largas raíces enredadas en las algas, se ve caer una cantidad de pececillos, caracoles, cangrejos de todo género, estrellas de mar, magníficas holoturias, plantarias y animales que afectan mil formas diversas. Cada vez que he examinado una rama de esa planta, no he dejado de descubrir nuevos animales de las formas más curiosas.

     ...»Sólo puedo comparar esas grandes selvas acuáticas, del hemisferio meridional, con las selvas terrestres de las regiones intertropicales. Sin embargo, no creo que la destrucción de un bosque, en un país cualquiera, ocasionara ni mucho menos, la muerte de tantas especies de animales como la destrucción del Macrocystis. En medio de las hojas de esta planta viven numerosas especies de pescados que en ninguna otra parte podrían hallar abrigo y alimento; si esos pescados llegaran a desaparecer, los cormoranes y los demás pájaros pescadores, las nutrias, las focas y los marsupios, perecerían bien pronto también; y, por fin, el salvaje fueguino, el miserable amo de aquel país miserable, redoblaría sus festines de caníbal, decrecería en número y cesaría quizás de existir.»

     En algunos puertos tranquilos, de agua transparente, como Usuhaia, Haberton, etcétera, he visto el curioso desarrollo de esas plantas extraordinarias, cuyas hojas, ya salpicadas de puntos blancos por los caracolillos a ellas adheridos, ya sonrosadas y amplias, ya verdes con una tonalidad obscura y barnizada, se extendían, inmóviles o apenas mecidas por el vaivén de las olas.

     El agua, cuando quedaba un instante inmóvil, parecía un cristal que cubriese el extraordinario bosque, haciéndolo sólo accesible a la mirada. Por entre las hojas corren y se enroscan como víboras las guías de la planta, resistentes y elásticas, tanto que hay que hacer un gran esfuerzo para romper las más delgadas, que se estiran como un grueso pedazo de caucho por su relativa elasticidad.

     Una abertura, en el paso del Breacknock nos dejó vislumbrar por un momento el mar Pacífico, cuya línea horizontal estaba cortada aquí y allá por peladas y cenicientas rocas.

     Y los paisajes iban desarrollándose cada vez más interesantes a nuestra vista, con un lujo de color que nadie esperaría encontrar en aquellas regiones. Por momentos aparecía el sol, dorando las alturas crecientes, y dando caprichosos matices a los gruesos montones de nubes, que al propio tiempo señalaban y ocultaban los montes elevados, casi eternamente envueltos en una capa de densos vapores. Comenzaba la vegetación, desarrollándose paulatinamente, formando una línea que se extendía hasta perderse de vista, sobre la que se destacaba con tonos más obscuros y enérgicos, la roca pelada, salpicada aquí y allá por alguna mancha de nieve.

     Parecíame estar en plena cordillera de los Andes y recorrer una vez más aquellos parajes, pero después de un desastre colosal, de un diluvio que hubiera cubierto valles y hondonadas, dejando sólo descubiertas las cumbres de la montaña. Aquí, la Isla Quemada, por cuyas grietas parece aún correr el humo, y cuyo desolado aspecto tiene algo de fantástico y teatral; allí un rincón de verdura en que crece el musgo amarillento junto a las gramíneas de un verde más intenso y vivo; allá una ensenadita de aguas especulares en que se retrataba la costa rígida, de líneas violentas; acullá la ligera ondulación de la corriente, en el canal... Y todo esto móvil, envuelto en las gasas ligerísimas de una neblina apenas perceptible, esfumado en las lejanías como un sueño vago, con masas de nubes y claros de azul purísimo, algo semejante a las extrañas y efectistas creaciones de Gustavo Doré... ¿Por qué no van allí los pintores argentinos? ¿Por qué no se inspiran en aquella naturaleza salvaje, tan rica de color, tan variada y tan nueva? Allí encontrarían tema para tantos paisajes, para tantas manchas admirables, como puede darlos la Suiza. Ya un lago tranquilo cubierto de hojas de cachiyuyo, rodeado de altas rocas, por las que trepa el ejército del fagus, ese árbol austral por excelencia, que resiste las nieves y los huracanes, con su copa verde tendida a favor de los vientos más frecuentes y terribles; ya un panorama polar, con los irisamientos del hielo transparente y la blancura mate y fría de la nieve; ya un pedazo de selva virgen, con las yerbas altas, y en que se entrecruzan los troncos del fagus y el canelo, y donde crecen grandes flores, blancas o rojas como sangre, selva que parece tropical, tanta es su vitalidad; ya -cuando el otoño comienza- el cariñoso matiz sonrosado que toman las hojas perennes de la haya, contrastando sobre los diferentes verdes del resto de la vegetación.

Cuando aquello se conozca más, es indudable que la fotografía comercialmente, y la pintura por la parte artística, se apoderarán de aquel tesoro para no abandonarlo ya, como es fuera de duda que no tardarán en fundarse en los canales, aprovechando los sitios más pintorescos, establecimientos de hospedaje a que, en nuestro ardiente verano, acudirán a solazarse las personas que pueden huir de las ciudades, y que amen la naturaleza.

Algunas de las pequeñas bahías a cuyo frente pasábamos, eran encantadoras. Pero cuando no se navegaba muy cerca, sólo se veían sus grandes líneas, el verdor del cielo, y los árboles tan diminutos, que parecían juncos, aunque a veces tengan un tronco respetable. Esas bahías, muchas de ellas escondidas, suelen ser puerto de refugio de los loberos, su escondite mejor dicho, o estación y campamento de buscadores de oro, ocultos allí a toda mirada indiscreta. Puntos de esos hay sólo conocidos por unos pocos, donde cualquier pirata, cualquier malhechor puede desaparecer de la vista de sus perseguidores, aun con embarcaciones de cierto porte, sin que éstos logren hallarlo.

     Una abertura entre dos rocas, sólo visible desde un sitio dado, un paso ancho y sin peligro, y luego una bahía cuyas puertas se cierran tras el buque, y cuyas costas ofrecen el más seguro abrigo. Cierto comerciante de uno de los puntos visitados en este viaje, y cuya goleta vimos de pronto a corta distancia del transporte, navegando con su mismo rumbo, y sin que hubiéramos sospechado su presencia, que nos sorprendió, cuenta que él sabe un sitio de ésos, en el que ha solido dejar su embarcación, completamente sola, sin más precaución que la de amarrarla en arganeo, y seguro de que nadie la vería... Y como él habrá tantos... casi todos los navegantes de los canales.

     De vez en cuando veíase flotar en la superficie como blanco buque, algún pequeño témpano de hielo, desprendido de los ventisqueros cercanos. Nunca son de gran tamaño, aun cuando abunden mucho en la estación avanzada. No es raro que sobre ellos se pose algún shag, como una mancha de tinta en una superficie blanca, ni verlos repentinamente darse vuelta, carcomida su base por las aguas del canal, cuya temperatura es más elevada. Marchan uno tras otro, arrastrados por la corriente en la misma dirección, o se arremolinan y detienen en los remansos para derretirse lentamente junto a las peñas. Estos témpanos, al desprenderse de los ventisqueros, y caer al agua, suelen producir grandes olas que van a estrellarse contra las rocas de la costa y que pondrían en serio peligro a las embarcaciones que se hallaran en las cercanías. Pero pocas veces se ve por allí otra embarcación que alguna piragua fueguina, o las goletas de Punta Arenas, que toman siempre el medio del canal, para evitar que una racha las lance contra la costa.

     Al regreso, ya en otoño, vi centenares de témpanos que navegaban por el canal y siendo -aparte de las aves- lo único animado de aquel paisaje ideal, al que sólo falta el movimiento de la vida humana, para que su pintoresco deje de ser tan selvático y melancólico como es hoy en ciertos parajes. Alguna vez, cerca de nosotros, a tiro de fusil, pasaba un vuelo de avutardas, él, blanco, brillante, a la cabeza de las dos hembras, parduscas, formando triángulo, o junto a la costa observábamos el hervidero del agua, producido por la marcha del pato a vapor, esa ave que nada con la rapidez que le ha valido su nombre, levantando con las alas rudimentarias gotas, y espuma, como si fueran ruedas de paletas puestas en movimiento por una máquina poderosa. El pato a vapor no puede volar, pero no he visto ave alguna que nade con tanta celeridad, pues la suya es comparable sólo con la de un pez. O en el cielo tranquilo, alguna palomita del Cabo, de alas pintadas como una falena; o la mancha negra primero, y el abierto abanico más cerca, del Darup, el carancho fueguino, siempre a caza de cadáveres, vecino del pingüino, cuyos pichones devora si logra burlar la paternal solicitud. O en la costa cercana, y sobre las aguas mansas, el blanco plumaje de la avutarda, pescando entre las peñas, o de los gaviotines diseminados aquí y allá, y devorando los langostinos o los pececillos que se ponen al alcance de su pico agudo, con gallardos movimientos del cuello, y elegantes revuelos rápidos en que moja las patas en el agua, para levantarse en seguida un metro o dos, y tornar a descender. O la golondrina de mar, de patas palmeadas, pequeña y de intenso color pardo obscuro, a la que la superstición del marinero atribuye el don de pronosticar desastres, y que le anuncia temporal si llega a posarse en su barco.

     Pero toda esa vida animal, toda la que bulle en las aguas del canal del Beagle, no logra desvanecer la profunda impresión de soledad que producen aquellos sities, impresión que ha comenzado en el Atlántico sur, donde raras veces se ve una vela, y que se hace más intensa allí. El canal tiene todo el aspecto del desierto, o una extraña autosugestión lo hace creer. El hecho es que aquellas peñas, aquella nieve, parecen no holladas nunca por el pie humano, y los árboles corpulentos en la costa, más pequeños a medida que trepan a las alturas, hasta hacerse achaparrados y muy diseminados cerca del límite de la nieve, muestran sus hojas siempre verdes con la languidez triste de lo que no alberga a ser viviente alguno.

     Ni aun pasaba por nuestra imaginación que sobre aquellos acantilados, o en aquellas playas, detrás de un tronco o de una piedra, pudiera ocultarse alguno de esos indios fueguinos en cuyo detrimento se han forjado tantas leyendas, haciéndolos antropófagos, ladrones y asesinos por tendencia, leyendas que no se desvanecerán muy pronto, aunque ya se haya trabajado en ello.

     De pronto nos sorprendió el espectáculo de uno de los ventisqueros, el primero que veíamos en los canales, y también uno de los más pequeños, cuya nieve llegaba hasta el mar, con tonos azulados suaves y tenues, muy finos, que hacían resaltar más la blancura casi absoluta de la nieve en la cima, destacada a su vez sobre el fondo plomizo del cielo. Hermoso espectáculo, que nos produjo profunda impresión, aunque entre nosotros fuéramos varios los que habíamos visto glaciares en los Andes. No es lo mismo encontrarlos en una grande altura, que verlos allí, al nivel del mar, rodeados de vegetación, en medio de una temperatura agradable, como de un día plácido de nuestra primavera, y donde parecería que la nieve no pudiera conservarse sino breves instantes. Sorprende el espectáculo, cuya visión se conserva en la retina, y ha de conservarse largos años sin duda.

     El contraste de aquel blanco celeste de superficie muda y tersa que baja en rápido declive hasta el agua verde del canal, con las peñas obscuras y las morenas negruzcas, con los mismos cerros que se elevan a su lado, sin nieve los unos, los otros hasta cierta altura cubiertos de árboles, rectos en los puntos abrigados, retorcidos como en ademán de desesperada defensa en aquellos en que el viento no encuentra obstáculo, tiene algo de impresionismo a todo trance, que hace recordar las descripciones del fjord noruego, pero que indudablemente tiene carácter propio.

     -¡Qué admirable! -exclamó a nuestro lado uno de los pasajeros, que, como yo, veía aquello por primera vez.

     -Sin embargo, ya verá usted más lejos otros glaciares mayores -replicó Méndez-. Éste es uno de los más insignificantes. Y si el monte Sarmiento tuviera la bondad de sacarse el capote, lo sorprendería también, sin duda. Pero rara vez se deja ver, pues siempre está cubierto de nubes.

     En efecto, no lo vimos, ni a la ida ni a la vuelta, y era de todo punto imposible aguardar a que tuviera la galantería de descubrirse, ni aun considerando que ese era uno de nuestros mayores deseos.

     Pero llegamos a uno de los ventisqueros mayores, que nos ofreció relativa compensación. Sus proporciones eran colosales, pues medía algunos kilómetros de ancho, y bajaba desde una blanca montaña que se elevaba allá en el fondo. Visto desde lejos, pues íbamos a distancia de la costa, daba sin embargo idea de su tamaño, y su resplandeciente blancura atraía todas las miradas.

     Darwin, que se ha detenido bastante en el estudio de este curioso fenómeno, en zona tan alta todavía, dice de ellos, entre otras cosas de mucho interés, lo siguiente:

     «La extensión de los ventisqueros hasta el mar debe depender principalmente (admitiéndose, entiéndase bien, que existe una cantidad de nieve en la región superior) de la poca elevación de las nieves eternas en montañas escarpadas situadas cerca de la costa. Como el límite de las nieves es muy poco elevado en Tierra del Fuego, podía esperarse que muchos ventisqueros se extendieran hasta el mar. No por eso dejé de experimentar profundo asombro cuando -bajo una latitud correspondiente a la de Cumberland- vi todos los valles de una cadena de montañas cuya cima no se eleva a más de 900 o 1200 pies, llenos de ríos de hielo que bajaban hasta la costa. Casi todos los brazos de mar que penetran hasta el pie de la cadena más elevada, no sólo en Tierra del Fuego, sino también durante 650 millas (1040 kilómetros) sobre la costa, dirigiéndose hacia el norte, terminan en «inmensos, en asombrosos ventisqueros», para emplear las palabras de uno de los oficiales encargados de relevar las costas.»

     Y otros y otros se presentaron a nuestra vista, con las cercanías cubiertas de témpanos boyando en el agua clara, después de pasar delante de altas montañas cubiertas de fagus, a veces inclinados todos paralelamente hacia un lado, como por un solo golpe de viento.

     -¡Éste debe ser hielo de verano! -exclamó uno.

     En efecto, con aquella temperatura, en ese ambiente nebuloso y húmedo tiene que sorprender la presencia de tanta nieve, puesto que el ventisquero europeo cuya nieve baje hasta el mar, que se halla más al sur, ¡está casi dos mil kilómetros más cerca del polo que los del canal del Beagle!...

     El más curioso por los contrastes que ofrece, es uno que llegando en otro tiempo hasta el agua, ha formado una gran morena con el arrastre continuo de materiales sobre la línea negra de esta formación reciente; se ve bajar enorme río de nieve, como una cascada, mientras en el fondo se alza la montaña blanca que le da nacimiento junto a otra pardusca y sin nieve, y a los costados aparece la costa accidentada, desnuda a la izquierda, cubierta a la derecha de árboles que desde lejos parecen mondadientes...

     En esa costa abrupta, aquí y allá, caen cubiertos de espuma, como hilaza de algodón, los chorrillos, pequeños torrentes que se precipitan casi perpendiculares, formando hondas grietas semejantes a cicatrices en medio de los verdores que los rodean. Estos chorrillos suelen asumir el aspecto de verdaderas cascadas, y se multiplican hasta lo infinito a lo largo de los canales, pagándoles continua, aunque en cada caso pequeña contribución.

     A veces -y desgraciadamente no lo he presenciado-, el espectáculo cambia, y en un rincón desolado, árido y triste, se ve bajar hacia el mar un río de piedras, visión cuasi diabólica que causa asombro mezclado a cierto terror. Enormes piedras siembran un plano inclinado, como olas de un mar inmovilizado, hechizado de pronto. Se espera verlas derrumbarse de repente retumbando con sordo fragor al caer en el agua, y al mirarlas desde el barco en movimiento, parecen moverse ellas también. Ideas de cataclismo sugiere el paisaje, y la mente se abisma buscándole causa. Los sabios afirman que la Tierra del Fuego ha sido sacudida por grandes terremotos, y al contemplar su aspecto, no se duda de que las fuerzas de la Naturaleza hayan trabajado allí con extraño vigor, hasta con rabia; las quebrajas, las grietas, las hendiduras, las caprichosas cortaduras de las rocas, las colinas y los montes, el sello de violencia que se nota en cien partes, lo demuestran de una manera visible. Sólo por un terremoto de inusitada intensidad puede explicarse este fenómeno, que se ve con más frecuencia en la isla de los Estados y en las Malvinas...

     El paisaje es triunfal doquiera se tienda la vista, ya sea que produzca impresiones de terror, como una tierra estéril y maldita, de ásperas y amenazadoras rocas, ya se suavice, y hallando, sin embargo, contrastes rudos de color, aglomere la gran mancha blanca de la nieve con la sombra de las peñas y los verdores de los árboles, ya se haga suave, blando, casi idílico en alguna playita de cantos rodados en que va a morir mansamente la ola espumosa, coronada de árboles, alfombrada de yerbas y de flores, en que brillan los puntitos rojos de las frutillas silvestres, las perlas moradas, casi negras del calafate, y la nota vibrante de las aljabas, de las violetas amarillas, esa extraña flor sin perfume de la Tierra del Fuego... A veces el panorama tiene una grandeza admirable, se hace majestuoso y sereno, con tal armonía, tal fusión de tintas, que trasladado al lienzo con toda ingenuidad, parecería una creación genial, uno de esos cuadros en que los artistas enormes suelen sorprender y revelar el secreto de la Naturaleza.

     Cuando brilla el sol, todo es allí soberbio; la luz se quiebra y centellea en la nieve, dora los riscos, da frescura o intensidad a los árboles, claridades cristalinas al agua; se atenúa en las hondonadas, donde los ligeros vapores que no logra desvanecer, toman reflejos opalinos, esfumando las lontananzas; proyecta sombras violentas tras de los picos, y no satisfecho aún, aprovecha las gotas de agua que han quedado en la atmósfera para describir su semicírculo cabalístico, el brillante arco iris, fenómeno casi diario en aquellos parajes, donde llueve tan a menudo.

Los he visto que iban de una playa a otra, frente a mí, casi al alcance de la mano, dejando en medio, como coronada por un nimbo, una colina o una roca; los he visto en el mar formando casi un círculo perfecto; y siempre con una nitidez, con una precisión admirables, definiendo sus colores y su dibujo como con un compás... Y, mientras el sol resplandece en medio de una extensión de puro azul del cielo, se ve avanzar por la parte opuesta una nube negra y pesada de granizo, en otro lado la lluvia cae como una cortina sobre el paisaje, y más cerca el arco iris despliega sus galas...

     De pronto se desvanece todo; de aquí, de allí, de la montaña, de las playas, de las rocas, de los árboles, acuden las legiones de la niebla, envuelven al barco en un denso tul, que cuelgan de los mástiles y hacen bajar por los flechastes como una tienda de campaña. La popa desaparece para los que están a proa, la proa para los que están a popa, y los trajes de lana se cubren de brillantes gotitas de rocío, redondas como perlas transparentes. Se fondea, y el buque parece entonces alejado, arrancado del mundo para trasladarlo a un país de encanto, de ensueño y... de resfríos.

     Estas nieblas suelen ser tenaces, sobre todo cuando se acerca el invierno; entonces pierden su belleza para el viajero melancólico, splenetic, anhelante por reanudar la marcha. Pero si el fenómeno se presenta en otras condiciones y no se hace majadero, sorprende y admira, sobre todo por la noche, cuando las luces blancas y rojas de a bordo se ven rodeadas de un núcleo ya lechoso, ya rosado, y todo en torno se funde en un caos fantástico, donde sólo viven ellas como astros de luz implacablemente fija...

     Las puestas de sol, cuando se digna asomar entre las nubes, son grandiosas también; no las he visto más bellas, y me han sugerido la idea de haber contemplado el amanecer desde el Righi, porque si los canales tienen algo del fjord noruego, tienen mucho de Suiza, sólo que sus montañas no parecen tan altas como realmente son, quizá porque se las ve desde la base a la cumbre, sin otras elevaciones intermedias. Ya que hablo de montañas, y puesto que no me ha sido posible ver el Sarmiento, así llamado por el ilustre navegante que el siglo XVI exploró el estrecho y las costas de Tierra del Fuego, permítaseme incluir aquí la descripción que Darwin hizo de ese elevado monte:

     «Asistimos -dice- a un espectáculo espléndido: el velo de nieblas que nos oculta al Sarmiento se disipa gradualmente y descubre la montaña a nuestra vista. Esta montaña, una de las más elevadas de la Tierra del Fuego, alcanza una elevación de 6800 pies. Bosques muy sombríos visten su base hasta un octavo más o menos de su altura total; sobre ellos y hasta la cima, extiéndese un campo de nieve. Esa inmensa aglomeración de nieve que no se funde nunca, y que parece destinada a durar tanto como el mundo, presenta un grande, ¡qué digo!, un sublime espectáculo. La silueta de la montaña se destaca clara y definida y gracias a la cantidad de luz reflejada en la superficie blanca y tersa, no se ven sombras en la montaña; no pueden distinguirse, pues, sino las líneas que se destacan sobre el cielo; así es que la masa entera presenta un admirable relieve. Varios ventisqueros descienden serpenteando desde esos campos de nieve hasta la costa; pueden compararse a inmensos Niágaras congelados, y esas cataratas de hielo azul son quizá tan bellas como las cataratas de agua corriente.»

     Pero basta. La palabra no puede dar ni pálido reflejo de la impresión producida por el múltiple espectáculo que ofrecen al viajero esos indescriptibles, esos maravillosos canales donde se unen las bellezas del trópico a los helados cuadros polares, pasándose de unos a otros sin transición casi, como en un mágico diorama. Hay que ceder el puesto a los pintores, invitarlos, incitarlos a que vayan a refrescar sus pinceles en aquel baño de hermosura y de grandeza, para dotar luego a nuestro país de lienzos que sugieran al alma altos pensamientos, y rindan culto a los tesoros naturales que nos han cabido en suerte. De los pintores argentinos, sólo Malharro, en época lejana, cuando iniciaba apenas su carrera, visitó aquellas regiones, que esperan desde entonces al artista revelador de su belleza.

 

- XVIII -
Los fueguinos
Las tres razas

     La maravillosa costa que he tratado de describir, es la Onayusha, o costa de los Onas. Las tierras que se extienden al norte forman la Onaisin o tierra de los Onas, nombre primitivo o indígena de la del Fuego.

     Permítaseme que antes de continuar el relato de mi viaje, agrupe aquí las observaciones que en todo ese trayecto he podido hacer acerca de los antiguos señores de aquel suelo, sin seguir como hasta aquí el orden en que han sido hechas u obtenidas de los viejos pobladores de la región, para dar mayor unidad a este trabajo.

     En él he cuidado de no partir de ligero, consultando a las mejores autoridades en la materia, haciendo inacabables preguntas a cuantos hallaba a mi paso, que hubieran vivido largo tiempo entre los indios, y observando por mi propia cuenta cuando la ocasión se me presentaba. Éstas son escasas ya, las familias fueguinas se extinguen rápidamente, los indios pierden su carácter en las misiones y en los centros poblados; los que mantienen aún su carácter y tradiciones, andan perdidos u ocultos en las selvas, los fjords y las montañas más ásperas y fragosas de la isla. Para conocerlos en su «estado natural» sería menester internarse en aquellos desiertos, hacer una verdadera expedición con grandes elementos, pues la misma policía suele no poder dar con sus aldehuelas... No era el caso. Una excursión no es ni una expedición ni una exploración, y aunque la tarea es interesante, no entra del todo en el resorte periodístico. Sin embargo, los lectores tendrán aquí datos completamente nuevos y exactos a propósito de los fueguinos, junto a otros ya presentados en publicaciones científicas, que son necesarios para la mayor claridad de los primeros, y para la unidad de este capítulo.

     La Onaisin no es sólo patrimonio de los onas. En ella habitan otras dos razas con caracteres propios y bien definidos -yagán y alacaluf- todas tres conocidas con el nombre general de fueguinos. El norte y el este y sudeste están ocupados por los onas; el sur por los yaganes, el oeste por los alacaluf, y, como los antiguos navegantes desembarcaron en diversos puntos de la isla y conocieron, sin especificarlas, estas distintas razas, fácil es comprender el cúmulo de contradicciones en que incurrieron, dejando perplejos hasta a los más avisados.

     Hoy han cambiado las cosas, y la confusión tiende a cesar, gracias a los viajeros que como Bove, Lista, Popper y otros, se han ocupado de la cuestión. Bove se cuidó más especialmente de los yaganes, Lista de los onas, pero ambos parecen haber bebido en una fuente común, y hecho muy escasas investigaciones y observaciones directas. La dificultad del idioma es, en efecto, casi insuperable, y conocerlo para poderse entender bien con los indios, es tarea de años. Esta clase de trabajo ha podido ser realizada con éxito por los misioneros anglicanos, conocedores de la isla desde 1850, y especialmente por uno de ellos, mister Thomas Bridges, hoy fallecido, que ha hecho un estudio prolijo del idioma y costumbres de los yaganes. Probablemente a él se deben muchos de los informes publicados luego por otras personas que, en cortos viajes, no estaban en condiciones de recoger muchos elementos. De ahí el parecido que existe entre unos y otros trabajos, aunque sea lógico que la observación de una sola cosa por varios observadores, dé resultados sólo diferentes en los detalles, si todos van de buena fe y con espíritu de verdad.

     Darwin se ha ocupado, también, de los fueguinos, como antes lo hicieran Bougainville y otros, pero no ha dividido las razas, ha incurrido en un error como el de creerlos caníbales, y ha hecho afirmaciones por lo menos aventuradas, aunque su trabajo fuera el más completo y exacto publicado hasta entonces (1845).

     Sin embargo, esa división está perfectamente deslindada no sólo por el idioma -son completamente distintos el de los yaganes, onas y alacaluf- sino también por las costumbres y la estructura física de cada uno de esos indios.

     El ona, por ejemplo, descendiente indudable de los tehuelches del sur de Patagonia, es cazador, pescador y no navega nunca; el yagán es puramente pescador y marinero; el alacaluf, quizá descendiente de los araucanos del sur de Chile, navega, pesca y caza. Ni unos ni otros se entienden entre sí, aunque la vecindad y el continuo trato, ya en la guerra, ya en la caza en sitios no deslindados y por lo tanto comunes, hayan creado algunas, aunque pocas, palabras que figuran en los tres idiomas.

     No poco habrá contribuido a estas diferencias la topografía de la Tierra del Fuego, tan variada como su clima, cubierta de bosques en el centro y sur, de pastos como la Patagonia al norte, de rocas casi estériles al sur, riquísima para pastoreo al este, lluviosa y nebulosa sobre el canal del Beagle, seca y fría sobre el océano Atlántico. La influencia del medio se nota efectivamente, pues las costumbres de familia de una misma tribu y tribus de la misma raza, son diversas, como se verá después.

     Pero señalemos, en lo posible, los caracteres de estas tres clases de fueguinos, de las cuales la yagán es hasta ahora la más conocida, mientras los alacaluf permanecen envueltos en una especie de misterio y sólo se tienen algunos datos incompletos sobre su modo de ser.

     Onas.- Comenzando por los más interesantes, son los onas, como ya he dicho, una rama de los tehuelches fuertes, inteligentes y de buena índole como ellos. Son altos, muy bien formados, de color aceituna pálido, y sus facciones no tienen nada de desagradable. Pelo negro, laso y recio, ojos negros también, algo sesgados, nariz generalmente ancha, pómulos un tanto salientes, boca de labios gruesos, dientes iguales y blanquísimos. Notable es en las mujeres la pequeñez y belleza de los pies y las manos; tanto más, cuanto que la ona es una caminadora infatigable, y anda casi siempre descalza y con ojotas rara vez.

     Su carácter es generalmente manso y sociable; son risueños, y al reír muestran su hermosa dentadura. Andan desnudos, cubiertos solamente con un quillango de guanaco o de zorro, sin taparrabo ni cosa que lo valga, y arrojan aquél cuando pelean o cazan.

     Se dividen en onas del norte y onas del sur, y esta división podría situarse imaginariamente en la cadena de Carmen Sylva. Hay entre unos y otros ciertas diferencias de costumbres, y suelen no entenderse entre sí, aunque su idioma tenga muchas voces de raíz común, como por ejemplo:

Sur

Norte

          

          

Agua

Shim

Shem

Brujo

Wo-tel

Wutel

Carne

Yeper

Yaper

Amigo

Yeyogua

Yeyogua

     Como he de ocuparme con bastante extensión de los onas, dejo para entonces otras muchas observaciones.

     Añadiré sólo, que los onas comen preferentemente carne, aves, tucu-tucus y pescado a medias cocidos, nunca crudos, y algunos mariscos. La foca les sirve de alimento solamente en casos de necesidad, y nunca prueban el zorro, por una razón especialísima.

     Yaganes.- El yagán es bajo de estatura pero de torso fuerte. Las piernas alcanzan poco desarrollo, porque viven continuamente en la canoa, puestos en cuclillas. Se les niega inteligencia, pero es indiscutible que la tienen en cierto grado, y más de lo que parece, como lo prueba el hecho de que se les utilice en diversos trabajos con buen resultado.

     Casi se han extinguido por completo, y se me afirma que ya a lo largo del canal del Beagle no existirán más de cincuenta.

     Antiguamente ocupaban las dos costas, desde la Bahía Aguirre al Paso de Breacknock.

     Los he visto en Usuhaia, en sus canoas hechas de tablas; las de corteza, que describiré después, escasean hoy, porque les es más cómodo hacerlas por un procedimiento semejante al que usan los hombres civilizados.

     Sus facciones son abultadas, pero sus ojos vivos y pequeños están siempre avizores, y denotan cierta picardía. Vestidos -éstos- con ropas que les habían dado los misioneros, tenían un aspecto grotesco. Los pocos que aún quedan libres, andan desnudos y sólo cubiertos por una capa de pieles o quillango, como los onas.

     Son especialmente pescadores, y a esto debe atribuirse la deformación y debilidad de sus piernas.

     Alacaluf.- Robusto, aunque no tanto como el ona, es el más guerrero de los fueguinos.

     «La fisonomía del alacaluf -me dice quien los ha visto de cerca- es más desagradable que la del mismo yagán, pero su cuerpo es más desarrollado, porque anda frecuentemente en tierra. Tiene la frente más achatada y ancha, los pómulos menos salientes, la nariz más afinada; es cobrizo.»

     El alacaluf habita en Tierra del Fuego y sus islas, desde el canal de la Magdalena al norte, en los alrededores del monte Sarmiento, y al sur de Magallanes, en el archipiélago, hasta el Cabo de Hornos.

     Su número es difícil de calcular por su carácter hosco y traicionero, que dificulta en gran manera sus relaciones con los civilizados -se limitan en esto a lo estrictamente necesario para comerciar-, pero tiene que haber disminuido mucho, pues el gobierno de Chile, en cuyo territorio están exclusivamente, los hace transportar a centros poblados y los entrega a particulares que -dicho sea de paso- no siempre los tratan con humanidad.

     Pero, de cualquier manera, los alacaluf, que no han sido objeto de tantas persecuciones, son más numerosos que los onas y yaganes juntos.

     Son cazadores, pero su especialidad es la navegación, en que muestran mucha habilidad, y la pesca de anfibios.

     Los salesianos de la parte chilena han hecho alguna tentativa para reducirlos, pero su carácter indómito y malévolo se presta poco para las dulzuras de la civilización, aparte de que ya saben negociar y procurarse con los productos de la caza y la pesca aquello que constituye sus únicas necesidades: galleta, guachacay (anisado) y tabaco. Ama el alacaluf su libertad ante todo, y no hay discursos que valgan con él; testigo el caso del padre Stopani, herido de un hachazo en la misma misión por un alacaluf que huyó con cuatro compañeros robándose un bote. De los indios no se supo más; el bote fue encontrado un año después en la costa norte de Magallanes, donde estaba escondido.

     Son sanguinarios.

     En 1893, asaltaron en Puerto Hope una goletita tripulada por cuatro loberos. Mataron a tres de ellos, y el cuarto, hábil tirador, se salvó haciéndoles certeros disparos a través del tambucho de la embarcación, con los que puso a varios fuera de combate y logró ahuyentar a los demás. Tratábase de una venganza, porque los asesinados no les habían dado suficiente ración de galleta, guachacay y tabaco.

     Como están muy en contacto (en el contacto relativo que ya he dicho) con los blancos, por su activo comercio de pieles, se explica el conocimiento que tienen del valor de las cosas, como también sus vicios, importados en su mayor parte.

     Son también ladrones, y se citan robos hechos con sorprendente audacia, como varios de ganado cometido al norte de Magallanes. Carnean en el campo mismo, y luego transportan las reses en sus canoas al otro lado del Estrecho. Hace pocos años matrerearon en grande una noche, cerca de Punta Arenas; notado el hecho a la madrugada siguiente, se los persiguió sin descanso, pero sin hallar huella de ellos. Desaparecen con una destreza verdaderamente maravillosa, perdiéndose en los fjords, sin que llegue a sorprenderse ni siquiera la canoa en que han huido.

     Tiene un carácter mucho más taciturno que el del yagán, vengativo en extremo, y no da hospitalidad al extranjero, ni deja conocer otro toldo que el que tiene en la costa para pescar.

     Es polígamo, más acentuadamente aún que los onas y yaganes, y en extremo celoso de su honra, cuyos ultrajes castiga con la muerte. Así, cuando una canoa alacaluf aborda a un barco cualquiera para comerciar, muy raro es que vayan mujeres en ella, temerosos sus maridos de que se les ultraje.

     Sobre su religión no poseo dato alguno, y los padres salesianos que están en contacto con ellos, o no los han procurado o se los reservan. Los loberos que los visitan de vez en cuando, no se interesan en tales investigaciones.

La religión de los fueguinos

     Puede ponerse en duda que los indios de Tierra del Fuego tengan un culto externo, pero no una religión.

     Sin embargo, ha habido quien lo niegue casi rotundamente, quizá sólo por el hecho de que los onas y los yaganes son muy reservados en ese punto. A decir verdad, lo son en todo con el extranjero, y contestan a sus preguntas de una manera desesperante, por lo incierta y vaga, cuando no tienen completa confianza en él.

     No faltan, sin embargo, pruebas de que esa religión existe; lo que habrá faltado será sin duda paciencia o interés para buscarlas. Sin embargo, el conocimiento de las creencias de un pueblo importa tanto como el de su propio idioma para darle filiación. No se trata de lo último en estas páginas, sino sencilla y modestamente de exponer los datos obtenidos con tanta insistencia como buenos resultados.

     El mismo mister Bridges, tan conocedor de aquellos indios y sus costumbres, ha dicho: «No reconocen un Creador, ni tienen idea del futuro, ni esperan nada después de la muerte.»

     Pero luego añade, contradiciéndose: «Tienen una palabra para expresar la muerte, Cagagulo, cuyo significado es subir y volar», para completar esto diciendo que creen en aparecidos, en seres sobrenaturales, en criaturas salvajes que vagan por la selva, y en que las exhalaciones son espíritus errantes de sus muertos.

     Tributan, además honras fúnebres a sus deudos y amigos, tienen supersticioso temor a las tumbas, a las que no se acercan, y consideran maldito el lugar en que se ha cometido un crimen. Purifican a sus hijos apenas nacidos, cantan y bailan en los alumbramientos, en las noches sin luna, en la fiesta de la primavera, cuando las niñas llegan a la pubertad...

     Tienen médicos que hacen ensalmos, se atribuyen poder sobrenatural bajado de arriba, poseen amuletos mágicos y maravillosos que llevan misteriosamente ocultos en un zurrón de cuero de lobo, colgado al pecho, y se atan a la cabeza como huincha, una cabalística tira de guanaco nonato.

     Éstos son los hechos más o menos divulgados, que demuestran por sí solos cuán equivocadas son las afirmaciones de que carecen de religión, indios que se someten a esas prácticas y aun a otras de mayor importancia que veremos después.

     Pasemos ahora a otro orden de observaciones, menos conocidas o desconocidas del todo, advirtiendo antes que yaganes y onas se han tomado parte de sus creencias, hasta el punto de que hoy están casi del todo confundidas.

     Poco se sabe a ciencia cierta sobre la religión de los yaganes, pero es fuera de duda que la han tenido, y hasta que han sido iconólatras.

     Muy insignificantes datos pueden obtenerse de los sobrevivientes escasos de, esa raza, que sólo recuerdan pequeños fragmentos de la mitología de sus antepasados. La extinción de las tribus por una parte y los esfuerzos de los misioneros por otra, han sido causa de la pérdida de tan interesantes leyendas.

     Pero se sabe por algunos ancianos yaganes que sus antecesores creían en genios del bien y del mal, y los personificaban con ídolos toscamente hechos, muy raros y de que no he podido hallar ejemplar ninguno. Sólo con datos de memoria, he logrado hacer un facsímile, naturalmente fantástico, de dos de ellos. Pero es muy probable que el ensayo de esculturas que Bove publicó, sea uno de los ídolos en cuestión.

     Cuéntanme de un yagán viejo de la misión de Usuhaia, testigo o cómplice de la matanza de misioneros en la isla de Navarino, que sólo practicaba el rito católico por conveniencia, y seguía con su antigua religión.

     Tenía en su poder un ídolo de madera, apenas labrado, con dos agujeros por ojos, una hendidura por boca y un pedacito de hueso incrustado en forma de nariz, con joroba y las piernas apenas señaladas, al que llamaba Hanush-aica, genio de la mar bravía. Por más que se insistiera con él, nunca quiso cederlo.

     Cuando se le preguntaba algo respecto de la vieja religión de los yaganes, contestaba invariablemente:

     -Baf aiola; mister Bridges culalán. (No sé; mister Bridges enojado).

     Con esto quería significar sin duda que hablando de sus antiguas creencias disgustaría al misionero bajo cuya dependencia estaba. Sin embargo, eso no le impedía cuidar de su fetiche como si fuese un tesoro y... zabullirlo en el mar cuando no andaban bien las cosas, como los marineros de Nápoles con San Genaro.

     Cónstame, también, que los yaganes ponían en sus canoas pequeñas y toscas figurillas de madera, y que les hacían toda clase de manifestaciones de respeto, aunque ellos mismos las hubieran fabricado... precisamente como en plena civilización. Eran, pues, idólatras, y si no se sabe más a ese respecto, ha sido, o por su extraordinaria reserva, o por desidia de los viajeros que los han visitado.

     Pero la falta de datos exactos ha dado rienda suelta a la imaginación, y así he oído muchas veces con extrañeza por lo menos, afirmar que los fueguinos tenían en medio de la isla y entre las selvas, un templo consagrado al Sol, que era digno de visitarse.

     No quiero incurrir en el achaque general de los viajeros que niegan rotundamente lo que no han visto; pero debo afirmar que ni los exploradores, ni las autoridades, ni los mineros y marineros desertores que han recorrido la isla del uno al otro extremo, pueden dar noticia de semejante cosa. Al contrario, todos están contestes en decir que no existe tal templo, y que se trata puramente de una invención.

     Contribuyen a dar fuerza a esta aseveración el carácter nómada de los fueguinos, sus rudimentarias construcciones, de menos invención que las esquimales, y su intelectualidad, poco meditativa, como en la mayoría de los pueblos vagabundos, y nada amiga de normas y reglamentos.

     Justamente esa falta de monumentos religiosos, como su ignorancia del arte de escribir, son las causas que más dificultan -hasta imposibilitan- la reconstitución de su historia y la conservación de su leyenda.

     No es dudoso, pues, que el templo de los fueguinos tendrá que ir a reunirse con la ciudad de los Césares que a tantos sorbió el seso en épocas anteriores.

     En lo que respecta a la religión de los onas, se ve ya mucho más claro que en la de los yaganes.

     Tienen toda una mitología, la historia lamentable de la perdición de su raza, con reminiscencias del cristianismo y del paganismo griego, lo que hará sospechar que su leyenda ha sido forjada después del descubrimiento, con fragmentos de las prédicas de los misioneros, y de narraciones de los tripulantes de las naves descubridoras que abordaron a la isla y a la Patagonia austral. Sea como sea, el mito tiene verdadero interés.

     Han hecho también su olimpo y rinden culto a todas las fuerzas que animan la Naturaleza, principalmente al Sol, divinidad benéfica y al mismo tiempo la más poderosa de todas, que preside los nacimientos, la primavera, la pubertad de las jóvenes.

     La Luna es, en cambio, la deidad maligna, la señora de los mares, la que provoca las enfermedades, la escasez, el hambre. Cuando está roja o tiene halo, el ona no se atreve a salir de su wigwam, la conjuran con cantos quejumbrosos, se tiznan la cara, se rasguñan las piernas, recuerdan a sus muertos, sin nombrarlos, y pasan a veces toda la noche velando con lúgubre temor.

     La leyenda a que antes me he referido explica estos conjuros y este pánico. Veámosla:

El castigo de los onas

     En época remota, los habitantes de Tierra del Fuego eran hombres blancos y tenían barbas.

     Esa tierra era entonces grande, muy grande, y se extendía hacia el norte.

     Vivían en ella y con ellos el Sol y la Luna, marido y mujer, que eran sus tutores o monarcas.

     Pero los habitantes de la Onaisin comenzaron a pervertirse, y llegaron a ser muy malos.

     No existía el matrimonio, las mujeres eran de la comunidad, y no tenían hijos.

     La Luna y el Sol les aconsejaban, les amonestaban, y trataban en vano de corregirlos.

     Entonces, viendo que no lograrían nada de aquellos perversos seres, un día, justamente airados, los abandonaron y se subieron al cielo, donde están.

     Poco tiempo después, se les apareció Chaskelshen, el gigante tan alto como los árboles, cuya barba blanca le llegaba hasta el suelo, que les dijo:

     «Vengo mandado por los antiguos bienhechores de los onas, Carpe y Creen, a avisar a aquéllos, por última vez, que si no se corrigen y abandonan sus costumbres perversas, serán terriblemente castigados.»

     Después de esta amenaza, Chaskelshen desapareció.

     Pero los onas no hicieron caso, y seguían su vida depravada, cuando de pronto comienza a llover, mientras el suelo temblaba y se estremecía con espantables sacudidas.

