- I -
En marcha

     -¿Estará usted listo para el 5? Hoy es 2, y no hay tiempo que perder.

     -Sí, señor; estaré.

     Venía yo de Santa Fe, donde acababa de asistir a la comedia política representada con motivo del cambio de gobernador, y la dirección de La Nación me invitaba a hacer un viaje al extremo austral de la República, visitando cuanto paraje encontrara al paso. La misión me sonreía, pues con ella iba a realizarse uno de mis mayores deseos: conocer esas tierras patagónicas en que muchos hombres de pensamiento cifran tan altas esperanzas, experimentar las impresiones de una navegación en pleno océano, y quizá ser útil a los habitantes cuasi solitarios de aquellas apartadas comarcas.

     La partida del transporte nacional Villarino estaba fijada para el 5 de febrero, a las 10 de la mañana. Debía llevar a su bordo al Dr. Francisco P. Moreno, perito argentino, y sus ayudantes militares y civiles, hasta Santa Cruz, punto de arranque de la nueva expedición emprendida por el infatigable hombre público.

     El 5 estuve listo, pero la partida fue postergándose hasta el 12, porque era necesario ensayar las dos lanchas Tornicroft que el Dr. Moreno iba a llevar consigo para explorar los lagos Argentino y Buenos Aires. Por fin hubo que limitar ese ensayo a la prueba de la caldera con presión de agua, y embarcar la lancha que se había armado, sin desarmarla completamente.

     El 12 a las diez en punto estábamos todos embarcados; y el Villarino se veía lleno de gente que acudía a despedirse de los viajeros, tan numerosos que apenas podían revolverse en la cubierta. El día, bastante caluroso, era magnífico, y el buque, amarrado en la dársena sur, frente al depósito número 1, manchaba el cielo azul con una ligera columna de humo que, al ascender, envolvía la flameante bandera de salida enarbolada en el trinquete.

     -¡Buen viaje!

     -Hasta la vuelta.

     -¿Usted también se va?

     Y apretones de manos, saludos afectuosos y conmovidos, conversaciones entrecortadas por el ir y venir de visitantes, pasajeros, vendedores de libros y de baratijas:

     -La última novela de Zola.

     -Cigarros y cigarrillos.

     -¡La Nación, La Prensa!

     -No deje usted de escribirme...

     -¿Para cuándo es el regreso?

     Por fin se dio la señal, desfilaron lentamente los visitantes, que fueron a formar en fila sobre el dock, retirose la planchada, y el Villarino comenzó a moverse arrastrado por dos poderosos remolcadores.

     -¡Adiós!

     -¡Adiós!

     Avanzábamos por entre el laberinto de buques de la dársena, y aunque embargado por insólita emoción, por una opresión vaga y extraña, miré en torno para trabar conocimiento visual con mis compañeros de viaje: los había ¡y cuántos, y cuán diversos! Argentinos, españoles, ingleses, franceses, italianos; soldados, marineros, hermanas de caridad, señoras, niños... ¿Dónde iba a caber tanta gente?

     El Villarino es un buque pequeño, muy marino, pero inadecuado para pasajeros. Tiene una máquina poderosa que le da tina marcha de diez millas or hora, y puede hacer dos millas más ayudándose con su velamen, compuesto de cuchillos, cangreja, trinquete, redonda y velacho. Es coqueto; con su arboladura ligera y esbelta y su bien cortado casco pintado de blanco, y a velas desplegadas, en alta mar semeja un gran pájaro del sur rasando la ola.

     Pero no es para tanta gente, y mucho menos cuando va, como en aquel viaje, con las bodegas repletas de carbón y de carga, la proa llena de caballos y mulas, y la cubierta atestada con los botes llenos de agua para los animales, con las dos lanchas Tornicroft y con el equipaje y las personas de los pasajeros de segunda...

     Íbamos saliendo lentamente de la dársena, en medio de la animación un tanto melancólica de la partida; en el pontón La Paz, escuela de grumetes, la banda de música tocaba una marcha militar; cuando pasamos todo anunciaba un felicísimo primer día de viaje: pero de pronto, al virar frente al Riachuelo para tomar el canal, sentimos una sacudida, y el barco quedó inmóvil...

     -¡Hemos varado!...

     -¡No puede ser!...

     -¡Eh! será cuestión de media hora...

     Habíamos varado en pleno puerto de Buenos Aires, justamente al lado de una draga haragana, y sobre un banco de arena que, sin justificación alguna, viene formándose allí desde hace años. ¡Buen trabajo de dragaje! ¡Linda muestra de cuanto se preocupa el Gobierno de lo que a la navegación se refiere! Si en lugar del Villarino se hubiera ido sobre el banco alguno de los buques de gran porte que diariamente entran al puerto, éste hubiera quedado cerrado por algunos días. Pero los transatlánticos pasaron junto a nosotros, como una burla.

     Vano fue cuanto esfuerzo se hizo por zafar. Hasta cuatro remolcadores tiraron del Villarino, tendiendo los cabos como cuerdas de violín, resoplando jadeantes sus calderas, sin que el casco se moviese en el lecho de limo en que estaba empotrado, como en un perol de cola de carpintero.

     Sonó la campana que llamaba a almorzar, cuando ya los remolcadores hablan renunciado a la empresa de sacarnos del atolladero, y la gente se agolpó al comedor. No se cabía, y hubo que comer por tandas. Formáronse dos mesas, y ninguna de ambas brilló por su alegría: la emoción de la partida, desmesuradamente prolongada por aquel tropiezo, dejaba a todos mustios y desganados. Estábamos y no estábamos en viaje, habíamos y no habíamos salido de Buenos Aires, porque ni era posible volver a tierra, ni dependía de nuestra voluntad seguir marchando.

     En todo aquel día mortal, tiempo sobrado tuve de examinar a mis compañeros de viaje.

     Con el Dr. Moreno iban el coronel Rosario Suárez, un viejo militar, que hizo con singular valor la guerra de indios, gran baqueano de la Patagonia y el Río Negro, agregado voluntario a la expedición, a la que habrá prestado sin duda excelentes servicios (ha regresado ya) por su conocimiento del terreno, su práctica de la vida en campana y sus recursos de soldado de fronteras. Es un hombre alto, seco, ya entrado en años, afable en el trato familiar.

     Junto a este veterano, un joven capitán de artillería, el señor José Uriburu, que ya ha formado parte con éxito de otras subcomisiones de límites, oficial de escuela y excelente y discreto compañero de viaje. El señor Diego González Victorica, encargado de llevar la lancha Tornicroft núm. 1 desde el Chubut al lago Buenos Aires, y el joven Terrero, sobrino del perito, que no por ir en viaje de placer ha sido menos duro en la fatiga. Además, dos maquinistas, personal de peones avezados, los asistentes del coronel, etc., etc.

     Iba a bordo otra comisión: la del ingeniero Pastor Tapia, encargado de medir terrenos de Tierra del Fuego -tan desgraciados con sus antecesores-, compuesta por el joven Vernet Lavalle, el ayudante agrimensor señor Ambone, asistentes, peones, etc.

     Luego el capitán de fragata don Leopoldo Funes, encargado de establecer la línea telegráfica militar entre Río Deseado, San Julián, Santa Cruz, Gallegos y Punta Loyola; el nuevo subprefecto de San Juan del Salvamento (presidio militar de la Isla de los Estados), teniente de fragata Luis Demartini, con algunos marineros; el jefe del faro de Punta Laserre, señor Augusto de la Serna; el señor Venturi, enviado a Santa Cruz por el departamento de Agricultura, para practicar estudios; el Dr. Pinchetti, nombrado para la Isla de los Estados; tres caballeros franceses, M. M. Sabatier, Addé y Nesler; la señora del comandante Leroux con sus hijos, y tres hermanas de caridad en viaje a Rawson.

     Pero entre el ir y venir de tanta gente, me llamaron la atención una joven inglesa, miss Mary X., que se dirigía a Río Gallegos, y el Dr. Brodrick, su esposa y su perro, que iba a probar fortuna en Punta Arenas. Ctiriosa esta pareja: ella muy alta, vestida de azul, con gorra de marino; él pequeño, delgado, móvil, muy rubio. Tanto éstos como miss Mary no hablaban una sola palabra de castellano, y venían a América por primera vez, como se viene a una tierra de promisión.

     Si me detengo a señalarlos, es porque ellos han procurado el escaso elemento romancesco de este largo viaje, dando una prueba más de lo que es el carácter británico, y de la confianza que inspira nuestro país a las personas emprendedoras.

     Entretanto, llegó poco a poco la tarde, y continuábamos varados, consultando en vano el semáforo del Riachuelo, que se obstinaba en no anunciar el repunte del río.

     -¡Crece!

     -No, no crece todavía. Hasta la noche no hay esperanza...