     Y llovió tanto, que la tierra fue cubriéndose poco a poco, el cielo se obscureció hasta el extremo de convertirse en noche espesa, y las aguas subieron tanto que sepultaron a aquella tierra maldita y sus pervertidos habitantes.

     Así fue castigado el vicio y la maldad de la primera raza ona.

     Cuando se retiraron las aguas, la Onaisín, que hasta entonces había sido llana, apareció sembrada de numerosas y altas montañas que periódicamente se cubrían con una capa blanca y fría.

     Luego que se hubo hecho este cambio, Carpe y Creen enviaron a esa tierra a Cohan Yeperr para que volviera a poblarla.

     Cohan Yeperr llevó consigo dos pedazos de tierra, el uno colorado, negro el otro, que depositó en las llanuras del norte.

     Y de la tierra colorada nació una mujer, y de la negra un hombre, que son los padres de los onas de hoy, que esperan que un día la Luna y el Sol se apiadarán de ellos, y bajarán a darles consejo y gobernarlos otra vez.

     Otra versión del mismo mito, que he recogido de una fuente muy distinta:

La Luna y el hombre

     Woltel, un grande y poderoso cacique, incurrió en la cólera de la Luna, madre de la primera mujer, cometiendo un delito imperdonable para ella, como era el tener contacto carnal en cierto período del mes.

     La Luna se puso roja de ira y juró exterminar la raza de los hombres.

     Éstos, que conocieron su furor, pero no sabían la causa, imploraron a la deidad, que se mostró inflexible.

     Lanzó torrentes de agua e innumerables rayos sobre la tierra y todos hubieran perecido, a no ser por el nacimiento de Crentancol, fruto de la culpa de Woltel.

     Woltel, agobiado por el peso de su falta, confesó a su hijo la causa de la cólera de la Luna.

     Y Crentancol indignado mató a su padre...

     Con esto se aplacó el enojo de la deidad, que perdonó a los que aún vivían, pero jurando que destruiría a todos los hombres si llegaba a repetirse el delito de Woltel.

     El fondo de ambas versiones viene a ser análogo, si no semejante, y en las dos vemos el pecado original, mientras que en la segunda llega a establecerse cuál es. No me detendré a señalar aquí el parecido de esta fábula con otras de la antigüedad, pues está demasiado visible, los lectores lo hallarán fácilmente.

     Pero debe recordarse que casi todas las tribus de indios de esta parte de América, y muy especialmente los araucanos y quizá los apaches, tienen la tradición del diluvio. Ahora bien, según lo que Lista ha publicado respecto de las creencias de los tehuelches, ésta no figura entre ellas, y los onas no la han recibido entonces de sus labios. Pero, ¿no pueden los alacaluf haberla llevado de Chile, explicándose así fácilmente su procedencia?

     En cuanto a la diferencia de forma y detalles de una y otra, debe tenerse presente que han tenido que conservarse puramente por tradición oral, en un pueblo que no ha dado ni aun los primeros pasos hacia la escritura, como que lo único que marca -sus flechas- lo hace valiéndose del modo de atar la punta. Natural es, entonces, que pasando la leyenda de boca en boca, haya sufrido transformaciones capitales, sobre todo cuando los onas del sur variaron hasta el idioma de los del norte, que adulteraron a su vez el de los tehuelches.

     Pero ese mismo mito, la idea de castigo y de regeneración, tienen que convencernos, una vez por todas, de que no es la fueguina una raza abyecta y cretinizada, el eslabón entre el mono y el hombre. Pruebas más acabadas de la inteligencia del ona pueden aducirse, sin embargo; pero ésta basta por ahora, para concederle más alto nivel intelectual que el que se le atribuye.

     Pero doloroso es tener que confesar que esa bella y simpática raza de indios tiene también sus manifestaciones bárbaras, no dictadas por la defensa propia según ellos la entienden, sino pura y simplemente por la superstición. Pero apresurémonos a añadir que esas manifestaciones son poco frecuentes, y que hubieran desaparecido ya, si los encargados de propagar la civilización no la hubiesen propagado a tiros...

     Además del Sol y de la Luna, de los espíritus y los salvajes, creen los onas en una deidad terrible: Schalgpe.

     De pronto, dicen, y durante la noche, levántase del suelo un vapor blanco, una nube que tocando en tierra queda suspendida a cierta altura. En medio de esa nube aparece Schalgpe. Es una mujer extremadamente hermosa, alta, de cuerpo esbelto y formas bien modeladas, cuyos ojos negros resplandecen bajo su larga cabellera rubia. Está envuelta en un manto blanco y suelto, y la orla flotante se confunde con la nube misma.

     Schalgpe se ofrece pocos instantes a la vista a un tiempo encantada y espantada del ona, encantada por la belleza de la visión, espantada porque Schalgpe va en busca de niños, y si no se los ofrece, ella los tomará... ¡y cuántos!

     Para evitar su furor, se prepara un sacrificio de que serán víctimas las criaturas más contrahechas y débiles de la tribu...

     Se alza un toldo formado con palos y ramas, cubriendo una gran piedra, que será al mismo tiempo tajo y altar, a él se conducen los infelices niños, y sobre la piedra se les decapita...

     No insisto en tales horrores. Pero debo repetir que estos sacrificios se hacen muy de tarde en tarde, y agregar que tienen su explicación, si no convincente para nosotros, muy aceptable para ellos.

     Mister Bridges, hablando de los fueguinos, ha dicho:

     «Los niños defectuosos son destruídos al nacer; pero sólo cuando el defecto es enorme». La visión que nadie ve, ¿no será acaso pretexto y consuelo para las tristes madres cuyos hijos están destinados a perecer por sus defectos físicos? En ese caso sería única, barbarie tal con tal delicadeza... Por otra parte, ¿no insinúa algún biólogo moderno la conveniencia que habría en hacer lo que los onas?...

     Además, hay que tener en cuenta, dada la clase de vida de los onas, que un niño defectuoso está entre ellos fatalmente condenado a muerte por la Naturaleza, en las inacabables marchas, en las violentas partidas de caza, en las luchas con las otras tribus, en los largos inviernos de hambre; hoy no se celebran casi esos sacrificios; y sin embargo, no se ve ona que no sea robusto y ágil, no tanto porque la raza sea superior, sino más bien porque los inferiores han sucumbido, sobreviviendo los más aptos. Para bregar a brazo partido, sin tregua ni descanso con la naturaleza fueguina, menester es estar magníficamente dotado...

     Pero, dejando de lado esas crueldades, vese en Schalgpe la poética personificación y deificación de la niebla cruel y hermosa, mortal para los niños enfermizos, y ese símbolo no es de los que menos hablan de la inteligencia y la imaginación de los onas.

     Si, con la base que tenemos acerca de su mitología, quisiéramos reconstruirla toda, claro está que arribaríamos directamente a la conclusión de que la religión de los onas es un paganismo no poli, sino panteísta, con ninguno o con muy escaso culto externo, que, sin embargo, pudo existir en la antigüedad, y haberse perdido luego por indiferentismo.

     Tendrían probablemente ceremonias análogas a una de los yaganes que describe Mister Bridges, como si se tratara de una simple diversión, y que sin embargo tiene marcadísimos rasgos de las fiestas y danzas religiosas de los salvajes en general.

     «Entre sus diversiones usuales -dice el ex-misionero- figuraban representaciones teatrales, en que los hombres personificaban las entidades imaginarias o demonios.

     »Al efecto, los actores se encerraban en la kina o choza que servía de bastidores, y se pintaban la cara y el cuerpo, untándose el pecho con sangre, que obtenían apretándose las narices.

     »Adornados con grandes sombreros de corteza, los hombres salían de súbito en tropel, y armados de palos, arpones o arcos, bailaban y saltaban frenéticamente delante de las mujeres del auditorio, amenazándolas con sus armas y usando expresiones y ademanes obscenos y violentos. Después de rendirse de fatiga, precipitábanse de nuevo en la kina, donde los hombres se reían y discutían los méritos de la representación.

     »Estas fiestas duraban a veces muchos días, y eran ocasión de desórdenes y escenas licenciosas.»

     He hablado antes de los hechiceros, que van perdiendo mucho en el concepto de los indios, cuando los que practican la magia y la medicina no son al propio tiempo sus jefes. Antiguamente era todo lo contrario, y se les tenía gran confianza y fe. Algún Molière del drama de la kina los habrá desmonetizado sin duda, o el contacto con los blancos les habrá hecho pensar en cosas más positivas. Pero el siglo pasado gozaban de gran crédito según nos cuenta Bougainville, en lo que voy a transcribir por curioso; aunque no se refiera precisamente a los fueguinos sino a los indios que habitaban en la península Brunswick, sobre el Estrecho de Magallanes; por las señas parece tratarse de los alacaluf.

     «En una de las ocasiones que saltaron a tierra, se juntaron todos los salvajes con mucha alegría; pero separaron a sus mujeres, a las cuales no querían se llegase; uno de los muchachos, de casi doce años, y el único cuya presencia fuese interesante, fue sobrecogido de un flujo de sangre acompañado de fuertes convulsiones. El infeliz había estado a bordo de L'Etoile, donde le habían dado pedazos de vidrio y espejos, no previendo el funesto uso que haría de este regalo.

     »Tienen el hábito de introducir en la garganta y narices, pedacitos de talco, porque acaso la superstición presta alguna virtud a esta especie de talismán, o acaso le miran como preservativo de alguna incomodidad que padecen, y el muchacho hizo verosímilmente el mismo uso con el vidrio, pues tenía las encías y el paladar cortados en muchas partes y casi sin cesar se desangraba.

     »Este accidente extendió la consternación y la desconfianza; sospecharon sin duda algún maleficio, porque el primer acto del hechicero o brujo que se apoderó del muchacho, fue despojarle precipitadamente de una casaca de lienzo que se le había dado; quiso restituirla a los franceses, pero como éstos no quisieran tomarla, la arrojó a sus pies. Verdad es que otro salvaje, que sin duda gustaba más de los vestidos, la recogió al instante.

     »El hechicero tendió al muchacho de espaldas en una de las chozas y se puso de rodillas entre sus piernas; se doblaba sobre él y con la cabeza y las dos manos le apretaba el vientre con toda su fuerza, gritando continuamente sin que se pudiera distinguir nada articulado. De vez en cuando se levantaba y parecía coger la enfermedad con las manos juntas, y las abría luego en el aire, soplando como si quisiese arrojar un mal espíritu; y mientras, una vieja llorosa chillaba al oído del enfermo hasta ensordecerle, y él parece que sufría tanto con el mal como con el remedio. El curandero le dio alguna tregua para ir a tomar su vestidura de ceremonia y después, empolvados los cabellos y adornada la cabeza con dos alas blancas, bastante parecidas al bonete de Mercurio, empezó otra vez sus funciones con más confianza, y con el mismo efecto. Nuestro capellán administró furtivamente el bautismo al muchacho que empeoraba; sabiendo yo lo que ocurría, fui con Mister de La Porte, nuestro cirujano mayor, que hizo llevar un poco de leche y tisana emoliente; cuando llegamos, el paciente estaba fuera de la choza; su médico, a quien se había unido otro del mismo jaez, empezó de nuevo su operación sobre el vientre, los muslos y los hombros de la pobre criatura, y daba lástima verla martirizar de aquel modo, sin quejarse; su cuerpo estaba ya todo acardenalado, y los médicos seguían aún su bárbaro remedio, con un tropel de conjuraciones. El sentimiento del padre y de la madre, sus lágrimas, el vivo interés de toda la tribu, interés que se manifestaba por señales inequívocas, y la tolerancia del muchacho, causaban la más viva impresión. Los salvajes comprendieron sin duda que les acompañábamos en su pena, pues comenzó a disminuir su desconfianza, dejándonos acercar al enfermo, y el cirujano examinó su boca ensangrentada, que el padre y otro chupaban alternativamente. Gran trabajo costó hacerlos admitir la leche; fue necesario probarla muchas veces, y a pesar de la invencible oposición de los hechiceros, el padre se determinó a hacerla beber a su hijo, y aun aceptó el regalo de la cafetera llena de tisana emoliente. Sus curanderos manifestaron celos de nuestro cirujano, a quien, no obstante, parece que reconocían por hábil encantador; y aun abrieron un saco de cuero que llevan siempre colgado al pescuezo y que contiene el bonete de pluma, polvos blancos, talcos y otros instrumentos de su arte; pero apenas miró, cuando lo cerraron al punto. Notose que en tanto que uno trabajaba para conjurar el mal del doliente, el otro no parecía ocupado sino en prevenir por sus encantamientos el efecto del daño que sospechaba habíamos echado sobre ellos.

     »Al anochecer volvimos a bordo, dejando al muchacho mejor; no obstante, un vómito continuo que lo atormentaba nos hizo sospechar que había tragado el vidrio, y más tarde hubo motivo de creer que nuestra conjetura tenía mucho fundamento. Como a las dos de la madrugada se oyeron alaridos repetidos, y al amanecer, aunque hacía un viento horroroso, dieron a la vela los salvajes. Huían sin duda de un lugar manchado con la muerte y con funestos extranjeros que creían idos sólo para destruirlos. No pudieron montar la punta oeste de la bahía; en un instante de calma volvieron a intentarlo, pero una fugada violenta les hizo enmararse y dispersó sus débiles buques. ¡Qué ansiosos estaban de alejarse de nosotros! Abandonaron una de sus piraguas que necesitaba carena. Satis est gentem effugisse nefandum. Lleváronse la idea de que éramos seres malignos, ¿pero quién no les perdonara su resentimiento en aquella coyuntura? ¡Qué pérdida, en efecto, para una sociedad tan poco numerosa, la de un adolescente, ya libre de todos los peligros de la infancia!»

     No es necesario hacer un resumen de lo que queda dicho, para que quede demostrado que los fueguinos, como la mayoría de los indios americanos, por otra parte, tienen una religión bastante compleja, cuyos ritos se han olvidado y perdido hasta cierto punto, o ellos cuidan de ocultar, por su natural desconfianza con los extranjeros, y el temor al enojo de misioneros y catequistas.

     En cuanto a su moral, fácil es comprender que no llega a nivel muy alto. Apenas si tienen una que otra idea vaga, inculcada quizá por los misioneros.

     Así, no es extraño que vendieran sus hijas púberes sin grande escrúpulo de conciencia; que aun hoy desconozcan absolutamente el pudor; que no crean delito el robo al cristiano de sus «guanacos blancos» (ovejas); que vivan en la más completa promiscuidad, sean polígamos en algunos parajes, y rindan consagrado culto a la vendetta.

     Sin embargo, no dejan de tener buenas cualidades, como la bondad para con sus mujeres, la generosidad con sus compañeros, la sociabilidad, que les hace reunirse por las noches en la choza, ocqrr, y mantener largas conversaciones, entrecortadas por estentóreas risas.

     Hombres y mujeres son muy lujuriosos, pero el sexo fuerte respeta al débil, y no abusa jamás de él. El hombre que tal hiciera se granjearía el desprecio de toda la tribu, y daría lugar a que se vengaran terriblemente de él. Cuestiones de esta especie son, en efecto, las que provocan las luchas a mano armada de familia a familia que han contribuido a diezmar a los fueguinos.

     Mas, aunque las relaciones de familia entran en la moral, dejaremos por ahora ese punto.

 

- XIX -
Los fueguinos «at home»

     Los fueguinos en su hogar... Su hogar es grande, como que se compone de toda la isla, menos la parte habitada por los blancos que han ido a civilizarlos con rémington, y que hoy continuarán su tarea con mauser. Signos inequívocos del progreso: el rémington es ya un arma atrasada hasta como instrumento educativo...

     Vaya esto como prólogo, y lo que sigue como continuación del capítulo anterior.

La familia fueguina

     Cuando nace un ona, una de las vecinas de su madre, que en el trance asisten a ésta, le corta con los dientes el cordón, que le ata con un hilo de tripa de guanaco, hecho lo cual, todas menos una salen del estrecho wigwam y se ponen a bailar en torno, acompañadas por un canto de circunstancia.

     La que ha quedado dentro unta al chico de pies a cabeza con un ungüento compuesto de greda y saliva, y le practica un masaje completo de los músculos y articulaciones, animada por los cantos de las otras.

     Quizás atribuyan a la pomada aquella alguna virtud mágica, pero lo cierto es que el masaje, practicado con bastante delicadeza, no deja de presentar sus ventajas para la criatura.

     La madre no se cuida más de sí misma que en los días ordinarios, y pocas horas después suele vérsela tan campante atendiendo a sus tareas, como si nada hubiera pasado.

     Los hombres, entretanto, han huido de sus chozas, porque creen que si oyen las quejas de la madre, todo andará mal; en compensación, cuanta vieja hay en los toldos se ha metido en el wigwam, a riesgo de sofocar a la paciente y a su prole. El alumbramiento es, también, muy fácil, y no suele haber tropiezo alguno.

     Vive el niño rodeado del cariño materno y del de todas las mujeres de la tribu, y poco tiempo después de nacido (en el sur, y muy especialmente los yaganes), se le sumerge en el mar, ya como una consagración o purificación, ya simplemente para fortalecerlo.

     La madre lo amamanta sin ayudarse con nada hasta que ha cumplido los siete meses, época en que comienza a darle otra clase de alimentos, pero sin despecharlo, cosa que suele hacer cuando ya el niño tiene más de tres años. Las criaturas son colocadas en una especie de bolsa de cuero, sostenida por un bastidor tosco de madera.

     Se la ata de la cintura para arriba, de modo que queda como en pie; las patas largas del bastidor se clavan en tierra, y el niño sólo es sacado de allí una vez cada veinticuatro horas.

     El bebé ona pasa gorda la vida, y come cuando quiere, con sólo gritar pidiendo, porque la madre es muy liberal, y cuando está ausente nunca falta una vecina caritativa que corra a darle alimento y bebida a un tiempo mismo. Lección ésta que podría ser útil también en otras partes que no son la Tierra del Fuego.

     Suele la madre temer que se le pierda su niño; entonces -pero raras veces- toma una espina y un poco de madera carbonizada, y le hace ligeras incisiones en los brazos, en que introduce el polvo negro. Éste es todo el tatuaje que usan los onas, y no como adorno, sino como marca y distintivo. Tengo referencias de una india señalada así, con nueve incisiones de medio centímetro de largo, a medio centímetro de distancia una de otra en el brazo izquierdo, y once en el derecho. Y decía, hablando de ellas:

     -En un brazo dos manos y una; en el otro una mano y...

     Y enseñaba cuatro dedos. Esto demuestra que los onas no cuentan solamente hasta tres, como se ha dicho. Llegan, en efecto, hasta dos veces dos manos; es decir, veinte. De allí para arriba son muchos.

     En ese intervalo, el niño ha recibido nombre. Se le han puesto lindos collares de concha, se le ha pintado el rostro de rojo y blanco, que queda hecho una monada, una ricura, y crece mimado por la ternura materna, sin cuidarse del padre, que tampoco se cuida de él. Cuando ya da pasitos y balbucea algunas palabras, comienza su primera educación, que consiste en el aprendizaje de su lengua, tan difícil -el yagán y el ona son también semejantes en esto- que un adulto extranjero pasará años si se dedica, antes de saberla. En esta tarea la madre es eficazmente ayudada por sus amigas, que sonríen al niño mostrándole sus dientes blancos y esmaltados, mientras le repiten las palabras con notable paciencia.

     Entretanto, puede diablejear a sus anchas, pues no recibirá castigo corporal alguno, sino reprimendas y consejos morales que, como dice mister Bridges de los yaganes, seguirán después, más por necesidad que por afición.

     Bien, ya el hombrecillo tiene cinco años, y es hora de pensar en cosas serias. Ya tiene toda clase de preeminencias, se le considera superior a su propia madre -a quien respeta mucho, sin embargo, pero a quien poco después podrá censurar en ausencia del padre si encuentra reprensible su conducta-, y debe prepararse a la alta misión que le ha sido deparada. Si el niño es niña, nadie, si no es la madre, hace caso de ella; su papel en la vida se reduce a casarse y tener hijos, justamente como en la civilización. Pero si el niño es niño...

Primero, el padre o el abuelo -más generalmente el abuelo-, pone en sus manos el primer arco y las primeras flechas, cuyo manejo le enseña ayudado por varios siglos de atavismo y de selección natural y artificial. Cuando el chico ha hecho algunos buenos blancos en el stand lujoso de la selva o de la playa, y cuando ya sabe matar un shag o una avutarda, pasa al segundo año de estudios y acompaña a los hombres que van a alguna corta excursión por las veredas del bosque o por los senderos de la costa, para avezarse a las largas marchas que habrá de hacer después en procura del preciso sustento.

     Sólo entonces comienza a cesar o disminuir la indiferencia del padre, que ha llegado a extremos inconcebibles, puede que porque ya lo ve casi en condiciones de bastarse a sí mismo.

     Algo más tarde -tercero y cuarto años de estudios- le llevan a las grandes correrías, a cazar guanacos, a ejercitar al mismo tiempo la agilidad, la resistencia, la astucia, el oído, la vista, el olfato y la fuerza. Y si el alumno resulta bueno, pocos meses más tarde se deslizará por la maraña del bosque como una culebra, saltará zanjas y precipicios, correrá sin fatiga días enteros, burlará a los recelosos centinelas de los guanacos, verá a millas de distancia el animal o la persona que busca, reconocerá las huellas de los que han pasado semanas antes por donde pasa él, husmeará el más ligero olorcillo de los alrededores, y volverá a su wigwam, desde leguas, con un guanaco de cien kilos al hombro, y a paso acelerado.

     Como ustedes lo oyen. Fitz-Roy tuvo que prohibir a sus marineros que lucharan con los indios, porque perdían su prestigio y hasta los más formidables ganaban una costalada.

     Ha llegado el héroe a la adolescencia; en este punto se le somete a un período de disciplina, durante el cual tiene que ayunar, rigurosamente a veces, e instruirse en la filosofía rudimentaria y egoísta que le enseñan su padre y abuelos.

     «Siendo muy buenos los preceptos que les inculcan -dice Bridges-, sus prácticas son desgraciadamente muy malas y basadas en el más completo egoísmo. Uno de los principales consejos que se dan a los jóvenes, es tomar por primera mujer a una vieja, porque son las que dan menos trabajo y más ayuda

     Ya el ona está hecho, y su padre lo ama y se preocupa de él. A un mismo tiempo, va a casarlo y a completar su educación para que entre a la vida armado de todas armas. Tiene el jovencito, entonces, catorce o quince años, y su desarrollo es completo.

No vaya a creerse que el padre, poco práctico, elegirá alguna linda rapazuela que le distraiga a su hijo; no, tiempo tendrá para eso, cuando se halle en estado de comprender las satisfacciones y los deberes conyugales. Pone los ojos en una jamona de las familias vecinas, o viuda o divorciada, que sea capaz de hacer abundante cosecha de mejillones, tejer sólidas canastas de mimbres, tender lazos a las aves y otras análogas virtudes domésticas; le propone el casamiento-iniciación, y como el hijo es un robusto y gallardo mozo de anchos hombros y saliente pecho, rara vez se ve desairado. Y la dama de cierta edad, y el dichoso jovencito se casan sin mayores ceremonias y se van a vivir en su wigwam.

     El wigwam no es un palacio ni mucho menos; unos cuantos troncos enzarzados entre sí, y cubiertos con pieles de guanaco, lienzos, trapos, cuanto se encuentra a mano. Generalmente es de forma cónica con un agujero en el vértice, para que salga el humo del fogón, que está en el centro de la base. Los indios se acuestan en él con la cabeza junto a la pared y los pies al lado del fuego.

     Establecido en su hogar el nuevo matrimonio, comienzan las tareas domésticas, civiles y políticas de ambos cónyuges, y la última educación del marido, tan sabiamente inventada por los onas.

     Él se ocupa en cazar, en hacer sus arcos, en labrar sus flechas, en explorar los alrededores de su caú; ella teje mimbre, recoge mariscos, lleva agua para beber, enciende el fuego, arregla los cueros de la choza, soba pieles de nutria y de guanaco, caza aves con trampa o con red, cose quillangos, pesca a la orilla del mar o de los ríos. Es tratada con bastante consideración, y su marido no le levanta la mano, pues perdería en el concepto de los demás y tendría que temer la venganza de los padres y parientes de su esposa. Ella, en cambio, es dócil y trabajadora, por lo general, y guarda fidelidad a su marido, como éste a ella.

     Pero, ya que en eso estamos, entremos al wigwam, en este instante abandonado, y hagamos el inventario de lo que contiene. Primero, un mal olor bastante pronunciado, porque agua la habrá para beber cuando mucho. Luego, dos pedazos de carne de guanaco, pendientes del techo, uno junto a la puerta, el otro en el fondo. En seguida, el fogón lleno de ceniza y de valvas de moluscos.

     El arco y las flechas, estas últimas en una aljaba de piel de lobo, cosida con tientos de guanaco, y con el pelo para el exterior.

     El quillango de cueros de guanaco o de zorro, que usan como único traje, y con el pelo para afuera.

     La corona de piel de la axila del guanaco, en forma de mitra, que ciñen a la frente cuando andan en campaña.

     El taparrabo que usan las mujeres, cuando no tienen un vestido o un pedazo de tela que atarse a la cintura.

     Las ojotas o abarcas con que suelen calzarse cuando hacen alguna correría.

     Las piedras areniscas para afilar sus flechas y cuchillos. Piedras para hacer fuego.

     Cuchillos hechos con zunchos de barril y cabo de madera.

     Cajas vacías de conservas para tomar agua.

     Vejigas de guanaco para conservar la grasa y la sangre de los animales que cazan.

     Canastas de junco, de forma casi esférica, semejantes a las de la mayor parte de las que hacen nuestros indios. Estas canastas suelen estar calafateadas con greda, y entonces les sirven para tener agua.

     Paletas de lobo marino, que sirven de cuchara para recoger grasa, etc.

     Zurrones de piel de guanaco, para recoger mariscos, aves y pescados.

     Huesos pulidos para fabricar las puntas de las flechas; un cuero grueso para el mismo objeto.

     Cintajos que se ponen las mujeres en la garganta del pie.

     Collares de caracoles y conchillas pequeñas, a que las indias son muy aficionadas.

     Correas de guanaco.

     No sé si olvido algo, pero no ha de ser de importancia.

     Como se ve, pocos de estos artículos se deben a la industria de los indios, que han ido aprovechando cuanto la casualidad llevaba a sus playas. Antes, sus flechas eran de piedra, tenían cuchillos y hachas del mismo material, y hasta jarros que fabricaban con corteza de haya. Hoy aprovechan las botellas de vidrio para hacer las puntas de sus armas; sus cuchillos son de arcos de barril, y cualquier tarrito les sirve para beber, de modo que la civilización ha ido -sólo en esto- a hacerles más fácil y cómoda la vida; en cambio les ha ahuyentado sus guanacos y sus lobos, sin resarcirlos con nada...

     -¿Cómo deja esta pobre gente todos sus tesoros así abandonados?

     -Es muy sencillo: el ona no roba, y el cristiano no codicia esos que usted llama tesoros...

     La vida pasa tranquila y feliz si no falta qué comer. Por la noche se reúnen los vecinos en el wigwam, a conversar y contarse cuentos, que ellos llaman «mentiras de chicos» -yans-cayuela-, y sus grandes y francas risotadas se oyen a lo lejos dominando los rumores de la selva, o interrumpiendo el silencio de la llanura.

     Esas charlas en que los onas se ejercitan en su difícil lenguaje, suelen prolongarse largas horas; a veces comienzan por el día, pues apenas el indio se ha ganado el sustento, ya no tiene qué hacer. Mientras ellos hablan y ríen, las mujeres cantan con voz monótona y guardan silencio en cuanto llega un extraño; o la canción del matrimonio, que sólo se entona en las noches sin luna, porque la Deidad es adversa a él, melopea muy semejante a la anterior.

     Entonces es cuando se transmiten las ya adulteradas leyendas de sus antepasados, comentan los sucesos del día, preparan sus excursiones próximas, en manera alguna incomodados por la atmósfera densa, el humo del fogón, el vaho de las respiraciones. Cuando el sueño llega, los vecinos se retiran. Si hay algún huésped, se tiende en el suelo, en el quillango que es traje y cama a un mismo tiempo, sin preocuparse de quién está a su lado ni qué nace. El matrimonio joven, las viejas, las niñas, el huésped, todos duermen juntos, como los radios de un círculo, con los pies junto al fuego, y el perro bien estrechado a ellos, para dar y recibir calor, a la llama oscilante de los troncos de haya, o de ese canelón cuyo humo enceguece e inflama los ojos de cualquier cristiano, pero que para los indios no presenta inconveniente alguno.

     Viene la mañana, y con ella la actividad, a veces relativa, a veces casi inverosímil del ona. Si es en verano, va a bañarse, pues cuando ha recibido alguna noción de higiene es muy cuidadoso de su cuerpo, aunque no lo sea de su choza. En el estado natural se enjuga el cuerpo bañado en sudor durante sus atléticas correrías, con un liquen blando, suave y húmedo que abunda en la isla. Si es en invierno, sale a estirar los músculos y a entrar en calor a la luz de las estrellas, esperando que amanezca... a las tres de la tarde. Luego regresa al wigwam, a labrar pacientemente sus puntas de flechas, esmerándose en darles un corte elegante y en hacerlas agudas y resistentes. La mujer, entretanto, va y viene en sus ordinarias tareas, o se sienta en cuclillas junto al fuego, a conversar y coser sus pieles.

     Come el ona cuando siente apetito, si tiene qué comer, pero es frugal, y no bebe alcohol. Lo he visto rechazando con una mueca desdeñosa, como de repugnancia, un vaso de vino que se le ofrecía. Los que han estado en contacto con los blancos y los tehuelches, fuman, pero no en exceso, y si algo piden al viajero, es ropa y galleta con preferencia al tabaco. No así los yaganes y los alacaluf, que son apasionados del guachacay, y se dan soberbias panzadas cuando pueden, que no es muy a menudo...

     Su manjar predilecto es el guanaco, sobre todo cuando está gordo, quizá por necesidad fisiológica; se observa, en efecto, que todos lo pueblos que no tienen pan, comen mucha grasa, especialmente en los países fríos. Luego vienen las aves -no contemos el guanaco blanco, la oveja, intangible para él si no la roba-, el tucu-tucu y la foca, que sólo come en caso de necesidad.

     Nunca se alimenta con carne cruda, ni con aves ni pescado que no hayan estado al fuego; pero no aguarda tampoco a que la cocción de la carne sea completa. No prueba jamás la carne de zorro, porque, según dice, este animal devora cadáveres de hombres y mata a los que encuentra en el campo enfermos o rendidos, para saciarse con ellos. Comer zorro sería para él como ser antropófago de segunda mano. ¿Dónde va a parar con esto el pretendido canibalismo de los indígenas de Tierra del Fuego?

     Estos platos de resistencia se alternan con mejillones, con huevos -en primavera-, que asan al rescoldo, con pescado, apio silvestre, setas y hongos de muy buen sabor, que abundan en la isla, frutillas silvestres, frambuesas negras, uvas del bosque, diversas bayas azucaradas, y el pan de indio, un parásito fungiglobular que crece en los troncos de los árboles, y que contiene un jugo dulce y sabroso. Es el Cyttaria Darwinii de los naturalistas, y como su nombre lo indica, los indios lo usan en vez de pan, cuando carecen de este artículo.

     Hecha su comida, el ona sale de caza con uno o dos compañeros, sea el día que sea, pues no tiene fiestas ni solemniza fecha alguna, salvo la vuelta de la primavera, en que entona cánticos al Sol, su deidad benéfica. No volverá con las manos vacías, pues si no encuentra caza recoge hongos, pan y alguna otra cosilla con que aplacar las iras del estómago.

     A veces, a su regreso, lo aguarda una grave cuestión que él y sus compañeros de tribu están llamados a resolver. Se ha cometido un delito: una mujer ha faltado a sus deberes conyugales, y el marido irritado, sediento de venganza, pide que se la castigue con la muerte.

     El gorrge ha convocado a todos los hombres de la tribu para que resuelvan acerca de la suerte de la mujer, el cómplice ya sabe la pena que le aguarda: ser desterrado de la tribu. Como el ona que hemos visto nacer es ya casado, es decir, ha llegado a ser mayor de edad, tiene que escucharse su opinión y computarse su voto; es toda una persona.

     El gorrge, más que un cacique es un caudillo, designado por elección entre los más fuertes, valerosos, hábiles e inteligentes de la tribu. La grandeza de ésta depende de sus cualidades, pues según sean ellas, aumentará o disminuirá el número de sus miembros. Un gorrge que se haga famoso por sus hechos y conducta, verá crecer los caús alrededor del suyo, con gran descontento de las otras tribus, que a veces tomarán las armas para vengarse y atajar con sangre su engrandecimiento.

     Sin embargo, es un pobre monarca constitucional, de restringidísimos poderes, apenas un caudillo adornado con un nombre respetable. Cierto que su gente le debe obediencia; pero ésta, cuando no se hallan en estado de guerra, es relativa y... constitucional.

     Le quedan las funciones de juez, poder que tampoco es discrecional, sino en determinados casos. Resuelve y falla en las diferencias de menor cuantía que se suscitan entre miembros de su tribu, interviene en asuntos de familia, pero sólo a requisición de los interesados, y somete al voto general los casos de aplicación de la última pena. La vida humana es sagrada.

     Como caudillo, su deber es velar por la suerte de los suyos, dirigirlos en la caza y la guerra, defenderlos contra sus enemigos personales de otras tribus, y ampararlos cuando lo han menester. Para eso es, también, el médico, aunque haya curanderos que no son caciques.

     Entre los onas no hay propiedad; de manera que, si tuviesen códigos, sus abogados no tendrían que perder muchas semanas en aprenderlos. Por eso también sus jefes no pesan sobre ellos, ni ellos dan mucho trabajo a sus jefes. Su propiedad es un derecho de prioridad sobre los productos de la caza y de la pesca, que reparten con sus compañeros. Cuando uno ha cazado, ya no hay hambre en la tribu, aunque el cazador ignore qué ha de comer al siguiente día. Lo que uno tiene es de todos, y todos se ponen al servicio de uno sólo cuando se trata de vengar su honor o de defenderlo contra algún ataque.

     Son tan generosos y hospitalarios, que el mismo enemigo es sagrado en su choza, de la que lo dejan salir sin perseguirlo hasta pasado largo tiempo, como es sagrado cuando está indefenso o enfermo.

     Sé cuánto difieren estas aseveraciones de las que hasta ahora se han hecho acerca del ona y del yagán; se ha juzgado por circunstancias y hechos excepcionales, se les ha atribuido la culpa que sólo pesa sobre los blancos, se califica de crimen lo mismo que se les ha enseñado con el ejemplo. «Este perverso animal, si lo atacan, se defiende...» Sólo a un fueguino cazado con armas perfeccionadas, que ve que le arrebatan su mujer y sus hijos para concubina y esclavos civilizados, se le puede ocurrir semejante atrocidad. ¡Defenderse!...

     El gorrge, pues, ha llamado a su pueblo para que juzgue a la mujer adúltera. El pueblo, como un solo hombre, dice que se aplique la ley de la costumbre. ¿Matar a la mujer? No, señor. ¿Encogerse de hombros ante la indignación y la rabia del marido? Tampoco.

     La ley de la costumbre es explícita y clara: dice que el juicio no podrá tener lugar sino unas cuantas lunas después de descubierto el delito, y que no se aplicará la pena si el marido no insiste en solicitarla, y si los hombres de la tribu no están conformes con ella, no sé si por simple mayoría o por totalidad de votos, pero me inclino a creer lo último, porque raro es el caso de una ejecución capital.

     Ley benigna con apariencias terribles, pues pasado el primer escozor de la afrenta, y recuperada la sangre fría, difícil es que el ultrajado insista en pedir la muerte de la culpable, y aunque la pidiera, sus compañeros han tenido tiempo de reflexionar y no darán su sanción al tremendo castigo. Ya el susto, el temor de la sentencia posible, constituyen suficiente pena.

     En ese intervalo, la adúltera queda recluida, y su reclusión dura aún algunas lunas, cuando no se ha pronunciado sentencia de muerte.

     ¡Dígase después que los onas no tienen talento!

     Sin embargo, casos de otra especie hay para los cuales no se muestran tan benignos. Por ejemplo, ciertos asesinatos.

     Tengo informes de un hecho últimamente sucedido.

     Un marido celoso, que creyó ultrajado su honor, asesinó a su mujer y a su hijo. Los parientes de la víctima pidieron para él la última pena. La tribu, indignada y horrorizada por crimen tan atroz, dio su consentimiento sin vacilar. El asesinato se había cometido en Monte Chico, Tres Hermanas, y allí fue llevado el asesino por los próximos deudos de su mujer, que lo ejecutaron en el mismo sitio en que había corrido la sangre de la esposa, culpable o no, mezclada con la del niño tierno e inocente...

     Nuestro ona, que respetó a sus padres y abuelos, a los hombres de edad madura y a los ancianos de su tribu, tiene a su vez derecho al respeto de los jóvenes. Es ya un cazador y un guerrero en toda la extensión de la palabra, y cree llegado el momento de pensar en casarse...

     No, no es error, ni olvido. Antes lo casaron; ahora va a casarse él.

     Hay en la tribu alguna muchachita de diez años no parienta suya, ni próxima ni lejana, que promete ser, con el tiempo, una real moza. A ella dirige sus miradas, consulta el caso con su primera mujer, que es de consejo, según se recordará, y por fin pide la niña a sus padres, da los cueros de la boda, y se casa con ella.

     La antigua no mira casi nunca con malos ojos esta invasión de su hogar; por el contrario, se dedicará a enseñar a su colega, a instruirla en las costumbres, gustos y caprichos del esposo, a servirla de madre, en fin, como el hombre le servirá de padre hasta la pubertad. Muy a menudo una y otra son hermanas y están habituadas a la unión, dificultándose así las diferencias.

     Éste es, por otra parte, el único parentesco que el ona tolera en punto al matrimonio. La simple mención del incesto lo horroriza, y se quedaría sin casarse antes de hacerlo con una consanguínea, por más lejana que fuese. Tan alta idea tienen, también, los yaganes de la familia, que en su vocabulario existe una palabra para designar cada grado de parentesco, y la rama de donde proviene.

     Pero si la primera mujer no está conforme con las nuevas nupcias de su marido, puede dar por desatado el lazo, y retirarse a casa de sus padres o parientes, a esperar mejor coyuntura y menos pesada coyunda. En ese caso se lleva a sus hijas, que el padre reconoce, sin embargo, y éste se queda con los hijos, para educarlos en su única industria de cazador forzudo.

     Cuando la esposa impúber se convierte en mujer, hay gran fiesta en la tribu. Esto ocurre de los trece a los catorce años. Se baila y se canta, a veces durante varios días, como celebrando las verdaderas bodas de los esposos.

     Seis meses después de aquella fecha, poco más o menos, la recién casada deja de comer carne, y su alimento consiste principalmente en pescado, mariscos, raíces de achicoria y otras yerbas y el guassing, pequeña frutilla muy refrescante que abunda al norte de la isla. Vive entonces separada del marido, pero no cambia en nada sus costumbres, camina largas distancias, sin precaución, caza con sus redes o trampas, y pesca en la costa, metiéndose en el agua, sin que esto le ocasione malestar alguno.

     Poco más tarde la familia aumenta, llega otro hijo, y se repite la cadena de pequeños acontecimientos domésticos que venimos siguiendo desde el nacimiento del padre, sólo interrumpida por alguna mudanza, ya porque se ha encontrado mejor emplazamiento para los toldos, ya porque la caza escasea en los alrededores, ya porque la seguridad de la tribu está comprometida, etc.

     Entonces es de ver la fuerza y la destreza de las mujeres onas, que cargan con sus hijos, con los miserables enseres del caú, con los cueros que lo cubrían y que servirán para el nuevo hogar. Su resistencia es pasmosa, su conformidad increíble. Después de marchas forzadas, todavía tienen valor para reír, mostrando sus blancos dientes...

     Personas fidedignas cuéntanme de una de esas caravanas de mujeres, caminando sobre la nieve, en la mudanza de un campamento. Algunas iban cargadas hasta con ciento veinte kilos, y marchaban por un camino de cabras, un despeñadero que la nieve hacía más peligroso aún. Avanzaban lentamente, previniendo los obstáculos que pudiera ofrecer la malhadada senda, poniendo el pequeño pie con precaución sobre la tierra helada. Los hombres, armados, andaban en descubierta por los alrededores, hasta largas distancias, explorando las peñas y el bosque... Y a despecho de la enorme carga, a despecho de lo áspero del terreno, las mujeres acamparon aquella tarde a diez millas -de quebradas- de su campamento anterior...

     Esto es muy frecuente, casi diario. Indios e indias presos en Usuhaia, burlaron la vigilancia de sus guardianes, y cargados con cuanto pudieron encontrar, como acémilas, en menos de media hora desaparecieron tras los altos montes que rodean la capital fueguina, sin que nadie soñara en alcanzarlos...

     Pero estas heroicas expediciones no son siempre felices: el 11 de Mayo de 1892, en Policarpo, un terrible derrumbe de tierra destruyó una caravana compuesta de 11 mujeres y 19 niños...

     Volviendo al ona-tipo, natural es que con tantas andanzas, la enfermedad lo postre un día, sobre todo después de que la civilización le ha regado la tuberculosis, que se encuentra a sus anchas en la isla, aunque ya le quede poco en qué elegir.

     Cuando cae, las mujeres de la ranchería se encargan de cuidarlo, y de procurarle lo que necesita; el gorrge le suministra remedio o exorcismos, generalmente tan eficaces los unos como los otros, y que lo dejan morir o contribuyen a matarlo, si la naturaleza no lo salva. Cuando el caudillo no ejerce, va a examinarlo y a recetarle el yacamush, médico de la tribu, que naturalmente hace lo que el gorrge, con tan buena voluntad como mal resultado. Total, el enfermo se muere, o entra en larga y cruel agonía.

     En este último caso, y cuando no hay esperanza de que el enfermo mejore y se salve, los parientes cumplen con el piadoso deber de... despenarlo, estrangulándolo; ésta es, por lo menos, la costumbre de los yaganes, que llaman a la operación abacana.

     Deudos y amigos se reúnen en torno del lecho mortuorio, y se lamentan lastimosamente; los parientes se rapan el cráneo con conchas afiladas de mariscos, y se dejan una corona de cabellos como la de los dominicos, pero más larga, presentando con aquellas crines que les caen sobre la cara, el aspecto más extraordinario. Para completarlo, embadúrnanse el rostro con hollín y aceite; los amigos píntanse también, con diversos colores, según el grado de amistad que los ligaba al difunto.

     Luego éste es envuelto en su propio quillango, como en una mortaja, y se procede a cumplir con él los deberes póstumos. El entierro de los cadáveres se ha hecho antiguamente de diversos modos. Los depositaban envueltos y cosidos en el quillango, sobre alguna peña casi inaccesible, donde no pudieran alcanzar los zorros. O los sepultaban en su mismo caú, al que daban fuego en seguida, procedimiento que les fue prohibido por el gobernador Paz.

     Ahora cavan una honda fosa en un sitio apartado de todo sendero, en medio del bosque, en que -solamente los deudos del muerto- depositan sus despojos. La tumba y sus alrededores son sagrados, y nadie puede pasar sobre o cerca de ella, sin cometer un sacrilegio.

     Los indios creen que el espíritu del muerto tiene influencia sobre su vida, y lo recuerdan -quizá como intercesor- siempre que la luna roja los amenaza con sus iras...

     La viuda no tarda en casarse. Mujeres hay que han tenido hasta diez esposos consecutivamente. Pero la poliandria es desconocida. No así la poligamia, de uso común, sobre todo en ciertos lugares de la Osnaisin, de la tierra yagana, y más particularmente entre los alacaluf. Sin embargo, únicamente algunos caciques tienen cuatro o cinco mujeres, contentándose el vulgo con dos o tres.

     Lo anterior sería susceptible de grandes ampliaciones, pero se preferirá sin duda dejarlas para pasar a otros asuntos, tan interesantes por lo menos. La novela del ona está por escribir, el cañamazo real queda hecho, sin una desviación de la verdad; no faltará probablemente quien lo aproveche para bordar sobre él alguna amena e instructiva narración, que no es del caso aquí.

La guerra, la caza, la pesca

     Ya he dicho que el ona es puramente cazador, y que sólo pescan sus mujeres, desde tierra, o internándose a pie en las aguas bajas; el yagán es exclusivamente pescador, aunque sus mujeres se ocupen en cazar algunas veces; el alacaluf es ecléctico: caza y pesca con igual habilidad. En seguida veremos a los dos primeros en la tarea; ahora vamos a asistir a una lucha entre dos tribus onas, empeñadas en destruirse entre sí, como si no bastaran los factores extraños de extinción de la raza, que tan activamente trabajan en la isla desde hace tiempo.

     La guerra ha estallado por causa del rapto de una mujer, y va a durar meses, quizá años enteros, aunque con sus largos períodos de tregua. No se ha trabajado mucho por la vía diplomática antes del rompimiento de las hostilidades. Bastó con que dos hombres de las tribus se encontraran y cambiaran un par de flechas, para dar comienzo a una guerra de recursos que ha de ser mortífera. En efecto, tras la venganza de la primera afrenta, tiene que venir la venganza de las venganzas sucesivas, una lucha exterminadora semejante a las que diezmaron la Córcega, una serie de sangrientas escaramuzas, de sorpresas, de emboscadas y de matanzas.

     El gorrge asume la autoridad suprema.

     Lo que él mande en este caso, ha de ser obedecido sin réplica ni examen. El indio que desoiga sus órdenes, será considerado traidor, y pasado por las armas sin forma de juicio. Se suspenden, pues, «las garantías constitucionales», el país se halla en estado de sitio, y el gorrge tiene un poder discrecional e ilimitado, que no va, sin embargo, hasta imponer contribuciones extraordinarias, fuera de la de sangre.

     La guerra, lo repito, es de recursos.

     El ona, que es un incomparable rastreador, espía los movimientos del enemigo; sigue sus huellas; lo aguarda entre los árboles de la selva. Por el color y la disposición de los humos que se ven en el horizonte, conoce -aunque parezca increíble- quiénes son los que los han encendido; como por las ligeras huellas que deja en el bosque el enemigo cauteloso, sabe cuándo ha pasado, para dónde y en qué número.

     En tiempo de guerra se pinta la cara de rojo, con rayas negras de ceniza, dos partiendo de las sienes, dos de los pómulos y dos de los lados de la nariz. Éste es al propio tiempo su distintivo y su uniforme.

     No combate sino en orden disperso, a flecha, sin avanzar sobre el enemigo, sino cuando está herido, o considera inevitable su captura. Los prisioneros son muertos sin piedad.

     El ona se desliza por el bosque, sobre los troncos podridos que siembran el suelo, entre las ramas secas y crujientes, en medio de las más lujuriantes frondosidades, sin hacer un ruido, sin que el quillango toque una hoja, sin que nada indique su presencia. Después de largas marchas hechas con estas fatigosas precauciones, suele sorprender al enemigo, aunque éste no se descuide jamás. Entonces dispara su arco, y su flecha es siempre certera. El combate comienza, sin embargo, pues como la muerte aguarda al prisionero, nadie se entrega sino cuando ya le es humanamente imposible defenderse.

     El guerrero no se despoja de su quillango, que le sirve de arma defensiva. Para ello se lo pone sobre las espaldas, y tomando los dos bordes que van hacia adelante con la mano que sostiene el arco, forma un ángulo por cuyos lados resbalan las flechas que llegan con poco impulso, sin tocarle el cuerpo. Él, agazapado, presenta el menor blanco posible.

     Así se matan unas cuantas decenas, hasta que el peor parado abandona el campo a su enemigo. Pero no por eso termina la guerra: hasta que se encuentren dos para renovar las hostilidades, pues las treguas no equivalen a un tratado definitivo de paz, que nunca se pacta. Sin embargo, el statu quo puede durar indefinidamente, y su duración traer consigo el olvido de las disensiones.

     Pero si el ona sorprende a un enemigo enfermo o indefenso, no lo mata, ni le hace daño alguno, aun en lo más encarnizado de la lucha, y cuando le es necesario vender cara su propia vida. Que a tanto llega el buen instinto de esos salvajes, en cuya caja craneana hay más materia gris que en la de muchos civilizados, y en cuyo pecho late muchas veces su corazón a impulsos de sentimientos generosos.

     Las mujeres, acostumbradas desde la niñez a asistir a estos cruentos combates, no se conmueven mucho que digamos ante el peligro de sus padres, sus hermanos y sus esposos. La guerra forma parte de las costumbres, y dado su modo de ser, hay que convencerse de que el ona no teme a la muerte, y no halla suficientes halagos en la vida para esforzarse por conservarla.

     Sin embargo, desarrollan en sus luchas una previsión y una destreza tales, que más que en valor parece que emularan en habilidad. Cuando está en acecho en el bosque, un blanco pasaría mil veces al lado suyo sin notar su presencia, ya se esquive tras de los troncos, ya se tienda en el suelo entre los musgos, ya se adapte a cualquier insignificante grieta del terreno.

     Un hombre que ha vivido mucho tiempo entre ellos, me hace conocer un caso verdaderamente curioso, aunque la estratagema en él usada lo haya sido y lo sea también hoy mismo por indios del Chaco y de la América Septentrional. Vaya el relato por cuenta de su testigo:

     «En 1885, los onas del norte robaron al señor Stubenrauch, cónsul de Inglaterra en Punta Arenas, una importante cantidad de ovejas, como novecientas.

     »El delito era grave y había que castigar a toda costa a sus autores, que de otro modo se ensoberbecerían demasiado. Así es que el escampavías chileno Toro salió en su persecución, recorriendo cuidadosamente la costa del Estrecho, pero sin dar con los indios.

     »Quiso la buena suerte de los perseguidores que una comisión que desembarcó, y cuando ya creía inútiles las pesquisas, tropezara precisamente con la huella de los atrevidos ladrones. Siguieron el rastro, encontraron huesos de ovejas, y después de pasar frente a un matorral bajo, con algunos arbustos, muy claros y esparcidos, perdieron la huella. Continuaron, sin embargo su camino, seguros de dar más adelante con ellos, pero fue en vano que escudriñaran una gran zona de territorio.

     »Ni indicio de indios se veía por allí. Volvieron a registrar, más atentamente si cabe, los alrededores, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Entonces pensaron en el regreso. Cuando iban en camino de vuelta, observaron con sorpresa que la mancha de arbustos y matorral había desaparecido. Se acercaron al sitio donde debía estar, y en vez de árboles destrozados hallaron cenizas de fogones recientes, y huesos de carnero... Los onas, sintiéndose perseguidos de cerca, habían tomado ramas y hojas, y se habían convertido en bosque viviente, engañando al destacamento gracias a la distancia; para que los marineros no pensaran en registrar los árboles, se habían diseminado, de tal modo que parecía imposible ocultarse allí...»

     De éstos y análogos recursos se valen en la guerra, ruda y difícil, pues los dos beligerantes usan más o menos de las mismas tretas, y ni para unos ni para otros hay dificultades en el terreno, ni secretos en la selva inextricable para un blanco.

     Hoy son los alacaluf los más guerreros entre los fueguinos, y conservan su antiguo carácter de ferocidad, su espíritu intensamente vengativo y sus métodos poco nobles de pelear. Sus procedimientos son, sin embargo, muy semejantes a los de los onas.

Los yaganes, que no usan flecha, eran en otro tiempo muy aficionados a los combates singulares, y rara vez se encontraba uno que no presentara grandes y numerosas cicatrices de heridas recibidas en esos duelos, que el uso inmoderado del alcohol que le daban los blancos, hacía más frecuentes aún.

     La misma habilidad, igual astucia, resistencia análoga a la que desarrollan para la guerra, demuestran los onas para la caza. No se les escapa guanaco, nutria o zorro, y son admirables arqueros.

     Sírvense de un arco de metro y medio de largo, poco encorvado y muy duro, cuya cuerda fabrican con tripa de guanaco, unas veces trenzada, otras torcida como cabo. Mucha fuerza muscular se necesita para tender ese arco, que ellos arman sin esfuerzo aparente.

     Con él disparan tres clases de flechas, que se distinguen por su tamaño: las pequeñas son para aves y zorros, las medianas para caza mayor y las más grandes para la guerra. El asta de estas flechas es de las ligeras ramas del calafate, perfectamente rectas; en uno de sus extremos lleva una punta muy aguda de hueso o de vidrio, pues los onas han abandonado la piedra por difícil de labrar; en el otro extremo le sujetan dos barbas de plumas, atadas con fibras de guanaco, lo mismo que la punta.

     Estas flechas miden desde 45 hasta 75 centímetros de largo, y tienen una marca especial, conocida por toda la tribu, que consiste en el modo de atar las plumas o sujetar la punta.

     Su destreza para manejar esta arma primitiva es tal, que a cien metros de distancia perforan cajas de fósforos, una tras otra, sin errar disparo.

     Para la caza del guanaco reúnense dos o tres onas, y salen acompañados de sus perros que merecen -y tendrán- especial mención. Llegan al sitio escogido de antemano, tomando el sotavento para que los desconfiados animales, y sobre todo su centinela, no los olfateen. Venlos desde muy lejos, gracias a su extraordinario poder visual, e inmediatamente envuelve cada uno su perro en el quillango, que se quita de los hombros, quedando en el más duradero y sencillo de los trajes. Arrastrándose, deslizándose, aprovechando para ocultarse todos los accidentes del terreno, con la cautela de un salvaje -es el caso de decirlo-, llegan a ponerse a tiro sin que lo sospeche el más avizor de los guanacos. Arman su arco y cada cual dispara sobre la pieza que ha elegido, y que hiere siempre. Rara vez cae al guanaco al primer flechazo; aun heridos de mauser, escapan vertiginosamente, de modo que los cazadores blancos prefieren el rémington que los destroza e imposibilita más. Pero cuando han disparado, sueltan los onas a los perros, que se encargan del resto, alcanzan al animal, se le cuelgan del pescuezo, y se dejan arrastrar hasta extenuarlo del todo. Entonces llegan sus amos, que ultiman la víctima y se la llevan triunfantes.

     No deja de tener interés el siguiente relato de cacería que me ha hecho Jorge Morgan, contramaestre de la subprefectura de San Juan del Salvamento, muy versado en las costumbres de los indios, con quienes ha vivido largo tiempo, y que me ha proporcionado muchos y muy curiosos informes.

     «Estábamos en la subprefectura de Buen Suceso, donde generalmente carecíamos de carne, lo que hacía muy ruda nuestra vida. Un día, el encargado de la repartición me mandó a la Bahía Valentín, situada al sudoeste de la otra, para que con la ayuda de los indios que vivían allí, procurara matar uno o dos guanacos.

     »Un indio tísico me servía de vaqueano.

     »La distancia que media entre la bahía Buen Suceso y la de Valentín es, sobre el mapa, de cuatro o cinco millas, que lo accidentado del terreno triplica en la realidad. Sólo después de seis largas horas de marcha me encontré en el campamento de los onas, a quienes expuse el objeto de mi visita. No tuvieron inconveniente en ayudarme.

     »A la mañana siguiente, en efecto, salí acompañado por cinco indios a caza de guanacos; cada cual llevaba su perro.

     »En un principio caminamos hacia el interior de la bahía, pero después de dos horas de marcha a un paso que yo apenas podía seguir, cambiamos de rumbo, siguiendo hacia el oeste, en dirección a la bahía Aguirre. Tres horas más tarde llegamos a la hondonada por donde corre el río Aguirre, y que, como éste, va a desembocar al mar. Esa hondonada está cubierta de hermosa yerba; un arroyito de aguas amarillentas corre casi en el medio, y a ambos lados la limitan tupidos bosques de hayas.

     »El indio Capelo, que era uno de los que me acompañaban, se detuvo de pronto.

     »Había visto tres guanacos, 'un hombre y dos mujeres' decía.

     »Los otros indios observaron un segundo, después de la rápida indicación de Capelo, vieron también la situación de los guanacos y se dividieron en dos partidas para atacarlos. En cuanto a mí, hubiera jurado que no había tales guanacos en toda la extensión de la hondonada.

     »Me dejaron en el punto en que estaba, diciéndome que no sabía caminar en el monte y que iba a asustar y hacer huir a los animales. Me quedé, pues, observando a los cazadores y tratando de atisbar a los guanacos.

     »Los onas se alejaron faldeando la colina, sin hacer crujir una rama, sin agitar una hoja.

     »Sólo media hora más tarde vi uno de los guanacos que pastaba tranquilamente, a una distancia de milla y media más o menos de donde yo me encontraba. Al poco rato distinguí los otros dos. El macho levantaba de vez en cuando la cabeza, y olfateaba el viento, en cuya dirección pastaban los tres. Seguí atentamente sus movimientos, muy tranquilos, que los alejaban poco a poco de mí...

     »De pronto, y casi al mismo tiempo, vi que el macho y una de las hembras daban un salto enorme y emprendían velocísima carrera hacia donde yo estaba. La otra hembra escapaba en dirección opuesta. Pero en ese instante salían del bosque con violenta arremetida los cinco perros de los onas, que se abalanzaron a los animales heridos.

     »Los indios, completamente desnudos, aparecieron tras de los perros, disparando flechas y corriendo casi a la par de los guanacos.

     »El macho no alcanzó a correr quinientos metros. Un perro colgado del pescuezo y otro del hocico, lo habían postrado, y el pobre animal estaba en tierra a la merced de sus cazadores.

     »La hembra, entretanto, seguía corriendo, hostigada por los otros tres perros que la habían alcanzado; sin duda estaba levemente herida, y hubiera conseguido escapar si uno de los perros no se le colgara también de la garganta.

     »Los indios la seguían de cerca, menos uno que se había quedado a ultimar el macho. La hembra se hallaba ya a unos ochocientos metros de mi puesto, pero aunque tenía conmigo mi fusil, no pude hacer fuego por temor de matar algún indio o alguno de sus valientes perros.

     »Emilio -uno de los onas- más veloz que sus compañeros, estaba a menor distancia del animal; sin dejar de correr armó el arco, disparó la flecha, y aquél cayó para no levantarse más.

     »Todo esto había durado cinco minutos a lo sumo.

     »Terminada así la partida, creí poder infringir la consigna de quedarme inmóvil en mi puesto, y acercarme a la hembra que yacía muerta a unos centenares de metros.

     »Cuando estuve a su lado, vi que había recibido siete flechazos, dos atravesándole la garganta, dos en el vientre, dos en otras partes del cuerpo, y uno -probablemente el último, disparado por Emilio- en mitad del corazón.

     »También el perro que se colgó del pescuezo había trabajado bien, cortándole la arteria yugular, por cuya herida se escapaban torrentes de sangre que uno de los indios recogió cuidadosamente en una vejiga.

     »Acto continuo fui a ver el otro guanaco, que sólo tenía dos heridas de flecha: una detrás de la paleta derecha, la otra en el costillar, atravesándole el pulmón izquierdo. La punta de esta flecha se había roto después de atravesar al animal, chocando contra una costilla. El indio Ventura había hecho ambos blancos a cincuenta metros, tocando el pulmón al primer flechazo. Los perros habían destrozado completamente el pescuezo y el hocico del guanaco, y Ventura se quejaba de la poca sangre que podría recoger, pues la mayor parte había escapado por el cuello.

     »En un abrir y cerrar de ojos los guanacos fueron desollados y cortados en trozos para poder transportarlos más fácilmente. Los cueros, atados y envueltos en ramas, se depositaron en la horqueta de un árbol, para recogerlos al día siguiente, pues la distancia era larga, hacíase tarde, y no era necesario volver con tanta carga.

     »Pero los indios llevaban suficiente, pues no desperdiciaron nada, alzando, además de la carne, con las patas, las cabezas y las tripas de los guanacos. Sin embargo, marcharon como si tal cosa...

     »Yo, en cambio, que sólo llevaba el rémington, apenas podía seguirlos y a cada paso me enterraba en los pantanos de turba. Una vez más mis compañeros tuvieron que ir en mi auxilio, y sacarme a fuerza de brazos, porque me había hundido casi hasta la cintura...

     »Llegamos a los ranchos ya entrada la noche -yo naturalmente medio muerto de fatiga-, y los indios que se habían quedado y las mujeres del campamento, nos recibieron con grandes demostraciones de alegría.

     »Entonces comenzaron los preparativos del festín.

     »Reservose guanaco y medio para llevar a Buen Suceso; el resto quedaría para los indios.

     »Púsose a asar un gran pedazo de carne, y Emilio y Ventura, después de limpiar unas tripas, las llenaron con la sangre que habían recogido, haciendo una especie de morcilla, sin condimento alguno, que pusieron a cocer lentamente al rescoldo.

     »Asada la carne y la morcilla, todos participamos del banquete, tanto los que se habían quedado en el campamento como yo, simple espectador, y como los infatigables cazadores. Todo era júbilo en aquellas pobres chozas: cantaban las mujeres, contaban cuentos los hombres, relamíanse los perros, y yo era objeto de burlas por parte de los viejos, que me decían:

     »-Cristiano no good. No sabe caminar.

     »Probé la morcilla. No sé si sería el hambre, aunque más me inclino a creerlo, porque en todo el día no habíamos comido nada; pero el hecho es que me pareció deliciosa y comí cuanto pude, que no fue ni con mucho tanto como lo que tragaron los cazadores...

     »A media noche los indios fueron retirándose uno tras otro para irse a descansar a sus caús, y yo, que me caía de sueño y de cansancio, juzgué conveniente imitarlos. Tuve que hacer de tripas corazón y acostarme cerca del fuego, entre la vieja ciega Wabulaya, y el viejo Filote, envolviéndome en un quillango  que me prestó Coustén. A la mañana siguiente emprendí viaje de vuelta a Buen Suceso con el vaqueano y otro indio que nos ayudó a llevar la carne.»

     Bien podría la imaginación haber forjado más emocionante aventura de caza; pero ésta, en su sencillez, da mejor el tono de lo que son esas expediciones, casi diarias para el indio y su perro.

     Todos o casi todos los fueguinos tienen perro, un perro extraño que se parece al mismo tiempo al lobo y al zorro, delgado y ágil, de hocico puntiagudo y ojos vivos, cuyas orejas tiesas lo muestran en continua vigilancia.

     Pueden verse ejemplares de estos curiosos y útiles animales, en nuestro Jardín Zoológico, donde no dejan nunca de llamar la atención de los concurrentes. Este perro es, según los naturalistas, el canis dingo de Australia, y según los indios la joya más preciada de su pequeño tesoro. De esto último no cabe duda.

     El can fueguino acompaña a su amo a todas partes y en todas las circunstancias: cuando viaja, cuando caza, cuando come, cuando duerme. Es su auxiliar, su compañero, su otro yo. Comparte sus amores y sus odios, y le ha tomado, en cierta medida, su carácter y sus costumbres.

     El indio llora la muerte de su perro como lloraría la de su mujer.

     Un viajero ha dicho que el perro era «la estufa ambulante del fueguino», a quien suministra calórico en los crudos días del invierno. Exacto; pero el observador no es justo cuando añade que el inteligente animal sólo sirve para eso.

     En efecto, el perro de Tierra del Fuego caza, según acabamos de ver, y si pertenece a los yaganes también pesca, si pescar es recoger mejillones, destrozarlos con los dientes y comérselos. Es carnívoro e ictiófago, como sus amos. Naturalmente, sólo el hambre y la falta de otros recursos han venido educándolos de padres a hijos para esa última clase de alimentación.

     Es habilísimo en la persecución de guanacos, nutrias, zorros, pingüinos y aves en general, y no es raro verlos cazando por su propia cuenta, aunque su honradez llegue al extremo de entregar a su amo el fruto de su trabajo.

     Los hay en estado de servidumbre, y en libertad. Los últimos vagan por la isla, casi convertidos en lobos, a que se parecen tanto.

     Los primeros son criados en el wigwam desde cachorritos, con mimo extraordinario; en las mudanzas, y cuando son aún pequeños, suelen las mujeres aumentar con ellos su enorme carga, para que no se fatiguen y enfermen con el viaje. Desde temprano son adiestrados para la caza. A largas distancias descubren la presencia de las nutrias, que van a buscar a sus cuevas a orillas del agua, y que destrozan si caen al alcance de sus mandíbulas. En vano la Lutra felina apela a sus defensas -los dientes y las zarpas- contra el mortal enemigo; éste sabe cómo esquivar los golpes y las dentelladas, y cómo clavar los colmillos en el cuello de la nutria, hasta darle muerte o permitir la llegada del cazador, que se apresura a acudir para que la valiosa piel no desmerezca con los mordiscos del perro, que la rasgan y agujerean.

     Para adiestrarlos, el indio les hace tragar por fuerza la hiel de la primera nutria que cazan, o chamusca las patas del animal, y calientes aún, casi abrasando, las restriega en el hocico del perro, no muy satisfecho de la operación; pero dice -y parece ser cierto- que de ese modo no olvidan jamás el olor de la nutria, que le toman un odio imperecedero, y que la descubren por lejos que esté. Corren entonces hasta alcanzarla, y si se ha metido en su cueva, comienzan a agrandar el agujero con las uñas, llorando y aullando desesperadamente hasta que los amos acuden a su llamamiento.

     Es hermoso verlos en la tarea.

Un día que salimos en bote a recorrer la doble bahía de San Juan del Salvamento, en la Isla de los Estados, llevábamos entre los remeros al indio Sosa, que naturalmente se hacía acompañar por su Tontín, un perro cuyo aspecto prometía bien poco, a decir verdad. Era, sin embargo, un animal de valía.

     Apenas dejamos el muelle y doblamos la punta que allí llaman el Cabito de Hornos, por sus remolinos y las violentas rachas que bajan de las altas rocas. Tontín puso las patas delanteras sobre la borda, y comenzó a olfatear el aire, con grandes y ruidosas aspiraciones; pero esta primera y preventiva inspección no debió darle resultados satisfactorios, porque en seguida se echó en el fondo del bote, a los pies de su amo, y allí permaneció sin moverse.

     Cuando desembarcamos, saltó el perro a la playa de cantos rodados, y volviendo la cabeza a un lado y otro, olfateó de nuevo, para lanzarse en seguida como una flecha sobre un pingüín que a unos ochenta metros estaba oculto en la maleza. La dentellada al pescuezo, y la captura del ave, fue cuestión de un minuto. Sosa se apoderó de la pieza, viva aún, y Tontín continuó sus pesquisas con tal éxito que momentos después se apoderaba de otro avechucho, y hubiera continuado devastando la bahía, si, tornándose amenazador, el tiempo no nos obligara a regresar.

     A la vuelta, en efecto, sorprendionos un fuerte chubasco de lluvia, acompañado por violentas rachas de viento helado. Sosa, en su banco, remaba con brío, cubierto con un capote de paño. Tontín, parado en medio del bote, recibía las salpicaduras del mar y el polvillo de la lluvia arrastrado por el viento. El amo lo llamó:

     -«Vení, vení Tontín, acostate.»

     Y tendiendo su capote, hizo echarse al perro sobre un extremo, lo tapó con el otro, y él siguió a cuerpo gentil, empapándose estoicamente.

     Se ve en esto el cariño que tienen a sus animales, de los que no se separan sino contra su voluntad. Y este amor es natural, porque sin su perro el fueguino tendría muchas veces que sufrir hambre, o estar en continua vigilancia en tiempo de guerra.

     Así, cuando un viajero, a bordo de un buque, desea poseer uno de esos extraordinarios perros ya adiestrado, no falta quien le enseñe a valerse de un medio injusto y cruel: momentos antes de zarpar, se llama a bordo a los tripulantes de alguna piragua, se les hace subir a la cubierta, se les entretiene, se acaricia al perro, que suele mostrar los dientes pero que se limita a esa manifestación de antipatía en presencia de su amo. Luego el can desaparece, encerrado en algún camarote, los indios son bruscamente arrojados del barco, en marcha ya, y quejas, protestas, lamentaciones y lágrimas, todo es en vano. El despojo se ha consumado, el hombre de la civilización tiene un título más al cariño y al respeto del indio, y la piragua va quedando atrás, más atrás, aunque sus palas batan desesperadamente las aguas mansas del canal... ¿Y qué mucho que se roben los perros del indio, cuando se les quitan sus hijos y sus mujeres?...

     Pero no es raro que al dar los despojadores libertad al perro algunas millas más lejos, el noble animal salte la borda, gane la costa a nado, y corra por la orilla hasta perder el aliento, en busca de la canoa de su amo, que siempre encuentra, al fin, guiado por su instinto.

     Esta particularidad, esta fidelidad a toda prueba mejor dicho, da lugar a veces a una lucrativa especulación realizada por ciertos fueguinos poco escrupulosos. Donde las dan las toman, ¡qué diablos!

     Uno de esos indios ladinos sube a bordo con su magnífico perro cuando el barco está por zarpar. Nunca falta algún aficionado que quiera comprárselo, y él lo vende gustoso, sin grande exigencia; recoge la galleta, el guachacay o el tabaco que le dan en cambio, vuelve a su canoa; y boga tranquilamente hacia la costa. El can, entretanto, hace fiestas a su nuevo dueño y lo sigue a todas partes, como si de pronto se hubiera encariñado con él. No hay que fiarse de apariencias... Cuando el barco echa a andar, y aprovechando el menor descuido, el perro se precipita al agua y va a reunirse con el indio, que lo espera, feliz con la ganancia tan fácilmente adquirida. Pero, ¿qué es esto sino una represalia provocada por los civilizados que lo privaban de su único amigo, de su activo ayudante, del inteligente instrumento de todas sus empresas?...

El perro fueguino es, también, admirable por la flexibilidad de sus músculos; uno he visto que andaba como gato por la borda de un buque; todos trepan por las rocas con asombrosa agilidad, nadan rápidamente y sin fatiga, recorren largas distancias a la carrera, saltan como gimnastas, vigilan como cerberos y son feroces perseguidores de cuanto bicho vive en agua y tierra.

     Indio, uno de los habitantes más simpáticos del presidio de San Juan del Salvamento, tenía la maldita costumbre de irse al faro de Punta Laserre, a perseguir los conejos a dentellada limpia; para entrar al recinto, saltaba un vallado bastante alto, y se precipitaba sobre los indefensos roedores, provocando una dispersión general y dejando el campo sembrado de cadáveres. Al «sálvese quien pueda», los conejos sobrevivientes ganaban el monte; pronto iban a quedar deshabitadas las madrigueras del peñón, y sin posible ewel los empleados del faro. Para impedir el acontecimiento de semejante desgracia, uno de los marineros engatusó al perro a fuerza de caricias, y cuando fue dueño de él, le ató a la cola una cacerola de hierro, y dándole un latigazo, lo hizo echar a correr en dirección al presidio. Indio huía con creciente velocidad, dejando atrás todos los obstáculos, y más incomodado al parecer por el ruido que por el peso de la cacerola. Cuando llegó al vallado, lo saltó limpio y todavía le sobró una vara... Ese perro es de una fuerza muscular inverosímil, y en cualquier circo tendría gran éxito como acróbata y hércules canino.

     Son conocidas las hazañas de otro perro de esta raza que tenía en Buenos Aires uno de nuestros marinos. Desesperábase por perseguir a cuanto can civilizado veía. Cuando no podía precipitarse escalera abajo, se tiraba desde el balcón saltando la reja; aunque el piso fuera de respetable altura, caía sobre sus cuatro elásticas patas y corría a su congénere, a quien saludaba con los mejores tarascones de su repertorio. Una vez se rompió una pata, pero la lección no le aprovechó, y en cuanto estuvo sano volvió a las andadas.

     Para no perder los perros fueguinos que se traen ya grandes, muchas veces es necesario tenerlos enjaulados como fieras.

     En fin, y para concluir: es seguro que los fueguinos, desde que los blancos invadieron su isla, dicen o piensan como el escritor francés:

     -¡Cuánto más conozco a los hombres, más amo a los perros!

     El ona tiene, pues, como medios de ganarse la vida, sus flechas y su perro. El yagán y el alacaluf poseen también, como pescadores que son, otros instrumentos de trabajo.

     El último usa como el ona arco y flechas, y como el yagán lanza y arpón para pescar. Sus flechas son más cortas que las del ona, y no tan bien hechas; sólo se sirve de ellas para cazar aves a corta distancia.

     Los arpones del yagán y el alacaluf son de hueso de foca, y los trabajan con cuidado, aguzándoles bien la punta, y alisando la superficie. Los atan a un palo recto, de regulares dimensiones, por medio de delgadas tirillas de cuero fresco, que al secarse adhieren perfectamente el asta a la punta. Esos arpones suelen ser lisos, con una sola entalladura como en el primer dibujo, o recortados en forma de sierra.Los primeros les sirven generalmente para pescar centollas, grandes y suculentos cangrejos que, gracias a la transparencia del agua, cuando está tranquila, pueden verse paseándose por el fondo. El indio las pincha en medio de la cáscara, con su arpón, y las sube a su canoa, donde suele asarlas y comerlas sin pérdida de tiempo. Los dentellados son más a propósito para la caza de la foca, y de peces de gran tamaño, que toma también con el doble arpón.

     Para la fabricación de estos instrumentos, como también para otros usos -entre los cuales es notable el de afeitarse el vello, que tienen fueguinos y fueguinas-, se valen de un cuchillo especial, hecho con una valva afilada de marisco, a la que por lo común no ponen mango, pero que a veces lo tiene.

     Estos cuchillos primitivos tienden a desaparecer por completo, sustituidos por los de arco de barril, de que ya hablé, más fáciles de hacer, más cortantes y más durables también.

     Los yaganes pescan con línea y con red, además del arpón. Y al decir los yaganes, les atribuyo indebidamente funciones exclusivas de sus mujeres. A ellas, en efecto, incumbe esa tarea, como todas las más pesadas, pues el yagán no las trata con la delicadeza del ona, lo mismo que el alacaluf.

     Las redes que usan son de mallas regulares como las europeas, y hechas de tiras delgadas de cuero. Los alacaluf las tienen semejantes.

     En cuanto a la pesca con línea, la particularidad consiste en que no usan anzuelo. En el extremo de un «tiento» largo, o de una guía muy fina de cachiyuyo, hacen un nudo en que colocan la carnada, un pedazo de mejillón la primera vez. Echan la línea casi a flor de agua y luego silban de un modo peculiar, atrayendo a los peces que, en efecto, no tardan en acudir. Cuando alguno ha mordido el cebo, dan un rápido tirón circular, y el incauto pez, arrancado a su elemento, va a caer en la canoa o en la playa, según donde se haga la pesca.

     Sin embargo, tengo noticia de que han solido usar una especie de anzuelo bastante ingenioso. Hacían una pequeña varilla de hueso, que ataban a la línea. En el centro de la varilla colocaban otra sobre un eje, que la permitía moverse hacia abajo, hasta igualar la punta de la primera, y hacia arriba hasta formar dos ángulos rectos con ella. Colocaban la carnada en las dos varillas cerradas y formando una sola; el pez las tragaba; al tirar, abríase la movible, que se enganchaba en sus fauces, y el pez se convertía en pescado.

     Apenas obtenían algunas piezas, abandonaban la carnada de lapa o mejillón, para adoptar la de pescado, que cortaban con los dientes, y que da resultados mejores.

     Y ya que observo esto, haré también notar que los fueguinos se valen de sus dientes como de un verdadero estuche de herramientas apropiadas para toda clase de usos... Hasta vidrio rompen con ellos, para preparar sus flechas...

     Los yaganes hacen su canoa de corteza, que desprenden en primavera, cuando sube la savia, del tronco de grandes fagus, por medio de cuñas. Sacada y seca la corteza, a la que desde un principio han dado la forma conveniente, en parte parecida a la de los cascos de un globo, cosen los diversos trozos entre sí, con barbas de ballena, armando definitivamente la piragua con tablas flexibles que encorvan de una borda a la otra, a modo de cuadernas, y que sirven al mismo tiempo de piso. Con troncos delgados, forman la regala, que corre de un extremo al otro de la canoa, y que cosen también a la corteza con barbas de ballena. Ahora bien, como la madera encorvada tendería naturalmente a tomar de nuevo la recta, abriendo la piragua, solidifican ésta con palos que la atraviesan de borda a borda, fuertemente sujetos a la regala, y cuyos extremos sobresalen de ella. Estos extremos, toscamente redondeados, se esculpían antiguamente y representaban las deidades más veneradas por los dueños de la canoa, que los llamaban hamush. La piragua de los yaganes tiene dos proas y es poco estable fuera de las aguas tranquilas de los canales. Así, no es verdad que se aventuren a pasar el Estrecho de Lemaire para ir a la  Isla de los Estados que, por otra parte, no presenta indicio alguno de que los salvajes la hayan visitado hasta ahora.

     En la actualidad prefieren hacer sus canoas con tablas que obtienen fácilmente. Entonces afectan la forma de una batea, bastante tosca, y sin originalidad alguna. Más pintoresca y curiosa es la antigua, que he ensayado describir.

     Las mujeres yaganas dirigen esta primitiva embarcación, sentadas en el fondo, de manera que la borda está casi a la altura de la axila, y bogando con unas palas cortas. El marido, entretanto, se calienta al lado del fogón colocado en medio de la canoa, sobre un gran trozo de tierra cortado con yerba, una especie de adobe, que impide la propagación del fuego. En él asa mariscos y pescado que come cuando tiene gana.

     Todo lo relativo al manejo de la embarcación está a cargo de las mujeres, que, cuando no la necesitan, la amarran generalmente a las matas de cachiyuyo cercanas a la costa, ganando ésta luego a nado. Los hombres no saben nadar; y en 1885 se ahogaron seis de ellos en Usuhaia, salvándose tres mujeres y un niño, que iban también en la canoa, el niño gracias al arrojo de la madre. Es muy extraño esto, pues el yagán pasa la mayor parte de su vida navegando por los canales.

     Las canoas del alacaluf son mucho más marineras que las del yagán, y casi siempre están aparejadas con un velacho redondo. No son de corteza ni de tablas, como las del yagán, sino de grandes troncos ahuecados de haya.

     Usa pala larga, a guisa de remo, es muy diestro para dirigir su barquichuelo, que no carece de cierta estabilidad y anda grandes distancias con él. Pero tampoco se anima a atravesar el Lemaire, generalmente proceloso.

     Tiene cerca de la costa chozas en que sólo habita durante la estación de la pesca y de la caza de la nutria, y que son en un todo semejantes a las de los otros fueguinos. Las que posee en el interior y que constituyen su verdadero domicilio, son difíciles de encontrar. Serán, seguramente, análogas.

     Las mujeres onas, que no navegan, pescan desde la costa, o internándose en las aguas bajas, en que se sumergen hasta la cintura. Cuando en las peñas de la orilla no hay mejillones grandes -este molusco tarda años en crecer, y los indios hacen de él un gran consumo- van a buscarlos en las restingas que avanzan en el mar, y no tienen inconveniente en bucear para arrancarlos del fondo.

     Hay que observar que los onas, más previsores que los yaganes, sufren menos penurias por escasez de víveres. Han inventado, en efecto, un método para la conservación de la carne de guanaco.

     Cuando la caza de este rumiante ha producido más de lo que se puede consumir sin que sobrevenga la descomposición, buscan un charco que se haya formado en un terreno de turba, y con agua abundante. En el fondo de ese charco cavan un hoyo suficientemente grande para que quepa en él toda la carne que se quiere conservar. Ésta se deposita en él y se cubre cuidadosamente con la turba extraída, que se aprieta para que quede sólida. Poco a poco el agua vuelve a adquirir su limpidez primera y nadie, al pasar junto al charco, adivinaría que es un depósito de víveres.

     La carne dura así enterrada, y en relativamente buenas condiciones, hasta unos tres meses. Pero toma un sabor acre, ácido y terroso, que no disgusta a los indios, y que los civilizados soportarían muy bien en caso de hambre. La parte interior de la carne no tiene tantos defectos.

 

- XX -
Los fueguinos en la actualidad
Un trabajo del reverendo mister Thomas Bridges

     La muerte acaba de sorprender en Buenos Aires, adonde lo habían traído asuntos particulares, a un hombre vinculado estrechamente a la historia de Tierra del Fuego, desde la primera tentativa fructuosa de incorporarla a la civilización.

     Era un misionero anglicano, que desembarcó en la península de Usín en 1879, para no salir ya del suelo fueguino. Su labor, si no ha conseguido el principal objeto a que iba encaminado -reducir y civilizar a los indios-, dio, sin embargo, resultados muy apreciables de progreso, creando en aquellos parajes centros de recursos de que antes carecían, como la misión de Usín, frente a Usuhaia, el importante establecimiento de Haberton, etc.

     Pero, además de esto, el reverendo mister Thomas Bridges se ha distinguido en el estudio de las lenguas fueguinas, especialmente la de los yaganes, determinando su estructura, y compilando con extraordinaria paciencia un vocabulario yagán que contiene más de treinta mil voces con su correspondiente traducción inglesa.

     Durante una visita que le hice en Haberton, tuve oportunidad de hablar con él sobre tan interesante asunto, y le manifesté mi extrañeza de que indios de costumbres completamente primitivas, con escasísimos instrumentos y rudimentarias ideas, poseyeran riqueza tal de palabras, que casi iguala a la del castellano.

     -Imposible parece -dije- que encuentren suficientes objetos e ideas abstractas como indicarían sus treinta mil y tantos vocablos, si es que no tienen numerosos sinónimos para designar una misma cosa...

     -No, amigo mío -contestó mister Bridges-. Eso depende de que han especializado cada verbo y cada sustantivo hasta la minuciosidad. Sus verbos son singulares, duales y plurales, con tres conjugaciones distintas. En los nombres, no sólo señalan un objeto o una persona, sino también el sitio que ocupa con respecto al que habla. Naturalmente, entonces, el número de sus palabras tiene que ser casi ilimitado.

     -¿Y piensa usted publicar su vocabulario?

     -Pienso en ello, pero no lo he resuelto aún. He hecho imprimir, sí, en Londres, varios evangelios en idioma yagán, que está reducido a la escritura por el sistema fonético de Ellis. Sí, amigo mío; es muy bueno para la predicación de las palabras de Dios.

     -¿Ha hecho usted otros trabajos relativos al yagán, Reverendo?

     -He redactado, amigo mío, la gramática, y hace algunos años di en la English Literary Society de Buenos Aires, una conferencia en que me ocupaba del idioma. Sí, amigo mío.

     Tengo en mi poder la conferencia en cuestión, cuya parte lingüística es muy interesante. Será sin duda el documento más completo publicado hasta ahora sobre el idioma yagán. Me permitiré, pues, valerme de él en lo que sigue.

     El yagán tiene, según mister Bridges, cuarenta y cinco sonidos o letras diferentes, de las que diez y seis son vocales.

     Las palabras son tan numerosas como ya se ha dicho, y se multiplican aún por la composición.

     Los nombres, pronombres y verbos tienen tres números: singular, dual y plural, cada uno de ellos completo en sus varios cambios de caso y tiempo, y en las formas interrogativa, afirmativa y negativa. Es muy rico en pronombres y verbos, y su pronunciación es suave; pero la gran variedad de sus sonidos hace imposible un método silábico de escritura.

     Los yaganes, muy aficionados a la conversación, por su raro espíritu de sociabilidad, y que dedican a ella la mayor parte de su tiempo, dominan perfectamente su idioma, pero son incapaces de separar las palabras que forman una sentencia. Así, el único medio de aprenderlo, mientras no se conozca la gramática y el vocabulario de mister Bridges, será oírlo de boca de los indios, lo que reclamará años de paciencia y contracción.

     Análogas dificultades presenta la lengua de los onas, que pocos blancos conocen, siquiera sea superficialmente.

     Pero necesario es explicar algo más el espíritu particular del idioma yagán, y mister Bridges lo hace en la siguiente forma:

     «Una de las grandes peculiaridades del yagán -dice- es que tiene un sistema o serie regular de verbos singulares y plurales, totalmente originales y distintos. Cada serie es perfecta y tiene sus tres números -singular, dual y plural- y sus modos y tiempos propios.