     Y los pasajeros hacinados, casi sin poder moverse, bostezaban contemplando el río, hasta que la llegada de los diarios de la tarde, que nos decían en viaje, animó un poco la situación, triste y aburridora.

     Yo fui a conversar con el comandante del barco, el teniente de fragata D. Juan Murúa, que desde hace muchos años navega en los mares del sur, como que ya en 1882 tomó parte en la expedición Bove, en calidad de guardiamarina, habiéndose formado bajo las órdenes del comandante Piedrabuena, aquel infatigable y valeroso visitador de las costas patagónicas y fueguinas. Murúa me dio interesantes datos que tuve oportunidad de comprobar más tarde, y que tienen su colocación lógica en estas páginas.

     Es el comandante del Villarino un hombre joven, pero avezado a las rudas tareas del mar, enérgico y duro en el caso, como cuadra a un marino, afable y bondadoso en las circunstancias normales. No arriesga su buque en locas aventuras, y lo cuida como si fuera una persona amada. Así fue con la Usuhaia, cuyo comando tuvo antes, y en cuyo puente navegó decenas de veces por los canales fueguinos, los estrechos de Lemaire y Magallanes y las abruptas costas de la Isla de los Estados.

     Y lo acompañan hombres de provecho y de fibra: el segundo, teniente de fragata don Eduardo Méndez, de raza de marinos, siempre en su puesto; los pilotos Carbonetti y Fábregas, que andarían por el sur con los ojos cerrados; el contramaestre Bautista, piloto de la marina mercante italiana; los comisarios Martínez y García, el maquinista inglés Drummond, y los jóvenes maquinistas argentinos educados en los grandes talleres mecánicos ingleses, Martínez, Pereyra y Maguí, a quienes no señalo por el solo gusto de hacer enumeración, sino porque son positivamente meritorios, como lo dirán cuantos los hayan visto en el desempeño de sus funciones.

     La dotación de oficiales del Villarino queda completa con el Dr. Elíseo Luque, médico de a bordo, y el farmacéutico Lagos, ambos argentinos, y excelentes compañeros, prontos a acudir donde sus auxilios fueran necesarios. El Dr. Luque, en su continuo trato con los pasajeros, y por su carácter suave e igual, se captó las simpatías de todos desde el primer momento.

     A éstos y a los demás huéspedes del transporte, conocí de vista aquella interminable tarde; luego vino la familiaridad de a bordo, que nos dio lugar de conocernos más a fondo, y me permite hacer ahora estos apuntes, no tan triviales como podría parecer.

     En efecto, el Villarino conducía a su bordo comisionados científicos, ocupados de la demarcación de límites con Chile, al encargado de resolver el problema de la comunicación telegráfica con el extremo sur de la República, una comisión de mensura de los terrenos de la Tierra del Fuego, pioneers y nuevos pobladores para las costas patagónicas, toda gente útil que, ya enviada por el Gobierno, ya lanzándose a buscar mayor campo de acción a su actividad, contribuyen en este momento a dar impulso a esas tierras, que poco a poco van saliendo del misterio en que las envolvía maliciosamente la especulación, y mostrando que ellas también son productivas y generosas con los que las trabajan...

     Cuando cerró completamente la noche, después de comer, el transporte pudo zafar del banco en que había varado, y salir al canal, arrastrado por un remolcador. La noche estaba tranquila, tibia y muy obscura; las aguas del río, casi inmóviles, parecían do tinta, y a lo lejos, al este, en la rada exterior, al ras del horizonte, titilaban como estrellas las luces de los buques anclados presentando la proa a la marea.

     Marchábamos hacia uno de esos barcos, el Santa Cruz, del que teníamos que recoger el piloto Fábregas. Pero ¿dónde estaba el Santa Cruz? Lo anduvimos buscando largo rato, de aquí para allá, como si jugáramos a las esquinitas, y naturalmente, sin dar con él. Por fin, el comandante resolvió fondear hasta la madrugada, como se hizo, y los pasajeros se lanzaron en procura de sus camas.

     Pobres camas las de muchos, que tuvieron que dormir sobre y bajo la mesa del comedor, en un ambiente que podía cortarse con cuchillo; hubo un desbande hacia la cubierta, ya ocupada por varios, y envueltos en ponchos y mantas, sin almohada, durmieron al sereno unos veinte pasajeros de primera; los de segunda llenaban la proa, en un tendal que no permitía mover el pie sin riesgo de aplastar a alguno. El hacinamiento de gente hacía insoportable la permanencia abajo, aunque no hiciera mucho calor.

     Allá al oeste, en la noche obscura, Buenos Aires nos aparecía como una línea recta de luces brillantes, que rielaban en las aguas; nada más -el resto estaba sumergido en la sombra.

     ...Cuando desperté sobre cubierta, con la ropa humedecida por el rocío, amanecía ya, el transporte se ponía en marcha, y la ciudad se esfumaba entre la niebla matutina, mientras que al este se abría un horizonte inmenso de agua cenicienta en que a trechos se reflejaban las pinceladas rojizas de las nubes, las manchas de azul, claro del cielo, y uno que otro caprichoso toque blanco, anaranjado o violeta.

     El río estaba en calma, rizado apenas, y deslizándose por su superficie el Villarino nos alejaba de la capital, de la que quedábamos incomunicados desde aquel momento...

     Nos detuvimos frente al Santa Cruz, que desprendió un bote llevando al piloto Fábregas, y apenas estuvo a bordo, el gallardo transporte echó a andar con una velocidad de diez millas por hora. La alegría renació; terminaba la espera larga y melancólica, más angustiosa que la partida misma. Pero no podíamos revolvernos a bordo, y andábamos dándonos involuntarios empellones unos a otros.

     -¡Oh!, ¡ya terminará esto! -afirmaba uno.

     -¿Cuándo? ¿En el Chubut?

     -No, mucho antes; apenas entremos en el mar. Verá usted qué holgados quedamos, gracias al mareo...

     Y así sucedió, en efecto, en cuanto la proa del Villarino comenzó aquella tarde a cortar las aguas del Atlántico.

 

- II -
Alta mar

     Pedro Sarmiento de Gamboa, el intrépido navegante español que en 1579 visitó el estrecho de Magallanes, y que legó su nombre a una de las montañas más altas de la Tierra del Fuego -el monte Sarmiento, casi continuamente envuelto en pesadas nubes- decía en la Relación de su viaje, refiriéndose a los temibles mares del sur:

     «Y todo se excusara si los que por aquí antes pasaron hubieran sido deligentes en hacer derroteros y avisar con buenas figuras y descripciones ciertas, porque las que hicieron que hasta agora hay y andan vulgarmente, son perjudiciales, dañosas, que harán peligrar a mil Armadas si se rigen por ellas, y harán desconfiar a los muy animosos y constantes Descubridores, no procurando hacer otra diligencia».

     De entonces acá las cosas han variado mucho, los viajes de estudio se han sucedido casi sin interrupción, se han llevado a cabo grandes exploraciones, y los relevamientos de la Beagle y la Romanche y el derrotero de Fitz-Roy, permiten a los navegantes recorrer la costa patagónica, cruzar el estrecho de Magallanes y avanzar hacia el sur con toda la seguridad posible en mares libres que, desde el polo, van a tropezar allí con los primeros obstáculos, con la primera valla opuesta a su empuje formidable.

     Las cartas del Almirantazgo, acopio de los datos obtenidos en siglos enteros de navegación, olvidan todavía algún islote, alguna bahía, algún escollo, algún relieve de la costa; pero son, sin embargo, de mucha exactitud, y guían con seguridad al buen marino. Mas no por eso dejan de ocurrir naufragios, que muchas veces -como se verá más tarde- obedecen a diversas causas ya impericia, ya negocio -que podrían ser evitadas, como se verá también que la tremenda fama que rodea, por ejemplo a la inhospitalaria Isla de los Estados, es algo teatral y ficticia, en cuanto a los barcos de vapor se refiero, aunque aquel peñón sea realmente una amenaza terrible para los buques de vela.

     Por el estrecho de Magallanes pasan al año cientos de buques de gran porte, y los siniestros son relativamente escasos gracias al mayor conocimiento de aquellos parajes, sus abrigos etc.; se ha realizado ya, en efecto, el deseo de Sarmiento de Gamboa, no por parte de los españoles, ni de los habitantes de la América del Sur, sino, sobre todo, por ingleses y franceses que han dejado su indeleble huella en las costas patagónicas y fueguinas.