 

     Así, ata significa tomar o traer una cosa; atapay, tomar dos cosas; tumina, tomar varias cosas. Ejemplos:

     Él lo tomó - Catud.

     Él los tomó (dos objetos) - Catakipinda.

     Él los tomó (varios) - Cataminude.

     Lo mismo sucede con una extensa serie de verbos transitivos que, con sus innumerables compuestos, forman una parte muy importante, y única de la lengua.

     Mas también hay otra serie de verbos igualmente importantes en su forma primera, pero que entran por mucho en gran número de verbos transitivos. Daré sólo dos o tres ejemplos. El verbo «ir a pie».

                              

Singular

Cataca

Dual

Catacapai

Plural

Utushu

     Ejemplos de conjugación:

     ¿Dónde ha ido a pie? (una persona) - ¿Cutupai catacara?

     ¿Dónde han ido a pie? (dos) - ¿Cutupai catacarapai?

     ¿Dónde han ido a pie? (varias) - ¿Cutupai utushara?

     Para el uso de estos verbos no hay necesidad de pronombres. Hay varios participios que, como los pronombres, tienen las inflexiones de número y de caso, y reemplazan a menudo a los pronombres.

     En yagán no existe diferencia de género en ninguna clase de palabras.

     La estructura de la lengua requiere palabras largas; pero, es muy sencilla y regular. Estas palabras largas tienen, por lo demás, un amplio significado. Ejemplos:

     Cataguamush - Dice que lo hará.

     Cawashtakgaiadagagupikinamashundeaca - Dicen (dos) que lo hicieron en tal tiempo.

     En estas palabras el prefijo pronominal empieza el verbo, y la terminación de tiempo lo completa, formando así un solo verbo toda la frase.

     El número de afijos y prefijos de los verbos es muy grande, y los cambios que el verbo sufre en el proceso de la inflexión son tan completos, que la palabra original acaba por perder su estructura y su sonido.

     Así, ata, tomar, se convierte en ukrdu; y ura, llorar, en aune cusk, «él ha llorado».

     Otros datos de la misma fuente: Tienen palabras para designar las estaciones. La correspondiente al otoño, hanitush, significa «hojas coloradas», porque en esa época enrojecen las del fagus.

     Su nomenclatura geográfica es muy lógica, y tiene siempre una referencia al sitio. Por ejemplo:

     Wulla, es el nombre que dan a la isla Navarino.

     Wullaia (ata-bahia), es la bahía mayor de Navarino.

     Wullaiashea es una isla importante de una ensenada de Navarino.

     Wullaiyusha, a la costa de Navarino.

     Wullalanuk o fin de Wulla, a la isla de Gable, situada al este de Navarino.

     Otro ejemplo:

     Onaisín o tierra de los onas, es la Tierra del Fuego.

     Onashaga o canal de Ona, es el del Beagle.

     Onagusha o costa de Ona, es la costa norte del canal.

     Las islas de Wollaston se llaman Yashousín, o tierra de islas, y sus naturales yashcaiamalím, o sea isleños.

     Otros nombres geográficos califican el lugar, como, por ejemplo, Roca Parada, Cerco Redondo, Raíz Colgada, Bahía Caliente, Aguas Amargas, etc.

     Tienen también términos para designar todos los grados de parentesco, indicando la rama, y hasta para padrastro, madrastra, cuñado, cuñada, suegro, etc.

     Sorprendía notablemente a mister Bridges, que la palabra yagán yamana signifique al mismo tiempo hombre, y vivo, vida, vivir. Esto, sin embargo, no es tan sorprendente. La idea, y justamente la más rudimentaria, de vida está tan ligada a la del ser humano, que esta manera de expresar ambas con un vocablo solo, parece muy natural en el ignorante salvaje, incapaz de atribuir mayor amplitud al concepto superior de la existencia.

     Un informe curioso, y generalmente desconocido: Queda dicho que los onas del norte entienden el idioma de los tehuelches; los del sur tienen muchas palabras comunes con los del norte y se comprenden fácilmente; los yaganes pueden hablar de las cosas más comunes con los del sur; los alacaluf se hacen entender por los yaganes, y quizá también con los naturales de Chonos, formando así una cadena del nordeste al sur y al noroeste, creada evidentemente por las relaciones, y quizá también por orígenes comunes.

     Un ona del sur, llamado Tataminick, aprendió en pocas semanas el yagán, y casi en seguida el alacaluf.

     Los onas, según me comunica el contramaestre Morgan, manifiestan su espíritu poético no sólo en sus leyendas y en sus cuentos, sino también en el significado de muchas palabras,  verbigracia: la estrella matutina tiene por nombre Gsaselp, que significa «el cantor de la mañana»; la vespertina Jartum «el adormidor», y Sirio, Gsasiulp, que quiere decir «la luz de los ojos»...    

El fin de una raza

     El fueguino se extingue con pasmosa rapidez. Asistimos a los últimos estertores de su agonía, comenzada desde que los primeros hombres blancos pusieron el pie en su isla.

     Sin embargo, esos indios, y especialmente los onas, no merecen suerte tan cruel. Por su inteligencia, por sus condiciones de carácter, por su mansedumbre, eran acreedores a los beneficios de la civilización, y debió tratarse de conquistarlos poco a poco para ella. No ha sido así. ¡Qué! Se ha hecho todo lo contrario, y se les ha cazado como a fieras, en nombre de los más altos principios de la humanidad.

     Dentro de pocos años, las dos razas que pueblan la Tierra del Fuego propiamente dicha, habrán desparecido casi sin dejar rastro de su paso por el mundo. ¿Por qué?

     Las causas -ya que no las razones- de esta rápida extinción, son bastante complejas. Presentemos primero una general, para detenernos en seguida sobre las particulares.

     Darwin, Quatrefages, de Rochas, Blaine, Garnier, y muchos otros antropólogos, han hecho notar que donde quiera que pasa el europeo, muere y desaparece el indígena, atacado por enemigos naturales y artificiales que tienden a desalojarlo, para que lo suplante otro más apto.

     Fontpertuis, hablando de la extinción de los indios australianos, hace estas atinadas consideraciones:

     «Sabido es, desde el punto de vista moral, lo que debe entenderse por la sustitución de razas superiores. La caza de los australianos, y el exterminio gradual de los pieles rojas, ha dado a esta expresión un sentido tan preciso como terrible...»

     Tanto en Tierra del Fuego, como en la Pampa, como en las demás comarcas pobladas por salvajes, en efecto, las razas superiores han ocupado el puesto de las inferiores, destruyendo primero a éstas, como medio más expeditivo que la educación paulatina, para apartar obstáculos y no verse incomodadas en su desarrollo ulterior. Los indios del extremo austral de América no podían quedar exceptuados de esta ley general, y no lo han sido.

     Los indios y los blancos son naturalmente enemigos. Los últimos, más fuertes, tienden a despojarlos de sus territorios, y subyugarlos para que trabajen en provecho suyo; los primeros se esfuerzan por mantener el dominio de su país, y por conservar su libertad absoluta. Para que los odios no estallen de una y de otra parte, sería necesario desplegar una habilidad blanda y suave, que es ridículo esperar de parte de los conquistadores, pioneers y aventureros que invaden las tierras nuevas, buscando facilidades de vida y enriquecimiento agotadas en los países civilizados, y decididos a conseguirlas por todos los medios. En teoría, los misioneros protestantes o católicos serían los indicados para desarrollar esa mansa e ideal clase de política, pero en la práctica ocurre otra cosa muy distinta, pues los catecúmenos tienen que someterse a una especie de sujeción, que se torna más dura cuando los misioneros se dedican -como lo hacen siempre- a las industrias y al comercio a que se presta el país. El Chaco misionero dio antiguamente un ejemplo de esto, como lo dan hoy las misiones de Río Grande, de la península de Usuhaia y de Dawson en el extremo austral de América, donde el indio cree hallar más bien una cárcel disfrazada y una vida penosa de trabajo, que las dulzuras del hogar en plena civilización.

La lucha que forzosamente se traba entre el salvaje y el blanco, tiene que ser, forzosamente también, mortal para el primero, como está comprobado por los hechos en todas partes del mundo.

     En cuanto a las causas particulares de la extinción de los fueguinos, son de diversos órdenes y pueden enumerarse así:

     La persecución -que ya hemos indicado en tesis general- de que han sido objeto desde tiempo inmemorial por parte de los nuevos pobladores de su territorio.

     Las enfermedades importadas, como, por ejemplo, la tuberculosis, que han hecho estragos entre ellos y que continúan su obra destructora.

     La exportación de adultos y de niños, hecha antiguamente por los misioneros, y hoy día por los gobiernos, en la forma que se dirá más adelante.

     La escasez cada vez mayor de elementos de vida, que antes abundaban, y que el blanco ha hecho disminuir enormemente, persiguiendo sin tregua los animales silvestres.

     El uso de alcoholes nocivos que le procuran la avidez de comerciantes sin escrúpulo.

     El cambio de costumbres y método de alimentación, que no han podido evitar, pues deriva fatalmente de la influencia directa o indirecta de los extranjeros.

     Y por último, su mismo espíritu batallador, que los arrastra a guerras en que se diezman entre sí.

     Pueden examinarse rápidamente estas diversas causas parciales de desaparición, que trabajan de consuno en su obra destructora con éxito tal, que dentro de poco no quedará un fueguino en la isla.

     En la primera colaboran desde un principio los exploradores, las autoridades, los hacendados. Estos últimos, sobre todo, se llevan la palma hoy, y son los que con más eficacia persiguen a los indios. Los exploradores han llegado en su celo científico, hasta fusilar a los fueguinos, para enriquecer los museos de Europa con sus esqueletos!... Así, como suena...  El mismo Popper, que no era muy blando de carácter, y que muchas veces disparó su rifle para alojar una bala en la órbita de un indio -especialmente en su primer viaje-, denunció el hecho en una conferencia pública, acusando también a un excursionista argentino. Oigámoslo:

     «Hace cinco años (1886) desembarcó un explorador en la bahía de San Sebastián, y comenzó su noble tarea atropellando mujeres y criaturas que condujo en seguida a Buenos Aires, heridos y sangrientos.

     »Hace tres años (1888) un vapor embarca en la primera angostura del Estrecho de Magallanes a un grupo de seres humanos remachados a pesadas cadenas, como tigres de Bengala. Era toda una familia ona, que después fue exhibida en Europa, en los jardines zoológicos o de aclimatación.

     »Hace pocos meses (1891) un grupo de hombres del que formaban parte los señores Willems y Russon, individuos que necesitaban vaqueano para recorrer las playas ya conocidas de Tierra del Fuego, asesinan ancianos indefensos, arrancan a las mujeres del lado de sus maridos, y satisfacen sus bestiales instintos ¡oh, sarcasmo! a nombre de la ciencia, mancillando vergonzosamente la misión que les confió el Ministro de bellas artes de una culta y elevada nación!!...»

     ¡Qué entrañable amor deben profesar los indios al blanco, después de estas calurosas manifestaciones! Sí, tanto que hoy apenas se ve un fueguino fuera de la misión, de Usuhaia y Haberton. El resto, el pobre resto, huye, se esconde, se sepulta en lo más espeso del bosque, en lo más inaccesible de las serranías del interior de la isla, sin atreverse a asomar, expuesto a las penurias del hambre, quizás a la muerte, que prefiere a la inevitable exterminación a que lo condena el civilizado; siquiera libre, tiene alguna probabilidad de escapar.

     Las autoridades hacen, por otras razones especiosas, lo mismo que los exploradores. Tienen que hacerse respetar y obedecer. Olvidan que no han instruido previamente a sus súbditos, como olvidan que estamos en un país republicano, para seguir innatos instintos de autocracia. ¿No cumplen los indios un decreto, una disposición, una orden que quizá no conocen? ¡Pues fuego en ellos! que así aprenderán... desapareciendo... Esto es inicuo, pero ha sido y es así.

     En cuanto a los hacendados, quedan citadas las palabras de Eliseo Reclus. Básteme añadir que también en Punta Arenas hay estancieros que no pagan por la piel de la cabeza de los indios. ¡No, eso nunca! Se contentan simplemente con la  oreja derecha, demostrando así que no son sordos a los dictados de la caridad cristiana. El precio también varía: pagan dos libras por pieza.

     ¿Qué puede resultar de esto sino un odio mortal, implacable? ¿No estaría dentro de la lógica de las represalias, que los fueguinos cazaran a su vez a los blancos? Pues, sin embargo, las manifestaciones de ese odio son relativamente pocas, y la venganza no se ejerce muy a menudo. Y si suceden, hay que repetir las palabras de Darwin hablando de los australianos que cometían «una terrible serie de robos, incendios y asesinatos», y decir con él, francamente: «Confieso que todos estos males y sus consecuencias han sido probablemente causados por la infame conducta de algunos de nuestros, compatriotas.»

     En efecto, antes no eran hostiles a los blancos, y son innumerables los náufragos recogidos en sus playas, sobre todo por los onas. Nada tuvieron que temer de ellos los primeros que bajaron en la isla; sólo más tarde comenzaron a ser hostiles, y la historia no muy bien averiguada de la desastrosa expedición Gardiner inicia el período de sus inacabables luchas con el blanco, en que siempre llevó la peor parte. Pero los que intervinieron en aquellos luctuosos sucesos no fueron los onas, sino probablemente los yaganes, cuyo carácter es menos franco, abierto y generoso. Así parece demostrarlo el sitio en que ocurrió la catástrofe, que tendré oportunidad de relatar.

     Los onas se han mostrado y se muestran todavía benévolos con los blancos, cuando no se los hostiga más de lo soportable. Pero es curioso que no distribuyan por igual sus amistosas intenciones. Demuestran, en efecto, marcada preferencia hacia los rubios, no hacen buenas migas con los morenos y se burlan estrepitosamente de los negros. Nuestros vecinos, que desde hace muchos años recorren aquellas tierras, no gozan de sus simpatías, sin duda porque, llegados antes a la caza del lobo, también antes los han hecho objeto de persecuciones y crueldades. Para los onas, todo hombre que lleva gorro de piel obscura es chileno...

Entretanto, llega tan lejos el desprecio de los blancos por  ellos, que los consideran al igual de los animales silvestres de la isla.

     Un lobero de Punta Arenas cuenta como gracia, a quien quiere oírlo, que cuando vuelve de sus excursiones no deja nunca de acercarse a la costa, para ver si hay indios. Si descubre algunos, se entretiene en hacerles fuego con su fusil, cargado de gruesas municiones para focas.

     -¡Viera usted -exclama riendo- los gestos y los saltos que hacen cuando la munición les pica en alguna parte carnosa del cuerpo!...

     Semejante cosa no se hace ni con las fieras.

     Y, sin embargo, no me cansaré de repetirlo, no hay razón para perseguirlos de ese modo, y es cometer una verdadera iniquidad.

     Sin embargo, y para que no se crea en un propósito preconcebido de ocultación, voy a referirme a los datos que me suministraran el jefe y otros funcionarios de la policía de Usuhaia, respecto a la acción actual de los fueguinos.

     Los onas -me dicen- destrozan los alambrados, roban las haciendas e incendian las poblaciones, asesinando siempre que les es posible a los que habitan en ellas. Matan también a los viajeros que transitan por el territorio.

     Sus últimos crímenes -añaden- son los siguientes:

     Asesinato alevoso de dos mayordomos de la comisión de límites y de dos peones, cuyos cadáveres fueron descuartizados y quemados después. El móvil de este asesinato ha sido el robo de víveres.

     Poco tiempo más tarde la misma tribu que cometió ese crimen asesinó al marinero Gallardo, de la subprefectura de Bahía Thetis.

     Un mes después, dos marineros náufragos de la tripulación del Duchess of Albany, que estaban postrados por el hambre y el cansancio, viéronse asaltados por los indios, sin poder defenderse a causa de su debilidad, y fueron asesinados.

     Dos marineros austríacos que atravesaban el territorio fueron asesinados también, al norte de Río Grande. Las armas que llevaban habían despertado la codicia de los indios.

     Después de haber cometido un robo de hacienda, los onas mataron a los peones Williams y Traslaviña, que los perseguían, también al norte de Río grande.

     En Febrero del corriente año, un oficial y un marinero del buque chileno Magallanes cayeron en manos de los indios, que los torturaron horriblemente durante dos días, al cabo de los cuales les cortaron las orejas, los ojos y la lengua, y no contentos con esto, los amputaron...

     Las tribus conocidas -dicen por último los citados funcionarios- que cometen estos actos, son las que capitanean Caushel, Caien John, Canchecol, Sajiolpi, Felipe y Zacarías. Éstos, en su mayor parte, habitan al sur de Río Grande y tienen sus caús o chozas en lo más intrincado del bosque o en quebradas de difícil acceso. Es, pues, muy difícil perseguirlos. Además, la policía carece de elementos, especialmente para poder moverse con rapidez.

     -Mejor -dirá alguno-. Si los tuviera ya hace tiempo que no habría onas, lo que sería doloroso, aunque no fuera más que por la etnología.

     Pero hay que observar, sin pretender por eso atenuaciones, que los crímenes en cuestión no se han cometido en un breve espacio de tiempo, y que la instrucción de los sumarios tiene que ser deficiente por dificultades idiomáticas y aun de otros órdenes. En efecto, más adelante narraré un hecho de que fue víctima el mismo jefe de policía, y se verá en qué circunstancias operan los indios. En el fondo de todo esto, no hay sino una represalia, una vendetta, provocada por los desmanes de los blancos. Y no hay medio aparente de terminar de una vez. Si los indios vengan en los cristianos el ultraje o la matanza hechos entre los suyos, la autoridad los persigue, ellos se resisten y defienden, pero sus arcos no pueden competir con el mauser, y caen otros más. Nueva vendetta, y nuevo castigo... En tal forma esto no puede cesar sino con la completa extinción de los naturales, y en ese camino se va, con harta prisa...

     Proclamando una amnistía general y procurándoles alimentos, de que hoy carecen, los indios se reducirían sin dificultad. Son bastante inteligentes para eso.

     Y no se crea que proveyéndolos se haría un acto de excesiva generosidad. Sería sencillamente hacerles justicia y mostrarse equitativos. Esto casi no necesita demostración, pues es evidente que se les ha quitado la tierra de sus padres, y lo que es peor, que los nuevos pobladores les han ahuyentado las focas y diezmado los guanacos, dejándolos en la indigencia, y que luego los matan si se atreven a robar una oveja para comer.

     Mucho fía el Gobierno en las misiones, pero éstas son simples factorías útiles sólo a los misioneros o sus sociedades. La misión salesiana de Río Grande, por ejemplo, no asila sino a unos cincuenta niños, que viven con sus familias en torno de las casas, en wigwams miserables, siguiendo sus usos y costumbres salvajes, y según me informa la policía de Usuhaia, los adultos de estas familias hacen incursiones por su cuenta o sirven de guía a sus tribus cuando van a dar algún malón, refugiándose luego en la misión, donde hoy mismo hay malhechores. Hace cuatro años que los salesianos están establecidos allí, y en todo ese tiempo no hay ejemplo de que hayan salido a parte alguna con el objeto de catequizar indios, como es su compromiso material y su deber moral... Si se cifra alguna esperanza en ese medio de civilizar a los salvajes fueguinos, ya se ve que ésta tiene que resultar fallida.

     ¿Cuántos indios caen al cabo del año, muertos en nombre de la civilización? Difícil es saberlo, pues se hace la vista gorda respecto de los particulares que se entretienen en ello, y la tribu de las víctimas huye generalmente a ocultarse en lo más áspero de la isla. Pero deben ser muchos, a juzgar por los pocos que quedan.

     Sin embargo, este elemento de destrucción tiene un formidable auxiliar en las enfermedades importadas por los blancos, la tuberculosis, la sífilis, la viruela, el sarampión, la coqueluche...

     La primera epidemia se presentó en 1860, haciendo tales estragos, que muchos lugares quedaron reducidos a la mitad de su población. Desde entonces, aquellos males no han descansado en su obra de exterminación. La tuberculosis, sobre todo, ataca a la mayor parte de los pocos que quedan, y concluirá con el resto.

     Es curiosa esta importación de enfermedades, que ha ocupado la atención de los sabios.

     Darwin, hablando del rápido decrecimiento de los indígenas australianos, dice que durante sus viajes, y con raras excepciones, sólo vio algunos chicuelos criados por ingleses, atribuyendo esta desaparición al uso de licores espirituosos, a las enfermedades europeas, que -hasta las más benignas, como el sarampión- hacen espantosos estragos entre los salvajes, y a la extinción gradual de los animales silvestres. Añade a esto consideraciones y observaciones que me parece conveniente transcribir.

     «Dícese -agrega- que la vida errante del salvaje hace perecer una cantidad de niños en los primeros meses de existencia; y a medida que se hace más difícil procurarse alimentos, se hace también más necesario vagar mucho. Por consiguiente y sin que pueda atribuirse la mortalidad al hambre, la población decrece de una manera extremadamente repentina, comparada con lo que pasa en los países civilizados. En estos últimos, en efecto, el padre puede arruinarse la salud realizando trabajos superiores a sus fuerzas; pero al hacerlo, no perjudica en nada la salud de sus hijos.

     »Además de estas causas evidentes de destrucción, ordinariamente parece hallarse en juego algún agente misterioso. Donde quiera que pise el europeo, la muerte acecha a los indígenas. Observemos por ejemplo ambas Américas, la Polinesia, el Cabo de Buena Esperanza y Australia: en todas partes se ve el mismo resultado. Pero no es el hombre blanco sólo quien desempeña este papel de destructor; los polinesios de extracción malaya, han llevado por delante, en ciertas partes del archipiélago de las Indias orientales, a los indígenas de piel más negra. Las variedades humanas parecen reaccionar unas sobre otras, como las diferentes especies de animales: el más fuerte destruye al más débil. No sin tristeza escuché a los magníficos indígenas de Nueva Zelanda, cuando me decían que estaban seguros de que sus hijos desaparecerían muy pronto de la superficie de la tierra. Todo el mundo ha oído hablar de la inexplicable diminución comenzada desde la época del viaje de Cook, de la población indígena, tan hermosa y tan sana de la isla de Taití; sin embargo, habría podido esperarse allá un aumento de población, porque el infanticidio, que en otro tiempo reinaba con tan extraordinaria intensidad, ha cesado casi por completo, las costumbres no son tan malas, y las guerras son mucho menos frecuentes.

     »El reverendo J. Williams sostiene en su interesante obra titulada Narrative of Missionary Enterprise, que allí donde se encuentran indígenas y europeos 'prodúcense invariablemente fiebres, disenterías, o algunas otras enfermedades que arrebatan gran cantidad de personas.' Y agrega: 'Hay un hecho cierto, que no se puede controvertir, y es que la mayor parte de las enfermedades que reinaron en las islas durante mi permanencia, fueron llevadas por los buques; lo que hace a este hecho más notable aún, es que no podía señalarse ninguna enfermedad entre la tripulación del barco que causaba esas terribles epidemias.' Esta afirmación no es tan extraordinaria como parecerá a primera vista; en efecto, podrían citarse varios casos de fiebres terribles que se han declarado sin que fueran atacadas las personas mismas que fueron su causa primera. A principios del reinado de Jorge III, cuatro agentes de policía fueron en busca de un preso que había estado mucho tiempo encerrado en un calabozo, para conducirlo ante un juez; aunque aquel hombre no estuviese enfermo, los cuatro agentes murieron en pocos días de una terrible fiebre pútrida; sin embargo, el contagio no se extendió a nadie más. Estos hechos parecerían indicar que los efluvios de cierta cantidad de hombres encerrados algún tiempo juntos se convierten en verdadero veneno para quienes los respiran, y que ese veneno es más virulento aún, si esos hombres pertenecen a diferentes razas. Por misteriosos que parezcan estos hechos, ¿son, al fin y al cabo, más sorprendentes que el muy conocido de que el cadáver de un hombre, momentos después de su muerte y cuando ha comenzado la putrefacción, engendre a veces principios tan deletéreos que un simple pinchazo con el instrumento que ha servido para disecarlo, sea causa segura de muerte?»...

Estas consideraciones pueden -sin ningún inconveniente- ser aplicadas a la extinción de las razas fueguinas, que obedece a idénticos motivos.

     Abundando en la materia, el ilustre sabio añade en una nota:

     «El capitán Beechey hace observar que los habitantes de la isla Pitcairn están firmemente convencidos de que después de la llegada de un buque serán atacados por afecciones cutáneas y otras enfermedades. El capitán Beechey las atribuye al cambio de alimentación durante la estadía del barco. El doctor Mac Culloch dice:

     »'Afírmase que a la llegada de un extranjero (a San Kilda), todos los habitantes pescan un resfrío, para emplear la expresión vulgar.'»

     El doctor Mac Culloch parece considerar esto como muy risible, aunque se lo hayan asegurado muchas veces. Sin embargo, añade que se ha informado entre los habitantes, quienes le han contestado la misma cosa. En el Viaje de Vancouver, se encuentra una afirmación semejante relativa a Otaití. El doctor Dieffenbach, en una nota que puso a su traducción de ese libro, dice que los habitantes de la isla Chatham, y los de varios puntos de Nueva Zelandia, tienen la misma convicción.

     «Sería imposible que esa creencia se hubiera hecho casi universal en el hemisferio septentrional, en los antípodas y en el Pacífico, si no descansara sobre observaciones ciertas.

     »Humboldt dice que las grandes epidemias de Panamá y el Callao, estallan siempre a la llegada de barcos que van de Chile, porque los habitantes de aquella región templada experimentan por primera vez los efectos de la zona tórrida.

     »Puedo agregar que yo mismo he oído en el Shropshire, decir que los carneros importados por barcos, aunque se encontraran en perfecto estado de salud, son a menudo, si se les mezcla a algún rebaño, causa de enfermedades en éste.»

     Fontpertuis añade a estas causas de decrecimiento, otra que por lo menos es ingeniosa, y que no deja tampoco de tener su base seria. Es ésta la impresión de desaliento y tristeza que producen en razas naturalmente altivas, las empresas de los blancos, su número, su inteligencia, sus pasiones, etc. Recuerdo que Quatrefages la ha mencionado, pero sin detenerse a examinarla atentamente, como lo hizo Gratiolet. Cita luego ciertos hechos observados y referidos por un funcionario inglés. «Mister Malcolm Sproat -dice- tomaba posesión en 1860, en nombre de la Gran Bretaña, de la parte de las islas de Vancouver que ocupa el fondo del estrecho del Juca. En aquel rincón de tierra vivían algunas tribus salvajes pertenecientes a diversas familias que no hablaban la misma lengua, colocadas sin duda alguna en el último escalón de la humanidad, y a quienes mister Sproat designó con el nombre de Aths, porque el nombre de todas sus tribus contenía la sílaba ath. Los salvajes, por instinto no recibieron bien la llegada de los ingleses, y éstos los obligaron a refugiarse en el interior, lo cual aumentó su disgusto; pero como se reconocían más débiles, no dieron señal alguna de desagrado, y durante el primer invierno se llevaron bien con los europeos. Trabajaban para éstos a jornal, y con el dinero de sus salarios compraban vestidos, harina, arroz, papas, que se les vendían a bajo precio, por lo que se manifestaban contentos. Pero cuando llegó el segundo invierno, con sorpresa de mister Sproat, los salvajes demostraron disposiciones muy diferentes. Los jóvenes se habían entregado a la ginebra y al ron, los adultos y los ancianos huían de la presencia de los ingleses, se ocultaban en el fondo de sus grutas, parecía que alimentaran siniestros designios, y sus fisonomías expresaban la amenaza. Esta metamorfosis inquietó en un principio al representante inglés; pero no tardó en conocer su verdadera causa. La vista de los ingleses, de sus barcos, de sus máquinas, el sentimiento de su inferioridad, habían como embrutecido a aquella pobre gente, quitándole toda confianza en sí misma, todo respeto a su tradición y costumbres, aumentado todo esto con una epidemia que causó grandes estragos entre ellos. En vano mister Sproat había prohibido con el mayor rigor la venta de licores fuertes. Los aths morían por docenas, víctima del desaliento y de la estupidez que se apoderó de ellos desde su primer contacto con una raza mejor dotada que la suya.»

     Estas causas de decrecimiento son comunes a todos los indios, pero se manifiestan en la Tierra del Fuego con mayor fuerza destructiva que en otras partes, aunque allí no se ha llegado -según tengo entendido- a cooperar a la obra de las enfermedades, como en la Australia, donde se envenenaba a los maoríes por medio de carne de carnero previamente rociada con estricnina...

     No han contribuido poco a la casi completa extinción de los fueguinos, la acción quizá bien intencionada de los misioneros anglicanos que, arrancándolos de su vida y sus costumbres nómadas, los sometían sin transición a un régimen inadecuado, a una alimentación diametralmente opuesta a la suya, y a trabajos para los cuales no estaban hechos. También los pioneers del comercio han seguido esas huellas, proporcionándoles ropas ridículas en aquel clima, a cambio de sus abrigadas capas o quillangos de guanaco y de zorro. Con esto gana la civilización, comenzando por el civilizador...

     Antiguamente, y antes de que la Argentina tomase definitiva posesión de Tierra del Fuego, se practicaba ya la exportación de indígenas. Los misioneros ingleses, so pretexto de educarlos, enviábanlos en gran número a su establecimiento de Keppel Island en las Malvinas.

     Ahora el Gobierno comienza a hacerlo por su cuenta, y en el último viaje del transporte 1.º de Mayo, varias familias fueron llevadas al Chubut, donde sin duda perecerán sin sucesión, pues el indio se agosta, esteriliza y muere fuera del medio ambiente en que nació, como lo demuestra la mortalidad que en Buenos Aires ha extinguido casi a los que se trajeron y regalaron cuando la conquista del desierto. En cuanto a su esterilidad, está comprobada también, y el conde Strzelecki, hace constar que más de doscientos indios de Van Diemen, transportados a la isla Flinders, ¡sólo tuvieron catorce hijos en ocho años!, mientras que los que quedaban en libertad en su tierra, se multiplicaban de un modo notable...

De los alcoholes, factor poderosísimo de destrucción, no hay para qué hablar. Ellos solos -y sobre todo los que se expenden a los indios, por su pésima calidad- bastarían y sobrarían para extinguir la raza. Afortunadamente para su conservación, los onas no beben; en cambio, los yaganes y los alacaluf se mueren por el guachacay y del guachacay...

     Lejos están los fueguinos de merecer esa suerte, pues si carecen de iniciativa, no les falta inteligencia.

     El ona hace gala de aprender rápidamente el castellano, mientras que su lengua queda casi inaccesible para el blanco. Además, se muestra apto para todas las tareas, como algunos yaganes, que cortan madera, asierran tablones, hacen trabajos de carpintería, aran y siembran, etc., etc.

     El maestro de música de Usuhaia, que antes lo fue de la misión de Río Grande, y cuyo nombre siento no recordar, me ha asegurado que los indios aprenden fácilmente a tocar, y que especialmente las mujeres tienen notable embocadura para los instrumentos de cobre y madera. Tanto, que en pocos meses formará una banda muy aceptable, según él, que ha vivido largo tiempo entre los indios, lejos de poblado, entre ellos que tienen sus cantos, en que imitan los gorjeos de los pájaros, los rumores del viento, con cierto espíritu musical.

     La música, aun rudimentaria, es una manifestación de cualidades intelectuales.

     Pero esto no es todo. Hay entre ellos cabezas verdaderamente privilegiadas, como demuestra la siguiente anécdota que hace poco relató mister Bridges al señor José S. Álvarez, y que éste me ha comunicado galantemente, con algunos otros útiles informes. Habla el misionero:

     -Tenía yo en Haberton un winchester que, aunque bueno, erraba fuego algunas veces. Mis hijos y yo lo desarmamos varias veces, hasta donde creíamos poder hacerlo sin peligro de no armarlo otra vez, pero no dimos nunca con el defecto. Solíamos prestar el arma a un indio ona, que salía a cazar con ella por los alrededores, la cuidaba mucho, y la devolvía a su regreso. Naturalmente, observó que la carabina no andaba como debiera, y fue a verme con la proposición de componerla. Yo estaba convencido de que no lograría su propósito, pero como un arma que puede no dar fuego, es más un peligro que una defensa, permití al indio que lo desarmara, simplemente por curiosidad, y para darme cuenta de sus alcances. Hice bien. El ona desarmó y examinó pieza por pieza completamente todo el mecanismo, sacó los resortes, con paciencia y delicadeza suma, y luego volvió a colocarlo todo en su sitio preciso, sin titubear ni confundirse. Pero no había descubierto el defecto, y descorazonado iba a renunciar a la compostura, cuando advirtió que uno de los dientes del disparador estaba gastado, causa, en efecto, de las fallas de la carabina. Tomó un pedazo de hierro y una lima... e hizo un disparador nuevo, que funcionaba perfectamente...

     Y mister Bridges terminaba su relato diciendo:

     -Yo creo que un hombre que hace eso, amigo mío, sin tener noción alguna de mecánica, es uno de los genios más grandes del mundo.

 

- XXI -
La capital fueguina

     El Villarino lanzó un silbido prolongado.

     Sin embargo, en los alrededores no se veía población alguna, y el eco sólo, contestaba al llamamiento.

     ¡El eco de los canales! Músico excéntrico y ruidoso que se apodera de cualquier sonido, juega con él, lo desarrolla, lo refuerza, le hace variaciones, lo atenúa por fin, y va apagándolo poco a poco hasta que se confunde con el murmullo de las aguas, y muere. Hace pensar en Suiza, en los ventisqueros, en las avalanchas... Pero parece inofensivo. Aunque se hizo fuego sobre un glaciar con la ametralladora de proa, no se produjo desprendimiento alguno de nieve. Retumbaron los cañonazos largo rato, con ruido de batalla, pero la conmoción de la atmósfera no repercutió en la blanca vestidura de la montaña, provocando el alud. Todo quedó en su estado normal, después del estampido del cañón, y la salva interminable del eco.

     La imaginación, pues, hacía que nos pudiéramos creer rodeados de barcos que silbaban saludándose.

     -¿A quién saludamos? -pregunté.

     -Es un anuncio de que llega el transporte.

     -Anuncio... pero ¿a quién?

     -A los de Lapataia, que están a la vuelta de esa punta. La entrada del puerto no se ve todavía, porque se inclina mucho, formando ángulo agudo con la costa.

     -¿Pero vamos a fondear allí?

     -No. Se avisa, para que preparen la madera que vendremos a cargar mañana: postes para el telégrafo patagónico.

     -¡Ah! Entonces marchamos directamente a Usuhaia...

     También los silbidos podrían haberse considerado como un saludo al territorio argentino, que volvíamos a ver después de muchos días. La línea divisoria pasa efectivamente casi al lado de la bahía de Lapataia.

     -Directamente. Llegamos esta tarde, saldremos mañana a la madrugada y volveremos a buscar la correspondencia cuando hayamos terminado de cargar los postes. Luego... a la Isla de los Estados, y de allí, por el este de Tierra del Fuego, a Patagonia otra vez...

     -¿De modo que dentro de dos o tres semanas podremos estar de vuelta en Buenos Aires?...

     -Será... lo que tase un sastre.

     -¿Sabe usted que en ese caso voy a verme en apuros para describir estos parajes?... Ni siquiera me he saturado en el ambiente, y me parece como que todo lo hubiera visto en sueños. La visión ha sido demasiado rápida para fijarse bien, y lo que conservo es como una fotografía movida... Si me quedara...

-¿Dónde?

     -En Usuhaia, en cualquier parte donde me procure el famoso «color local», haya gente que me informe, y cosas pintorescas al alcance de la vista. Para describir exactamente un medio, es necesario haber vivido en él; y hasta aquí casi no he vivido sino en el barco, asistiendo a lo demás como a un espectáculo rápido e incompleto. Sí, me quedaré...

     -Pero, ¿dónde?- preguntó mi interlocutor.

     -Quédese usted en la Isla de los Estados -interrumpió el capitán Demartini-; está autorizado para desembarcar allí, y en San Juan tiene todos los elementos que necesita: cosas que ver, gente conocedora de estas tierras, tranquilidad para trabajar, un medio original y extraño, aunque muy semejante a este... y un amigo que tratará de hacerle soportable el destierro...

     -Muchas gracias... No estoy lejos de aceptar, pero lo pensaré... La disyuntiva está entre Usuhaia o San Juan del Salvamento, ya que después sólo queda regresar.

     En el largo viaje se habían estrechado las relaciones, y se hablaba en común de los proyectos y las miras de cada uno: Funes preocupado con los palos del telégrafo; Demartini organizando en teoría la isla en que iba a mandar; De la Serna ocupándose de su faro; el doctor Pinchetti de sus futuros enfermos del presidio y la subprefectura, y yo de los cientos de líneas que ya era necesario comenzar a formar en orden de batalla.

     Estábamos sobre cubierta admirando el paisaje, la luz suave, las cumbres doradas por el sol, el agua tranquila y de color de acero, el ambiente tibio, los hilos de plata de los chorrillos que caían de las alturas, el verde claro de los árboles reflejándose en las ensenadas como espejos.

     De pronto un chorro que brotaba de en medio del canal nos llamó la atención.

     -¡Una ballena a proa!

     -¡Otra a babor!

     -¡Dos a estribor!

     En efecto, estábamos rodeados de ballenas, desgraciadamente muy alejadas de nosotros para poderlas ver de un modo distinto. El polvo de agua que lanzaban por los espiráculos, parecía tenues vapores blancos que brotaran del mar en ebullición. Apenas se diseñaba una parte de su obscuro lomo en la superficie del canal. Dos de ellas se levantaron de repente, sacando gran parte del cuerpo enorme sobre el agua.

     -Juegan -dijo uno.

     -Debe ser la época del celo -corrigió otro.

     Había muchas en aquella parte del canal. Como no se las persigue -su caza está prohibida-, abundan allí, pues los canales constituyen para ellas un seguro refugio. Los yaganes, que tan aficionados son a su carne, no las cazan; cuando la mala suerte de alguna la hace varar en la costa, o cuando la marea echa a tierra algún cadáver, los indios se apresuran a descuartizarla y se llevan grandes pedazos, que comen con delicia aun cuando la carne esté más que faisandée.

     Poco después nos hallábamos frente a Usuhaia, el antiguo asiento de la misión anglicana, hoy Capital de la Tierra del Fuego argentina.

     De las altas montañas que la rodean, dominadas por el agudo pico del monte Olivia, descienden a la playa gruesos y copudos árboles. La bahía, tersa como un espejo, se extiende en forma semicircular, avanzando sobre ella los dos muelles, uno de pasajeros y otro para la aguada, cuya armazón se refleja en el agua; como cerrándola, se extiende al sudoeste la península de Usín, en que se agrupan pintorescamente las casas de madera de la misión, el pequeño templo, los cercados de la huerta y para los rebaños. Enfrente Usuhaia rodea la casa de gobierno, con su puñado de establecimientos comerciales, su presidio, su aserradero, su fábrica de conservas, su iglesita, el chalet del gobernador, la escuela, ganando poco a poco las alturas, a medida que el bosque de hayas cae a los golpes del hacha. Los troncos cortados y muertos a pocos pies sobre el suelo, parecen amarillos basamentos de alguna inmensa columnata.

     La tierra, en torno, está cubierta de verdor, y entre la yerba corren arroyos de agua cristalina, pura y sabrosa, uno de los cuales se ha aprovechado para el abastecimiento de los buques, llevando su curso hasta el extremo de un muelle, donde los botes pueden llenarse con toda facilidad. Algunos caminos, partiendo del pueblo, suben serpenteando por entre la selva hasta ganar las primeras alturas, y en sus márgenes crecen las gruesas hayas; el canelón o magnolia, o bark, que da florecitas blancas, transparentes como la tez de una mujer pálida y que no tienen perfume; los cipreses de hermoso ramaje; las elegantes fusquias de pródiga florescencia, mientras que la tierra se ve cubierta de una alfombra de violetas amarillas, sin perfume también, de musgos pajizos, de líquenes de todos los colores, de setas carnosas, de apio jugoso y perfumado, de fresas silvestres, de frambuesas negras, de calafate, de gramíneas de todas clases, que multiplican las tonalidades del verde, con variedad y armonía extraordinaria.

     El aspecto de Usuhaia es triste, contribuyendo a ello los pedazos de troncos aún en pie que causan la impresión de las ruinas. Pero se ve que el pueblo adelanta, que el progreso se extiende hasta él, y que no tardará en desarrollarse, si nuevos factores se incorporan a su vida.

     Gruesas y pesadas nubes negras bajaban lentamente de las sierras cuando fondeamos a algunos cables del muelle; no tardó en caer un chubasco, pero una racha limpió de pronto el cielo, mientras que sobre la península, casi junto a nosotros, un arco iris trazaba sus semicírculos de colores, y reflejándose en las aguas tranquilas, semejaba una circunferencia completa.

     No bien habíamos fondeado, cuando se acercó al Villarino una canoa fueguina, manejada por dos mujeres y en cuya proa descansaban tranquilamente sus maridos. Llevaban mejillones y lapas que nos ofrecieron. Yo acepté, e iba a darles en cambio algunas moneditas de níquel, cuando un oficial de a bordo me detuvo.

     -No les dé dinero -dijo-; unas cuantas galletas será mejor.

     -¡Pero, bien pueden comprarlas con esto!

     -Sí... alguna copa de veneno... O si quieren galletas, les darán una o dos esos tigres de tierra...

     Y volviéndose a los yaganes:

     -¿Galeta? -preguntó.

     -Galeta yes -contestaron los indios mostrando los dientes en una sonrisa que les distendió la enorme boca.

     -¿Por qué no los hace subir? -dije al oficial-. Quisiera hablar con ellos.

     Subieron los hombres; las mujeres, bastante adiposas, pero no repelentes, se quedaron en la canoa, cerca de la escala, manteniéndola con suaves y lentos golpes de la pala corta, que manejaban con habilidad.

     Uno de los indios era ya viejo, y en el rostro arrugado, de color mate y terroso, aparecíanle algunos gruesos y diseminados pelos de barba gris. Brillábanle los ojillos bajo las cejas canosas, y sobre la frente y las sienes le caía la crinuda cabellera lacia. El otro, mucho más joven, se parecía a él. A bien que todos los yaganes se parecen, o nuestros ojos no ven las diferencias, como pasa con los japoneses, que a nuestra vista no tienen más que un solo modelo...

     -¿Cuántos años tiene usted? -pregunté al viejo.

     -¿What?

     No hablan sino inglés; claro, la misión... Demartini les repitió la pregunta en esa lengua.

     -Yes... -dijo el indio.

     Sí, no era una respuesta. Se insistió, pero con igual resultado. El viejo sonreía, brillábanle más los ojos, pero su única respuesta era el mismo yes.

     No quieren contestar. Recelan de todo extranjero, y dudan cómo serían recibidas sus palabras. Para escapar por la tangente tienen el pretexto del idioma y lo aprovechan.

     Se les dio galleta, volvieron contentos a su canoa, alejáronse del Villarino, y poco después desembarcaban en la costa de la península.

     Entretanto había llegado el bote de la gobernación, llevando a su bordo varios vecinos de Usuhaia, el juez de paz Salvadores, el comerciante Luis Fique y otros, que nos invitaron a desembarcar.

     Una visión inesperada en aquellas latitudes nos sorprendió a todos agradablemente: era un ligero bote, a cuyo timón iba una dama; otra se hallaba a su lado; manejaban los remos niñas vestidas de colores primaverales, y jovencitos que bogaban con vigor. El sol caprichoso brillaba en las aguas y animaba el cuadro, que parecía arrancado del Tigre para trasladarlo por encantamiento a aquellos solitarios parajes, animados y alegrados por su nota vibrante.

     -¿Quiénes son esas damas?

     -La señora de Godoy y la de Abdón Aróstegui, con sus hijos.

     -¡Ah!

     El misterio quedaba explicado, y de veras que la iniciativa de aquellas damas, en villegiatura en Tierra del Fuego, no ha de contribuir poco a los futuros veraneos en el canal del Beagle, en esa maravilla americana y argentina, que una vez puesta en moda tiene que hacer furor, como suele decirse en las crónicas sociales.

     Pero era necesario desembarcar para conocer la capital fueguina, aprovechando las pocas horas que pasaríamos en sus aguas, tanto más, cuanto que, al regreso, el Villarino sólo se detendría para recoger la correspondencia. Bajamos a tierra, y al echar a andar por el muelle, lo primero que nos llamó la atención fue un poste rojo del correo. Más tarde íbamos a ver otro ejemplar en San Juan del Salvamento, y creo -aunque no estoy seguro- que hay otro en el mismo Cabo de Hornos, para uso de los náufragos... sólo que sus cartas no se recogen... Naturalmente que ni en Usuhaia ni en San Juan se utilizan; pero producen tan buen efecto...

     En Casa de Gobierno estaba el comandante Godoy, que nos recibió con mucho agasajo, y después de un rato de conversación nos invitó a recorrer la capital, lo que no era muy difícil, pues ocupa un espacio todavía reducido, y no hay que detenerse mucho en la contemplación de sus bellezas arquitectónicas.

     Apenas echamos a andar, prodújonos desagradable impresión la humedad del suelo, afortunadamente permeable, pero saturado de agua. En Usuhaia llueve casi todos los días, y a menudo varias veces, de modo que el piso no se seca nunca. Pero el barro no se adhiere a los pies, y si el calzado no se empapara, la incomodidad sería llevadera. Sin embargo, el hábito se hace, y la salud general de los blancos es tan buena allí, que Popper soñaba en el establecimiento de un sanatorium, sin duda teniendo en cuenta la presión atmosférica, cuya media es de 740.94, casi la misma que en la Côte-d'Or, un poco más baja que la de Santiago del Estero, mientras que su temperatura, en verano, no baja de 9 a 10 grados centígrados.

     Nos encaminamos hacia el bosque, por senderos abiertos entre la yerba menuda y firme, pasando cerca de las casas de comercio, que a estilo de las que abundaban en otro tiempo en la provincia de Buenos Aires, tienen de todo, y especialmente bebidas. Un billar reunía en torno un grupo de personas. Las casas de madera, con techos de hierro de canaleta, parecían deshabitadas, y un silencio profundo reinaba en el pueblo, sólo interrumpido por las risas que partían de la sala de billar. Se experimentaba un sentimiento de soledad, aunque fuéramos seis o siete en animada conversación. Después de pasar el limpio arroyo, cuyas aguas llegan hasta la punta del muelle, y caen desde allí con salto continuo y rumoroso, comenzamos a subir una cuesta suave, un camino carretero que se interna en el bosque, bajo la sombra de las corpulentas hayas. A su lado, a la derecha, corre sobre pequeños cantos rodados el hilo de agua que baja rápido de las alturas, entre el marco de oro de los musgos y de esmeralda de las yerbas acuáticas, salpicado aquí y allá con magníficas flores blancas, aljabas rojo y violeta, espinos de fruta negra y redonda, tristes y agrios como malhumorados habitantes del bosque, proveedores, muy a pesar suyo, del azucarado postre de los indios.

     A medida que subíamos, la selva se hacía más espesa y obscura; secos hachazos resonaban a lo lejos con golpe rudo, y los árboles parecían estremecerse al oírlos. Muchos con la apariencia de la vida estaban muertos en pie, corroído, carcomido, podrido el corazón por la humedad. Un pájaro trepador, especie de carpintero, les horada el tronco, cerca de la cepa,  por donde penetra el agua que los mata. Otros, lozanos y orgullosos, llevaban sus ramas vigorosas, cubiertas de hojitas verdes, a mezclarlas con las rugosas y secas de los árboles muertos, prestándoles una apariencia de vida.

Ni una hoja se movía en la tranquilidad apacible de la atmósfera, y el sol, que se había despojado de su capa de nubes, sembraba el suelo de onzas de oro. De vez en cuando el grito de un pájaro vibraba en el aire, y a lo largo del camino, curioso y alegre, acompañábanos saltando el reyezuelo de plumaje obscuro, que nos miraba torciendo coquetamente el cuello. Un poco más lejos, oímos de pronto una confusa algarabía: eran loritos verde claro, que se habían posado en la copa de una haya, y discutían acaloradamente no sé qué proposición controvertible. Algún papamoscas de pico negro y copete escarlata, uno que otro gorrión alejado casualmente de la llanura, tordos, estorninos... Los pájaros moscas, las mariposas, volaban en torno de los árboles, cortando en sus giros la línea recta de las escasas abejas que andaban en busca de flores. Pero no se crea por esto que el bosque era un enjambre de seres vivientes y alados. Por el contrario, parecía a primera vista despoblado, mudo como el bosque durmiente, y los mismos golpes del hacha, parecían su respiración jadeante, como si tuviera pesadilla.

     Todavía podíamos contar con algunas horas de día, y continuamos internándonos en la selva, subiendo el declive bastante rápido del camino carretero, sobre una masa compacta de hojas en lenta descomposición. No andábamos sin trabajo, a causa de la presión barométrica y de la blandura del suelo, que cedía bajo nuestros pies, ya pisáramos en la capa de detritus vegetales, ya en los musgos amarillos y esponjosos enormes, redondeados como inmensos crisantemos. Algunos troncos, derribados por su propio peso, estaban cubiertos de parásitos, hongos y musgos, variadísimos, sobre todo éstos, que la industria aprovecha para formar selvas minúsculas, extraña vegetación, adorno en mesas y floreros de gusto más o menos discutible. Ni un reptil, ni un sapo, ni una rana se deslizaban o saltaban entre aquel vigoroso enzarzamiento de árboles, plantas y yerbas, de un aspecto verdaderamente tropical...

     Nos sentamos los más cansados en un grueso tronco, mientras el Gobernador, el comandante Funes y el señor Fique, comerciante de Usuhaia, seguían adelante, examinando los árboles más desarrollados, que se encuentran en el corazón mismo del bosque. Por entre las ramas, y desde aquella altura veíamos las aguas tersas de la bahía, que el sol doraba a trechos con reflejos enceguecedores. De pronto palideció, para tomar en seguida el color del acero, mientras en las altas hojas comenzaban a redoblar las gotas de una lluvia tan repentina como importuna.

     -¡Oh! Hay que acostumbrarse -dijo por vía de consuelo un empleado del presidio, que nos acompañaba-. Si hiciéramos caso de la lluvia, nunca podríamos salir.

     -Lo que no significa que tengamos que soportar ésta -dijo uno de nosotros.

     Emprendimos el viaje de regreso, dejando que los infatigables caminadores hicieran lo que más les acomodara, mientras nosotros buscábamos el reposo agradable de las casas. Por fortuna, el chubasco no era fuerte e iba a ser pasajero. En efecto, cuando salimos de la sombra de los árboles, el cielo se despejaba nuevamente y el sol aparecía otra vez. Decidimos entonces aguardar a nuestros compañeros, que no tardaron mucho.

     -¿Y, amigo, usted también se marcha mañana? -preguntó Godoy acercándose a mí.

     -Sí, comandante; no puedo quedarme sin visitar Lapataia, de que me han hablado como de algo muy hermoso, y de darme cuenta de la importancia del aserradero.

     -Pero entonces no va a ver a Usuhaia...

     -¡Eh!, no tiene mucho que ver que digamos, y esta misma tarde puedo escudriñarla de extremo a extremo. Además, a la vuelta...

     -No cuente con la vuelta. El Villarino no se detendrá sino momentos...

     Pero no quería dejar de ir a Lapataia, y toda argumentación sería inútil. Por suerte, la galantería del gobernador iba a encontrar la manera de obviar dificultades, y de facilitarme una permanencia más larga en la capital fueguina...

     -Bueno, usted se va. Pero, si yo le mando mañana la lancha a vapor, ¿se vendrá para ver esto más despacio?

     -¿Por la tarde?

     -Sí.

     -De mil amores. Ésa sí que es una excelente proposición, pues de ese modo mataré dos pájaros de una pedrada: conoceré Lapataia, y esta ciudad que, según parece, tiene sus complicaciones... Pero -bromas aparte- vendré con gusto, para que usted me dé algunos informes sobre estos territorios.

     Visitamos la pequeña iglesia en construcción, cuyas paredes exteriores son de hierro galvanizado, revestidas interiormente con otras de madera del país, como el piso, cuyas tablas proceden del aserradero que funciona en la cárcel de reincidentes. La iglesita tiene su campanario, pueden caber en ella unas doscientas personas, y no presenta mal aspecto. Al contrario... como que es el único monumento arquitectónico de la población. Pasamos, también, por el interior de la fábrica de conservas, de que me ocuparé después (o no), bebimos un vaso de cerveza con que nos obsequió don Luis Fique en El primer argentino, casa de comercio que fundó en 1884, cuando el hoy comodoro Laserre enarboló por primera vez el pabellón argentino en Usuhaia, y luego nos fuimos a la Casa Gobierno, a continuar allí las amenas pláticas del día.

     Roncaba la estufa atestada de carbón, en el despacho de Su Excelencia, porque desde que comenzó a caer la tarde, bajaba rápidamente el termómetro, y dos o tres, sentándonos en su derredor, nos pusimos a asar cuidadosamente los botines que chorreaban agua y cuyas suelas se habían esponjado como carbón húmedo.

     -Lignito de Tierra del Fuego -dijo Godoy.

     -¿De veras?

     -Sí. Aquí tienen ustedes la muestra. Quema tan bien como el carbón de piedra... o casi. He mandado a la capital, para que los conocedores opinen sobre él.

     -¿Y hay mucho?

     -Mucho, sí. Se han encontrado varios yacimientos importantes, y cerca de las costas, lo que facilitará su explotación, si la calidad hace que valga la pena, como creo. ¿Quieren tomar un mate?...

     Buenos Aires no quiere ya mate. Pero apenas se sale de su arrabal, apenas desaparecen las aceras de piedra y los faroles de gas, el mate recobra su imperio, vuelve a sus antiguos esplendores, reúne en amable intimidad a grandes y pequeños, nacionaliza y vincula a todos, y su sabor ligeramente amargo, su suave estimulación, anima las conversaciones, abre el apetito de pensar y de comer, aclara las ideas, dulcifica asperezas y antipatías, inclina a lo ingenuo y a lo bondadoso, y es el amable boute-entrain en las tertulias, y el amenísimo compañero en la soledad, que puebla como su hermano el cigarro. He encontrado en viaje muchos excursionistas extranjeros que, después de algunos visajes de repugnancia para con la bebida nacional, han ido modificando su primera impresión hasta convertirse en incansables materos. En viaje, el mate no es sólo un entretenimiento, es un verdadero ayudante -si se me permite-, tan poderoso como la coca para algunos organismos. Pues... queda dicho que empezó a circular el mate amargo, acogido con gusto por todos, y que la conversación se animó, acompañada por el ronquido de la estufa, y los silbidos de una que otra racha violenta que sacudía las paredes de tabla del palacio gubernativo. Y salieron a danzar... ¡los transportes!...

     ¡Pero, señor! O se han pasado la palabra todos los sudistas argentinos, o existe una razón vital de protesta. En Madryn... ¡los transportes! En Santa Cruz... ¡los transportes! En Gallegos... ¡los transportes! En Usuhaia... ¿Se oirá el mismo estribillo en San Juan del Salvamento?... ¿La gritería se convertirá en plebiscito?

     Mercaderías tiradas... visitas de médico... cargas que nunca se embarcan... averías y perjuicios... comida imposible... prensas de gente en vez de camarotes... tardanza desesperante o prisa vertiginosa, nunca el término medio... Las mismas quejas, casi con las mismas palabras...

     -Pues si ustedes taladraran los oídos ejecutivo-nacionales como taladran los míos, seguro estoy de que no pasarían tres meses sin que tuvieran las mejores comunicaciones del universo e islas adyacentes... ¡Vaya! Yo también trataré de aburrir a Gobierno y pueblo con la repetición interminable de la misma cantilena. Pero, descuiden ustedes. Será completamente inútil.

     Ya era de noche cuando nos despedimos del comandante Godoy, para volver al Villarino.

     -Quédense ustedes a comer conmigo.

     -Gracias. Estamos empapados.

     -Ésa no es una razón... fueguina.

     Pero nosotros no estábamos aclimatados todavía, y la humedad, que se nos infiltraba hasta las carnes, no era para ser soportada mucho tiempo más.

     -¡A bordo, a bordo! Gracias de todos modos, gobernador.

     -Le mando la lancha, ¿eh?

     -Por la tarde, sí. Por eso he dejado hoy de ver algunas cosas que me interesan.

     -Buen viaje, entonces.

     Entramos en el chinchorro que nos aguardaba al extremo del muelle, y los marineros bogaron con brío hacia nuestra casa flotante.

     A la madrugada siguiente, apenas el crepúsculo comenzó a dejar ver los objetos, cobrose el ancla, rodó la hélice, y el Villarino fue poco a poco desandando parte de lo andado, para fondear hora y media después en Lapataia, o sea Bahía de los Ladrones.

 

- XXII -
Dos días en Lapataia

     Aquella mañana nos levantamos tarde casi todos los pasajeros, pues la tertulia de la noche anterior se había prolongado más que de costumbre, de modo que no vimos de nuevo el hermoso paisaje que presenta esa parte del Beagle. Pero cuando subimos a cubierta, no nos fue posible dejar de admirar la belleza de la bahía en que estábamos fondeados, una de las más seguras y más pintorescas que tenga la Tierra del Fuego, tan rica en panoramas. Ciérranla por todos lados altas y escarpadas montañas, dejando sólo una puerta de entrada, en cuyo umbral se ve la espuma de las olas que no lo transponen cuando el mar se agita y convulsiona fuera. Las aguas verde esmeralda de un ancho arroyo, casi un río, serpean rápidas entre rocas escuetas, y van a confundirse con las más obscuras de la bahía, en cuya superficie juguetean y pescan los patos a vapor, las avutardas, los gansos, los cormoranes, ofreciéndose a la escopeta del cazador, espiados por los buitres y los halcones, o por algún cóndor vagabundo que se ha dejado llevar hasta allí al capricho de sus infatigables alas, pronto a hacer presa de ellos si la ocasión se ofrece.

     ¡Qué acuarela! ¡Qué suavidad de tintas! ¡Qué armonía! La roca desnuda, rojiza, o parda, o blanquecina; la arena menuda y blanda de las playitas, el canto rodado de otras festoneadas por el cachiyuyo verdinegro, medio corrompido, que depositaron como una orla las mareas; la selva trepando hasta la altura; árboles con las raíces al aire, como garras, prendidas a la peña estéril, nudosas y fuertes, chupando por todos sus poros un alimento invisible; más allá un islote de piedra, sin vegetación, descubierto sólo en las aguas bajas, cubierto por la negra alfombra de los mejillones; otros escollos blanqueados por el guano de los shags; allá a la izquierda, sobre una playa teñida de verde, rodeada de montes casi a pico, la Primera Carbonera Argentina con su techo azulado, sobre altos pilotes de madera, sin paredes y... sin carbón. En nuestro país una carbonera nacional que tuviera carbón, sería una anomalía tan grande por lo menos como un ministerio de Hacienda con dinero en la caja... Y sobre todo esto, un cielo azul celeste pálido, surcado por una que otra nube blanca como un copo de algodón.

     Eran las diez y media de la mañana. Habíamos llegado antes de las ocho, y aún no se mostraban los hombres del aserradero, invisible desde a bordo, pues se halla algunas cuadras río arriba, disimulado por islotes y peñascos altos o cubiertos de árboles. No sé qué había sucedido, el hecho es que hasta entonces no habían podido acudir, y que se les esperaba con impaciencia.

     Por fin, de detrás de una peña salió un bote, conduciendo a varias personas que pronto estuvieron a bordo. Entre ellas estaba el señor Brusotti, administrador del aserradero, que pertenece a los señores A. Zavalla y Compañía, que lo adquirieron de su fundador don Jacinto Ravié, actualmente cónsul argentino en Punta Arenas, y propietario de un nuevo aserradero frente a la península Gable.

     El señor Brusotti, que se quedó a almorzar con nosotros a bordo, en la cámara del comandante Murúa, donde lo hacíamos éste, Méndez, Funes, Demartini, el doctor Luque y yo, nos invitó a visitar el establecimiento, que es, sin duda, de bastante importancia, y que está llamado a grandes desarrollos. Nos trasladamos a tierra, una hora más tarde, en la lancha a vapor del Villarino, por los estrechos pasos que se abre el río de ondas verde blanquecino en medio de las rocas. Presentose a nuestra vista un grupo de casas, galpones y depósitos, construídos con madera del obraje y hierro galvanizado. Era la habitación de la familia, la de los obreros y peones, los cobertizos para guardar y estacionar madera, y el departamento de las máquinas, de cuya chimenea salía un grueso penacho de humo negro. Sierras circulares, sierras sin fin, sierras de carro, hacían a un tiempo, casi automáticamente y con pocos obreros, tablones, tablas, postes, varillas... Aquella actividad, aquel trabajo, en sitios al parecer desiertos, y a tantas leguas de distancia de los centros poblados, causaban una agradable sorpresa.

     La playa turbosa estaba sembrada de gruesos troncos de árbol, algunos de más de un metro de diámetro, que una yunta de bueyes arrastraba pesadamente uno por uno, subiendo la cuesta, para dejarlos junto al depósito. Los pacíficos animales obedecían a la palabra del peón que los manejaba látigo en  mano, como un director de picadero, y sus gritos dominaban el fragor de las sierras al morder la madera haciendo volar amarillentas nubes de aserrín.

     El corte de árboles se hace en varios puntos, río arriba, donde los obrajeros tienen también sus casas. La mayor parte de los troncos son conducidos al aserradero por el río, por el «camino que anda», atados unos a otros como balsas. Una esclusa, que cierra un gran remanso en el sitio en que dos rocas avanzadas forman una angostura, impide que los trenes de madera, o la mayor parte de ellos, salga al mar y se pierda en los canales. El obraje principal se halla en el centro del istmo que separa a Lapataia de la bahía Argentina. Hay allí un gran galpón para el personal, depósito de víveres, cocina, etcétera. Cuenta con doce obrajeros, cuatro carros especiales para el transporte de troncos gruesos, cuatro yuntas de bueyes, cuatro sierras de vuelo, etc., etc. Está unido al aserradero por un excelente camino de tres kilómetros de largo, hecho con troncos, piedra y ripio, que se cuida de mantener en buen estado para la facilidad del transporte, cuando se hace en carros.

     La madera que se utiliza es, naturalmente, la del fagus, que allí llaman coigüe como en Chile. Interesarán los siguientes informes, recogidos de los propietarios del obraje, a propósito de esa madera, cuyo uso se hará más general cuando sea más conocida.

     Su buena calidad y duración depende de que los árboles sean cortados en invierno, cuando se ha retirado la mayor parte de la savia. De otro modo, quedando muy húmeda, se pudre o se raja. El muelle de Punta Arenas, que se halla aún en buen estado, fue construido en 1860 con madera cortada en las condiciones antedichas.

     Pero hay una dificultad para el corte de árboles en invierno, y es la gran diferencia de duración del día en las dos estaciones extremas. En el verano hay cerca de catorce horas de sol, sin contar los crepúsculos, y en ese tiempo se trabaja mucho y fácilmente, los caminos son mejores, los bueyes están gordos y el frío no acobarda a los obrajeros. En el invierno el día dura como unas siete horas, y las nevadas que obstruyen los caminos, el inevitable enflaquecimiento de los bueyes, y otras penurias inherentes a la estación, hacen que el rendimiento sea escaso y la madera tenga que venderse a más alto precio.

     Mientras visitábamos el aserradero, el comandante Funes no estaba ocioso. Había ido a hacer un minucioso examen de los postes preparados para cargar el Villarino y destinados a la construcción del telégrafo patagónico. De este examen resultó un beneficio, pues logró troncos más gruesos que los contratados, y por consiguiente, de mayor duración, considerando las violencias de los vientos más fuertes en Patagonia.

     Luego pasamos a la huerta, junto al río verde, sobre un terreno alto y plano, de pequeña extensión, en que crecen los nabos, las coles y otras plantas comestibles, al lado de las fragantes frutillas bermellón claro, que los visitantes devastamos en un abrir y cerrar de ojos, con anuencia del dueño y gran sentimiento de sus hijitos, al mismo tiempo hortelanos y consumidores.

     Más lejos se alzan las colinas que van creciendo hasta convertirse en montañas boscosas, barrera limitadora del horizonte. Allá arriba hay un magnífico lago, visitado y poblado por patos y cisnes, y por bueyes y carneros vueltos al estado salvaje. Estos carneros, tienen tal abundancia de lana, que, siendo difíciles de atrapar en los sitios descubiertos, se enredan y traban en el bosque, presentando magnífico blanco al cazador. Pero, aunque algunos hubieran bajado con escopeta, como el doctor Pinchetti, que de ella no se separaba jamás, y aunque no faltara quien se internase en busca de caza, nadie llegó al lago, de lo que se felicitarían mucho las aves, ni nadie descubrió ganado alzado, con lo que se perdonó la vida a los carneros.

     A la tarde, mucho antes de que el sol se ocultara tras de las montañas, regresé a bordo, a esperar el vaporcito de la gobernación que debía ir a buscarme. Pero el mar estaba muy agitado afuera, comenzaban a caer frecuentes chubascos de lluvia pulverizada por el viento, y lo más probable sería que el patrón no se hubiera atrevido a salir con la frágil lancha. Así fue, en efecto, y mi prisa resultó inútil, no sirviendo sino para hacerme parecer más largas las horas, en medio del paisaje borrado por la lluvia y la neblina, que apenas dejaban ver el techo plomizo del depósito de carbón, cuya armazón desolada se alzaba a pocos metros del Villarino.

     -Aquí ha estado el Bélgica -oí que decía una voz cerca de donde yo estaba.

     Era uno de los empleados del aserradero, que hablaba con otro del transporte. Me acerqué a ellos, preguntando:

     -¿El de la expedición al polo sur?

     -Sí, señor, el mismo.

     -¿Y con qué objeto vino?

     -A hacer aguada. Parece que su viaje hasta aquí no ha sido muy próspero, y que la mala suerte persigue al barco. Apenas salió se le descompuso la máquina y tuvo que ir a Ostende. Desde allí hasta las aguas sudamericanas ha navegado muy lentamente. Luego la tripulación comenzó a comportarse tan mal, que el comandante tuvo que dejar en tierra algunos marineros en Magallanes. ¡Quién sabe cómo le irá después!... Ahora debe estar por las tierras de Graham por lo menos, y aun así, no ha hecho el trayecto con la rapidez necesaria. El invierno se viene encima.

     -¿Qué tal barco es el Bélgica?

     -Bastante sólido para ballenero. Soportará bien los témpanos aislados, pero no me parece muy propio para una invernada en los hielos.

     Recordé entonces los terribles crujidos del Fram, que describe Nansen, cuando lo estrechaba con abrazo mortífero para cualquier otro buque, la nieve helada en torno suyo.

     -¿Los oficiales hicieron observaciones? -pregunté.

     -Sí, creo que sí... Sobre todo, tomaron muchas vistas fotográficas, con aparatos muy hermosos que habían traído. Todos gozaban de muy buena salud, declaraban que estas comarcas eran lindísimas, y se mostraron muy amables y corteses. Cuando llenaron sus aljibes, se fueron. ¡Quién sabe si los volveremos a ver!...

     Mientras conversábamos en cubierta, soportando la llovizna helada, por no meternos en la cámara, triste y obscura, mis ojos se volvían instintiva e insistentemente hacia el galpón, en uno de cuyos rincones había un montoncito de hulla.

     -Poco carbón tiene el depósito -dije.

     -Sí -contestó uno de mis interlocutores-. Y así es desde hace mucho tiempo, de modo que la carbonera es un simple adorno.

     Sin embargo, este abandono debe cesar cuanto antes. No tenemos sino dos depósitos de carbón en los mares del sur, el de Santa Cruz y el de la Lapataia, ambos desprovistos, y que no pueden prestar, por consiguiente, ayuda alguna a nuestra marina de guerra, ni a los barcos que por cualquier contingencia necesiten combustible para continuar su navegación. Tener carboneras en esa forma es irrisorio, y mucho más pagándose, como paga el Gobierno, mensualidades por la custodia de la hulla ausente.

     Por otra parte, la situación de Lapataia en mitad del canal del Beagle, no la hace muy a propósito para ese servicio; mejor sería cualquier punto austral de Patagonia, o la misma Isla de los Estados, más cercanos a los caminos seguidos generalmente. Se dirá que pueden improvisarse carboneras en un momento dado y sin gran pérdida de tiempo. Conforme. Pero siempre habría alguna pérdida, innecesaria, y causada sólo por la imprevisión.

     Los últimos rezagados volvían de tierra.

     Todo el día, y a pesar de la lluvia de la tarde, se había estado cargando postes para el telégrafo, bajo la vigilancia del comandante Funes, que los examinaba uno por uno en el embarcadero. Fue el último en regresar acompañado por el señor Brusotti, que iba con la buena intención de invitarnos a almorzar al día siguiente a su casa. Muy hospitalaria y obsequiosa con los viajeros la gente del sur, y muy prontos a aceptar invitaciones los viajeros australes, víctimas indefensas de la cocina de a bordo.

     Demás está decir que al día siguiente todos los invitados acudíamos al lugar de la cita, provistos de un apetito que hizo honor a unos tallarines de mano maestra, y otros platos no menos respetables, acompañados de rabanitos, manteca de cabra, blanca como campo de nieve, champignons frescos y encurtidos de un sabor delicioso, y frutillas fragantes y qué sé yo... La señora de la casa se preocupaba de todos menos de ella misma, haciéndose acreedora a nuestro agradecimiento y aplauso. Hacía tiempo que no comíamos tan bien, ni rodeados de tantas atenciones.

     No se había interrumpido, entretanto, la carga de los postes, ni se tenía noticias de la aproximación de la lanchita a vapor de Usuhaia, cuya ausencia me había permitido asistir a aquel almuerzo famoso en los anales del viaje. Demartini y yo nos fuimos, pues, a vagar por el bosque, cuyo silencio admiraba y sobrecogía, y allí hubiéramos quedado el día entero, si la humedad que nos empapaba los pies no se hubiera entretenido, también, en helarnos las piernas hasta las rodillas.

     Regresamos a bordo, y pasamos melancólicamente el resto de la tarde mirándonos las caras y preguntándonos hasta cuándo iba a durar nuestra inacción. Estábamos sin duda invadidos por la manía de la movilidad. Sólo nos distrajo la llegada de un bote que iba en busca del doctor Luque, con la noticia de que acababa de ocurrir un accidente en el aserradero. Una viga, al caer, había roto la pierna a un obrero que no tuvo tiempo de escapar al golpe. Sus dolores eran terribles, y urgía auxiliarle.

     El médico, siempre pronto, siempre solicitado en todos los puertos a que arribaba, se embarcó inmediatamente para ir a la cabecera del herido, a quien hizo la primera cura, dejándolo algo calmado.

     El Villarino tenía que permanecer día y medio o dos días más en Lapataia para completar su cargamento de postes. Habría tiempo, pues, para aburrirse, y eso consideraba yo entre mí, cuando un grito lanzado desde la popa vino a desvanecer mis temores:

     -¡La lancha, la lancha!

     En efecto, por el estrecho portillo que da acceso a la bahía, avanzaba con su penacho de humo hacia babor la lanchita esperada, pequeña a la vista como una cáscara de nuez.

     La tarde caía entretanto, y poco tiempo después iba a ser noche cerrada. Cuando atracó la lanchita al Villarino, que parecía un gigante a su lado, el crepúsculo comenzaba, y el paisaje aparecía en una media luz tenue y difusa, que le comunicaba cierta dulce y triste poesía, un encanto misterioso, vago, opresor...

     El patrón preguntó por mí.

     -¡Presente!

     -Me manda el señor gobernador, para que me ponga a sus órdenes.

     -Muchas gracias. Pero supongo que no será prudente ni necesario salir hoy...

     -Cuando usted guste.

     -Mañana temprano...

     -Muy bien. ¿Quiere usted visitar la lancha?

     No tenía gran cosa que ver: la máquina la ocupaba casi toda, no dejando a los lados sino un paso de veinticinco centímetros de ancho. A popa le habían hecho una camareta en que cabrían cuando mucho, y como sardinas en banasta, siete personas de mediano volumen.

     -¿En cuánto tiempo llegaremos a Usuhaia?

     -Si el tiempo es favorable, en menos de tres horas.

     -Bueno. Mañana a las ocho, entonces.

     -Perfectamente.

     El patrón Romero era un hombre de unos cuarenta años, fuerte y bien repartido, de mirada resuelta y modales francos y algo bruscos. El resto de la tripulación se componía de un negro maquinista, un timonel, y un chiquillo -el Payaso- que hacía de foguista y era de los menores que Godoy llevó a Usuhaia.

     Al día siguiente, muy de mañana, fueron a despertarme a mi camarote; salté de la cucheta, me vestí con rapidez realmente periodística, y diez minutos más tarde estaba en la lancha, después de haber tomado mi taza de café. ¡En marcha!

     La atmósfera estaba clarísima, tibia y como perfumada. Todo parecía alegre, el mar, el cielo, las costas cubiertas de vegetación, las rocas sonrosadas por los reflejos de algunas nubes teñidas por el sol. A medida que avanzábamos, el panorama se decidía, se acentuaba, con más color, con líneas más enérgicas.

     En la primera isla de la derecha, saliendo de Lapataia, y en la cumbre de un cerro bastante alto, veíase un palo colocado como una baliza.

     Cuando nos acercamos salió a nuestro encuentro en un bote, el viejo Revello, guardián de las ovejas que allí tiene el patrón de la lancha a vapor; iba en busca de una bolsa de galleta, y al mismo tiempo a dar cuenta de lo que aquel palo significaba.

     -¡Buen día, Revello! Aquí está la galleta; exclamó el patrón cuando atracó el bote. Y... ¿qué había en el palo?

     -Un frasco en el suelo, al ladito, con unos papeles -contestó el viejo.

     -¿Lo ha traído?

     -Sí, aquí está.

     Y le dio un frasco de vidrio blanco que en efecto contenía papeles, bastante deteriorados por la humedad. Eran dos tarjetas, la una escrita con lápiz, la otra con un nombre solo. La primera algo borrosa en partes, ilegible en otras, decía lo siguiente:

     «Ile Ronde, 25 février 1896. -Mardi. -Fernand Lahille, doctor en medicina y ciencias naturales, encargado de la sección zoológica del Museo de La Plata, accompagné de son préparateur M. E. Beaufils, ont passé ici trois jours pour étudier la faune et la flore. Que ceux qui passeront ici reçoivent un cordial salut de leur devancier. Ils... de la grande baie (Lapataia)... au nord (Usuhaia) est le siège d'une mission anglaise, en même temps que le siège du gouvernement de la Terre de Féu. -F. Lahille.»

     Los puntos suspensivos ocupan el lugar de palabras borradas por completo; pero no por su falta se pierde el sentido de lo escrito: la estadía del doctor Lahille, estudiando la flora y la fauna, y su amistoso saludo, que yo retribuyo como el primero que lo ha recibido. La segunda tarjeta era del señor Beaufils.

     Volvimos a ponerla en el frasco, tapándolo bien, y se lo entregamos a Revello.

     -Póngalo en el mismo sitio, pero a cubierto de la humedad -le recomendamos.

     -Está bien. Adiós.

     -Adiós.

     Y la lanchita a vapor echó a andar, viró, y tomó nuevamente el camino de Usuhaia, dejando detrás el saludo del doctor Lahille, que ha de ser sin duda grato a otros que lo encuentren en aquel desierto.

     En todas las ensenadas, en todas las playitas se veían gruesos troncos cortados, llevados hasta allí por la marea. Eran los que se desprendían de las balsas, y siguiendo el curso del río desembocaban en el mar. Los había en cantidad bastante grande, y parecían suficientes para cargar un buque regular; pero en su mayor parte debían hallarse ya en mal estado, y ser inservibles por su larga permanencia en el agua.

     Cerca de nosotros y con gran ruido, pasó un pato a vapor, levantando espuma y dejando tras de sí una estela, como si fuese realmente una embarcación. Aunque la lanchita caminara bastante, el pato la dejó muy pronto atrás, y minutos más tarde se perdió en las sinuosidades de una costa lejana.

     Ya he dicho que sus alas atrofiadas son demasiado cortas para permitirle el vuelo; en cambio, nada con increíble rapidez. Casi siempre nada en parejas, y no se separa nunca a más de tres millas de la costa, de modo que su presencia es siempre indicio de tierra próxima. Anida entre la yerba de la ribera, y pone cada año de cuatro a seis grandes huevos blancos. Su alimentación consiste en los pequeños caracoles y mejillones que viven en el cachiyuyo.

     Es hermoso verlo navegar por las aguas tranquilas, envuelto en espuma, rápido y azorado como si huyera de un peligro, y su vista sorprende a cuantos se presenta por primera vez.

     En el resto del viaje no encontramos cosa digna de mencionarse, si no es, en un fondo bajo de arena, visible por la transparencia del agua, que parecía de moiré verdoso por los reflejos del bosque cercano, un pululamiento de centollas, que vagaban sobre las negras e inmensas conchas de los mejillones, que habitan aquel refugio desde tiempo inmemorial, y pescados, y langostinos, toda una vida animal hormigueante que contrasta con la escasez de seres vivientes que se nota en tierra.

     A veces teníamos que acortar la marcha de la lanchita, y detener la hélice, dejándonos llevar por el impulso recibido y la marea bajante, al pasar por entre inmensas matas de cachiyuyo, cuyas hojas más altas erguidas sobre la superficie del mar se movían lentas a un lado y otro, acariciadas por la brisa. Tomábamos el camino más corto para llegar a Usuhaia, aprovechando los pasos inaccesibles para los buques de algún calado, pero fáciles y seguros para nuestra embarcación.

     -¡Oh! Todavía tenemos que dar muchos rodeos para llegar a Usuhaia -me dijo Romero-. Sin embargo, antes debió poderse ganar mucho terreno.

     -¿Cómo? -pregunté.

     -¿No ve usted entre aquellas dos colinas un espacio llano, poco ancho y muy bajo, que apenas está cubierto por el pasto y se levanta tan poco sobre el nivel del agua, que también se ve detrás?

     -Sí.

     -Pues esa especie de istmo ha debido ser hasta no hace mucho un canal que nos hubiera ahorrado una tercera parte del camino. Está compuesto de arena, y la capa de turba y humus es insignificante.

     Este fenómeno se ve muy a menudo en Tierra del Fuego y en la Isla de los Estados. Los desprendimientos de la roca, y las arenas que arrastra la marea, van colmando poco a poco muchas bahías y hasta canales de escasa profundidad, de modo que tiempo más tarde -léase siglos- no será ya exacta la pintoresca definición que de estas tierras hacía Darwin, diciendo que eran un país montañoso cuyos valles estaban suplantados por canales y bahías.

     Pasamos cerca de una costa arenosa, tras de la cual se levantaban suavemente algunas colinas.

     -Allí hay manantiales de agua mineral -dijo Romero, señalándola.

     -¿De qué clase?

     -No sé. No se ha analizado todavía.

     -Vamos a verla.

     -Ahora no es posible. La lancha no llega hasta donde es fácil desembarcar, y la chalanita no soportaría su peso, ni el mío.

     En efecto, la chalana era una batea ascendida por favoritismo al rango de bote, que iba amarrada a la popa de la lancha. Embarcarse en ella era condenarse a un baño seguro, pues apenas soportaría al Payaso, que no levantaba vara y media del suelo. Cífranse grandes esperanzas en estas fuentes, aunque no se conozca aún la naturaleza de sus aguas, algunas de ellas fuertemente purgantes, como se ha experimentado por casualidad, y otras de efectos menos visibles, pero apreciables sin embargo, en molestias gástricas. Creo que ya se han enviado muestras a químicos de Buenos Aires, encargados de analizarlas.

     La baja marea había dejado en seco parte de las rocas en los angostos canales que cruzábamos; estaban materialmente cubiertas de mejillones de todos tamaños, adheridos a la piedra y como ofreciéndose a nuestro apetito, aguzado por el aire vivo de la mañana, hermosa y serena como un día de otoño en los alrededores de nuestra ciudad. El sol había aparecido ya sobre las empinadas crestas de las montañas del este, y las nubes se amontonaban alrededor de los picos, dejando libre el resto del cielo, de un azul purísimo.

     Nos acercábamos a Usuhaia.

     De pronto apareció el conjunto de casas de la misión, envuelto en una atmósfera dorada, leve bruma que el sol teñía con sus rayos más cariñosos, y que se reflejaban con cambiantes opalinos en el agua de la bahía, azul también, y tersa como inmenso espejo de acero. Usuhaia se presentó en seguida, retratada como la misión -con la torrecita de su iglesia, los muelles y las embarcaciones, los chalets y las casas, de cuyas chimeneas se escapaban ligeros humos, pronto desvanecidos-, en el lago inmóvil, duplicación del cielo.

     Lentamente avanzamos hacia el muelle, al que comenzaron a acudir personas que me aguardaban extrañadas por la tardanza de la lancha que había salido en mi busca veinticuatro horas antes.

 

- XXIII -
Nuestras avanzadas del sur

     El primer cuidado de mis huéspedes fue conducirme a la habitación que se me había preparado en la Casa de Gobierno, y en que, además de una excelente cama, tenía cuanto era necesario para reparar el desorden que en traje y persona había producido el viaje en la minúscula embarcación, que la chimenea se encargaba de llenar de hollín pulverizado, impagable para convertirnos en máscaras. No tardó en reunírseme el comandante Godoy, que me expuso alegremente el programa del día.

     -Primero, y esto es importante, a almorzar; usted debe traer apetito con el madrugón y el fresco de la mañana. Después, tomaremos la lancha y nos iremos a ver la cascada del Olivia, que es muy hermosa. Hoy es domingo, y hay ejercicios religiosos en la misión. Llegaremos a tiempo, y usted verá un espectáculo interesante. Luego, a la vuelta, visitaremos un poco más detenidamente la capital, esperando que llegue la hora de comer, y por la noche... haremos lo que usted quiera.

     -¿Qué le parecería un reportaje sobre sus dominios, Gobernador?

     -¡Hombre! Le daré cuanto informe desee, y más también. Si quiere que empecemos...

     -Un momento. Acabo de arreglarme, tomo el lápiz y la cartera y comienzo a preguntar.

     Pero en ese instante nos anunciaron que el almuerzo estaba en la mesa, y pasamos sin más tramitación al chalet contiguo a la Casa de Gobierno, una casa de madera llena de luz, cómoda y bastante amplia, en cuyo recinto las infaltables chimeneas conservaban la atmósfera a una temperatura casi estival.

     Las señoras de Godoy y de Aróstegui, las niñas que días antes viera paseando en bote y manejando el remo, rodeaban la mesa, en el comedor, cuyas inmensas ventanas lo hacían parecer una habitación de cristal adornada con los brillantes paisajes de la Naturaleza misma: la bahía, las colinas de la misión, las costas pintorescas, los árboles del bosque... Estaba también allí el señor Ravié, que acababa de ser nombrado cónsul argentino en Punta Arenas, adonde iba a trasladarse poco después. Él y el juez de paz, señor Salvadores, debían acompañarnos en nuestra excursión de aquel día.

     Almorzamos con apetito, en forma a que ya me iba desacostumbrando a bordo, y que me hizo recordar la vida bonaerense, y emprendimos viaje al muelle, donde ya nos aguardaba la lancha. Debíamos reunirnos más tarde a las damas, en la península de la misión.

     El trayecto hasta el sitio en que se halla la cascada es corto, pero mientras lo recorríamos, descargaron dos chubascos, que nos hicieron temer que se aguara del todo el paseo. Afortunadamente, el cielo se despejó en seguida, mostrándose aún más radioso que antes.

     Desembarcamos en una playa de cantos rodados, a cuyo borde comienza la selva en que se han hecho algunos desmontes; aquí y allá veíanse grandes pilas de troncos cortados, prontos para embarcar. Seguimos un buen trecho por la costa, internándonos más tarde por un camino cubierto de árboles, que sube con rápido declive, trazando anchas curvas; luego lo abandonamos para seguir una vereda tortuosa que la yerba iba borrando, y que serpenteaba por colinas cada vez más altas. Por fin, un rumor confuso, como el fragor de las hojas fuertemente agitadas por el viento, nos anunció la proximidad de la cascada de ese río Grande, que no hay que confundir con el otro que, corriendo hacia el centro de la Tierra del Fuego, va a desembocar en el Atlántico entre el cabo Domingo y el cabo Peñas.