     Tanto es así, que, recorriendo rápidamente el mapa, me encuentro con los siguientes nombres geográficos: Adam, Albermaile, Aymond, Back, Barnewelt, Barren, Beagle, Beauchène, Beaver, Berkley, Bird, Bleaker, Blosom, Brisbane, Bougainville, Bull, Buygle, Byron, Calinford, Camerons, Charmate, Choiseul, Colnet, Cook, Cooper, Coy Inlet, Croosley, Dampier, Deceit, Dotiglas, Driftwood, Dungeness, Edgar, Spinozza, Fairweather, Falkland, Fallows, Fur, Fitz-Roy, Flinders, Fourneaux, Foul, Fox, Franklin, Gay, Grey, Hall, Harriet, Hatily, Herschel, Ilidden, Hope, Katterfeld, Kendall, Lively, Madryn, Meredick, Middle, Moody, Murphy, Murray, Musters, Nassau, Oglander, Oxford, Parry, Pebble, Pembroke, Picton, Pleasant, Purvis, Spencer, Tomasin, Vancouver, Watchman, Webster, Weddel, Winter, Wollaston... todos de más o menos difícil pronunciación para lengua y labios latinos.

     Algunos de estos puntos habían sido bautizados ya por los españoles; pero rebautizados por los ingleses, su segundo nombre ha prevalecido al fin, por ser el que figura en las cartas del Almirantazgo, de tal modo que en un país de habla española, la nomenclatura geográfica es casi exclusivamente inglesa, aunque no sean los ingleses los primeros que han descubierto y descripto muchos de esos parajes. Esta cuestión, nimia al parecer, preocupará sin duda más tarde a nuestros geógrafos, pues si bien es cierto que los descubridores tienen derecho de bautismo de las tierras que exploran, esa abundancia de nombres exóticos no dejará de presentar dificultades cuando la población aumente, porque los corromperá, como ha ocurrido con Camerons Bay, que hoy se llama bahía Camarones, y con tantos otros.

     Pero con esos u otros nombres, el extremo sur de la República va progresando con mayor rapidez de lo que generalmente se cree; sus campos se pueblan de ovejas llevadas de las Malvinas, en sus puertos se levantan edificios que muchas veces no bastan al número de sus habitantes, las estancias avanzan su conquista hacia el interior, nacen algunas industrias, resuenan en sus bosques los golpes del hacha y los chirridos de la sierra, navegan en sus aguas numerosos barcos de poco tonelaje, los vapores de la P. S. N. C. y del Kosmos, etcétera, pasan casi diariamente a lo largo de sus costas, y si un gobierno progresista y bien inspirado se propusiera darles nuevo impulso, veríamos en pocos años surgir en aquellas comarcas aún solitarias otro emporio de civilización, cuna de una de esas razas fuertes y dominadoras de las zonas frías...

     Y este transporte en que vamos navegando ya en pleno Atlántico, es el símbolo de lo que el Gobierno se ha limitado a hacer por la Patagonia, creyéndolo suficiente, y aun demasiado, cuando no basta para las necesidades de hoy, y no acusa la más vaga visión del porvenir. Aquí vamos, rolando y cabeceando a merced de la ola mansa, amontonados, casi estibados, los pasajeros que no cabríamos con comodidad en un vapor de doble tamaño. Además, las bodegas del Villarino, aproado por el enorme peso, van atestadas de carbón, porque como en el sur no hay depósitos argentinos sino de aparato (de Chile los hay en Punta Arenas, Coronel, etc.), está obligado a llevar combustible para la ida y la vuelta, y la carga particular se queda en la dársena, pese a las protestas y lamentos de hacendados y comerciantes del sur... ¡Y dicen que esta línea de transportes que hace un viaje al mes, tiene por objeto fomentar el desarrollo de aquellas regiones!

     Hay que oír a los mismos que vienen a bordo. El Villarino sólo ha dispuesto de una capacidad de trescientas toneladas para carga. La mayor parte de las mercaderías que se esperan ansiosamente en Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, no ha podido ser embarcada. Los frutos del país que aguardan allá quien los lleve al mercado, quedarán en los puertos otro y otro mes, porque lo mismo ocurre en todos los viajes, especialmente durante el verano, y el 1.º de mayo no puede hacer mucho más que el Villarino.

     -Ya verá usted en cada puerto, los bultos tirados en la playa, a la intemperie. Ya oirá usted los ruegos y las lamentaciones de los comerciantes. Ya se convencerá con la evidencia de que el Gobierno, con tanto aparato, no hace nada por nosotros.

     -Nada es mucho decir -repliqué-. Los transportes llevan y traen algo, al fin y al cabo.

     -Sí, traen y llevan esperanzas, que así como nacen mueren -contestó el comerciante con quien hablaba-. ¿Qué hacemos con mandar a Buenos Aires una pequeña parte de nuestros productos y con traer al sur unos pocos cajones de mercaderías? Vegetar esperando tiempos mejores, o dar extemporáneo impulso a nuestros negocios y correr a la ruina... Gracias a que Punta Arenas...

     -¿Punta Arenas se está haciendo mercado?

     -Ya lo es, señor, y de gran socorro para la gente del sur... Algunas de sus casas de comercio tienen sucursales en Río Gallegos, en Santa Cruz, y si usted observa, verá hasta en Madryn artículos procedentes de ese puerto chileno, que van desalojando a los argentinos.

     La observación es exacta. Chile, más hábil que nosotros, ha dado tanta franquicia a la colonia de Magallanes, que su preponderancia sobre todas las poblaciones patagónicas y fueguinas es innegable. Además, sólo allí hacen escala los vapores del Pacífico y del Kosmos, lo que le procura nuevos y poderosos elementos de progreso, Buques pequeños de cabotaje, algo piratas, algo contrabandistas, se lanzan desde allí, unas veces a la pesca del lobo de dos pelos, otras al salvataje de los buques náufragos, y otras por fin, a vender mercaderías en los puertos argentinos, y fletarse en ellos para conducirlos frutos del país, ya a Buenos Aires, ya al mismo Punta Arenas.

     Esto no puede contrarrestarse con transportes que llevan muy poca carga, que hacen viajes larguísimos, y que no tocan en todos los puntos en que se les necesita. Así, por ejemplo, el itinerario del Villarino, a la ida, era: Puerto Madryn, Santa Cruz, Gallegos, Punta Arenas, Usuhaia, Lapataia e Isla de los Estados, dejando en blanco a Camarones, Deseado, San Julián, y toda la costa este de Tierra del Fuego. En San Julián tocan muy rara vez, y si el Villarino lo ha visitado al regreso, es porque tenía que desembarcar postes para la línea telegráfica militar.

     Sería menester, si realmente se desea fomentar el sur de la República, o bien aumentar el número y la capacidad de los transportes nacionales, lo que produciría gastos enormes al Gobierno, o bien subvencionar una línea de vapores, interviniendo en sus tarifas de carga y pasajeros. Ya se han hecho propuestas en este último sentido, algunas bastantes convenientes según se me dice, y velando por los intereses comunes se podría licitar la concesión, para darla a la empresa que, ofreciendo más ventajas, se contentara con menos.

     Los vapores particulares se cuidarían mucho de no dejar cargas abandonadas en los puertos y de procurar ciertas comodidades a los pasajeros; sobre todo acondicionarían mejor lo que llevaran, los comerciantes podrían asegurar sus mercaderías, y la frecuencia de sus viajes estaría en razón directa con las necesidades de la población.

     Por ahora, y tal como están las cosas, el servicio de la navegación del sur es insuficiente y hasta irritante, como que no es para todos por igual, y da margen a preferencias y favoritismos que siembran el descontento en cada escala que los buques hacen, aunque sus capitanes se esfuercen por satisfacer al mayor número.

     Del Chubut, por ejemplo, poco se envía por los transportes. Una tarde, un oficial de marina hablaba de ello con un comerciante de aquel territorio, muy cerca de un caballero inglés, absorto en la lectura de su diario, y decía no sin cierta acrimonia:

     -Yo no sé por qué estos ingleses no quieren cargar en los transportes. Ahí tienen una cantidad de lana y no la mandan. Eso es sólo una demostración de animosidad...

     El inglés que leía el diario, y que parecía no escuchar la conversación, alzó la cabeza y dijo lentamente:

     -¿Mi permite, sin-nior? Nou hay animousidad. Pero nosoutres no quiere que lana vaya sucio a Buenos Aires...

     Muchas veces ha sucedido, en efecto, que los transportes han cargado lana y cereales en las mismas bodegas en que llevaban a Buenos Aires madera fresca y húmeda, que ensuciaba las bolsas, hacía arder esos productos y deterioraba, en suma, los cargamentos. Los productores prefieren entonces servirse de los buques de vela, pues aunque el viaje sea más largo, tienen la seguridad de que no perderán el fruto de su trabajo.

     No basta con que las tarifas sean reducidas, es necesario también que el servicio se haga como si fueran altas; de otro modo, la protección que el Gobierno preste a las avanzadas del sur, será sólo de aparato, y la desdeñarán cuantos vean sus efectos contraproducentes, como está sucediendo ahora.