     El río, de agua clara y rápida, cae allí desde una altura bastante grande, corre vertiginosamente por un espacio llano y curvo sembrado de rocas, y salta otra vez entre espumarajos. El doble salto, aunque pequeño, es interesante por lo pintoresco, rodeado como está de árboles corpulentos y de ancha copa, y de rocas desnudas, que avanzan sobre él. Las aguas, después de su primer caída, corren tumultuosas, extraviadas por los surcos que en ellas abrieron las piedras y que no se han cerrado a causa de la velocidad que llevan; infinitas burbujas suben y revientan en su superficie, sembrándolas en puntos que parecen luminosos, y no es raro ver que arranquen y arrebaten pedazos de turba cubierta de vegetación, que desmenuzan y hacen desaparecer inmediatamente revueltos en sus ondas, para depositarlos luego en la barra cada vez más ancha del río.

     Sentados en un peñasco, pasamos largo rato contemplando el agreste y hermoso paisaje. Estábamos fatigados, más por la rarefacción de la atmósfera que por lo penoso del camino, y el mismo Godoy, que ya debería estar aclimatado, sin embargo, respiraba fuerte, como yo, para llenar de aire los pulmones. Bebimos de aquella agua, tan pura y cristalina en la copa, como turbulenta y opaca en su carrera vertiginosa; era riquísima, helada, y casi juraría que flores invisibles la habían perfumado y dado sabor. No debía ser esto una ilusión simplemente, porque recuerdo que Godoy me dijo:

     -¿Qué le parecería tener este salto en Buenos Aires, para vender el agua por botellas? En un verano se haría una fortuna...

     Las corrientes de agua de Tierra del Fuego son en general amarillentas, saturadas de turba y de otras materias en suspensión, que si no las hacen desagradables del todo, no incitan a beberlas tampoco. No son dañosas, sin duda a causa del clima, que no permite su rápida descomposición, pero sé que todas las muestras que se han enviado a Buenos Aires para su análisis, han llegado completamente descompuestas, pues no han podido soportar temperaturas más altas que la de la isla.

     Pero pasaban las horas, y a las tres y media debía comenzar el oficio divino en la misión.

     -¿Vamos andando?

     -Vamos.

     Por fortuna, el regreso era más fácil, pues sólo teníamos que bajar todo lo que habíamos subido, y pronto nos encontramos a bordo de la lancha, que comenzó inmediatamente a redoblar con los émbolos, navegando con rumbo a la península.

     -¿Sabe usted en lo que voy pensando? En que todavía no he visto un solo caballo en Usuhaia.

     -¿Caballos aquí? ¿Para qué? ¿Para andar por el bosque o trepar por las montañas de piedra? Serían inútiles. ¿Para recorrer la costa? Mejor es el bote, que puede ir en línea más recta de un punto a otro. Los caballos sólo sirven en la parte este y en la norte. Además, con la humedad de este suelo sufrirían mucho de los cascos, hasta que pasadas algunas generaciones, los productos nacidos aquí estuvieran naturalmente aclimatados.

     -¿Según eso, también el ganado vacuno sufrirá en estos parajes?

     -También, pero no tanto. Fíjese en los bueyes de la Gobernación, que no están mal. Sin embargo, tienen el engorde de verano; en invierno enflaquecen mucho. Y además, hay que considerar que ésos están cuidados con esmero que no podría tenerse con un número crecido de animales. Pero hay otros puntos mucho más apropiados para la cría de ganado vacuno, sobre el mismo canal de Beagle, por ejemplo Haberton, donde mister Bridges tiene hacienda flor, de que nosotros mismos nos aprovisionamos, y que adquieren casi todos los barcos que pasan por aquí.

     -¿Mister Bridges, el antiguo misionero de Usuhaia?

     -Sí. Ahora está instalado en la península de Gable, donde el Gobierno le ha concedido una vasta extensión de tierra.

     -¿Y la misión, a cargo de quién está?

     -Del antiguo catequista, el reverendo mister Lawrence, que dentro de un rato podrá conocer.

     Arribamos a la península, cuyas costas bajan rápidamente hacia el mar, terminando en una playa suave, que cubren las grandes mareas. Un camino ancho y muy bien conservado sube a la colina, en que se alzan el templo y los edificios de la misión, el pequeño chalet rodeado de flores y plantas de adorno de mister Lawrence y su familia, las casas de los indios, las dependencias, etc.

     Fuimos directamente al templo, donde ya estaba reunida una concurrencia por lo menos curiosa por lo abigarrada. Las señoras de Godoy, de Aróstegui, de Lawrence, otras damas de la misión, algunos ingleses, el primer maquinista del Villarino, casado con una de las hijas del pastor y que estaba allí con licencia, nosotros, y detrás indios, indias e indiecillos, vestidos a la europea con un desaliño y una extravagancia verdaderamente fueguinos.

     El reverendo Lawrence ocupó la cátedra, y comenzó la lectura, en inglés, del evangelio del día. Por las enormes ventanas entraba una luz tranquila y amable; en las paredes brillaban grandes carteles con paisajes de colores vivos e inscripciones morales y religiosas, en inglés. Los fieles estaban sentados en bancos de madera, frente a los cuales había un reclinatorio.

     Concluido el evangelio, comenzaron los cánticos, en coro, tomando también parte en ellos algunos indios e indias, con bastante ajuste y siguiendo sin dificultad los acordes del armónium que los acompañaba.

     Entre esos cánticos hízose notar uno en lengua yagana, cuyas dos primeras estrofas decían así:

                              

Jesus jai a cush-gai-at-a

                    

     nnu jai ai-aw-la

Baible, endaige a va wun

Le cuyah-ge-gay-at-a.

 

Ye-ca-ci-yu-al-am-iim

ci chin-ah-cin-aamush

Ci-yu-al-a mai-aw-ana

Cunyin mush a-bi-la.



     Luego un sermón, una oración en yagán y en castellano por la prosperidad de las autoridades de nuestro país, etc., etc., y los oficios divinos concluyeron.

     En la puerta se reunió con nosotros el reverendo Lawrence, que nos invitó con mucha galantería a tomar una taza de té.

     La salita, llena de libros, paisajes, fotografías, publicaciones ilustradas, muebles confortables, daba la ilusión de que nos halláramos en las proximidades de Buenos Aires, en una de las mansiones inglesas de Lomas o Temperley, y no en plena Tierra del Fuego y rodeados por todas partes de desierto. Mientras mistress Lawrence y sus hijas se ocupaban de preparar el té y las excelentes tostadas con manteca del día, el reverendo me dio a conocer brevemente la historia de la misión, en que no falta la nota dramática.

     Un ex-oficial de la marina real inglesa, el capitán Allen Gardiner, salió de Liverpool el 7 de Septiembre de 1850, a bordo de la Ocean Queen.

     Iba enviado por la South American Missionary Society, con el objeto de que fundara una misión en las costas más australes de la América del Sur, para catequizar a los indígenas, y lo acompañaban un misionero, un médico y cuatro ayudantes.

     Después de una larga navegación en que se sufrieron serios contratiempos, Gardiner y sus compañeros desembarcaron dos meses más tarde en Banner Cove, puerto de la isla Picton.

     El Ocean Queen les dejó provisiones para seis meses, dos balleneras y dos botes pequeños para su movilidad, armas y municiones, etc., etc.

     Los intrépidos misioneros quedaron solos en aquel país desconocido y entonces inhospitalario, pero llenos de la noble resolución de llevar a cabo la tarea emprendida.

     La isla Picton, que se encuentra en el extremo este del Beagle, entre Haberton y Sloggett, no ofrecía recursos para la subsistencia. Los yaganes, por otra parte, hostilizaban a los misioneros que habían ido a establecerse en su territorio. Las provisiones comenzaban a escasear, las esperanzas de recibir ayuda de Inglaterra se hacían más problemáticas, y la situación iba presentándose insostenible.

     En este trance, Allen Gardiner resolvió abandonar la isla, para ir a establecerse con sus compañeros en lugares más hospitalarios.

     Tomó sus barquichuelos, embarcó en ellos los pocos víveres que le quedaban, y pocos meses después de su arribo a Banner Cove, salía de allí para ir a buscar la muerte en Bahía Aguirre.

     Dirigiose Allen Gardiner, en efecto, a dicha bahía, que se halla a unas treinta millas al este de Picton, en la angosta punta que Tierra del Fuego avanza sobre el Atlántico. Desembarcó allí, en un sitio que le pareció conveniente, pero luego resolvió dirigirse al Puerto de los Españoles, situado en la misma bahía.

     Por si llegaba algún buque de Inglaterra en su socorro y llevándole provisiones -desgraciadamente se habían agotado ya cuantas tenían-, dejó sobre una piedra la siguiente inscripción:

                    

Dig below

Go to Spaniard

Harbour.

March, 1851.

     «Cave usted abajo. Voy al Puerto de los Españoles. Marzo de 1851.»

     Al pie de la piedra enterró con las precauciones del caso, para que se conservara, un papel conteniendo este angustioso llamado:

     «Si usted marcha por la playa, milla y media, nos encontrará en el otro bote amarrado en la boca del río, en el extremo de la bahía, lado sur. No tarde, porque nos estamos muriendo de hambre.»

     Desgraciadamente este pedido desgarrador de auxilio iba a escucharse demasiado tarde.

     La muerte más horrible aguardaba a los infortunados y valerosos misioneros...

     El buque Dido, de la escuadra inglesa, que iba a llevarles provisiones, llegó al escenario de aquel drama el 6 de enero de 1852, muchos meses después de la catástrofe...

     Guiados por la inscripción y por el rumbo que señalaba el papel enterrado, los tripulantes de la Dido fueron en busca de los cadáveres, pues no otra cosa esperaban encontrar.

     Lo primero que encontraron en el Puerto de los Españoles fue los cuerpos insepultos del capitán Allen Gardiner y del misionero Maidment. Más lejos, en la boca del río, estaban los cuerpos del médico Williams y del pescador John Pearce...

     El hambre había dado trágico fin a la primera tentativa de civilizar a los fueguinos...

     Mister Lawrence interrumpió su relato para que hiciéramos los honores al perfumado té que nos ofrecía su señora, acompañado de las crujientes tostadas, y de fresquísima leche de vaca. Luego continuó:

     Pero este primero y doloroso fracaso no entibió el celo de la South American Missionary Society. Por el contrario, la memoria de Gardiner parecía incitarla a perseverar, como lo hizo.

     En efecto, en 1853 mandó construir una goleta de cien toneladas, propia para la navegación de las costas del sur, y la bautizó con el nombre del intrépido y abnegado capitán.

     La Allen Gardiner, bajo el comando del capitán W. Parker Snow, y conduciendo a su bordo al misionero Garland Phillips y al cirujano Ellis, zarpó para Tierra del Fuego en 1854, con el mismo propósito que llevaran sus predecesores.

     Pero no llegó hasta la isla, sino que se detuvo en las Malvinas, donde se fundó una misión.

     La pequeña colonia se compuso de los ya nombrados y de los reverendos G. P. Despard, John Furniss Ogle y Allen Gardiner, único hijo de la víctima de Bahía Aguirre.

     Aunque establecidos en las Malvinas, no abandonaron la idea de catequizar a los fueguinos, y con el objeto de trabar poco a poco relaciones con ellos, suavizar asperezas y enemistades y aprender su idioma, expedicionaron con mucha frecuencia al canal del Beagle, deteniéndose en el Puerto de los Españoles, en la isla Picton, en Usuhaia, Wualaia, etc. Algunos vivieron algún tiempo con los indios, para progresar más en el conocimiento de la lengua, que pronto supieron porque una casualidad feliz los puso en contacto con Jemmy Button, el famoso fueguino inmortalizado por Darwin en su Viaje de un naturalista, que Fitz-Roy llevó a Inglaterra y en su segunda expedición devolvió a sus lares. Jemmy los guió en el aprendizaje del yagán, y merced a su ayuda, en breve tiempo pudieron explicarse.

     Era ya hora, pues, de intentar la segunda fundación de la colonia misionera de Tierra del Fuego, como en efecto se hizo.

     El 1.º de Noviembre de 1859, ocho años después del trágico fin de Gardiner, la goleta de la misión, procedente de las Malvinas, fondeaba en Wualaia, donde iba a desarrollarse un nuevo y sangriento drama.

     Los indígenas hicieron en un principio demostraciones de amistad y trataron bien a los misioneros, que permanecían, sin embargo, a bordo. Pasaron así algunos días, y la confianza empezó a nacer. Cinco más tarde, todos, menos el cocinero de la goleta, se trasladaron a tierra.

     Eran ocho personas: el capitán de la Allen Gardiner, un misionero, dos pilotos y los cuatro marineros que componían la dotación del buque.

     Descuidados estaban, cuando de pronto los atacaron traidoramente los indios.

     No se dio cuartel. Los ocho perecieron asesinados.

     Sólo se salvó el cocinero, que por su suerte se había quedado a bordo, y que luego pudo contar los detalles del suceso...

     Segunda vez habían quedado burlados tan nobles esfuerzos, y segunda vez la muerte había esterilizado la semilla de la misión.

     Pocos años después, en 1862, se insistió de nuevo, pero esta vez para triunfar de todas las dificultades.

     La South American Missionary Society nombró en aquella época «superintendente de la misión anglicana de Tierra del Fuego», al reverendo mister Wasti H. Stirling, que debía residir en las Malvinas.

     Sterling se estableció en ellas con su esposa y sus hijos, y después de muchos trabajos preliminares en el asiento futuro de la misión, logró contar con la benevolencia de los indígenas, familiarizados ya con los ingleses y convencidos de que nada tenían que temer de ellos.

     Construyó entonces una casita de madera en la península de Usuhaia, y un año más tarde el misionero mister Thomas Bridges y el catequista John Lawrence ensancharon la pequeña colonia, levantando una casa más espaciosa que la primera, una iglesita-escuela, un asilo para huérfanos, y los ranchos necesarios para las familias indígenas que buenamente se habían reducido.

     Llevaron al mismo tiempo algún ganado vacuno y ovino de las Malvinas, que -ya aclimatado allí- soportó bien las inclemencias de Tierra del Fuego.

     Más tarde, en 1885, aumentó la misión con la presencia de la señora Hemmings, enviada de Inglaterra como partera y directora del asilo de huérfanos, a bordo de otro buque, el Allen Gardiner II, que ha prestado grandes servicios a los misioneros. En 1887 llegó también el reverendo doctor E. C. Aspinall, médico y misionero, que se estableció en Usuhaia.

     La pequeña colonia cuenta hoy con una iglesia, una escuela, una casa espaciosa ocupada por el reverendo Lawrence y su familia, otra para los huérfanos, siete para las familias indígenas, una herrería, una carpintería, dos depósitos de víveres, pesebres, etc., para animales. Estos edificios están rodeados por varias hectáreas de tierra labrada, limitadas por un cerco de estacones y divididas en jardines, huertas, corrales y patios.

     Darwin, que no creía en que pudiera lograrse ese resultado y manifestaba su lástima por la suerte de los misioneros, admirado por el éxito conseguido, se hizo uno de los sostenedores pecuniarios de la misión, cuyo triunfo aplaudía calurosamente.

     Cerca del modesto templo se ve, severo y triste, el cementerio en que descansan los restos de los primeros civilizadores de Tierra del Fuego. Nada llama la atención en él, nada turba tampoco la tranquilidad de los que allí duermen, después de terminada la tarea.

     La misión posee hoy, además de sus edificios, 12 caballos, 180 animales vacunos, 50 cabras y unas 300 ovejas, sin contar las vacas y cabras que en pequeño número tienen los indios.

     El reverendo mister Thomas Bridges se retiró de la misión diez años hará, para ir a poblar la península de Gable, a 35  millas de Usuhaia, en que el Gobierno argentino le había concedido una vasta extensión de tierra, convertida hoy en magnífica estancia, cuyos productos son famosos en el sur. Se sabe ya la inesperada muerte de mister Bridges, ocurrida hace poco en Buenos Aires.

     Esta concesión última será sin duda la que ha hecho que el Gobierno nacional quite a la misión la península de Usuhaia para darla en arrendamiento a los señores A. Zavalla y Compañía. No estoy bien enterado del asunto, pero conozco varias solicitudes y notas elevadas por mister Lawrence al ministro del Interior, una de las cuales, fechada en 1897, dice entre otras cosas:

     «No escapará a la ilustrada penetración del señor ministro, toda la razón y derecho que me asiste para tener la primacía (en cuanto a la posesión de la península), máxime cuando ya a mediados de 1892 me presenté al superior Gobierno solicitando lo que hoy vuelvo a pedir, y máxime también cuando los señores A. Zavalla y Compañía jamás han hecho esfuerzo alguno por traer la civilización a Tierra del Fuego, como que son recientemente pobladores.»

     Pero hay que examinar primero a qué título se hizo la concesión de la península de Gable, a la que según Bove, ya en 1882 pensaba mister Bridges trasladar la misión de Usuhaia. Dice el distinguido explorador:

     «Todos esos inconvenientes (los que ofrecía la península de Usuhaia), son bien conocidos por el señor Bridges, el cual desea transportar la residencia de la misión al poniente de la isla (península) Gable, donde a un clima mejor va unido un terreno más vasto para pastoreo, en que abunda la leña y el agua, además de la ventaja de una frecuente comunicación con los onas, que, por causas ajenas a la misión, fueron hasta entonces descuidados y viven en el estado más primitivo. Pero mil obstáculos se oponen al deseo del señor Bridges, y entretanto, la isla Gable ha sido ocupada por dos o tres familias indígenas con unas decenas de animales.»     

Sea como sea, es doloroso para aquella gente que ha habitado tanto tiempo en esas tierras donde han nacido sus hijos, ya hombres, verse hoy obligados a emigrar, en busca de otro asilo...

     La tarde había avanzado bastante, cuando nos despedimos de mister Lawrence, señora e hijas, y de sus hijos Juan y Federico, los primeros guardias nacionales argentinos que hayan nacido en Tierra del Fuego.

     Y acompañados por ellos hasta la playa, frente a la cual, y sobre el espejo de la bahía, la capital fueguina se veía envuelta en tenue gasa de vapores a la luz difusa del crepúsculo, nos embarcamos en seguida, para saltar minutos después a tierra, gratamente sorprendidos por la placidez encantadora de la atmósfera, los efluvios del mar y del bosque, la claridad con que se dibujaban los detalles del paisaje a pesar de la incierta y vaga neblina flotante...

     El comandante Godoy me dejó en libertad hasta la hora de comer.

     -Querrá usted hacer alguna investigación por su cuenta -dijo-. No voy a incomodarlo más; pero... tenga cuidado de no perderse en las calles.

     ¡Grave peligro, en efecto, el dédalo intrincado de las calles ausentes de Usuhaia!...

     -¡Gracias por las dos atenciones, señor gobernador! En efecto, bueno es que vaya por ahí a caza de datos. Pero no por eso se escapará usted del reportaje.

     -Siempre a sus órdenes.

     No tardé en encontrar en uno de los escasos sitios de reunión -por no llamarlos otra cosa- a un antiguo vecino del territorio, con quien poco rato después charlábamos como viejos amigos, y que según parece, no deseaba otra cosa que desatar la lengua. Una botella de Panquehue avivó seguramente ese deseo. Se trató de la misión que acababa de visitar.

     -¿Usted viene de la península? -me preguntó.

     -De allá vengo.

     -Yo conozco la misión desde 1884, cuando se estableció aquí la subprefectura. Entonces había 185 indios, el misionero era Bridges, con su señora, su cuñada y cinco hijos; estaba también Lawrence, como catequista, con su mujer, una cuñada y cuatro hijos. Armstrong, el maestro de escuela, no tenía familia, y era el único soltero, pues el herrero Whaito tenía a su mujer y dos hijos. Así, con familia, yo también sería misionero.

     -¿Y ésa era toda la población blanca de la misión?

     -No, señor. Estaban también la señora Hemmings, otra cuñada de mister Bridges, el patrón de la goleta, el piloto, el cocinero y cinco marineros. Pero ésos andaban en continuos viajes a la otra misión, la de las Malvinas, que tenían a su cargo dos familias de once personas. Allá se llevaron muchos indios, decían que era para enseñarles oficios y a trabajar en el campo... Si los pobres estaban tan bien como aquí...

     -¡Qué! ¿No estaban bien?

     -Bastante peor que ahora. Sólo dos tenían habitaciones regulares... para ellos; los demás se contentaban con sus wigwams, que eran una indecencia. Sin embargo, sé que en Londres se publicaban cartas diciendo que los indios poseían ganado y qué sé yo... Figúrese... Los pobres no podían vender nada sino a los misioneros, y éstos cobraban cuatro libras esterlinas y diez chelines por cada animal vacuno. Si un indio llegaba a tenerlos y los vendía -a los misioneros naturalmente- el importe quedaba en la misión para los gastos del dueño. Así se aumentaba la ganancia...

     -Me parece que usted exagera y tuerce la intención de las cosas. Querrían evitar con eso que se explotara a los pobres indios y se les envenenara con bebidas alcohólicas...

     -Puede que sea así, pero... Mire: solamente los misioneros podían comprarles cueros de nutria y de lobo, y no les pagaban más de media libra de té y media docena de galletas. En cuanto a los demás trabajos se retribuían sólo con la comida; y no eran livianos, créame: cultivar la quinta, cortar leña, hacer casas, cargar y descargar los barcos, cuidar los animales de la misión y los que tenían los misioneros, hacerlo todo en fin... Y todavía buscaban mariscos y pescado para sus familias, porque la misión no daba de comer sino a los que trabajaran, y eso escasamente. A las seis ya debían estar en pie; media hora después les daban un cocimiento de harina de avena con un poco de leche de vaca, y desde las siete hasta las doce, a trabajar, y duro... De doce a una se repartía el rancho: un potaje con galleta, unos porotos, harina de avena, un puñado de arroz, unas cuantas papas, verdura inferior y algún hueso sobrante de la comida de los misioneros. Y vuelta al trabajo hasta las seis... A las seis y media, cuando ya se caían de debilidad, a ellos, acostumbrados a comer todo el santo día en las épocas de abundancia, les daban un jarro de té puro y un par de galletas...

     -Carga usted las tintas del cuadro, ¿no?

     -Pregunte a cuantos vinieron el 84 con la expedición de Laserre, que tomó posesión de esto, izando el pabellón argentino en lugar del inglés que ponía mister Bridges en su casa. ¿Vio cuando llegó el Villarino, una bandera argentina enarbolada en la península? La pone siempre Vicente, el alcalde -un criollo casado con una india-, en el mismo lugar en que hasta 1884 se veía la inglesa...

     -¿Y Bridges no discutió el cambio?

     -¡Qué esperanza! Dijo que no sabía que esto fuera nuestro, y que no tenía inconveniente... Creo que se le prometió dejarlo donde estaba y no incomodarlo nunca. Así por lo menos se ha hecho hasta ahora. Bueno, pues. Además de la comida, les daban algunas ropas usadas que enviaban de Inglaterra, pero apenas suficientes, y sólo a los trabajadores, que si querían más abrigo tenían que comprarlo con el producto de los cueros, o pagándolo con trabajos especiales. Lo mismo pasaba si querían ropa para su mujer y sus hijos... Pero a muchos se les acabaron pronto las penurias, porque pocos meses después de establecida la Subprefectura, vino una epidemia que sólo dejó a unos quince hábiles para el trabajo, aunque los misioneros hubieran traído más de cincuenta de la isla Wollaston... Descansen en paz. En cualquier parte estarán mejor.

     Y a guisa de Amén a esta oración fúnebre, se echó al coleto un gran vaso de Panquehue.

     -Al año siguiente les vino otro buque, y con él más personal. Por cada indio había entonces tres misioneros... ¡hágase usted cargo!

     -Pero los fueguinos se civilizarían mucho más rápidamente de ese modo, me parece.

     -¡Oh! Lo que querían era que trabajaran y les dieran provecho, sin pensar en otra cosa. Eran muy comerciantes. Mister Bridges decía en 1884, que desde el 12 de octubre al 30 de noviembre había ganado mil cuatrocientos pesos líquidos vendiendo víveres y ropas a las tripulaciones de los buques y de las oficinas nacionales. ¡Qué les importaba de los indios!... Mírelos ahora mismo: apenas saben malamente cuatro palabras de inglés y dos o tres de castellano, que las han aprendido de los marineros; en cambio, han adquirido todos los vicios...

     -Eso no es culpa de la misión. Me consta que mister Bridges nunca ha querido venderles licores... ni siquiera tabaco...

     -Pero la tripulación de los barcos de la misión les enseñaba, y otros les vendían... y les venden ahora mismo, aunque el Gobernador lo haya prohibido, y castigue duramente a los borrachos. La sociedad comerció mucho y con gran éxito en pieles, y los misioneros no dejaron de hacerlo, también, por su cuenta, a pesar de los reglamentos; ¡oh, yo sé muy bien todo eso! Hasta se supo en Londres, como que hubo apercibimientos y suspensiones que alcanzaron al mismo capitán de la Allen Gardiner. No se forman estancias y se viaja a Inglaterra, a Punta Arenas y a Malvinas sólo con el sueldito, aunque sea a oro...

     -¡Es usted perverso!

     Me miró con una sonrisa, apuró otra vez la copa, y contestó tranquilamente:

     -Soy el único que puede, aquí, decirle la verdad respecto de la misión, porque no soy ni amigo ni enemigo de ella. Ha progresado materialmente desde que se establecieron las reparticiones nacionales; pero, entienda usted bien. la misión como establecimiento, no los indios. Los empleados, que llegaban muy pobres, los ayudaban a comerciar, y no naturalmente civilizando a los indios, sino aprovechando sus fuerzas. Y tanto progresó, que obtuvo la concesión de la península de Gable o de Down East (abajo al este), como la llaman los misioneros, que ya entonces habían hecho allí una casita y fundado una chacra con unos cuantos indios y una docena de vacas. Gable es el terreno mejor para agricultura y ganadería de todo el canal; pero Bridges, que lo sabía, se cuidaba de no propalarlo, para lo que le servía admirablemente la fiebre del oro que dominaba a los argentinos, hasta el punto de no permitirles ver lo fácil que era enriquecerse por medio del trabajo en estos ricos campos. La concesión fue hecha a nombre de mister Bridges, que dejó de pertenecer a la misión, creo que por resolución de la South American Missionary Society, pero sin que se hiciera ruido alguno alrededor del asunto. Lo más curioso es que, mientras esto ocurría, los boletines de la Sociedad aparecían llenos de amargas quejas contra las autoridades argentinas que perseguían a sus misioneros, etc., etc... Ya ve usted.

     -¡Vaya, vaya! ¿Sabe que es curiosa la historia, tal como usted la cuenta?...

     -Curiosa y verídica. Por otra parte, es la historia de la mayoría de las misiones de todas las sectas y en todos los países. Créame usted o no me crea, las cosas han pasado tal como se las cuento, y no han de faltarle testimonios de que es así.

     -¿Y la misión de Usuhaia se ha ramificado?

     -Sí; además de la estancia de Gable, que no puede considerarse como tal, hay otra pequeña en la isla de Wollaston, que regentan dos hijos de mister Lawrence, mocetones altos, fuertes y robustos que hacen honor a la Tierra del Fuego en que han nacido, por su desarrollo físico. También hay otra en Tekinika; es la que mister Burleight fundó en 1888 en Wollaston y que después se trasladó allí.

     Era hora de ir a reunirme con el comandante Godoy, así es que me despedí de aquel Aristarco de la misión anglicana, a quien había escuchado para oír el contra, después de conocer el pro. Pero antes de marcharme:

     -Usted debe estar muy al corriente de la historia de Usuhaia -le dije.

     -¡Ya lo creo!

     -¿Y me la contaría?

     -Con mucho gusto.

     -¿Mañana?

     -Cuando usted quiera.

     -¿Aquí?

     -Aquí o en cualquier otra parte; yo lo buscaré temprano.

 

- XXIV -
La noche de Usuhaia

     Acabábamos de comer y estábamos fumando en un saloncito del chalet del gobernador, junto a una estufa bien repleta, cuando hice un esfuerzo para sacudir el entorpecimiento producido por las andanzas del día y la bonne chère que les sirvió de recompensa.

     -Vamos al reportaje, señor gobernador.

     -Pregunte usted.

     -Y apuntaré al mismo tiempo. De aquí va a salir, lo menos, un catecismo fueguino.

     En efecto, me limitaré a copiar aquella serie de preguntas y respuestas, inconexa al parecer, pero que da idea clara de la situación actual de Tierra del Fuego en su parte argentina. Comencemos.

     -¿Cuáles son las poblaciones principales del territorio?

     -Naturalmente ésta, Usuhaia, la capital. Pero la agrupación mayor es el Páramo, ya sabe, al norte de la bahía de San Sebastián, el establecimiento minero que fundó Popper... Hay también algunas estancias verdaderamente importantes, como la que acaba de formar Menéndez -el de Punta Arenas- al norte, invirtiendo en ella medio millón de pesos más o menos; la de Bridges, en Gable, de mucho menor capital, pero que vale la pena; la que está formando la viuda de Noguera, y que será de primer orden; la que la Sociedad Explotadora tiene a nombre de Mores Braun; la de mister Wells en el río Cullen... Y otras más, fundadas recientemente al norte, y sobre el canal del Beagle, como las de Pietranera, la de Luis Isorna, que tiene una casa de comercio aquí, la de Drouman, primer maquinista del Villarino y yerno del pastor anglicano, una de Lawrence, otra de Romero y otra de Maupas, que poblará este año... Otros pobladores han venido, más vendrán, de los que han comprado tierra en remate, y esto seguirá progresando lenta pero seguramente.

     -¿La ganadería es la industria principal de esos establecimientos?

     -La ganadería, sí.

     -¿Y la madera?

     -Tiene usted el obraje de Lapataia, uno que acaba de fundar Ravié, y pare de contar...

     -¿Cuánta se exporta?

     -No sé.

     -¿Cómo que no sabe, gobernador?

     -No. Una resolución superior impide a la gobernación que haga oficialmente esa comprobación estadística, tan necesaria.

     -¿Y eso por qué?

     -Vaya usted a saberlo, cuando hay una ley reglamentando el aprovechamiento de los bosques nacionales... Cosas de nuestra tierra, amigo, que usted como periodista debe conocer de pe a pa, y que le habrán hecho protestar muchas veces...

     -Cierto; y ¿qué árboles se aprovechan fuera de los fagus?

     -El calafate, que los naturalistas llaman berberis, el canelón o magnolia, drymis, y otros que no se han clasificado todavía. Los primeros son más bien arbustos que árboles.

     -¿Quiere que volvamos a la ganadería? ¿Cuántas ovejas hay en este momento en Tierra del Fuego?

     -Setenta mil más o menos, que producen anualmente de siete a ocho libras de lana y tienen un aumento cuyo mínimum es de noventa por ciento al año. Ésta es la región más apropiada para la cría de ganado lanar. Las ovejas se desarrollan aquí mucho mejor que en el continente, dan más lana, y no sufren por ahora otra enfermedad que la sarna. Y esta misma es muy poca.

     -¿Y la lana es de buena calidad?

     -Excelente, limpia, seca. La que se ha vendido este año en Londres, obtuvo siete a ocho peniques la libra. Aquí podrían establecerse criaderos de reproductores que darían resultados maravillosos. Se puede disponer todavía de 350 a 400 leguas de campos magníficos, con abundantes aguadas, y pastos flor, más de sesenta variedades, en su mayoría gramíneas. 

     -Esto en cuanto al ovino; el vacuno prospera poco, me parece.

     -No hay que olvidarse de que esto se comienza a poblar apenas desde hace año y medio. No se ganó Zamora en una hora. Sin embargo, puede calcularse que habrá hoy sus dos mil cabezas. El ganado es, en su mayor parte, mestizo; aquí, sobre el Beagle, predomina el Polled Angus. Animales yeguarizos hay de mil doscientos a mil quinientos, especialmente al norte; son los que se destinan a los trabajos del campo, y en las expediciones es muy difícil procurárselos, pues no los facilitan gustosos los hacendados, a quienes hacen mucha falta.

     -Pero, ¿se aclimatan bien?

     -Muy bien en las regiones secas del norte y el este; al sur sufren por la humedad del suelo. Pero aquí mismo habrá más tarde caballos, como los hay en las Malvinas, que presentan, sin embargo, iguales inconvenientes; todo es cuestión de tiempo, de trabajo y de perseverancia, y todo se haría muy rápidamente si el Gobierno nacional ayudara un poco...

     -Y no ayuda -interrumpí-. Ya lo he visto en toda la costa sur, donde la gente está abandonada a su suerte, cuando no se propende a empeorarla. Pero creí que Tierra del Fuego estuviese en mejores condiciones. Se hace tanto ruido alrededor de ella...

     El gobernador Godoy me miró con una sonrisa medio burlona, medio entristecida.

     -¡En mejores condiciones! -exclamó sarcásticamente-. ¡En mejores condiciones!... Cuando vuelva a Buenos Aires, vaya al ministerio del Interior y al de Hacienda, y verá mis rimeros de notas, inútiles, completamente inútiles, porque no les han hecho caso, aunque tratara de asuntos de vital importancia para el territorio.

     Y me explicó parte de sus proyectos, tendentes a fomentar el desarrollo de la población y a radicar en la isla a muchos que la frecuentan periódicamente, en busca de oro o a caza de focas. La dificultad insuperable de mantener una vigilancia siquiera medianamente eficaz con los escasísimos elementos policiales que tiene la gobernación, da ancho campo a los mineros merodeadores, que llegan al territorio, hacen su cosecha de pepitas o arenas, y se van a Chile a convertirlas, sin dejar provecho alguno al país que se las procura. Lo mismo ocurre con los cazadores de lobos, que inundan sus productos al extranjero, y que no pueden ser perseguidos ni coartados en su acción, porque no hay con qué recorrer los innumerables canales, pasos, bahías, ensenadas, abrigos invisibles de que está sembrada la Tierra del Fuego, y en que andan y se cobijan las goletas de unos y otros.

     De este modo, la prohibición del lavado de oro y de la caza de anfibios es sencillamente irrisoria.

     Lo único que se logra con ella, es que la República, burlada, no alcance ningún beneficio de sus riquezas, que van a fomentar poblaciones de otros países menos escrupulosos, y para quienes ese comercio y ese estado de cosas es de conveniencia suma, como que les procura grandes elementos de vida.

     A juicio del comandante Godoy, el Gobierno nacional debía declarar libre el lavado del oro, para los colonos ya establecidos en la Tierra del Fuego, que se encargarían, por propia conveniencia, de ahuyentar a los intrusos, atraerían a otros pobladores fijos, y propenderían indirecta pero eficazmente al progreso de esos lugares hoy desiertos, o frecuentados por aventureros que escapan apenas logran su objeto y reúnen un puñado de oro.

     Dando ese paso salvador, abriendo de par en par aquellas tierras a la iniciativa de los hombres rechazados de los grandes centros por escasez de recursos para formar un capital y asegurarse medios de vida, las carpas de mineros adventicios que se alzan hoy en las playas auríferas cederían su puesto a casas sólidas y estables, primer núcleo de los pueblos que en el futuro han de formarse sobre el maravilloso canal, y en la costa este, bañada por el Atlántico. La piratería, que impide el progreso y abre caminos ocultos por donde escapa nuestra riqueza, concluiría de ese modo, sin requerir mayor esfuerzo de las autoridades, y nadie iría con sus manitas lavadas a usufructuar una fuente de recursos, cuya abundancia no se conoce aún, que no puede desdeñar el erario, y que vale más todavía como factor de progreso que como productora de renta.

     Pero esto necesitaría un complemento de mucha eficacia, como sería la venta fácil de tierra en pequeños lotes para los que desearan poblar.

     La baratura de los terrenos de Usuhaia, por ejemplo, es sólo aparente. Cada lote cuesta «dos pesos» moneda nacional, es cierto, pero los compradores no pueden hacer la operación en Tierra del Fuego, sino que tienen que venir a Buenos Aires a tramitarla en el ministerio, o nombrar un apoderado que se encargue de ella, con los gastos y tropiezos consiguientes...

     Además, ¡hace tres años que no se escritura un solo lote!

     -¡Pues señor! -decíame el comandante Godoy-; ¿hay confianza o no la hay en los gobernadores que nombra el ejecutivo nacional? Si la tiene, ¿por qué no los deja obrar, bajo su directa, su inmediata responsabilidad? Si no la tiene, ¿por qué los nombra, por qué no los cambia? El papel de los gobernadores de territorio es bien triste en la actualidad, pues no se atiende a lo que dicen y aconsejan, no se les deja hacer, y muchas veces, a pesar de su dictamen, a pesar de los fundamentos positivos en que se basa éste, se dan concesiones o se dictan leyes que significan un enorme paso atrás, una verdadera desgracia para el pueblo que están aparentemente llamados a proteger. Mire usted.

Y por el cristal de la ventana me mostraba el espeso bosque, intrincado y negro, que rodea al pueblo como una muralla, y que la luz de la luna iluminaba con resplandor confuso.

     -¿Adónde quiere que se extienda Usuhaia mañana? ¿No le parece urgente desmontar ese bosque? ¿No hay visible necesidad de preparar el terreno para los que han de venir, para los que vienen ya?... Pues el Gobierno ha prohibido el corte de madera en la capital, sin y con reglamento... El primer beneficio que se obtiene con esto, es que la gente no tenga en qué trabajar...

     Y después de una pausa añadió:

     -La Tierra del Fuego sería diez veces lo que es hoy, si el Gobierno nacional hubiera hecho por ella la cuarta parte de lo que debió hacer.

     Aquí sería conveniente abrir un paréntesis, para demostrar cómo la Argentina ha heredado de España su falta de aptitudes de colonizadora, que constituirá un peligro si se continúa en el mismo rumbo; para demostrar la orfandad en que se encuentran los territorios, como punto inicial de una posible disgregación; para recordar que Inglaterra envió a éstos sus exploradores y avanzadas en forma de misioneros, conociendo el mérito de esas tierras; para presentar a estos desiertos detenidos en su progreso por las rapiñas mezquinas, más perjudiciales y retrógradas -aunque parezca paradoja- que los grandes negocios leoninos, que dejan siquiera algún rastro de adelanto, para cubrir las apariencias... Pero temas son que exigirían extenso desarrollo; preferible es limitarse, por ahora, a recomendarlos a la atención de los hombres de gobierno, para quienes ni deben ni pueden pasar desapercibidos.

     El comandante Godoy continuó exponiéndome la situación de Tierra del Fuego, que es de las más precarias; la gobernación no cuenta ya ni con el aserradero del presidio, que antes le permitía llevar a cabo muchas obras de utilidad general, como la capilla, los galpones, el mismo aserradero, la casa del gobernador, los calabozos, las dos panaderías, la casa-quinta, la escuela, y las varias embarcaciones, chatas, botes, etc., que han costado una insignificancia y valen hoy cerca de cien mil pesos, según estimación de personas competentes e imparciales. Rodeados de cortapisas e impedimentos, ni el Gobierno ni los particulares pueden hacer nada de provecho para la región. Hasta la cárcel de reincidentes, con pretensiones de colonia penal, de la que nada tiene, no hace sino ocasionar gastos sin resultado, porque no se envía a ella sino valetudinarios e individuos inútiles para el trabajo, que muchas veces no quedan allí sino cortísimo tiempo, como que ha habido casos en que, condenados mandados de Buenos Aires ¡han cumplido su condena a bordo de los transportes, antes de llegar a Usuhaia!... Otros están un mes, dos, en la cárcel, y apenas comienzan a darse cuenta de lo que es aserrar una tabla, cuando ya hay que ponerlos en libertad, para que vuelvan si quieren al teatro de sus fechorías, o vayan de incógnito a Punta Arenas, donde no los admiten a cara descubierta.

     En averiguaciones ulteriores, supe que esa cárcel tiene un personal de diez y nueve empleados con sueldos mensuales por valor de dos mil cuatrocientos veintiséis pesos, y una partida, también mensual, de cuatro mil para racionamiento y vestuario. Cuando estuve en Usuhaia había veintiséis presos; meses antes, en diciembre, sólo diez y seis, de manera que para cada preso había un empleado, y aun sobraban tres. El director titular, señor Della Valle, estaba con permiso en la capital federal, y según parece, las cosas no marchaban bien en su ausencia, pues hallábanse suspendidos por el subdirector, el alcaide y el ecónomo, y varios empleados subalternos habían presentado su renuncia. Los presos, por otra parte, hiciéronme llegar una queja contra el subdirector, en que dicen:

     «Desde el 4 de febrero, que reclamamos al alcaide interino, celador Guerchi, por lo insuficiente de la alimentación, se nos castigó acortándonos la ración, que se redujo desde entonces a lo siguiente: por la mañana media ración de carne y caldo, privándonos del asado; por la tarde media ración de caldo que no es tal, pues carece de todo condimento alimenticio. Esto es insuficiente hasta para un niño, de modo que el primer castigo que nos ha impuesto el señor subdirector es el hambre, sin escucharnos ni por mera fórmula.

     »Desde hace doce días -dicen más abajo- no se nos deja atender a nuestro aseo personal, como tampoco al de nuestras ropas; no nos permiten salir de la cuadra, que es un vasto foco de infección, llena de residuos de toda especie, completamente cerrada y sin ventilación, y donde nos alojamos diez y nueve personas, entre ellas un tísico en el último grado...

     »La otra tarde, por reclamar el alimento que no se le había dado, a uno de nuestros compañeros de infortunio lo abofetearon, lo apalearon, y esto ocurre muy a menudo desde que está el alcaide interino, quien abusa de todas maneras de su poder.»

     Firmaban esta comunicación diez y nueve de los veintitantos presos de la cárcel, algunos de ellos célebres en los anales de la policía bonaerense. Bastante habrá, sin duda, que rebajar de su protesta; pero la base ha de existir, y no es justo cerrar los oídos a quien tan amargamente se queja.