     El comandante Murúa comprende estas necesidades, pero no tiene en su mano el remedio, ni lo está en la del Gobierno mismo, si no aumenta el número de los transportes, en lugar de disminuirlo como lo acaba de hacer quitando el Santa Cruz de esta carrera, para mandarlo a Europa, aunque ese transporte fuera, por su capacidad, el más adecuado para traer y llevar cargas del sur. Pero ahí está el Tiempo, buque de cuatro mil toneladas, que puede ponerse en estado de hacer esta navegación, y que urge dedicar a ella en reemplazo del Santa Cruz, si no se quiere ver perdida toda la enorme cantidad de carga tirada hoy a lo largo de la costa patagónica...

     ...Seguían, entretanto, los días hermosos, y el mar se mostraba con nosotros de ura benignidad cariñosa. El Villarino, que rola y cabecea a la primera agitación, se mecía blandamente sobre las aguas verdosas, que por la tarde tomaban reflejos de acero. Ni un buque a la vista; nada más que la inmensidad del horizonte, que nos rodeaba como un circulo cuyo centro fuera el barco. De vez en cuando avistábamos tierra, ya las altas balizas del puerto de la Plata, ya la costa arbolada de la Magdalena -el 13 por la tarde, el faro flotante de Punta de Indio, y la costa a lo lejos, al oeste-, ya la Punta Médanos.

     Pasábamos el día entero sobre cubierta, conversando, leyendo, tomando mate y fumando cigarro tras cigarro para pasar el tiempo. Un enervamiento cada vez más pronunciado invadía a todos, especialmente a ciertas horas, cuando el sol cala a plomo sobre la tolda y la brisa calmaba hasta el punto de no hinchar las mangueras de ventilación.

     No faltaba lo que nunca falta a bordo: las quejas de los pasajeros por la comida. Pero esta vez no sin fundamento, porque la grasa patria, los huevos asentados y los guisos imposibles hacían estragos en los estómagos más fuertes. Hasta el asado solía oler a sebo rancio, y los dulces de la intendencia sabían a jabón. Y eso que en este viaje, y con autorización de la superioridad, había un suplemento de cincuenta centavos diarios por pasajero. ¡Qué sería antes!...

     Mi buena suerte quiso que el comandante Murúa me invitara a ser comensal de su mesa, a la que se sentaban el Dr. Moreno, el coronel Suárez, el comandante Funes, el doctor Luque, y en la que brillaron las sopas instantáneas Maggi que llevara el perito argentino para su expedición, el caldo concentrado, y sobre todo esa preciosa salsa, ese condimento impagable y no accesible a todos, que se llama buen humor. En la pequeña cámara, en que el principal asunto de conversación era el territorio que íbamos a recorrer en distintas direcciones, no faltaba tampoco la nota amena, como la frase admirable del coronel Suárez, a quien uno de nosotros preguntó, cuando volvía de proa:

     -¿Y usted no se marea, coronel?

     -¡Qué me he de marear, amigo, en viendo carne colgada! -exclamó el viejo militar, que acababa de examinar los cuartos de vaca pendientes en las jarcias de trinquete.

     Al pasar por Monte Hermoso, alguien me hizo observar que no se veía luz. Ese faro no funciona, en efecto, por consejo del inspector de faros, y a pesar de que el gasto fuera insignificante: un hombre con cuarenta pesos de sueldo, y un litro de aceite diario. El telégrafo que lo ponía en comunicación con Bahía Blanca está suspendido también.

 

- III -
Toninas y medusas

     El 16 de febrero a primera hora, entramos en Golfo Nuevo, después de tres días de navegación feliz. Bahía Nueva lo llamaba Fitz Roy, y parece un Limenso lago circular, rodeado de altas colinas de piedra. En sus aguas mansas vagan las medusas, como grandes y móviles flores acuáticas diversamente coloreadas por la luz, ya, con sus filamentos semejando raíces, hacia el fondo del mar, ya hacia la superficie, cual si fueran los tallos de una planta brotada en extraña maceta.

     Aquella tarde sobre todo rodeaban a millares el casco del Villarino, y se las veía hasta una profundidad de varios metros, gracias a la limpidez del agua. Algo atraía indudablemente a aquellos cuerpos gelatinosos, que fuera de su elemento se deshacen y derriten, casi sin dejar rastro, y que fluctúan en él, cambian de forma y viven con una vida semi-vegetal, como hongos dotados de movimiento.

     El día antes habíamos visto las primeras toninas.

     Vinieron de lejos, sobre las olas, a correr carreras con el Villarino, y a juguetear en torno de él. Unas hendían el mar delante de la proa, como si arrastraran el barco; otras se entregaban a un extraordinario steeple-chiase, corriendo en filas de a tres, de a cuatro en fondo, con las aletas y parte del lomo fuera del agua, y saltando de cresta en cresta, como acróbatas de extraordinaria elasticidad. No se fatigaban. De pronto, aburridas, forzaban la marcha, y no tardaban en desaparecer a lo lejos, en la misma dirección del buque. A veces se entretenían en dar la vuelta alrededor, para ocupar de nuevo su lugar a proa, entre la espuma de la rompiente.

     Esas toninas, que el Dr. Vinciguerra, de la expedición Bove, señaló como Delphino Civilitatus, es la tursio obs., blanca y negra, que describió el Dr. Moreno en su «Viaje a la Patagonia Austral», y que son más grandes que las comunes.

     ¿Qué buscan esos curiosos animales? Los desperdicios del barco no ha de ser, pues basta que se arroje al agua un objeto cualquiera -según me dicen- para que huyan despavoridos. Yo no quise hacer el experimento por no verme privado de tan alegres compañeros de viaje, pero algo exagerada debe ser la afirmación, porque algunos pasajeros les hicieron tiros de fusil, sin que se dieran por aludidos. Verdad es también que nadie pudo jurar que hubiera dado en el blanco.

     Acompañados, pues, por las toninas primero, y por las lentas medusas más tarde, fuimos a anclar en el fondo de Golfo Nuevo, en el Puerto Madryn, cabecera del ferrocarril del Chubut y puerto principal del territorio, que presentaba a nuestra vista un aspecto desolado, con sus altos médanos apenas cubiertos aquí y allá por una vegetación achaparrada y pobre, con su puñado de casas diseminadas en la playa, como simples avanzadas de las otras poblaciones del interior.

     Desembarcamos por el muelle del ferrocarril, en que había un solo vagón de pasajeros, y que se utiliza para la carga y descarga de mercaderías. La vía, que arranca de allí, va trazando una curva hasta la estación situad a la izquierda, al pie de las colinas arenosas que cierran el horizonte, y en torno de la cual se ha formado un pueblito con las casillas de los empleados de la empresa.

     En la misma playa, casi al alcance de las olas, se levanta la subprefectura, viejo armatoste de madera que se mueve como un barco a cada golpe de viento, Y por cuyas rendijas sopla y silba el aire, que hace redoblar el hierro de canaleta del techo.

     Más lejos, a la derecha, se ve el único edificio de material, del señor Pedro Derbes, progresista vecino que se propone ahora construir un hotel, o por lo menos una casa que dé abrigo a los pasajeros que aguardan -a veces varios días- el tren que ha de conducirlos al interior. Para ello ha tenido que hacer no pocos esfuerzos: procurarse agua dulce para el barro, improvisar el horno y vencer dificultades de todo género. Pero ya se alza su cómoda casa sobre un montículo, cerca de la ola, y alrededor de ella están las pilas del excelente ladrillo que ha de servirle para construir su hotel.

     En la pared de la subprefectura y bajo el alero, como tina prohibición y una amenaza, brilla una gran chapa de bronce en la que se lee grabado el siguiente:

AVISO

DE AQUÍ HASTA CHUBUT HAY 51 MILLAS SIN AGUA.

D'ICI JUSQU'À LA COLONIE CHUBUT IL Y A 51 MILLES SANS EAU.

THE DISTANCE FROM HERE TO THE CHUBUT'S COLONY IS 51 MILES WITHOUT WATER.

VON HIER BIS ZUR KOLONIE CHUBUT SIND 51 MEILEN OHNE WASSER.

DA CUI ALLA COLONIA CHUBUT VI SONO 51 MIGLIE SENZA ACQUA.

D'AQI HATE A COLONIA CHUBUT HA 51 MILHAS SEIN AGUA.

     Y esta frase, que no invita ni mucho menos a internarse en aquellas regiones, está repetida en todos esos idiomas, para que nadie ignore la larga travesía que tendría que hacer en medio del mayor desamparo. Pero lo más curioso del caso es que el letrero estaba antes mucho más lejos, millas y millas más al este, repitiéndose así el hecho aquel de la piedra que señalaba la altura de las aguas en una inundación, y colocada luego más arriba porque la apedreaban los muchachos.

     ¡Agua! No la hay tampoco en Puerto Madryn, si no es la que se recoge de las escasas lluvias, y la que lleva el tren, desde Trelew, a diez pesos moneda nacional la tonelada.

     Pero el tren no va al puerto sino cada quince o veinte días, y hay que economizar el agua como si fuera oro en pano. Y aun así, los vecinos de la playa dependen de la buena voluntad de los señores del ferrocarril Central del Chubut, que tal es su nombre, y muchas veces tienen que ponerse a ración para no quedarse sin tener qué beber.

     -¡Señor! -me decía con bastante gracia un vecino de aquella estéril playa-, si cuando el agua se va acabando, uno tiene que ir al teléfono de la compañía y preguntar a Trelew, cómo ha de manejarse en la cocina. Y por las mañanas, el cocinero viene a pedir órdenes:

     -¿Puedo hacer café?

     -No.

     -Y puchero, ¿se hace?

     -No. Haga asado no más.

     ...«Nuestra vida es así, y a cada instante vamos a hacer una visita a los barriles, para cerciorarnos de si disminuye el nivel».

     No extrañará, pues, un curioso edicto de la subprefectura, curioso por el fondo y por la forma, que dice como sigue:

SUBPREFECTURA DE PUERTO MADRYN.

     En atención a las razones que expone el vecino de esta localidad señor Pedro Derbes ante esta subprefectura a falta de otra autoridad, se avisa al público:

     Queda terminantemente prohibido arrojar basuras de ninguna clase, tachos, aguas sucias ni objeto alguno en la laguna que dicho señor Derbes posee a los fondos de las casas de la Compañía del ferrocarril Central del Chubut.

     A cualquiera que contraviniere esta disposición se le obligará a extraer lo que hubiese arrojado, y se le pedirán daños y perjuicios, a más de las acciones criminales a que se hiciese acreedor por la descomposición de un artículo de primera necesidad, cual es el agua, que pudiera ocasionar en perjuicio de la salud del público.

     Puerto Madryn, Enero 22 de 1898.

EL SUBPREFECTO.

          Este extraño documento era digno de transcribirse, como muestra de literatura oficial, como prueba de que el agua se estima en Madryn al par del vino o más, y como manifestación clara de que también en la Patagonia hay mal intencionados.

     La laguna a que el documento se refiere, y que el señor Derbes ha puesto en buenas condiciones, pertenece al ferrocarril, que la arrienda, y se forma con el agua de las lluvias, en una hondonada natural. Pero con los grandes calores se seca por la evaporación, y por la porosidad del suelo que sería necesario revestir de material duro e impermeable. Si eso se hiciera, Madryn contaría con un precioso suplemento de agua dulce, y no tendría que depender tan en absoluto del ferrocarril, que a menudo no la lleva sino cuando es necesaria en la aldea de sus empleados.

     Sin embargo, mucha culpa tienen los habitantes de la escasez que sufren, pues me consta que hasta en los médanos hay agua, aunque algo salobre, buena y abundante, que para ofrecerse al sediento sólo exige un poco de trabajo, rudo pero premiado siempre.

     El mismo señor Derbes ha hecho en ellos un jagüel que da de beber a quinientas vacas. En noviembre y diciembre del año pasado, cuando la escuadra de maniobras estacionó en Madryn, en el mismo jagüel se abrevaron seiscientos animales destinados al aprovisionamiento de los buques.

     El químico señor Puiggari ha analizado esas aguas, declarándolas aptas para la alimentación, pero parece que este examen no ha sido todo lo minucioso que fuera de desear. Sin embargo, el uso ha demostrado que están lejos de ser nocivas.

     Las vertientes de los pozos que allí se excavan, se hallan por regla general a una profundidad de treinta y cinco metros, y suelen dar hasta once metros de agua, según Derbes me ha asegurado.

     Poco costaría, pues, a los particulares procurarse un elemento de tan imprescindible necesidad, y el mismo Gobierno nacional debería preocuparse de ensayar los pozos semi-surgentes, aunque sólo fuera para dar aguada a sus buques, considerando que Golfo Nuevo es un puerto militar natural, de fácil defensa, muy resguardado, y en una posición estratégica excelente e indiscutiblemente mejor que la de Puerto Belgrano, que está a más de cincuenta millas de la verdadera costa del Atlántico, mientras que el golfo, cerrado como un inmenso lago, sin más que una pequeña entrada frente a la Punta de las Ninfas, es un verdadero centinela avanzado sobre el Atlántico del Sur.

     Allí la escuadra tiene seguros fondeaderos y abastecimientos abundantes: puede defenderse y hasta clausurarse sin gran esfuerzo, como también vigilar el mar en una zona inmensa, y reparar averías en plena seguridad, en aguas tan tranquilas, que son el nido plácido de las medusas.

     Alrededor del golfo existen hoy 35.000 ovejas de la cría Lincoln de Malvinas y 12.000 vacas, y de 1500 a 2000 cabezas de ganado yeguarizo. Abunda la pesca, no faltan ni guanacos ni avestruces, mucho más comestibles que el durísimo ñandú de la provincia de Buenos Aires. Aunque de tan desolado aspecto, aquellas tierras tienen mata negra, que comen, cuando tierna, los animales, la jarilla (larrea divaricata), el piquillín (condolia microphylla), el algarrobo (prosopis), el incienso o molle morado, el jume y el quebrachillo.

     Madryn no es el único puerto que se utilice hoy en Golfo Nuevo: tiene también el de Pirámides, con agua abundante y buena, y el de Crackes-Bay (ambos visitados por mí más tarde), donde está el gran galpón de la pesquería de Eyroa y Compañía y existe un pozo hecho por don Pedro Derbes.

     Ese establecimiento de pesca ha fracasado, según parece, a pesar de que abunden en el golfo excelentes clases de pescado, sin duda porque éstos no han sido preparados según las reglas del arte, encontrando por esa causa reacio primero y esquivo después, el poco fácil mercado de Buenos Aires. Cuando pasamos por Crackes-Bay -donde fondeamos toda una noche, porque el océano embravecido no estaba para bromas- la fábrica se hallaba silenciosa y muerta, sin más habitantes que los dos hombres encargados de cuidar que no se derrumbe. ¿Volverá a funcionar? ¡Quién sabe! Pero es extraño que estas industrias desaparezcan, cuando se creerían llamadas a un éxito semejante al de las similares que existen y se desarrollan en Europa y hasta en nuestro mismo país. ¿Qué cosa fundamental, o qué detalles faltan? ¿El capital, la perseverancia, la idoneidad, o simplemente el contentarse con poco en un principio?... De todo hay sin duda, y lo habrá por muchos años, hasta que la escasez de medios más fáciles de ganarse el sustento y hacer fortuna, haga dar a esos, hoy desdeñados, todo el valor que realmente tienen: no se abandonará entonces la tarea al primer fracaso, sino que se buscarán perfeccionamientos, se estudiará, se trabajará con ahínco y se triunfará por fin.

     Madryn, entretanto, no prosperará en mucho tiempo, por lo estéril de su suelo, la escasez de agua y el acaparamiento que de la tierra hace la empresa del Ferrocarril Central del Chubut, ya sea en previsión de ensanches futuros de sus dependencias, ya con miras especulativas. Ese ensanche se hará, en efecto, imprescindible, por poco que se desarrolle la colonia galense, pues faltan depósitos para frutos del país y mercaderías generales; el muelle sólo puede considerarse como un simple proyecto, y lo demás está en relación. En cuanto a la valorización de la tierra en la playa, no puede dudarse de que vendrá. Hoy por hoy un vecino me informa que la Compañía Mercantil de Chubut, dueña o copropietaria de la línea férrea, no ha querido vender ni a una libra esterlina la vara cuadrada, que ya es precio respetable en aquellas regiones. Las casas establecidas en la ribera, ocupan el terreno reservado por el Gobierno nacional, como fiscal, en todas las costas.

     Pero la Compañía no tiene inconveniente en vender lotes de diez por quince varas a $ 100 cada uno, más allá de los 300 metros de ribera que se ha reservado, por uno u otro motivo.

     El ferrocarril, que se estableció en época en que ni Madryn ni el Chubut entero valían nada, obtuvo en concesión una legua a cada lado de la vía; pero hay que tener en cuenta que la mayor parte de su recorrido cruza el desierto sin agua anunciado por la inscripción dantesca de la chapa de bronce, y que la tierra vale necesariamente poco por allí. En cambio, tenía algunas obligaciones, entre ellas, según creo, la de hacer varios viajes por semana -uno o dos- y seguramente la de dar al Gobierno, o a su delegado la Dirección general de Ferrocarriles, intervención en sus tarifas.

     No sé hasta qué punto se cumple con esas condiciones; pero me consta que la llegada de un tren a Madryn es un verdadero acontecimiento que se apunta en el calendario, y en cuanto a la tarifa, sé que desde Trelew a dicho puerto, o sea 70 kilómetros de recorrido, la empresa cobra $ 11,50 por tonelada a todos los vecinos que no pertenezcan a la Compañía Mercantil del Chubut, cuyos miembros pagan sólo $ 9 por el mismo peso e igual trayecto.