     Sería oportuno, como opinaba el gobernador, sustituir esa cárcel de reincidentes, que a nada conduce, por una colonia penal en toda regla, con hombres y mujeres no culpables de delitos infamantes, y que aún pudieran rehabilitarse, a quienes se incitaría a formar familias, dándoles tierra y útiles de trabajo con que volver a la vida honrada. El doctor José Luis Cantilo demostró ante el congreso científico latinoamericano la utilidad de dichas colonias, fundándose:

     «En el aumento de la criminalidad que provoca la inmigración, las deficiencias de nuestras cárceles, las controversias de los grandes maestros sobre el sistema celular, y sus conclusiones favorables a la colonización penal.»

     «Recordad -decía al congreso- que los fracasos de este sistema se deben principalmente al egoísmo, a la crueldad o a la inepcia, que siempre ha mejorado la condición del culpable, y que en todos los casos -aun en los de abandono de la metrópoli, como ocurrió en Australia- las colonias han prosperado dando resultados excelentes; recordad el éxito brillante de Inglaterra; el orden y el progreso reinantes en Nueva Caledonia; las reformas españolas; la sabia organización portuguesa, los antecedentes argentinos y los de algunos otros países americanos; la opinión favorable de gobiernos y hombres de estado; recordad las excelentes condiciones de nuestros vastos territorios del sur y los muchos informes favorables que han merecido... Llamad la atención de los gobiernos. Decidles que en lugar de construcciones infectas, estrechas, mezquinas, dediquen una pequeña parte de los vastos territorios despoblados,  a la regeneración del culpable; que establezcan colonias bien organizadas, que den al condenado útiles de trabajo y concesiones de tierra; que le permitan vivir en familia, etc.»

Los penados que colonizaran en Tierra del Fuego, podrían dedicarse al ramo de aserradores y carpinteros, y especialmente a la carpintería naval, para la que se presta admirablemente la madera del fagus, como lo prueban las diversas embarcaciones que se utilizan en Usuhaia; esto daría gran incremento, no sólo a la industria, sino también a la navegación de aquellos mares. Además, los aserraderos establecidos y que se establezcan, tienen asegurado su porvenir, por la aceptación cada vez mayor de sus productos, que antes encontraban grandes resistencias porque la madera aparecía en el mercado sin estacionamiento, y procedente de los cortes de verano, en cuya estación es poco apta para construcciones, lo es menos para muebles, y se raja o pudre fácilmente. Aquellos árboles magníficos, que por término medio tienen doce metros de alto por cuarenta centímetros de diámetro, alcanzando a menudo a proporciones mucho mayores -he visto ejemplares de un metro de diámetro en Lapataia-, han sido calumniados y denigrados públicamente, aunque se expendieran bajo otros nombres, como el de guindo por ejemplo, y se utilizaran mucho en mueblería. El informe del ingeniero Duclout, que les hacía justicia, y más que todo la práctica, desvanecerán pronto las últimas preocupaciones que se abrigan en su contra, pero siempre que se corten con todos los cuidados que la experiencia aconseja. De otra manera, su descrédito inmerecido perdurará.

     -Cuando la gobernación tenía el aserradero -díjome el comandante Godoy- se regalaba madera a todo el que quería poblar. Hoy no se da, ni se vende.

     Una facilidad más que se ha perdido, para el desarrollo de aquella población, de aquel territorio que, como todos los nuevos que no ofrecen grandes elementos de vida, necesita que se creen artificialmente éstos en un principio, y que no se le abandone mientras no tenga fuerza suficiente para manejarse solo.

     Llegados aquí, cortamos la conversación, que había sido larga.

     -¿No quiere que demos una vuelta? -preguntó el gobernador-. La noche está muy linda.

     -Vamos.

     Y salimos de su casa. La noche estaba realmente espléndida, aunque bastante fría. Las siluetas de las montañas veíanse como enormes manchas de azul obscuro, casi negro sobre la tinta más pálida y blanquecina del cielo alumbrado por la luna, y en que flotaban aquí y allá grandes nubes bajas, pesadas y lentas, que se retiraban ahuyentadas por el frío. Usuhaia parecía dormir ya profundamente; sólo una que otra luz velaba aún, tras los vidrios de alguna ventana. Pero apenas salimos llegaron a nosotros notas ruidosas y confusas de instrumentos de cobre, que tomaban extrañas sonoridades en aquel silencio y en aquella soledad.

     -¿Qué es eso?

     -La banda de música que se ensaya.

     -¡Ah! ¿Y quiénes la componen?

     -El juez de paz, algunos empleados de la gobernación y varios vecinos... Han tenido gran éxito en el carnaval, aunque su saber no sea extraordinario, ni mucho menos. ¡Qué quiere! En algo se ha de pasar el tiempo, y nuestro público no es exigente. Un poco de ruido, y basta. Se formó una comparsa, cuyo mérito exclusivo consistía en que formaba parte de ella casi toda la población, lo que la ponía al amparo de la crítica... ¿Quiere que vayamos a casa de Fique?

     -¿El de la fábrica de conservas y de «El primer argentino», cuyo letrero he visto desde a bordo?

     -El mismo.

     -Vamos allá. Y a propósito, ¿hay muchas casas de comercio en Tierra del Fuego, fuera de las de Usuhaia?

     -Algunas, más o menos importantes: la que tiene mister Bridges en Haberton, donde no vende alcoholes ni tabaco, y otras en Sloggett, en Río Grande, en San Sebastián, en alguna isla chilena, una para los peones del aserradero, en Lapataia, y pare usted de contar.

     Llegamos a casa de don Luis Fique, en cuyo almacén se entretenían algunos trasnochadores tocando la guitarra, para acabar alegremente el domingo. Un rato de conversación con aquel antiguo poblador de Tierra del Fuego, nos hizo saber que el pequeño vecindario está muy desazonado con la prohibición del corte de maderas, y con las dificultades que se le oponen a cada paso para su desarrollo. Los comerciantes sufren también mucho por el mal servicio de... los eternos transportes, que ya iban siendo para mí una pesadilla.

     -Nosotros, que no podemos comprar grandes partidas de nada, por falta de capitales, nos quedamos a menudo sin ciertos artículos de primera necesidad, porque el transporte no los ha cargado en Buenos Aires. Esto es la ruina del comercio.

     Hablamos también de la fábrica de conservas a cuyo frente está don Luis, y que no funciona ahora, aunque sus productos, los exquisitos mejillones cuyas primeras remesas tuvieron tanto éxito, merezcan indudablemente la aceptación y el entusiasmo de los gastrónomos.

     La fabricación ha tenido que suspenderse por varios motivos, entre ellos la escasez de obreros prácticos en las diversas y delicadas operaciones que ha menester una conserva para que su buena calidad quede garantizada. Sobre todo se necesitan soldadores que cierren las latas con rapidez y perfección al mismo tiempo, pues de una y otra cosa depende la ganancia del establecimiento industrial.

     Esta dificultad se reagravó con el hecho de que una partida que trajo a Buenos Aires un transporte, mal estibada y en un sitio demasiado caliente por la cercanía de la máquina, se echara a perder completamente, desprestigiando al artículo que sin embargo es bueno, y que está llamado a hacer competencia, quizás victoriosa, a la ostra conservada.

     Los mejillones, que duran indefinidamente en Usuhaia, parecen no soportar bien temperaturas muy elevadas; pero esto es sin duda cuestión de procedimiento, y las nuevas estufas esterilizadoras harán desaparecer el inconveniente cuya causa no está bien averiguada todavía, aunque con toda probabilidad consiste en el modo de envase. Yo he traído algunas latas, que llegaron en perfecto estado.

     La fábrica de Usuhaia puede producir hoy mismo bastante para un consumo regular en nuestro país y en Chile, donde sus productos se venden con el nombre de choros al natural, como aquí se llaman mejillones de Tierra del Fuego.

     Algunos detalles sobre estos moluscos serán interesantes. Viven en las rocas que cubre la marea, y también en los fondos de piedra, donde alcanzan enormes proporciones, los he visto de más de un palmo. Su crecimiento es, sin embargo, lento, y no llegan sino en muchos años a un completo desarrollo. Se alimentan al parecer de cachiyuyo, y tienen una parte amarga como hiel que hay que sacarles cuando cocidos, y que tiene el aspecto de una plumita de barbas escasas y duras. Abundan de una manera asombrosa, y pueden dar alimento a cien fábricas, pues los hay en casi todas las costas de Tierra del Fuego, que ocupan centenares de millas por el sinnúmero de islas, penínsulas, cortes y recortes, y también en la Isla de los Estados, de perímetro más caprichoso todavía.

     Pero la recolección es difícil en invierno, por la insoportable frialdad del agua, y por la particularidad de que el mejillón sólo está gordo en el período de la luna llena, enflaqueciendo luego hasta quedar como un pellejo coriáceo en la luna nueva. Parece que sólo comen cuando Selene está en todo su esplendor, y ayunan y se purgan el resto del tiempo.

     Esto, que en un principio se creyó conseja, ha sido demostrado por la experiencia, pues en la fábrica se vio que cuando había luna llena bastaba para llenar las cajas la mitad y aun la tercera parte de los mejillones que se necesitaban otros días.

     No dudo de que esa industria prosperará muchísimo en época no lejana, procurando nuevos elementos de progreso a la Tierra del Fuego, y sirviendo de punto de partida a otras industrias similares, como la conservación de pescado, calamares -que los hay exquisitos y en abundancia-, langostinos, etcétera.

     -¿Y pondrá usted nuevamente en movimiento su fábrica? -pregunté al señor Fique.

     -En eso pienso, pero no lo haré tan pronto -me contestó-. Es necesario, antes, contar con un buen servicio de cargas, que no nos exponga a eternizar la mercadería en los depósitos...

     Industriales, ganaderos, comerciantes, toda la población del sur reclaman la solución de un problema que está resuelto por sí mismo. ¿Cuándo lo comprenderá el Gobierno nacional, e incorporará de veras aquellos territorios a la vida del país?...

     La conversación era muy amena, pero el sueño reclamaba sus derechos. Salimos, y nos dirigimos a la Casa de Gobierno, donde tenía preparada mi habitación.

     En el comedor quedaban todavía algunas personas, y entre ellas el juez Salvadores que me preguntó cuál era mi programa para la mañana siguiente. Olvidado de la cita con mi sardónico amigo de aquella tarde, y dominado por una idea que me sugirió la conversación con Fique:

     -¿No hay mejillones? -pregunté.

     -Sí, a cuatro o cinco cuadras hay un hermoso criadero y ahora estarán buenos, porque la luna es propicia.

     -¿Qué tal si nos desayunáramos mañana con un par de docenitas al pie de la vaca? ¿Me acompañaría usted?

     -Con mucho gusto.

     -Yo le mandaré limones y vino blanco -dijo galantemente Godoy.

     -¡Magnífico! Mañana bien temprano, ¿eh, señor Salvadores?

     -Yo mismo lo despertaré.

     Y un rato después extrañaba yo, en sueños, la inmovilidad de la cama, acostumbrado al vaivén de mi cucheta del Villarino, que en las noches de calma parecía una cuna. Y estuve en Buenos Aires, con los míos, de quienes hacía mucho más de un mes que estaba separado, absolutamente separado, sin noticias, como si me hallara a millones de leguas de la civilización.

 

- XXV -
Historia e historias

     Al día siguiente muy de mañana fue a buscarme mi interlocutor de la víspera, deseoso de cumplir el ofrecimiento, de relatarme a su modo la historia de Tierra del Fuego. Afortunadamente llovía a cántaros y habíamos tenido que abandonar con el juez Salvadores la expedición marisqueadora, los limones y el vino blanco del desayuno. Me encontré, pues, en disposición de escuchar a mi hombre, que me invitó a seguirle a nuestro escondrijo de la víspera. Una caja de sardinas, un pedazo de pan y una botella de vino Panquehue suplantaron a los mejillones, y dieron ánimo al narrador, que comenzó por el principio.

     -El 84 -dijo- la expedición Laserre estableció con gran gasto la Subprefectura de San Juan del Salvamento en la Isla de los Estados, y la de Usuhaia, esta última en octubre. Cuatro meses después, ya teníamos gobernador. En efecto, en febrero de 1885 nos llegó el teniente de fragata Paz, primer autoridad de Tierra del Fuego, que después de un rápido viaje de cinco días alrededor de la isla, se fue de nuevo a Buenos Aires, con todos los datos que creyó necesario para el establecimiento de la Gobernación, que determinó se hiciera en Usuhaia. ¿A que usted no ha visto nunca una cosa semejante? ¡Así se pagan esas improvisaciones! Hoy se trata de llevar la capital a Río Grande, donde indudablemente estará mejor, y donde debió establecerse desde un principio... Pero el señor Paz se guió por informes de los misioneros que no conocían el territorio al norte y al noroeste del cabo San Diego, y que no podían darle, por lo tanto, un buen consejo... ¡Qué quiere usted! Ahora hay que rehacer lo hecho y perder lo gastado, que no ha producido beneficio alguno, para irse más al norte, donde afluye la población... Están buenas estas sardinas.

     Las había acabado, y fue menester pedir otra caja, que le pareció superior, por la muestra, a la primera.

     -Pues, con el gobernador -continuó entre bocado y bocado-, vino cantidad de empleados ávidos, de excelencias, como decía Popper. ¡Oh!, los recuerdo uno por uno, como si acabaran de llegar. El señor gobernador Paz, en primer término; su secretario, en segundo; un jefe de policía, un comisario, un ingeniero agrónomo, dos escribientes, un herrero, un carpintero, un sargento, dos cabos, dos ordenanzas, un peluquero, una sirvienta que revistaba como gendarme, una cocinera, un despensero, un cocinero de oficiales, otro de tropa, dos asistentes y siete gendarmes. Si desea usted que le diga los nombres de toda esta gente...

     -No, muchas gracias, no es necesario... Pero, ¿cómo conserva usted tanta cosa en la memoria?...

     -¡Oh!, aquí todo es acontecimiento, y ¡hay tan poco que recordar!... Llevaban también víveres para racionar a treinta familias de indios que quisieran instalarse en rededor de la gobernación. Pero éstas nunca pasaron de cinco. La capital fueguina quedaba fundada. Sólo en junio de 1886 se acordó el señor gobernador del territorio que tenía bajo su mando, y resolvió visitarlo. Para eso se embarcó en el Comodoro Py, con un cabo y cuatro gendarmes, e hizo rumbo a San Sebastián, de donde iba a salir para explorar el norte y el nordeste de Tierra del Fuego...

     -¿Y tuvo buen resultado la expedición?

     -Verá usted; no se impaciente. Desembarcó al sur de la bahía en cuestión, e instaló allí su campamento... A las cuarenta y ocho horas, y sin haber intentado algo que se pareciera a una exploración, determinó emprender viaje de regreso, como efectivamente lo hizo. Sin embargo, poco tiempo después, y sin que precedieran más investigaciones, el ministro del Interior recibía en Buenos Aires un extenso informe, en que se le hablaba de descubrimiento de arenas auríferas -halladas por otros- en aquella región, de la aridez de las tierras que hoy se disputan los ganaderos, de numerosas y sanguinarias tribus de indios que cerraban el paso al hombre blanco, y otras lindezas semejantes. Al mismo tiempo se aprovechaba la oportunidad para pedir fondos con el objeto de trasladar a Buen Suceso la prefectura de Usuhaia, y de fundar una comisaría en San Sebastián. El vapor Comodoro Py salió entretanto con el jefe de policía y cuatro gendarmes, que iban a bahía Sloggett a examinar la barranca que, según noticias recibidas, contenía oro en gran cantidad. Se descubrieron, en efecto, yacimientos auríferos en ese punto. ¡Más vale no hubiera sido así! Apenas se supo esto, cuando todos los empleados se vieron atacados por la fiebre, por la rabia del oro, y no quedó gendarme de la gobernación ni marinero de la subprefectura, que no se enviara a Sloggett en busca de pepitas y arenas.

     -¿Usted también fue?

     -No, señor. Yo anduve con Lista en su exploración por la costa este, que ha relatado en un libro... muy a su manera, y sin gran exactitud.

     Hizo una pausa, como recapacitando, y luego continuó, pesando las palabras.

     -Yo entiendo algo de expediciones de ese género. Aquélla fue un paseo de veintidós días, en que no se verificó científicamente ninguna posición, ni se hizo nada de provecho, a no ser el bautismo de algunos montes y ríos... Popper ha hablado de una matanza... Es cierta. Los soldados de caballería que en número de veinticinco y como escolta acompañaban a la expedición, mataron sesenta y cinco indios entre hombres, mujeres y criaturas, algunos de los cuales se disecaron bajo la dirección del cirujano Segers, médico de los expedicionarios. Durante varios días se desengrasaron pieles, se peinaron cueros cabelludos, con el pelo adherido aún, y se hirvieron y limpiaron cráneos y esqueletos de los pobres onas.

     -¡Qué horror!...

     -Bueno, dejemos eso. Se perdieron cuarenta y tantas mulas con provisiones de boca, pero en cambio, se hizo un vocabulario corto y no muy exacto, y se trazó un itinerario de fantasía sobre un calco de la carta de Fitz-Roy, incluyendo como de exploración el rápido viaje del Comodoro Py, que en tres días fue de Buen Suceso a Punta Arenas...

     -Sigamos, si usted gusta, con la gobernación...

     -Pues, al poco tiempo, el señor gobernador se fue a Buenos Aires, donde seguramente expuso sus descubrimientos y planes al ministro del ramo. Lo cierto es que el inolvidable Magallanes tenía sus bodegas casi completamente llenas de materiales de construcción, herramientas, útiles, muebles para el gobernador, etc., etc. La pérdida de este buque hizo necesaria la adquisición de otro vapor para el servicio exclusivo del territorio, mientras que se pedían fondos para refaccionar el Comodoro Py, que no necesitaba compostura, y cuya destrucción comenzó con ella. ¡Así tiene que ser! Gobierno sin gastos no es gobierno. Pero más extraña es aún la historia del bote...

     -¿De qué bote? Diga, cuente...

     -Ha de saber usted que por aquel entonces atravesó el magín de nuestras autoridades la brillante idea de construir una embarcación con materiales del territorio. Teniendo tanta madera a mano, había de resultar muy económico... En julio de 1886 se puso manos a la obra. Trabajaron en su construcción -anótelo usted, que quizá después le sirva-: dos carpinteros con 85 pesos mensuales; cinco aserradores de tablas con 130, y dos gendarmes con 50, entre todos. El bote quedó terminado el 24 de Febrero de 1887 -fecha precisa- y el personal que lo construyó costó solamente la friolera de 1867 pesos... No retribuyó el gasto. Hizo un viaje colgado de los pescantes del transporte Usuhaia, y se destrozó en un descuido, antes de prestar el servicio más pequeño... Así iba todo por estos barrios... Pero iba a surgir un enemigo terrible frente al Gobernador.

     -¿Quién?

     -¡Popper!... ¿Usted lo ha conocido?

     -Sí. Lo he visto muchas veces en Buenos Aires.

     -Comenzó a hacer sus viajes por aquella época. Era un aventurero de raza, fuerte, con talento, instruido, emprendedor, que no se detenía por nada, ni temía a nadie. En un principio anduvo bien con el gobernador, y las cosas marchaban al paladar de ambos. Pero Su Excelencia no tardó en apercibirse de que Popper no era un aventurero vulgar, y de que, como quien no quiere la cosa, iba tan lejos que se perdía de vista, y ganaba en prestigio lo que le quitaba a él. Por poco que se descuidara, el diablo del rubio iba a ser más autoridad que la autoridad. Empezó entonces el tira y afloja; sintió don Julio que se le ponían trabas, y saltó el hombre. Se enojaron los compadres y se dijeron las verdades. Ruptura completa. Popper se fue a Buenos Aires, y allí le metió pluma a su ex amigo, escribiendo aquellos artículos que publicó El Diario, que luego esparció en millares de folletos y que acusaron por calumnia las autoridades fueguinas... El gobernador tuvo, al fin, que renunciar, pero no sin poner personero, como se usaba entonces... Popper, con todos sus defectos -que los tenía grandes-, era el hombre para estas tierras, el llamado a hacerlas progresar. Se murió... ¡y es lástima! Tenía muchas y muy buenas ideas, aunque no se apartara del refrán de «la caridad bien entendida»... ¡Pero se murió!

     Valía más esta exclamación que un discurso entero.

     -Entretanto -continuó- seguían a más y mejor los trabajos en busca de oro en bahía Sloggett. La riqueza de sus arenas había conquistado tanta fama, que no tardaron en afluir los intrusos, provocando una interminable serie de conflictos con la autoridad, que naturalmente, siempre resultaba vencedora. Aquello parecía una California en pequeño. Nadie estaba seguro, y las arenas de oro solían desaparecer con sus dueños.

     Una copa de vino acentuó esta última frase, como con un rasgo enérgico y eficaz, una appoggiatura de nuevo género.

     -Continúe usted. Me interesa.

     -Los mineros intrusos, muchos de ellos venidos de Chile, no se andaban tampoco por las ramas, tenían armamento y a lo mejor la emprendían a tiros con los que trataban de desalojarlos, si se consideraban con más fuerzas que ellos. Popper ha contado muchas de estas cosas en sus publicaciones de polémica, que le recomiendo, porque dicen ciertas verdades, aunque con exageraciones apasionadas. En eso nos quedamos sin Subprefectura, que era un estorbo para el gobernador. Se trasladó en octubre de 1889, pero no sin que antes el subprefecto se hubiera hecho construir una casa y un muelle por los marineros, en cuya casa dejó una buena cantidad de víveres y vestuario para la venta... Los edificios, elementos, municiones de boca, etc., de la Subprefectura, pasaron a poder de la Gobernación. A Buen Suceso no se llevó víveres sino para tres meses; el transporte Usuhaia debía renovar en tiempo la provisión. Pero...

     El hombre se interrumpió.

     -Usted no sabe, usted no imagina -dijo por fin- las penalidades que se han sufrido en el sur. Lo que hoy pasa es muy llevadero; estamos relativamente en la gloria, y no nos falta nada. Los viejos de aquí nos reímos cuando los transportes tardan, hay víveres y, sin embargo, se asustan y se lamentan los recién venidos. ¡Hemos visto tantas!... Pues el Usuhaia no apareció por Buen Suceso en la época señalada, ni mucho tiempo después. Los víveres empezaron a escasear. Los empleados de la subprefectura tuvieron que estar a media ración, completándola con mejillones. Luego disminuyó el alimento, y por último no había qué comer sino mejillones y apio silvestre... ¡Qué quiere que le diga! Aquella era la más espantosa e irremediable miseria. Los hombres estaban exhaustos, demacrados, moribundos. El hambre les despedazaba el estómago. Un día el marinero Jaime Mac Gregor fue mandado a buscar mariscos y apio; le tocaba el turno, pero estaba tan consumido, que apenas podía moverse. Llegó, sin embargo, a unos quinientos metros de la Subprefectura, pero no pudo ni avanzar, ni retroceder. Cayó para no levantarse más. Cuarenta y cinco días después se encontró su cadáver... Las publicaciones de Popper por un lado, y el conocimiento de estos hechos por otro, hicieron inevitable la renuncia del gobernador, que pasó a otro puesto en una de las provincias... Claro, figúrese usted que mientras la gente se moría de hambre en Buen Suceso, en Usuhaia se hacían comilonas. Pero las cosas cambiaron para seguir del mismo modo. El doctor Cornero, cirujano de la armada, fue nombrado gobernador. ¡Oh!, en un principio hizo reformas muy importantes...

     -¿En el manejo del territorio?

     -Más o menos... Formó una banda de música, mandó plantar parras que no prendieron, hizo trazar paseos y alamedas, y consiguió que en Buenos Aires le dieran cuatro cañones de bronce, elevándose a seis las piezas de artillería de la isla, pues ya estaban aquí las dos de la vieja Cabo de Hornos... Lástima que no hubiera proyectiles y que la pólvora se gastara en salvas... Pero, ¡qué diablos!, teníamos cañones, y avanzábamos, por lo tanto, rápidamente en civilización... Mas, para ser justo, añadiré que se pidieron y obtuvieron fondos con el objeto de hacer un muelle para facilitar la aguada a los buques. Además, se aumentó el personal de la Gobernación con empleados de necesidad imprescindible y urgentísima, como un capellán sin capilla, un maestro de escuela sin alumnos ni local, un juez de paz sin juzgado, dos alcaldes, uno para los indios y otro para la península Gable, que no tenía gente; un comisario para San Sebastián, que tuvo realmente comisaría, quizá por error, y un geólogo encargado de buscar minas de carbón de piedra... Entonces fue cuando vino -en 1890- el agrimensor Díaz a medir quinientas leguas de campo, trabajo que hizo en dos meses y medio, sabe Dios en qué forma... En fin, él lo ha pagado, mientras que otros...

     -¿De modo que la historia de Tierra del Fuego es una sucesión de desastres y de abusos, y que han vivido ustedes en un continuo desquicio?

     -Más de lo que usted supone y de lo que yo le digo.

     -¿Y ahora?

     -Ahora marchamos un poco mejor, pero seguimos casi casi tan abandonados como antes. El gobernador Godoy tiene buenas intenciones, pero se estrella contra la indiferencia de los de Buenos Aires, y hace mucho que está clamando en el desierto. Aquí se necesitaría un gobernador que tuviera enorme influencia en los ministerios nacionales, o unos ministerios nacionales que se impusieran el programa de hacernos adelantar, previendo desde ahora el inmenso porvenir de estas regiones.

     -Habla usted como un libro.

     -¿Y qué mejor libro que la experiencia de todos los días? Pero nosotros vemos las cosas de un modo y los gobernantes de otro. Éstos creen que hacen por estas tierras más de lo que deben, y en cambio, hasta a sus empleados los dejan pasar una existencia miserable, como lo puedo demostrar a usted.

     -¿Otra diatriba?

     -Llámela como usted guste; pero ya que conoce una parte del reverso de la historia del sur, escuche otra que le puede ser útil.

     -Veamos.

     -Cuando la Escuadra de evoluciones en el Atlántico del Sur, como se llamó al conjunto de barquichuelos que mandaba Laserre, coronel entonces, vino a establecer esta Subprefectura y la de la Isla de los Estados, los empleados de una y otra no se quedaron sin que antes se les prometiera un servicio regular de comunicaciones y la puntual provisión de víveres. Ya comprende usted que el cumplimiento de esto era vital para los que quedaban aquí, fuera del mundo, y sin poder contar mucho con los recursos de la isla... Desde entonces, primero la Comisaría General de Marina y últimamente la Intendencia General de la Armada, proveen a estos establecimientos de acuerdo con las últimas «listas de revista». En un principio, y cuando el Villarino sólo hacía cada seis meses un viaje al sur, cada subprefectura tenía un racionamiento extra para treinta familias, de tal modo, que a pesar de las mermas naturales y artificiales, los víveres alcanzaban hasta su renovación... y aun sobraban gracias a la ausencia de las familias supernumerarias... Esas mermas no fueron, pues, muy notables en un principio. ¡Al contrario! Llegó a suceder que los depósitos fueran pequeños para contener tantos víveres, y la ciencia administrativa de los empleados se dedicó a corregir ese exceso. ¿Cómo? ¿Haciendo que se enviaran menos mercaderías?... Suponer eso sería no conocer nuestro país... La solución que hallaron fue... percibir en dinero una parte del racionamiento... Desde ese instante ya no hubo sobra de víveres, y muy a menudo sucedió que faltaran, con gran dolor de los marineros, que tenían que ajustarse cada día un poco más la faja, cuando comenzaba a tardar el transporte... ¡Oh!, ¡esas tardanzas! ¡Por ellas se han producido desgracias, y los argentinos hemos tenido que pasar vergüenzas!

     -¿Desgracias? ¿Vergüenzas?

     -Sí. En 1890 y en 1891 el personal de la Subprefectura de Buen Suceso pasó cuatro meses -cuatro cada vez- sin racionamiento. En 1890 se murió allí de hambre el marinero Mac Gregor, en 1891 la mujer del herrero... Creo que ya se lo había dicho... Pero no le dije que en 1890 se enfermaron gravemente, por falta de alimento, tres marineros, dos de los cuales fallecieron de consunción a bordo del Usuhaia, que los conducía a Buenos Aires. Hablose de fiebre tifoidea, ¡pero era hambre!

     Mi interlocutor hizo una pausa para recalcar más lo siguiente:

     -Pero lo que no querrá usted creer, es que las autoridades argentinas hayan tenido que tender la mano mendigando qué comer...

     -¡De veras! -exclamé viendo que se interrumpía como un folletín para dejar pendiente el interés.

     -Como usted lo oye.

     -¿Dónde y cuándo?

     -En la Isla de los Estados, en 1890.

     -¡Cuente usted, pues!

     -La Subprefectura de San Juan del Salvamento acababa de recoger a los náufragos de la barca inglesa Glenmore, y se encontró con que no tenía qué darles de comer. Se recogieron mejillones, y se comió la nauseabunda carne de algunos lobos de un pelo que se lograron matar, cuando la casualidad quiso que pasara a la vista un barco inglés. Se le hicieron señales desde el faro, y los botecitos de la Subprefectura fueron a abordarlo, recorriendo unas cuantas millas... Allí hubo que confesar al capitán que toda una repartición nacional se moría de hambre, y pedirle la donación de algunos víveres... ¿Qué me dice usted de eso?...

     -¡Oh!, una vez, la cosa es perdonable...

     -Sí, pero se repitió en 1892, cuando el naufragio de la fragata inglesa Crown of Italy, y seguramente es ya famosa la indigencia de las subprefecturas argentinas, porque un barco a quien se hicieron señales desde el faro con el código internacional preguntándole su bandera, fue a Chile con la noticia de que en San Juan pedían auxilio... ¡Y ahora mismo!, hace poco, se mandaron allá veintidós personas sin su racionamiento, y más de veinte días antes de la llegada del transporte acabose la carne, y la gente tuvo que estar a menos de media ración...

     La mañana avanzaba, aunque el día nebuloso semejara un pálido y lento amanecer. Llovía a intervalos, y el paisaje que la víspera brillaba y centelleaba con la caricia del sol, era indeciso y borroso, como si fuera desvaneciéndose y estuviera a punto de desaparecer. Me despedí.

     -Ya preocupará mi tardanza -dije a mi interlocutor- y tengo que dejarlo. No echaré en saco roto sus informes, quizá un poco malévolos, pero más peculiares por lo mismo...

     -¡Vaya! No le he dicho más que una parte de la verdad. La verdad entera es inverosímil... Pero le doy mi palabra de honor de que todo es exacto, y hasta benévolo, si mucho me apura... Inquiera y verá. No faltan ni pruebas ni testigos...

     -Bueno; de todos modos, gracias, y hasta la vista...

     -¿Volverá usted?

     -Si vuelve el transporte en que vaya a Buenos Aires. De otro modo, mi regreso tardará algunos años... si es que llega.

     -Lo siento.

     Es indudable que en mucho tiempo no había tenido auditor tan paciente y complaciente, y que iba a recordar aquella mañana con la amargura de un solista condenado a perpetuo silencio después de uno de sus éxitos más prolongados.

     El comandante Godoy me esperaba. Visitamos la Casa de Gobierno, las cuadras de los menores, los calabozos, la farmacia, el depósito de víveres, donde probé el pan, recién hecho, de excelente calidad, y examiné las provisiones, buenas y abundantes.

     -Tienen botica, pero, ¿y médico? -pregunté.

     -Ahora no hay. Es una historia eso de los médicos, porque nadie quiere venir, aunque además del sueldo nacional el gobierno del territorio está dispuesto a pasarle una asignación, y los vecinos a darle algo también. Cualquier médico joven, recién recibido, podría venir a Usuhaia, y sin gastos de ninguna especie, salir al poco tiempo con un capitalito para instalarse bien en otra parte... Esto está dejado de la mano de Dios. Con los menores pasa una cosa análoga. Cuando la Gobernación tenía el aserradero, traje algunos que aprendieron un oficio, se acostumbraron al trabajo, y hoy tienen platita ahorrada... Pero ahora no hay ocupación que darles...

     Me mostró algunas embarcaciones hechas allí, con madera del territorio, la abandonada fábrica de conservas, la escuela, en que se educan los hijos de los pobladores y algunos indiecitos e indiecitas, y como ya era hora de almorzar, nos encaminamos a su casa.

     Estábamos tomando el café y haciendo proyectos para la tarde: una visita al cementerio, que se ve sobre la costa, a algunas cuadras del pueblo, rodeado por una alta y tupida cerca de postes; una ascensión a la montaña más accesible, para abarcar desde allí el panorama, el elevado monte Olivia, la península, la bahía, cuando una de las niñas dijo:

     -¡El Villarino!

     El transporte entraba, en efecto, a Usuhaia cortando las aguas empañadas por la lluvia menuda que las azotaba. Un silbido, como un grito, nos saludó.

     Mientras fondeaba, tuvo tiempo Godoy de llamarme la atención sobre un juego de muebles construidos con madera de fagus, que, a pesar de algunos años de servicio, se conservaban tan sólidos como el primer día. Presentaban muy buen aspecto, y eran una acabada demostración de la bondad del material. Mostrome también una fotografía de legumbres de enorme desarrollo obtenidas en la quinta de la Gobernación, y que prueban la fertilidad del terreno.

     -Espero semillas de un trigo especial para climas muy fríos, con el que haré un ensayo este año. Si da resultados, será ésa una importante conquista para Tierra del Fuego.

     En seguida nos dirigimos al muelle, donde no tardaron en desembarcar algunos de mis compañeros de viaje.

     -¿Cuándo salimos? -pregunté.

     -Esta misma tarde. Se han cargado todos los postes en Lapataia, y no nos queda nada que hacer aquí...

     El gobernador aprovechó la ocasión para proponerme de nuevo una permanencia más prolongada en Usuhaia.

     -Espere al otro transporte... Lo trataremos muy bien.

     -Gracias, comandante. Quiero ver la Isla de los Estados, y probablemente me quedaré en San Juan.

     -Aquí estará mejor, y tendrá más datos.

     -Mejor, no lo dudo; pero más datos, ¡quién sabe! Aquello, al fin, es más curioso y menos conocido que esto...

 

- XXVI -
Borrones de la cartera

     Antes de embarcarme en el Villarino para seguir viaje con rumbo a la Isla de los Estados, séame permitido poner en orden las notas y observaciones que he ido agrupando en mi cuaderno de apuntes, a medida que se me han presentado. Ampliaré varias hojeando algún libro, al pasar, y dejaré por ahora otras que tienen mejor colocación en las páginas que han de referirse a sitios en que esas observaciones se han desarrollado. No seré prolijo, aunque crea que cuanto sirve para el conocimiento de estas apartadas regiones interesa a los que se ocupan del porvenir del país.

     Aunque la Tierra del Fuego argentina no sea tan extensa como fuera de desear, gracias a la curiosa operación que la partió, no por el eje, sino por el meridiano de 68º 36' 38'', que casi viene a ser lo mismo, presenta los más variados aspectos. Su superficie utilizable está amenguada por asperezas que se convierten en sierras y en altas montañas, sobre todo al oeste y en el centro, de donde bajan numerosos ríos, arroyos, torrentes e hilos de agua, que van a perderse en el Atlántico o en los caprichosos canales que la rodean. Entre estas asperezas, desde una altura de mil trescientos pies, bajan hasta el llano, muy poco extenso, los bosques seculares que constituyen hoy la mayor riqueza de la isla. La selva, eternamente verde, crece a menudo sobre la roca viva que poco a poco va cubriendo con sus despojos otoñales, mientras en el llano -quizá levantado del fondo del mar- arraigan pastos excelentes para la cría de animales, sobre una espesa capa de turba que mide a veces más de dos metros. Las rocas porfídicas y esquistosas y las colinas de gres y de granito que se levantan sobre el canal del Beagle, están coronadas de árboles...

     La población, que tarda para la parte sur, afluye a los llanos del norte, y llegará en mayor número ahora, después del remate de tierras públicas efectuado este año, con tanto éxito, en que se alcanzaron tan elevados precios y que ha entregado a la industria privada una gran extensión que comenzará a fructificar en breve. Los lectores están informados del número e importancia de los establecimientos ganaderos fundados ya, y que han de triplicarse, por lo menos, antes de dos años.

     El buen resultado de la cría de ovejas atraerá indudablemente a muchos hombres de trabajo, y la explotación de los bosques, cuando se piense en organizarla y reglamentarla de acuerdo con las exigencias del clima -y no aplicando los mismos principios acertados en el Chaco, pero ridículos en el extremo austral-, los llevará en mayor número aún, pues es sabido que los campos de Tierra del Fuego, como los de Patagonia, no soportan sino una cantidad determinada de animales, lo que tiene que limitar el número de sus pastores.

     Dejando de lado la ganadería, cuyos productos figurarán dignamente en la próxima exposición, pues aparte de los que la gobernación del territorio se prepara a enviar, hállanse en Buenos Aires los que con ese objeto trajo mister Bridges en su último y desgraciado viaje -muestras de lana, cueros, etc.-, la isla posee otras riquezas que por sí solas bastarían para asegurarle un hermoso porvenir, como sus bosques, sus minas, sus viveros de peces, crustáceos y moluscos, sin contar las ballenas que pueblan sus canales y los anfibios que habitan en sus costas.

     Las ballenas, que no son perseguidas, porque no es fácil burlar la prohibición de su pesca, vagan en número sorprendente hasta en los sitios más frecuentados, como ser en los alrededores de Usuhaia, y podrían comenzar a utilizarse, sometiendo a los pescadores a una reglamentación que impida la extinción de esos cetáceos. En cambio, la foca desaparece, a pesar de todas las medidas escritas que se han tomado para evitar ese mal. A hurtadillas y con impunidad completa, pues se necesitaría gran número de embarcaciones rápidas para hacer la eficaz policía de las costas, los loberos han hecho en todo tiempo y hacen aún, cacerías inconsideradas, destructoras y terribles del anfibio, matándolo en todas las épocas y a todas las edades, sin pensar en mañana, y de tal manera que dentro de poco no quedará uno solo en toda la extensión de la isla. Hoy mismo podrían contarse los que restan, salvados de la destrucción en alguna oculta roquería...

     La nutria, cuya piel se estima también, aunque no tanto como la de la otaria joven, está corriendo la misma suerte que ella, y desaparecerá o irá a refugiarse en los islotes menos frecuentados del sur del Beagle, a donde los loberos se dirigen en busca del lobo de dos pelos, ahuyentado no sólo por los cazadores, sino también por el lobo-león, más fuerte que él, y que ocupa en paz las roquerías abandonadas, porque su escaso valor le sirve por ahora de escudo.

     Como la foca y la nutria, el guanaco que antes pululaba en Tierra del Fuego, comienza a escasear también, y cada vez queda más lejos la época en que no temía al hombre, se acercaba curioso a sus campamentos y amanecía en los corrales o en los palenques, mezclado a los caballos... En la isla Navarino los hay todavía, acompañados como en la isla mayor, por el zorro, que -ése sí- no lleva miras de desaparecer, gracias a lo poco solicitada que es su piel; no hay zorros azules...

     La fauna no es ni muy rica ni muy variada en tierra, pero en cambio, lo es hasta el extremo en el mar. Después del guanaco, la nutria y el zorro, que es de dos clases, cuéntase un murciélago, una especie de ratón, dos ratones y un ctenomys aliado o idéntico al tucu-tucu, ese interesante roedor subterráneo a quien los jinetes deben tantas rodadas desde el Brasil hasta el extremo austral de América... En su aspecto y costumbres es igual al que habita al norte, en los países templados, descripto por los naturalistas, y que conocen cuantos han andado por nuestros campos... si se han dado la pena de buscarlos en su agujero.

     Las aves que viven en la isla o la frecuentan, comienzan en el cóndor que acude desde los Andes, con las inmensas alas desplegadas, para acabar en el minúsculo pájaro-mosca. Ánades, cormoranes -los felinos del mar-, buitres, halcones, pingüinos, albatros, petreles, loros, reyezuelos, papamoscas, habitan los bosques a las orillas del mar; en cambio, no hay reptiles, ni sapos, ni lagartos; los mismos escarabajos son poco numerosos, y apenas se observan unas cuantas moscas y abejas. Darwin, al hablar de esto, señala el contraste que existe entre el clima y el aspecto general de Tierra del Fuego y Patagonia, presentando la entomología como ejemplo notable de ello: «Creo -dice- que esas dos comarcas no poseen en común una sola especie, y es seguro que el carácter general de los insectos es completamente distinto.»

     Los habitantes del agua se cuentan por millares de especies, que desde la ballena van hasta los caracolillos que pueblan a millones las ramas y las hojas del cachiyuyo, esa alga gigantesca que algún día ha de utilizar la industria para extraerle el yodo que contiene, como se hace en tantas costas europeas. Para enumerar los diversísimos seres cuya vida animan los canales, las ensenadas, las caletas, todos las rincones en que reina la onda fecunda, sería menester un libro entero, y un libro fastidioso para los no especialistas. Darwin se quedaba admirado de aquella variedad y aquella profusión, que es incomparable contraste con la poca vitalidad animal que se observa en los bosques, los valles y las montañas de la isla.

     En cuanto a la flora, además de los árboles y arbustos que se han nombrado antes, hay numerosas plantas, musgos, líquenes, criptógamas, que cubren la espesa capa de turba, ese curioso producto vegetal que en muchas partes del norte de Europa, y en las mismas islas Malvinas, se aprensa y se seca para utilizarlo como combustible.

     Según Darwin, la turba se forma con los detritus de una planta, la Astelia pumila, ayudada por la Donatia magellanica. Dice que las hojas nuevas se suceden siempre en torno del tallo como alrededor de un eje; las hojas inferiores se pudren pronto, quedando enterradas, de tal modo que si se cava la turba para seguir el desarrollo del tallo, pueden observarse hojas fijas aún en su lugar y en todos los grados de la descomposición, hasta que hojas y tallo se unen en una masa confusa.

     No son estas plantas solas las que producen la turba, y el célebre sabio añade a ellas un mirto rastrero (Myrtus nummularia) de tallo leñoso, que da bayas azucaradas, el Empetrum rubrum, parecido al brezo, y el Juncus grandiflorus, plantas que, también, son casi las únicas que crecen en los terrenos pantanosos.