     Hay que observar que el flete desde Madryn hasta el puerto de Buenos Aires, es de $ 8 la tonelada, y sacar las conclusiones a que esto invita, cuando entre ambos trayectos media una diferencia de mucho más de 1000 kilómetros...

     El movimiento de Puerto Madryn es tan escaso, que desde noviembre de 1897 a marzo de 1898 sólo entró en él un buque de ultramar, la Annie Morgan, con cargamento general para la colonia; regresó a Inglaterra cargada de ese trigo del Chubut, que tiene fama de ser de lo mejor que produce nuestro país.

     El que va a Buenos Aires, ya lo he dicho, se embarca generalmente en pequeñas goletas, y rara vez en los transportes nacionales...

     Todo aquel día anduve en procura de informes y con grandes deseos de ir a Hawson, para darme exacta cuenta de su importancia. El comisario Martínez se disponía a acompañarme, porque el Villarino iba a retardarse un poco para hacer carne fresca, pero tuvimos que renunciar, pues el tren no apareció.

     -Así hubiera llegado algún buque inglés en lugar del transporte... ¡Ya estaría acá! -nos dijo un vecino.

     Entretanto, paseábamos por aquel esbozo de pueblo, si pasear puede llamarse al hecho de andar de un lado a otro azotados por el viento furioso, cargado de arena y hasta de piedrecitas, que nos cegaba y nos golpeaba el rostro.

     Ya desde Madryn comienza a notarse esa característica del clima patagónico.

     Diríase que un genio celoso, el mismo que ha trabajado tanto para que no se poblaran aquellas regiones, quiere castigar todavía a los que en ellas ponen el pie, y se entretiene en molestarlos y burlarlos. Pero ha perdido la ocasión: ya se ha descorrido el velo que nos ocultaba la Patagonia, y nada podrá detener ahora su rápida población y su progreso continuo.

     Sin embargo, los vendavales que soplan suelen hacer volar los techos de las casillas, por más que éstas se construyan tratando de dar el menor asidero posible a las rabiosas rachas que corren desde los Andes tratando de arrasarlo todo. Hace poco volaron así varias chapas del techo de la Subprefectura, edificio que, por otra parte, exige una seria reparación, o mejor dicho, una reconstrucción completa.

     El subprefecto, capitán de fragata don Francisco de la Cruz, me hizo visitar las oficinas y sus dependencias, cuyas paredes ha tenido que remendar con tablas de cajones viejos, por carecer completamente de otro material. No hay que extrañarlo, sin embargo, porque toda la repartición se halla en un estado de desnudez muy cercano a la miseria, sin mueblaje, con un solo bote viejo, y sin esperanza de que la superioridad se acuerde de dotarla de lo indispensable. Porque pocos de los que viven en Buenos Aires recuerdan que no todas son flores para los que habitan al sur del Río Negro.

     En estas andanzas había llegado la hora de comer; no había que esperar hacerlo en tierra, y lo prudente era tomar un bote o irnos al Villarino, que se mecía gallardo en las aguas apenas rizadas por el viento, mientras que fuera del golfo la marejada levantarla sin duda verdes montañas orladas de espuma.

     En torno del barco vagaban lentas las medusas, opacas y blanquecinas a la luz del crepúsculo, como informes fantasmas. Las toninas nos aguardaban vigilantes a la salida, para acompañarnos en desenfrenada y brincadora carrera, y entretanto, la campana de a bordo repicaba su alegre llamado a la mesa. Se había acabado momentáneamente el mareo, y el comedor estaba animadísimo, aunque hubieran desembarcado muchos pasajeros, y entre ellos las tres hermanas de caridad, la directora de la escuela mixta de Hawson, etc., etc.

     El señor Diego González Victorica se hallaba aún a bordo, después de haber hecho desembarcarla lancha Tornycroft, encajonada, sus provisiones, sus víveres y el personal subalterno, compuesto de dos mecánicos y un asistente, que lo acompañarían hasta el lago Buenos Aires, donde iba a reunirse con la octava subcomisión de límites llevándole la embarcación para explorar aquel inmenso depósito de agua que Moreno describe así:

     «El lago Buenos Aires no tiene la hermosura del lago Nahuel-Huapí ni la del lago Fontana, pero es más imponente. El gran seno oriental no tiene bosques; y en las morenas apenas hay pequeños matorrales; sólo en un lago accesorio, hermosa dársena en aquel mar dulce, se distinguían siluetas de árboles. Esa dársena se encuentra dominada por elevados cerros de un macizo con nieve eterna, de cuyos ventisqueros nace el río Fénix...»

     González Victorica se proponía hacer el trayecto de Rawson al lago, por Choiquenlaue y el Senguer (180 leguas), en veinticinco días, si no sobrevenía contratiempo alguno. Pensaba llevar en carros los cajones de la lancha, si era posible, y contrataría en el Chubut la gente estrictamente necesaria. Cuando esto escribo, ya estará sin duda en las orillas de Buenos Aires, se habrá reunido con la subcomisión, y la Tornycroft navegará a razón de ocho millas por hora en aquellas aguas especulares... Tal es, por lo menos, mi deseo.

     Poco después de comer se despidió, y la mayor parte de los que quedábamos subimos a cubierta. Allí nos aguardaba un espectáculo curioso: se había bajado hasta cerca de la superficie del mar una gran pantalla con cuatro lamparitas incandescentes, y en el radio fuertemente iluminado, se movían y hormigueaban millares de peces de todos los tamaños, las formas y los colores, atraídos por la fascinación de la luz: de pronto se acentuaba su continuo movimiento, y una sombra grande pasaba, devoradora, sembrando el espanto; pero no por eso se desbandaba el cardumen, hipnotizado, atado a los brillantes rayos de las lámparas...

     Y en torno, algo más lejos, las medusas boyaban como grandes caras amarillas de ahogados.

 

- IV -
Los galenses

     De pronto, en medio del silencio de la noche, oyose un silbido agudo y prolongado: era el tren que llegaba de Trelew, a las once de la noche, aunque desde la mañana se tuviera aviso del arribo del transporte.

     Poco después estaban a bordo algunos vecinos influyentes de la capital del territorio, llevados por el propósito de conquistarse un médico...

     Habían sabido que con nosotros iba uno -mister Brodrick-, en viaje a Punta Arenas, y sin más trámite resolvieron quedarse con él, costara lo que costara: un médico es de imprescindible necesidad en aquellos parajes ya tan poblados, y hacía tiempo que los vecinos clamaban en vano por él.

     La delegación entró en conferencia con mister Brodrick, que se quedó perplejo en un principio. Era tan inesperado, tan fuera de lo ordinario lo que le ocurría, que no se animaba a resolver por sí solo. Y comenzaron las consultas a todos los amigos de a bordo, las objeciones de un lado, los consejos del otro, hasta que el médico inglés se declaró conquistado, renunció a Punta Arenas, y comenzó sus preparativos de desembarco, ayudado por la animosa Mrs. Brodick, que probablemente preferiría quedarse en nuestro país, conociendo ya el carácter de sus habitantes, que la rodearon de simpatía y atenciones a bordo del Villarino.

     Es curioso el hecho de que un hombre que después de maduro examen ha tomado una resolución y dado un rumbo a su vida, modifique sus planes y vea repentinamente abrirse nuevos caminos ante él, hallando en esta tierra ventajas tan grandes e inmediatas que quede conquistado por ella, quizás para siempre. Cierto que hay un poco de aventura en esto, pero cierto es también que la confianza que inspira nuestro progreso, invita a que se corra un albur, casi con la seguridad del éxito.

     -Yo irle quedo aquí, señor -me dijo mister Brodrick M. D.- y cuando usted vuelva, tendré, gusto en saludarlo, como a los otros compañeros de viaje, que me han hecho comprender el valor del carácter argentino. Tiene que ser buena tierra la que tiene tales habitantes.

     -¿De modo que renuncia usted decididamente a Punta Arenas? -le pregunté.

     -Decididamente, no; por ahora. Pero el ensayo me parece digno de hacerse. Si no logro una situación soportable, claro que reanudaré mi primer proyecto. Pero tengo la convicción de que no llegará el caso...

     Habíamos conquistado, sin preocuparnos de ello, un nuevo e ilustrado habitante más para la Patagonia, ese ogro devorador para los que no la conocen, esa atrayente amiga para los hombres de empresa que la han visto una vez.

     Y mientras el Dr. Brodrick se preparaba a desembarcar, haciendo a toda prisa sus maletas, tuve tiempo de completar, o mejor dicho, de aumentar mis informes acerca de la colonia galense del Chubut, interrogando a los cazadores de médicos, que se pusieron a mi disposición con toda galantería.

     El territorio del Chubut tiene, como se sabe, una extensión de 247.331 kilómetros cuadrados, y no es tan árido como se dice hasta en libros destinados a andar en manos de los niños.