     «En las partes más altas del territorio -dice- la superficie de la turba está entrecortada por pequeños charcos que se hallan a diferentes alturas y que parecen ser excavaciones artificiales. Hilos de agua que circulan bajo el suelo completan la desorganización de las materias vegetales y consolidan el todo.

     »El clima de la parte meridional de América -añade- parece especialmente favorable a la producción de la turba. En las islas Falkland, todas las plantas, hasta la yerba grosera que cubre casi toda la superficie del suelo, se transforman en esa substancia, cuyo desarrollo no detiene ninguna situación; algunas capas de turba tienen hasta 12 pies de espesor, y las partes inferiores se hacen tan compactas, cuando se las pone a secar, que es difícil quemarlas. Aunque, como acabo de decirlo, casi todas las plantas se transformen en turba, la Astelia es la que constituye la mayor parte de la masa. Hecho notable, cuando se considera lo que pasa en Europa: no he visto nunca, en la América meridional, que el musgo contribuya por la descomposición a formar la turba. En cuanto al límite septentrional del clima que permite la lenta descomposición necesaria para producir la turba, creo que en Chiloé (41 a 42 grados de latitud sur), no hay ya turba bien caracterizada, aunque haya mucho aguazal; en las islas Chonos, por el contrario, tres grados más al sur, acabamos de ver que existe en abundancia. Sobre la costa oriental en el Río de la Plata, a los 35 grados de latitud, un residente español que había estado en Irlanda, me ha dicho que siempre buscó esa substancia pero sin poder encontrarla. Me mostró como lo más análogo que había descubierto, un mantillo negro turboso, tan lleno de raíces, que ardía lenta, pero incompletamente.»

     Los turbales, blandos, que ceden bajo el pie, y hacen penosa la marcha, cubren casi todo el sur de la Tierra del Fuego, y la Isla de los Estados tiene la roca de su base vestida por ella.

     Afortunadamente, no se necesita allí como combustible, pues aparte de sus colosales bosques, la Tierra del Fuego posee minas de carbón, cuyos productos acaban de ser ensayados con todo éxito y que parecen ser superiores a los lignitos de Coronel (Chile), que utilizan los transatlánticos de la carrera del Pacífico. Dichas minas están cerca de costas, casi a raíz del suelo, y constituirán una gran riqueza si son tan abundantes como se cree. El carbón en Tierra del Fuego cambiará en breve espacio la faz de aquellas regiones, dándoles más intensa vida propia, y atrayendo la civilización y el intercambio comercial, por poco que pueda competir con los productos similares de las cercanías.

     En cuanto a minas, se me ha asegurado que existen también de níquel, próximas a puertos, y algunas de hierro; pero no he visto muestras. Como ya se sabe, Tierra del Fuego cuenta, además, con fuentes de aguas minerales, sulfurosas y ferruginosas, que se enviarán en breve a Buenos Aires para ser analizadas.

     Minas de oro propiamente dichas no las hay, pero las playas auríferas abundan y algunas son de gran riqueza, si se las explota con máquinas perfeccionadas. El oro que se encuentra en ellas procede del fondo del mar, y Popper ha escrito páginas brillantes acerca de lo que podríamos llamar su acarreo. En obsequio a la brevedad, las transcribiré, despojándolas de sus galas.

     En las regiones mineras las pepitas son generalmente arrastradas por ríos o arroyos que las arrancan del cuarzo y las llevan hacia el mar; en Tierra del Fuego, por el contrario, las olas arrancan el oro de las profundidades y lo impelen a las playas...

     A lo largo del litoral atlántico hay extensos bancos submarinos, a veces de muchas millas de ancho, restos de montañas que desaparecieron en pasados períodos geológicos; son depósitos enormes de piedras, cascajo y arena, constituídos por cuarzo y cuarcita, pórfidos graníticos y felsíticos, por diorita, serpentina, sienita, traquita y anfibolita, en los que abunda el óxido de hierro magnético, el hierro titánico, las piritas de hierro, y en los que se hallan diseminados en pequeñas proporciones, granates y rubíes diminutos, escamitas de platino y pepitas de oro. Este oro, esparcido en la inmensa masa de los residuos minerales que lo envuelven, sería difícil de extraer de las profundidades en que se encuentra, y estaría perdido para la humanidad, si las olas del océano, si la naturaleza misma no se encargara de ponerlo al alcance del hombre.

     Al examinar estas arenas se ve brillar entre el hierro magnético que las constituye, partículas más o menos abundantes de oro, desde el tamaño de un grano de maíz hasta el de una escamita imperceptible, microscópica, cuya ley es de 850 a 900 milésimas de fino.

     Según el mismo Popper, la cantidad de oro sacado de las playas auríferas fueguinas hasta 1891, ascendía a más de seiscientos mil gramos, de los que ciento setenta mil entraron en nuestra Casa de Moneda y noventa mil fueron enviados a Hamburgo por Wehrhahn, de Punta Arenas. Los trescientos cuarenta mil restantes fueron substraídos ilegalmente por aventureros del Magallanes.

     Hoy se trabaja en el establecimiento de El Páramo, al norte de San Sebastián, fundado por Popper y de propiedad de don Juan Fernández.

     Hay oro también sobre el canal del Beagle, en Sloggett, por ejemplo, donde está formándose una pequeña población, todavía muy móvil, muy accidental, en torno de una modesta casa de comercio, quizá núcleo primero de un pueblo importante en el futuro.

     Un clima relativamente benigno que, sin grandes dificultades, sobre todo en primavera, verano y otoño, permite su explotación, da mayor precio a estas riquezas, a las que hay que añadir las que producirá el comercio de manga ancha que se practica en el territorio, y que no es indudablemente la menor. Pero, ¿qué puede exigirse de mercaderes cuyo destierro los pone ya casi fuera de lo normal? ¿Por qué medirlos con el cartabón de los grandes centros, cuando están donde la ley no impera?...

     Son los descalificados de la exigente sociedad actual, los que saben por dolorosa experiencia que el dinero es el eje único de la vida moderna, y que el pobre lucha en un circulo vicioso, sin poder arrancarse nunca de él; para salir de la pobreza es necesario tener un punto de partida, vale decir, un principio de fortuna, un capital más o menos pequeño; sin eso todo está cerrado, clausurado, y lo único que se puede lograr es un empleo, una ocupación que cada día dé lo necesario para comer. Con qué amargura abandonan entonces los grandes centros de acción para ir a los últimos límites poblados, y con qué avaricia, con qué ávido furor aprovechan todos los beneficios, lícitos o ilícitos, que se les presentan, abusando del trabajo de los débiles, vendiendo caro y malo, envenenando a indios y marineros, prestándose a todos los comercios, al contrabando, a la piratería, al merodeo, a la usura, con un desenfado que favorece la escasez misma del público y lo común de esa elasticidad de conciencia. Si sufrieron en las ciudades, por la ínfima categoría que ocupaban y por la impotencia que los consumía, toman la revancha, y se gozan en ella, poniendo el pie sobre el cuello de los que están debajo. Hacen dinero, se forman ese capital que será varita mágica en sus manos, ideal único de sus horas de meditación, ensueño de sus sueños. ¿La conciencia? ¡Oh!, la conciencia se hace más ancha a medida que el dinero de la caja crece. Luego, cuando la suma se redondee bien, habrá tiempo de modificar una moral sobrado estrecha ya en estas latitudes; mientras tanto, hay que dejar de lado convencionalismos y mojigaterías... Cuando se habla de un pioneer del extremo austral, no es bueno darle carta de honradez sin previo examen, si el que la otorga quiere preocuparse de la verdad. Ni hay tampoco que vilipendiarlo. Es un producto lógico de la civilización, una creación absolutamente suya. Los cómicos de la legua representan en los teatros de campaña los mismos papeles que los grandes artistas en los lujosos coliseos de las ciudades. Y luego, ¿quién puede afirmar que no tendrá que convertirse en pioneer de esa misma especie, si la rueda de la fortuna voltea de mal lado?...

Pero a ellos se deberá en gran parte, y a pesar de todo, el adelanto de esa región que explotan a sabiendas y protegen inconscientemente, y nadie ha de disputarles el mérito de haber ido como vanguardia adonde pocos se atrevieron a llegar, atemorizados por las exageraciones que rodeaban de misterio a la isla. Los naufragios, las penalidades, el hambre, el frío mortal... ¡Cómo se reirán de esas consejas los que dentro de algunos años vayan a veranear en las costas del Beagle, junto a las verdes selvas de la Onaisín!...

     Las inclemencias del clima no llegan al extremo que se ha dicho, y las demás amenazas que se han puesto como cordón sanitario alrededor de la isla, son simples patrañas de viajeros deseosos de dar proporciones de sacrificio a un paseo más o menos arduo, o de habitantes y frecuentadores interesados en reservarse la exclusividad del territorio durante un tiempo más o menos largo... hasta que la luz se hiciera. Baste decir que la nieve es escasa, y que aun en pleno invierno deja a descubierto la yerba. Ya Darwin trató de desvanecer estos errores, publicando un cuadrito comparativo de la temperatura media de Tierra del Fuego e Islas Malvinas, y la de Dublín, que es el siguiente:

Latitud

Temperatura del verano

Temperatura del invierno

Media del invierno y el verano

Tierra del Fuego

53º 38 S

+10º     

+0º 6

+5º 12

Malvinas

51º 30 S

+10º 5  

-

-

Dublín

53º 21 N

+15º 12

+0º 8

+9º 46

     «Esta tabla nos indica -añade el sabio- que la temperatura de la parte central de la Tierra del Fuego es más fría en invierno y más de 5º centígrados menos caliente en verano que la de Dublín. Según von Buch, la temperatura media del mes de julio (que no es el más caluroso del año) en Sandfjord, en Noruega, se eleva a 14º 3, y ese lugar está 13 grados más cerca del polo que Puerto Hambre.»

     Según mis datos, la temperatura media de Usuhaia es de 6º 5 en primavera, de 10º 4 en verano, de 6º en otoño y de 0º 66 en invierno.

     Estos últimos números son bastante exactos, y siento no haber podido completarlos con las observaciones de los salesianos establecidos en Río Grande, el Río Pellegrini de Lista.

     Y, a propósito de esta comunidad religiosa: instalada sobre el citado río, al norte de donde desemboca en el Atlántico, ocupa los terrenos reservados para pueblo, y ha levantado grandes galpones, donde asila a unos cincuenta niños indígenas de ambos sexos. Alrededor de la misión, que no tiene industria alguna, viven en toldos, como en el estado salvaje, diez o doce familias más, que no están sujetas a régimen y que continúan con sus usos y costumbres tan nómadas como antes.

     Cuatro años hace que están allí los salesianos, sin que sus beneficios se hayan hecho notar sobre los indios. 

     Los terrenos que usufructúan son los más apropiados para el establecimiento de la nueva capital fueguina, que es urgente sacar de Usuhaia. Este pueblo se encuentra, en efecto, en un extremo del territorio, casi en el ángulo que forma la línea divisoria con el canal del Beagle, y si la capital de un país poblado y civilizado que cuenta con telégrafo, ferrocarriles, etcétera, puede hallarse como si dijéramos arrinconada, semejante cosa es perjudicial en una comarca en que todo está por hacer y en que la falta de caminos alarga de un modo inconmensurable las distancias.

     La capital de Tierra del Fuego debe estar ubicada en un terreno cuya extensión y productos basten al sustento de la población y a su crecimiento, y que se halle muy al alcance de los otros centros poblados. Río Grande, al revés de Usuhaia, reúne dichas condiciones.

     Facilitaría la traslación de la capital, la formación de una colonia en el valle del Río Grande, cuyo suelo es favorable. Esa colonia, por su situación, tendría un hermoso porvenir; tanto más cuanto que el río es navegable hasta para buques de algún calado. Su valizamiento, que es urgente, porque el puerto es frecuentado por muchos barcos de vela y algunos de vapor, puede hacerse fácil y económicamente, pues bastarían tres señales para dejar bien determinada la entrada del río.

     Como complemento necesitaríase un camino que ligara el valle con San Sebastián, y dos puentes, uno sobre el San Martín y otro sobre el Carmen Sylva, ríos que hoy dificultan en grado sumo las comunicaciones, así como también dos nuevas comisarías, una en el valle mismo y otra a inmediaciones del cabo San Pablo, sobre el Atlántico.

     El interés que despierta la Tierra del Fuego, está demostrado materialmente por el precio que han obtenido los lotes sacados a remate, y científicamente, por las comisiones de exploradores que la visitan a menudo. Las últimas que han estado fueron: en febrero de 1896 la compuesta por los señores doctor F. Lahille, doctor Nicolás Alboff, Carlos Lahitte y E. Beaufils, que permanecieron hasta abril, y un mes más tarde la de Otto Nordenskjöld, en que iba el doctor Pedro Dusén y el señor Hjelmer Ackermann. En Diciembre de 1897 la visitó también el Bélgica, a cuyas primeras desventuras me he referido ya.

     Y ahora, ¡a bordo!

 

- XXVII -
De Usuhaia a Buen Suceso

     Los escasos pasajeros del Villarino se habían dispersado por la capital fueguina, sin preocuparse mucho de la lluvia menuda que continuaba cayendo. Pisar tierra firme es el afán de cuantos viajan por agua, cansados de la perpetua inestabilidad del barco; de modo que aprovechaban los cortos momentos que el transporte iba a permanecer en la bahía, para andar por el enlodado suelo de Usuhaia. Cierto que aquel barro no es como el de Buenos Aires, engrudo adherente y repugnante, sobre el que patinan hombres y animales, embadurnándose de pies a cabeza; un instante después de haber pisoteado verdaderos lodazales, no queda en las botas más seña de ello que la helada humedad que se infiltra por las costuras y por el cuero mismo, con un poder invencible de penetración...

     El comandante Murúa tenía prisa -siempre la tiene-, de tal modo que sus viajes son un modelo de rapidez, aunque su barco sólo ande diez millas por hora. Aguardaba para zarpar, que la correspondencia oficial de la Gobernación estuviese a bordo; así es que no tardamos en embarcarnos para correr hacia el este, salir del canal del Beagle, y tocar al término de nuestro viaje de ida.

     La despedida de Usuhaia fue cordial y afectuosa. Aquellos buenos desterrados consideran un acontecimiento la llegada mensual (a veces) del transporte, y se complacen en agasajar a los viajeros, ayer desconocidos, como si fueran viejos amigos. No los ven partir sin sentimiento, y en el fondo sentirán como una esperanza que escapa, como una visión de otras comarcas y otros centros que se desvanece con ellos.

     Zarpamos.

     Mis compañeros me rodeaban acribillándome a preguntas, dándome noticias, estrechándome las manos, como si hiciera mucho que no nos veíamos; tanto estrecha la vida en común en aquellas soledades.

     Los postes para el telégrafo patagónico se habían cargado en Lapataia sin tropiezo alguno y con mucha rapidez, gracias a la buena voluntad de la tripulación del transporte y de los empleados y peones del aserradero. Las bodegas estaban atestadas de palos, y Funes rebosante de satisfacción, pues la sección a él encomendada podría comenzarse esta misma primavera; no resultaba, pues, inútil su viaje, y su actividad tenía recompensa en esa nueva probabilidad de éxito para la obra.

     Por desgracia, parece que la primera sección, en el norte de Patagonia, presenta graves dificultades que el comandante Leroux acaba de exponer al Gobierno, y que no serán fáciles de vencer. Recorriendo este jefe la parte de la línea telegráfica futura que está a su cargo, ha tenido que atravesar vastas extensiones sin agua, donde por ahora es imposible el establecimiento de oficinas, pues los telegrafistas y guardahilos se morirían de sed. Pero siempre habrá modo de hallar un sesgo al inconveniente, que en realidad es inmenso, pero que no debe de privar a la Patagonia de un servicio cuya existencia colaboraría tan eficazmente a su progreso. Si la dificultad es grande, mayor aún es la necesidad de que ese telégrafo exista, militar y socialmente... Dentro de poco, Chile habrá terminado de tender sus hilos hasta Punta Arenas, aunque la obra no sea mucho más fácil sobre el Pacífico que sobre el Atlántico.

     -El gobernador Godoy -díjome el comandante Funes- ha accedido a enviarme con el transporte Usuhaia, que está al servicio de la Gobernación de Tierra del Fuego, dos mil quinientos postes a Coy-Inlet; a San Julián, donde se necesitan dos mil seiscientos, llevará mil seiscientos, y a Gallegos mil. A Santa Cruz habrá que enviar dos mil seiscientos también.

     Con estas remesas basta y sobra para dar comienzo a los trabajos, pues mientras éstos se lleven adelante será facilísimo completar el número de postes que se necesita para toda la sección.

     Algunos compañeros habían aprovechado la permanencia en Lapataia para emprender una cacería de animales alzados, sobre todo de un buey gordo, famoso por lo inabordable... Llegaron al lago Jacinta, del que sale el río, y hallaron en él cisnes y patos de agua dulce, pero no tuvieron la más mínima noticia del buey ni de los carneros cimarrones que, sin embargo, abundan. Hay que poseer muy buenas piernas y decidirse a recorrer enormes distancias por los fatigosos turbales, si se quiere obtener algo. En cambio, podían ampliar mis informes a propósito del Bélgica.

     El barco explorador tenía mala suerte. Hallándose frente al depósito de carbón, y aunque estuviera fondeado a dos anclas, el viento y la corriente lo hicieron garrear, y tan en peligro se vio, que pidió auxilio con la sirena.

     -Debe haber sufrido averías -me dijeron.

     -¿De consideración?

     -No se sabe, porque su gente no ha dicho nada.

     Decididamente los expedicionarios andaban en la mala desde mucho antes de comenzar la parte realmente difícil de su viaje. ¿Qué les habrá ocurrido entre los témpanos del sur? Nada puede conjeturarse todavía, pero la falta de informes, a pesar de que llevaron palomas mensajeras de Punta Arenas, no es seguramente un buen indicio...

     Más tarde, y en la Isla de los Estados, iba a hallar nuevas huellas del buque, cuya última recalada conocida es la de San Juan del Salvamento.

     Hacia allá nos dirigíamos, y poco después íbamos a dejar atrás la Tierra del Fuego, donde en 1889 sólo había 282 ovejas, que hoy llegan a la cantidad ya consignada.

     Seguimos el canal, entre la isla mayor y la de Navarino, una de las grandes del archipiélago que hormiguea al sur, y cuya avanzada es el Cabo de Hornos.

     No tardamos en llegar a la península generalmente creída isla de Gable, desde donde comienza a ensancharse el canal que, pasando la isla Picton, termina en pleno océano.

     Gable es una tierra privilegiada, con hermosísimos paisajes y -lo que es más positivo- excelentes pastos. Allí está la instalación de mister Bridges, oculta a los que pasan por el canal, con las tierras altas de la península. Su estancia y almacén están situados en el punto en que la península se une a tierra con un pequeño istmo bajo, que las altas mareas han de cubrir en ocasiones, pero que tiene vegetación. 

     Los panoramas que allí presentan las altas colinas, los verdes vallecitos y hondonadas pobladas de árboles que aquí y allá forman grupos que más lejos se convierten en bosque, pasando el arroyo de aguas cristalinas que corre oculto bajo una enramada de plantas acuáticas, son de veras dignos de un gran pincel, sobre todo por la luz diáfana y cariñosa que en el verano los envuelve.

     El establecimiento del señor Bridges, con ramificaciones en Cambaceres, isla Picton, etc., posee, además de la cría de ganado, otras industrias lucrativas, como el comercio de artículos de primera necesidad, un pequeño aserradero que pensaba ensanchar, haciéndolo a vapor, para lo cual ya había echado los cimientos de nuevas casas, un conato de grasería,  etc., etc. Los edificios están rodeados de huertas y jardines, que dan flores y legumbres a la pequeña colonia, en que las hijas y los hijos del antiguo misionero trabajan a la par, con el ardor de los que encuentran al mismo tiempo diversión y utilidad en el trabajo.

     Haberton, que así se llama el puerto, tiene un muellecito y un malecón de piedra, que le dan el aspecto de uno de esos establecimientos industriales de las márgenes de nuestros grandes ríos en la provincia de Buenos Aires.

     Los argentinos han quedado sin puerto sobre la entrada del canal del Beagle, mientras Chile lo tiene en la isla Picton, justamente en la boca del mismo, allí donde desembarcaron los desgraciados misioneros ingleses con Allen Gardiner a su cabeza... Pasamos la isla, navegando con tiempo excelente, pero ya algo nebuloso y frío. Corriendo más al este, seguimos sin detenernos frente a la Isla Nueva, tras de la cual se extiende el océano abierto, inmensa planicie de color de acero que disminuía la niebla indecisa, como un velo tenue.

     En Sloggett vimos con el anteojo algunas carpas de mineros, pobre gente que busca sin tregua las pepitas de oro ocultas en la arena.

     Más allá, Bahía Aguirre, escenario del último acto del drama de padecimientos y de muerte desarrollado en 1851, se presentó a nuestro paso y pronto lo dejamos atrás, navegando a todo vapor, sobre las aguas ya más agitadas que las del canal abandonado poco antes.

     Desde allí podríamos, en rigor, haber visto el Cabo de Hornos, si no se interpusiera la isla Deceit; pero abarcábamos en cambio toda aquella zona oceánica, tan temida por los barcos de vela, juguete de las poderosas corrientes, de los bruscos cambios del viento y del formidable oleaje y los remolinos que se levantan cuando luchan encontrados el viento y la corriente...

     Habíamos pasado frente al sitio en que ocurrió el naufragio del explorador Bove, situado entre Punta Herse y Punta María.

     Este siniestro se produjo el 31 de Mayo de 1882. El San José estaba tan en peligro, que se resolvió echarlo a tierra, para salvar la tripulación y el cargamento. Bove cuenta aquellas dramáticas escenas del siguiente modo:

     «El aspecto de la tierra situada a sotavento, era desalentador. Por lo que podía verse desde lo alto de la arboladura, parecía que de Punta Herse a Punta María no hubiera sino una línea de escollos.

     »¡Cuán lejos de la costa se había producido el primer choque del barco!...

     »A las tres de la tarde resolvimos hacer la peligrosa prueba; era la hora de la marea alta. Preparose en un instante una pequeña balsa que, con algunos barriles de galleta y carne salada, fue colocada sobre cubierta para que la utilizaran los sobrevivientes si el buque no lograba alcanzar la costa.

     »La conducta de la tripulación fue, en tan difícil trance, digna del mayor elogio; cumpliéronse las órdenes con eficaz rapidez, y cuando se oyó la voz de mando: ¡Larga la cadena! ¡Iza la trinquetilla!, ejecutose la maniobra como si se tratara de llegar a la bahía en viaje de placer y no forzados al naufragio.

     »El marinero Jemmy Howard se dejó atar valerosamente al timón, con dos cuchillos al alcance de las manos para que pudiera cortar sus ligaduras apenas fuese innecesario su trabajo.

»Nunca podré olvidar al bravo Jemmy, fijo en el timón, con los ojos clavados en el que mandaba la maniobra, repitiendo sus órdenes, palabra por palabra:

     »-Steady, Jemmy!

     »-Steady, sir!

     »-All right, Jemmy!

     »-All right, sir!

     »Del fondeadero a la costa hubiéramos llegado en cualquier otra ocasión como una luz, pero entonces nos parecía tardar una eternidad. Entre el abandono del ancla y el choque de la nave contra tierra, pasamos momentos de agitada expectativa; a cada instante temíamos ver el barco detenido por algún banco; pero con la mayor sorpresa y gozo se pasó el primer escollo y luego el segundo, volando sobre las olas, sin choques, sin sacudidas... La angustia creció, sin embargo, cuando -acercándonos a tierra- vimos las olas rompiendo contra las altas rocas sobre las que nos precipitábamos... toda esperanza de salvación desapareció por un instante... Pero la suerte nos favorecía; precisamente en el camino del buque, la barranca se plegaba un poquito, dejando entre ella y el mar algunos metros de arena en que la nave fue a enterrar su proa quedando el bauprés a pocos centímetros del precipicio. Un instante después la San José quedó tumbada sobre el flanco izquierdo, el bote de estribor hecho pedazos, y todos los objetos sueltos fueron desalojados de la cubierta. Pero antes de que sobreviniera otra ola, nos reunimos en una hendidura de la barranca, con el mar a nuestros pies y una muralla de doscientos metros de altura sobre nuestras cabezas. La hendidura era de arenisca y a cada momento amenazaba desplomarse como una avalancha. Por fortuna, sólo al día siguiente se precipitó al mar...»

     Cruzamos frente a Bahía Valentín, y haciendo rumbo al nordeste nos dirigimos a Buen Suceso, última etapa nuestra en Tierra del Fuego. Fondeamos allí. El Estrecho Lemaire se presentaba a nuestra vista, bastante agitado.

     Ese Estrecho que los Nodales llamaron de San Vicente por haberlo visitado el 22 de diciembre de 1619, y que la Concordia de Horn descubrió el 25 de enero de 1616, bautizándolo con el nombre de Lemaire, tiene por término medio un ancho de treinta kilómetros, y sólo está limitado al este por la angosta extremidad occidental de la Isla de los Estados.

     -Nos hallamos en Ash Paltn.

     -¿Cómo? ¿No decía usted que ésta es la bahía del Buen Suceso? La carta náutica...

     -Sí; pero los onas la llaman Ash Paltn.

     -¡Ah!

     Lástima carecer de medios para emprender una excursión por el lado oriental de la isla; pero los transportes nacionales recalan pocas veces en sus puertos -casi nunca más que en San Sebastián-, y eso en su viaje de retorno, porque a la ida se internan en el Estrecho, fondean en Punta Arenas y costean la isla por el oeste, haciendo innecesariamente un trayecto larguísimo por aguas no argentinas, en detrimento de las nacientes poblaciones del este.

     Pero el ingeniero Tapia, que en aquellos días debía estar midiendo los terrenos últimamente vendidos por decreto de marzo 30 de 1897, me había prometido detallados informes sobre la zona comprendida entre el cabo Espíritu Santo y el río Grande, y con ellos podría salvar en parte la deficiencia, inevitable por la falta de elementos.

     Y llegado a Buenos Aires, en efecto, el señor Tapia ha tenido la bondad de comunicarme tan interesantes datos, completados con atinadas observaciones personales, que me servirán aquí de complemento a lo ya dicho.

     Las cincuenta y seis leguas fueron medidas y entregadas a los compradores dentro del plazo señalado por el decreto -a seis meses del remate-, menos el lote 40, del que, por hallarse ausente el apoderado del propietario señor Pietranera, no pudo, dársele posesión.

     Según los minuciosos informes suministrados por el ingeniero Tapia, el campo vendido es en general de pastos buenos y variados, excepción hecha de un lote situado en el centro de la bahía de San Sebastián, que es un arenal cubierto de mata negra y salpicado con depresiones salitrosas que en las grandes mareas se convierten en lagunas.

     Los pastos son abundantes y variadísimos en los valles de los ríos, arroyos y chorrillos que forman vegas de leguas de extensión, en dirección general de oeste a este, verdaderos oasis en que la yerba crece hasta sesenta y ochenta centímetros de altura. Entre ellas se distingue por sus dimensiones y fertilidad la del arroyo San Martín, que corre hacia el mar en la parte sur de la bahía.

     En los terrenos altos, generalmente pedregosos, el pasto no es muy abundante.

     Las aguadas son numerosas y se encuentran en todas direcciones. Las hay en forma de manantiales, de arroyuelos, de lagunas, de arroyos y de ríos. Son de agua dulce y cristalina, casi siempre de temperatura baja. Los cursos de agua son generalmente pantanosos y de poca profundidad; en invierno se congelan, cubriéndose de una capa de hielo que en algunas partes llega a tener sesenta centímetros de espesor.

     El río Grande, que tiene un ancho variable entre cincuenta y sesenta metros, hallábase a principios de mayo de este año (1898) a la altura del límite con Chile, cubierto con una capa de hielo de quince centímetros de espesor, que sólo dejaba libre el centro en un ancho de tres metros aproximadamente.

     En muchos puntos del territorio, y sobre todo en las vegas, se encuentra agua a un metro bajo el nivel del suelo.

     La topografía no es uniforme. El terreno en general es montañoso, con serranías o macizos paralelos que corren de oeste a este, entre los que existen grandes abras -valles de ríos y arroyos-, y a veces llanuras relativamente extensas, altas y bajas. El oeste tiene médanos más o menos elevados, y no es propiamente montañoso.

     En toda la extensión recorrida, salvo algunos puntos situados cerca del límite con Chile, y comprendidos en los lotes 23, 24 y 40 de los terrenos vendidos por el gobierno, no se ha encontrado un solo árbol; en ciertas faldas de cerros y médanos crece el calafate, arbusto tan abundante en Patagonia y Tierra del Fuego.

     La mancha de bosque que se halla en el ángulo formado por el río Grande y el límite con Chile, es continuación del gran bosque chileno de La Matanza; los fagus que lo componen tienen una altura media de cinco metros y un diámetro de veinte centímetros.

     El clima es frío en general. La temperatura media observada por el ingeniero Tapia, es de 8º centígrados en marzo, 4º en abril y 1º 5 en mayo. Estas observaciones son aproximadas, pues no tuvo ni tiempo ni ocasión de hacerlas exactas y detenidamente por la movilidad que exigen los trabajos de mensura.

     Los vientos dominantes del oeste y sudoeste, son fuertes en primavera, verano y parte del otoño; en invierno la atmósfera permanece en calma. Generalmente las lluvias caen poco rato.

     Pasando a otro orden de observaciones, el señor Tapia me comunica lo siguiente:

     La Tierra del Fuego, principalmente en su parte chilena, está poblada de estancias dirigidas por caballeros ingleses, algunos de los cuales tienen también establecimientos en territorio argentino y en campos arrendados al Gobierno.

     En los terrenos vendidos y que el señor Tapia ha entregado ya, existe una estancia denominada Sara, entre el extremo este de las sierras de Carmen Silva y el río del mismo nombre, lote 17, y a mediados de abril iba a comenzarse a alambrar todo el campo comprado por la señora Sara Braun de Nogueira, que tiene una extensión de 35.801 hectáreas, 30 áreas y 55 centiáreas, o sea catorce leguas y 801 hectáreas.

     El territorio está cruzado por caminos que van de una a otra población, corriendo generalmente hacia el este e internándose hacia el oeste en territorio chileno, con salidas sobre el Estrecho de Magallanes a Punta Catalina, Punta Anegada, Río del Oro, Gente Grande, Porvenir, Bahía Inútil, etc., etc. Estos parajes de la costa chilena están en activa comunicación con Punta Arenas por medio de vapores correos y bastantes buques de vela.

     Los caminos en cuestión desde la desembocadura del río Grande, son en su mayor parte carreteros.

     La principal industria del territorio es la cría de ovejas de raza Lincoln, de tamaño extraordinario, que se reproducen admirablemente, dan lana abundante y larga, y recorren a millares los campos, alimentándose y reproduciéndose -cosa sorprendente- en zonas desprovistas de agua, tanto como en los lugares en que abunda.

     El ingeniero Tapia ha recorrido tres veces el trayecto que media entre Punta Delgada, en el Estrecho, y Spreen-Hill, importante establecimiento del señor Mont E. Walles, en territorio chileno. En aquellas siete leguas no existe una sola corriente, ni una triste laguna de agua dulce. Sin embargo, allí hay millares de ovejas y dos o tres poblaciones de pastores; el ganado era sano, robusto, gordo, a pesar de todo.

     Según el señor Walles, las ovejas beben si encuentran agua, pero prosperan si no la tienen, dando los mismos resultados que las que se hallan en una vega cruzada por un arroyo permanente. A su juicio, les basta con el rocío que por las noches se deposita en la yerba.

     Los pastores recogen el agua de las lluvias en grandes estanques de hierro galvanizado pues de otro modo no tendrían cómo apagar la sed.

     Las ovejas de Tierra del Fuego son fuertes, y tan grandes como no las habrá en todo el resto del país. Los animales yeguarizos son escasos, pero las estancias tienen caballos suficientes para el trabajo, y tropillas para los viajes. Aunque haya terreno excelente para la cría de millares de vacas, ésta no se hace hasta ahora porque no hay mercado. Los hacendados se limitan a tener unas cuantas para formar bueyes, pues las carretas son indispensables en el territorio.

     A la explotación del oro, ya amalgamado, ya en pepitas, se dedican sólo jornaleros y aventureros que buscan una fortuna tan rápida como incierta y que, creyendo encontrarla a cada instante, pasan meses y años malgastando una actividad que dedicada a cualquier otra cosa les daría indudablemente más provecho. Pero parece que el desencanto cunde.

     En la costa del Páramo, por ejemplo, hay algunos que esperan desde hace dos años las borrascas que sacudiendo el mar arranquen el oro guardado en su seno, derrumben las barrancas a pico, y lleven a las playas o dejen a descubierto el codiciado metal. Dos años de esperanzas y de angustia...

     En el territorio comprendido entre el Cabo Espíritu Santo, el límite con Chile, el Océano Atlántico y el Río Grande, los establecimientos son puramente pastoriles. La agricultura no existe aún. El señor Walles ha hecho un ensayo de siembra de alfalfa en terrenos abonados previamente, que no ha tenido éxito; después de varios años de cuidados, la alfalfa continúa baja y descolorida. Los sembrados hechos cerca de las poblaciones y al reparo del viento, son simplemente de hortalizas para el consumo, escasas y raquíticas. No hay árboles frutales ni forestales plantados por los pobladores.

     Pero aunque la industria pastoril sea la más desarrollada en el territorio, no hay que creer fácil dedicarse a ella. Por el contrario, su implantación exige capitales bastante crecidos.

     No basta con el dinero necesario para adquirir e importar los animales destinados a la cría; es indispensable poseer una vasta extensión de tierra, alambrarla y dotarla de instalaciones costosas.

     En efecto, cada oveja ha de tener para su alimentación no menos de una hectárea de campo, pues de otro modo en la estación de los fríos y cuando el pasto escasea, enflaquecerían y morirían irremisiblemente. Unos cuantos miles de ovejas, pues, exigen otros tantos miles de hectáreas, si no se quiere correr a una pérdida segura.

     Además, los hacendados establecidos allí, hombres prácticos y positivos, han adoptado el sistema de alambrar sus campos, encontrándolo más económico que el de tener numeroso personal para cuidar sus majadas. Éstas andan siempre libremente, sin que se las recoja en corrales o rodeos como se acostumbra en la provincia de Buenos Aires, y los pastores se limitan a recorrer los campos observándolas. Allí permanecen meses enteros, sin que se las moleste sino para la esquila, la curación de la sarna, la formación de tropas, u otras causas accidentales.

     Los alambradas se construyen con madera de los bosques fueguinos y son de nueve alambres.

     Todas las estancias tienen que poseer instalaciones completas para esquilar, bañar las ovejas y enfardelar la lana, para lo cual hay que hacer crecidas erogaciones.

     Los productos que salen del territorio argentino van, como los del chileno, a Punta Arenas, desde donde son enviados a Europa. Los hacendados enfardelan las lanas, las transportan a aquel puerto por los vapores que subvenciona el Gobierno de Chile o por los buques del comercio de aquel puerto, y no tienen para qué pensar en la República Argentina ni en sus intereses.

     Muchas veces he señalado en el curso de estas páginas ese mal que causa la anemia de nuestros territorios del sur; la insistencia puede incomodar, pero es necesaria, y tengo ahora la satisfacción de poder variarla cediendo la palabra a otra persona. Dice, en efecto, el ingeniero Tapia, hablando de tan importante asunto.

     «¿Qué razones determinan el pasaje por Punta Arenas, no sólo de los productos que se exportan a Europa, sino también de la correspondencia, pasajeros, etc., destinados a Buenos Aires, Gallegos, Santa Cruz y diversos puntos de la costa sur, teniendo el Gobierno nacional un servicio de vapores-transportes que hacen la carrera hasta Usuhaia, capital de la Tierra del Fuego? La contestación es tan sencilla como lógica:

     »En Punta Arenas, que ofrece un buen puerto hasta para buques de gran calado, hay libertad de derechos a la importación y exportación, y todos los habitantes del mundo pueden entrar y salir con cualquier cantidad de mercaderías, sin que las autoridades los molesten. Hay, además, un servicio de vapores-correos subvencionados por el Gobierno chileno y que recorren con toda seguridad ambas márgenes del Estrecho, poniendo al alcance de los habitantes de Tierra del Fuego y de la costa patagónica los elementos de transporte que facilitan todo el movimiento comercial, industrial y hasta social de la comarca.

     »Los transportes del Gobierno argentino, mientras tanto, hacen un servicio tan lento y tan deficiente, que puede afirmarse sin exageración que toda la costa fueguina sobre el Atlántico se encuentra completa y absolutamente privada de comunicación directa con los puertos nacionales.

     »¿Y cómo no ha de ser así? Los vapores argentinos, después de tocar en Río Gallegos, van a Punta Arenas y luego a Usuhaia por los canales chilenos, llegan hasta la Isla de los Estados, y desde allí vuelven a Gallegos, dejando a la costa este de Tierra del Fuego privada de sus servicios, sin dar a sus habitantes otro consuelo que el comentario sobre la columna de humo o el casco blanco de un vapor que a tantas millas navegaba rumbo al norte...

     »Natural es, pues, que los pobladores sientan la necesidad y aprovechen la conveniencia de recurrir a Punta Arenas, que les ofrece medios de comunicación con el mundo entero y la ventaja de la libertad aduanera.»

     «Es penoso decirlo -añade luego- pero es la verdad: el Gobierno chileno es quien sirve los intereses argentinos en Tierra del Fuego, por lo menos en la zona comprendida entre el Río Grande y el cabo Espíritu Santo.

     »Pero no creo que este descuido sea principalmente imputable al Gobierno. Según informes que he recogido, los comandantes de transportes nacionales y en general los jefes de los barcos que durante tantos años han hecho la navegación del sur, han creído que los puertos y las costas de Tierra del Fuego en el Atlántico no ofrecían garantía alguna. Por esto pocas veces se han efectuado en San Sebastián y sus cercanías operaciones de carga y descarga con la debida serenidad. El mismo temor se ha apoderado del Gobierno por los informes de dichos jefes, en cuyo descargo hay también que observar su enorme responsabilidad en caso de pérdida del barco que mandan, responsabilidad que se hace efectiva ante las autoridades del ramo, y que tiene muchas más consecuencias que la de un simple capitán mercante.

     »Se agrega que las dimensiones de los vapores nacionales no facilitan su entrada en algunos puertos, como Río Grande, por ejemplo.

     »De todas maneras, existe el hecho del abandono, por parte del Gobierno argentino, de las costas del sur de la República, y se hace necesario remediar ese mal.

     »Sin embargo, los estancieros de la Tierra del Fuego, tanto chilena como argentina, practican continuamente operaciones de carga y descarga con sus buques de vela y a vapor, en la bahía de San Sebastián, Río Cuyen, Punta Sinaí, Río Grande, etcétera. No hace mucho, durante los meses de marzo y abril, el señor Menéndez, de Punta Arenas, ha enviado cada diez días, más o menos, el vapor Amadeo, de su propiedad, al Río Grande en su parte navegable, con animales en pie y materiales de construcción. ¿Entonces? ¿No podremos los argentinos atender mejor los intereses que se desarrollan a la sombra de nuestra bandera?

     »El Gobierno mejoraría la situación, ya teniendo fe en los hechos y la palabra de los jefes de buque en caso de accidente, haciéndolos responsables dentro de un justo criterio, ya adquiriendo barcos de un calado conveniente para todos los puertos de la costa, ya entregando la navegación del sur a una compañía subvencionada, en cuyas tarifas intervendría el Estado Mayor de marina.

     »Las razones del mayor gasto que ocasionarían al erario los viajes más frecuentes con escalas efectivas, gasto que no estaría compensado porque el comercio es escaso aún, ceden ante las razones de estado. Aparte del deber que tiene el Gobierno de servir esas zonas pobladas por hombres laboriosos al frente de crecidos capitales, que hacen erogaciones en terrenos arrendados, adquieren tierra y de uno y otro modo llevan a ella la savia de sus intereses, tiene también el de propender al adelanto moral y material del país por todos los medios a su alcance.»

     El ingeniero Tapia describe del siguiente modo las costumbres de los estancieros ingleses de Tierra del Fuego:

     «La lana que envían directamente a Inglaterra representa libras esterlinas, y a cuenta del valor de ese fruto del país, piden a su patria, sin necesidad de previo desembolso, cuanto les hace falta y cuanto se les ocurre para sus estancias: muebles, adornos, estufas, billares, ropas, vinos, licores, cigarros, remedios para las ovejas, carbón, útiles y herramientas...

     »Las habitaciones de los caballeros ingleses, con ricas alfombras y tapices, reúnen todo el confort deseable en aquel clima inclemente.

     »Pero no pasan una vida sibarítica ni mucho menos; el patrón está siempre al frente de sus peones, toma como éstos las herramientas del trabajo que dirige, y fomenta con sus sudores la riqueza propia y el progreso del territorio.

     »Los he visto en el baño de las ovejas, con la pala de madera en la mano, concurriendo al mejor éxito de la curación de sus animales, que conservan limpios y libres de toda peste.»

     Es curioso y al mismo tiempo natural: en aquella parte de Tierra del Fuego no corre otra moneda que los giros y vales de esos estancieros, que se cotizan a la par.

     A estos hacendados se añadirán en breve los señores J. Maupas, Narciso Laclau, Gabriel Labarrié y otros que han manifestado su intención de introducir animales en los campos comprados al Gobierno.

     -¿Y la Isla de los Estados? -pregunté al segundo Méndez.

     -Allá está -me contestó, señalando el este.

     -No la veo...

     -Aquella masa de nubes... ¿la ve?... pues eso es la isla.

     -¡Ah!

     Uno de los compañeros se acercó:

     -¿Quiere ir a tierra con nosotros? Puede ser que haya indios... al natural. Vienen muy a menudo a Buen Suceso.

     -¡Vamos, vamos!

     Momentos después pisábamos las playas de Ash Paltn.



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