     El mismo Fitz Roy habla calurosamente de sus tierras. Dice:

     «Como unas 18 millas adentro, contadas desde la boca del río, e inclusas en esta distancia las muchas tortuosidades que lleva su corriente, hay una localidad admirable para establecimiento de una colonia: los terrenos tienen de veinte a treinta pies de alto cerca de la orilla, y dominando una vista de cinco leguas hacia el norte y el oeste, e ilimitada hacia el este, todo lo que alcanza a verse del país aparece fertilísimo: el suelo es de color obscuro, cubierto de yerba y excelentes pastos en todas direcciones; multitud de ganado viene a pacer en estas llanuras. Asimismo, en su parte sur hay varias lagunas cubiertas literalmente de caza.

     »Los sauces crecen con profusión a orillas del río, y algunos llegan a adquirir tres pies de circunferencia y veinte de alto: son de la especie del sauce colorado, cuya madera es de mucha mayor duración que la del blanco... El tortuoso curso de este río y los excelentes terrenos que atraviesan sus aguas, facilita el aislamiento de ciertas penínsulas y el regadío artificial de todas ellas...

     »Si sir John hubiera examinado esta localidad, no emitiría informe tan desfavorable acerca del país en general; el autor se admira también de que no hubiese llamado la atención de los españoles, estando tan cerca su colonia de la península Valdés».

     La colonia galense, que tanto ha prosperado, parece haber tenido en cuenta las observaciones del navegante inglés, al establecerse allí en 1866, lejos de los centros poblados del país, pero animada de una voluntad y una perseverancia engendradoras de progreso y bienestar. Hoy aquellas comarcas están definitivamente pobladas, son ya notablemente productoras, tanto en cantidad como en calidad, y se convierten a su vez en centro de recursos y en núcleo de lo que dentro de algunos años será la Patagonia, que se vengará del desdén que se le ha manifestado, adelantando por su solo esfuerzo, y a despecho de las trabas que se le ponen bajo pretexto de protegerla.

     La colonia galense produce cereales de primer orden que obtienen excelentes precios en Europa, y que sirven de término de comparación en nuestro país. ¡Muchas veces he oído en Santa Fe referirse a los trigos de una y otra colonia, diciendo: «Como los del Chubut, parecidos a los del Chubut, etc...»-, que tanto es su reconocido mérito!

     Tres son los pueblos ya formados en el Chubut: Rawson, capital del territorio, con 400 habitantes, Trelew y Gayman con 200 cada uno. En el valle de la colonia se cuentan unos 1500 habitantes, y el total en el territorio alcanzará aproximadamente a 3800. Estos son en su mayoría procedentes de Gales, hombres de costumbres sencillas, trabajadores, honrados pacíficos: buen pueblo, y excelente plantel para el futuro.

     Rawson, fundado el 28 de julio de 1865, es más una población comercial y política, que un centro de sociabilidad. Abundan allí las casas de comercio, y como es el asiento de las autoridades del territorio, no faltan las oficinas públicas tampoco.

     La acción del Gobierno llega hasta tan lejos, y suele ser tan incómoda fuera de los grandes centros, que no es extraño observar en estas regiones apartadas cierto alejamiento casi hostil por parte de los pobladores y con respecto a los que los manejan, sin conocerlos muchas veces.

     Pero no es indudablemente el Chubut el territorio que más tiene que quejarse, siendo, por el contrario, uno de los más felices, lo que se deberá sin duda y en gran parte al espíritu de solidaridad que reina entre sus colonos, y a la fuerza que a. sus derechos da la ayuda mutua, ejercida allí en todos los casos. Además, creo que las autoridades nombradas por el Gobierno de la nación han sido generalmente elegidas con bastante acierto, y si no me aventuro a afirmarlo, es por natural desconfianza y por no haberlas observado en acción y sobre el terreno; porque, como dicen los jugadores, «entre amigos con ver basta»... sobre todo en esto de manejo de pueblos.

     Dentro de algunos años y dada su situación actual, las fuerzas vivas que lo rodean y que van rápidamente en aumento, no seria raro que Rawson llegara a ser un pueblo de verdadera importancia, la avanzada de la civilización hacia el sur. Tiene elemento para ello, y lo tendrá sobrado cuando el Chubut se incorpore prácticamente al país, uniéndose a él por medio de las fáciles y rápidas comunicaciones que hoy le faltan. Su aislamiento llega hasta el extremo de que, a distancia relativamente tan corta de Patagones y Viedina, no tenga un hilo telegráfico, que sólo va a poseer porque ha cuadrado la circunstancia de que ello sea necesario para la organización militar del país. De este abandono se vengan sin pensar en ello nuestros territorios, cuyos habitantes mandan sus productos allí donde se le ofrecen mayores facilidades, y permanecen ajenos a la nación. Ya veremos esto muy acentuadamente más tarde, cuando avancemos hacia el sur.

     Pero, si bien en otros territorios se nota con mayor intensidad esta especie de separación en lo que atañe a los intereses materiales, en el Chubut se la ve también de otra manera: costumbres, idioma, religión, toda aleja a sus habitantes del tipo común en nuestro país, y se diría que se ha salido de él, al entrar en la colonia. Naturalmente, estas diferencias irán disminuyendo a medida que el tiempo pase, y este elemento heterogéneo irá fundiéndose en la masa general, así como comienzan a asimilarse las diversas razas, en un principio aisladas, que forman -por ejemplo- la población de Santa Fe. Más lejano, el Chubut no ha facilitado tanto la mezcla, y su aislamiento es lo que ha mantenido la casta sin variación apreciable en estos treinta y dos años.

     Los colonos son en su totalidad protestantes, aunque de diversas comuniones, y tienen catorce templos en el territorio. Cumplen estrictamente con sus deberes religiosos, y los pastores tienen entre ellos un papel importantísimo, pues no sólo dirigen sus asuntos espirituales, sino que tienen ingerencia también en los materiales.

     Todo se resuelve allí, en efecto, por medio de meetings, trátese de lo que se trate, y en esos meetings los pastores llevan la voz cantante: los fieles votan afirmativa o negativamente, y luego se realiza lo resuelto.

     A estos meetings convoca con anticipación un periódico semanal, impreso en Trelew, escrito en galense y titulado I Drafod, que defiendo los intereses de los colones y admite colaboraciones siempre que directa o indirectamente no afecten a la empresa del ferrocarril, sagrada e impecable para él. De tales reuniones suelen surgir iniciativas de importancia, como por ejemplo, la de la adquisición de un remolcador para la navegación del río Chubut, y otras análogas.

     Pero los católicos apostólicos romanos trabajan también por su lado, para quebrar o disminuir la preponderancia de los disidentes, y en Rawson, como en Bahía Blanca, como en Patagones, han aparecido los salesianos con sus escuelas y talleres, en sus operaciones estratégicas de avance hacia el sur, en cuya dirección han llegado ya a Tierra del Fuego, en la parte argentina y en la parte chilena.

     La escuela salesiana de varones en Rawson tiene unos treinta niños, que serán la mitad de los de la población, y en una anexa, dirigida por Hermanas, se cuentan cuarenta niñas más o menos.

     Entretanto, la escuela mixta del estado tiene sólo cincuenta alumnos de ambos sexos...

     Aunque los salesianos afecten indiferencia por las cuestiones de interés general, y no sigan la costumbre democrática de los meetings, no está en su carácter hacer abandono de ellas, y su influencia moral y comercial se hace sentir allí como en todos los puntos donde se establecen. Su primer esfuerzo tiende a desprestigiar las escuelas del estado, y atraerse a los niños de la comarca, con una educación de aparato, llena de exhibiciones de habilidad en la declamación, el canto, etc., que seduce a los padres poco filósofos, deseosos del lucimiento, aunque sea superficial, de sus hijos. Luego, tras el colegio, y como por la peana se besa el santo, vienen las pequeñas industrias y los pequeños comercios que permiten a esta compañía tener estancias y aserraderos, y hasta panaderías donde quiera que establezca una sucursal.

     En fin, y como «tout chemin mene á Rome», ellos también contribuyen al progreso material del país, aunque se preocupen más del propio, y los misioneros anglicanos, tan famosos por su abnegación, no han hecho en resumen de cuentas otra cosa, desde que aparecieron por los territorios del sur, hasta hoy, en que sus misiones continúan siendo verdaderas factorías.

     Pero necesariamente surgirá de su establecimiento frente a los pastores protestantes, una lucha sorda, mas de consecuencias visibles, que ha de contribuir a ahondar las diferencias que existen entre galenses y argentinos, alejados hoy, por antipatías nacidas sin duda alguna de abusos cometidos antes por los hijos del país con la persona o los bienes de los colonos. Esta separación entre unos y otros es tan notable, que se busca el medio de corregirla, y a este fin se ha fundado últimamente un Club-Biblioteca, que -dado su objeto- no sé por qué se ha llamado «Aristóbulo del Valle». La biblioteca tiene un par de docenas de volúmenes y el club no tantos socios: pero la intención es buena, y hay que desearle el más feliz de los éxitos.

     Con la misma excelente intención, pero quizá con menos probabilidades de beneficio, los argentinos tratan, por iniciativa del juez letrado Dr. Manuel Pastor y Montes, de fundar un periódico, El Chubul, escrito más o menos en castellano, y que no dejará de echar su cuarto a espadas con I Drafod, en polémicas de esas cuya vehemencia y condimento están en razón directa con la distancia a la capital federal.

-¿Cómo haré -preguntábase el diablo un día- para sembrar la discordia en aquel pueblo tan pacífico?

     -¡Lléveles usted dos imprentas! -le contestó el más hábil de sus consejeros.

     Entretanto, en el Chubut se vive todavía en paz y gracia de Dios, hasta donde es posible esto en agrupaciones humanas, y los grandes asuntos de estado se reducen a bien poca cosa.

     Por ejemplo, con motivo de los ejercicios doctrinales de la guardia nacional, ha surgido un escrúpulo de conciencia en los viejos y religiosos galenses: los ejercicios tienen que hacerse los domingos, y éstos son días de guardar; no pueden, pues, a su juicio, permitir que sus hijos concurran a ellos, so pena de condenarse, y han hecho toda clase de esfuerzos para impedirlo. Pero los hijos son más despreocupados, y no tardarán en amoldarse, como que también para el Chubut, aunque atrase el reloj, corre el fin del siglo XIX.

     Sin embargo, esta es en la actualidad la grave cuestión que se debate en el Chubut y que acalora los ánimos de sus felices pobladores, demostrando que la política y la religión enardecen todavía hasta en los cuasi desiertos...

     Afortunadamente, en el Chubut suelen preocupar también cosas más útiles, y hoy se habla con entusiasmo del proyecto de un nuevo ferrocarril que correrá desde la Boca de la Zanja hasta la boca del río, en una extensión de 14 a 15 leguas. Ya se han hecho los estudios preliminares de esta línea, que favorecerá mucho a los colonos, dando fácil salida a sus productos, pues cruza todas las chacras de la colonia.

     La traza ha sido hecha por el ingeniero Elíseo Schieronne, bien conocido por sus numerosas trabajos en la Patagonia, y el ferrocarril -que será sencillamente un Decauville- se construirá con capitales nacionales y sin garantía por parte del Gobierno. Los colonos se han comprometido a donar todo el terreno necesario para la vía, estaciones, depósitos, etc.

     Los iniciadores de este proyecto, que probablemente se llevará a cabo en breve, son los señores Alejandro A. Conessa, gobernador interino, Dr. Pastor y Montes, juez letrado, y Benito P. Cerutti.

     De tanta o mayor importancia que este proyecto es el de la navegación del río Chubut por medio de remolcadores, a que me he referido antes. Hoy sólo una goleta, la Río Chubut, del señor Luis Costa, surca aquellas aguas, y como los fletes del ferrocarril son tan crecidos, los productores sufren y se ven obligados a pagar sumas que serían mucho menores si sus mercancías fueran por el río. Varias veces, desde hace más de dos años, han pedido al Gobierno que les enviara un remolcador, sin conseguirlo, aunque sea de tan perentoria necesidad.

     El Chubut es fácilmente navegable para buques hasta de 10 pies de calado y 180 toneladas de porte; su única dificultad está en la barra, que es peligrosa para los buques de vela, pero que no lo sería con un remolcador, pues puede pasarse sin obstáculo con la marea, de modo que con sólo esa adquisición los colonos harían un ahorro notable en los fletes, que hoy casi se les duplican con el ferrocarril.

     Tanto es así, que no hace mucho resolvieron adquirir por subscripción un vaporcito, idea que, ignoro por qué causa, no se ha llevado a cabo todavía.

     Entre las costumbres curiosas de los galenses, se hace notar la celebración de conciertos-exposiciones, que tienen lugar de vez en cuando, y que atraen concurrencia hasta de seis y siete leguas a la redonda. Estos conciertos que duran largas horas -tanto que en un entreacto el público hace colación-, tienen un programa variado: canto, declamación, concursos poéticos y exhibición de objetos debidos a la industria de los colonos.

     Un jurado distribuye los premios, que consisten a veces en una simple distinción, a veces también en la distinción y una pequeña suma de dinero.

     A estas funciones suelen asistir hasta 600 personas, que es en proporción como si en Buenos Aires se presentaran en una fiesta más de 100.000 concurrentes...

     Bien es cierto que los galanses son muy unidos, se prestan entre sí toda clase de servicios, y llegan en su concordia hasta ocultar los delitos de sus compañeros, para que éstos no caigan en manos de la justicia arizentina, que no es para ellos digna de respeto -quizá con alguna razón, si se recuerda cómo andaba ella por los territorios nacionales no hace muchos años...
   

 

- V -
En plena germinación

     -¿Volverá usted al Chubut?

     -¡Quién sabe!

     -La Nación ha hecho un noble esfuerzo, enviándonos quien nos oiga y nos vea de cerca. Pero es necesaria la reiteración. Estamos abandonados. El gobierno se desinteresa de nosotros, la prensa no se ocupa, el país casi ignora que existimos... Y sin embargo, aquí hay ya un gran plantel, un almácigo en plena germinación. Diga usted que lo envíen de nuevo, más tarde, para detenerse aquí y vivir algunas semanas con nuestra vida.

     -Eso se hará. Vendré, vendrá otro, es lo mismo, pero tenga usted la seguridad de que el diario mira con verdadero interés estos territorios, que -como usted dice- son grandes semilleros que sin duda nos guardan muchas sorpresas, Pero entretanto, usted mismo, don Pedro, puede colaborar en la tarea... Déme usted informes, todos los informes que tenga sobre esta tierra.

     Me dirigía a don Pedro Derbes, antiguo habitante del Chubut -a quien ya antes me he referido varias veces-, tipo del pioneer criollo, cuya cara tostada y cuya barba negra como sus ojos vivos y brillantes, hacen recordar los varoniles o inteligentes rasgos de nuestro gaucho, mientras que sus maneras y lenguaje corresponden al hombre culto de nuestras ciudades.

     -¿Datos? cuántos usted quiera. Pero si han de ser exactos, me parece que va a faltar tiempo...

     -Sí, el Villarino zarpará dentro de un rato... Pero... Escríbamelos usted para recogerlos a la vuelta.

     -¡Oh! yo estoy más hecho a manejar la picana que la pluma. Pero, en fin, haré, lo que pueda...

     Y lo que pudo el señor Derbes complementa tan bien lo que he dicho ya a propósito del Chubut, que mis lectores se darán con ello cuenta exacta de la importancia de aquel territorio.

     La importación durante el año 1897 ha sido por valor de & 235.784, divididos así:

               

Substancias alimenticias

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

$ 97.037,57

               

Bebidas

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

5538,5

Aguardiente y licores

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

8597,3

Tabaco

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

9518,8

Hilados y tejidos

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

30545,94

Ropa hecha y confecciones

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

33191,12

Substancias y productos químicos

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

7980,52

Madera y sus aplicaciones

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

19926,45

Hierro y sus artefactos

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

216,23

Máquinas y útiles de labranza

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

27.674-

Diversos metales

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

12517,38

Piedras, tierra, cristalera

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

11511,21

Combustibles y artículos para alumbrado

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

126,6

Artículos y manufacturas diversas

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

2272,7

Productos nacionales

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

2981,21

Papel y derivados

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

216,2

Cuero y aplicaciones

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

27.674-

Importación extranjera

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

7778,42

     No es este el movimiento del puerto del Rosario, ni menos el de Buenos Aires; pero en nuestra mano está, puede decirse, dar impulso decisivo no sólo a ése, sino a todos los demás puertos patagónicos.

     -¡Ah! -me decía un compañero de viaje- Cuando usted llegue a Punta Arenas, se quedará asombrado de su desarrollo. Hoy es ya el plantel de una gran ciudad, y Trelew, Gayimn, Rawson, Santa Cruz, Gallegos y Usuhaia, juntos, parecerían una aldea a su lado.

     -¿Y a qué se debe ese progreso tan grande y tan rápido? ¿A los vapores de ultramar?

     -No, señor. Sencillamente a que nuestro Gobierno se esfuerza por fomentarlo...

     -¿Fomentar a Punta Arenas? ¡Qué me dice usted! ¿Cómo puede el Gobierno argentino?...

     -¡Punta Arenas es puerto libre, y se ha convertido por esa razón en proveedor de la costa patagónica y de la Tierra del Fuego! Haya o no haya aduanas, los artículos de consumo salen de allí para todas partes. Si hay aduanas, se contrabandea; si no las hay, mejor. Y no sólo eso: los productos argentinos van a embarcarse allí para Europa, de tal modo que nuestra importación y exportación se hace por Chile... y se hará mientras nuestros gobiernos continúen ciegos. Indirectamente, pues, éstos protegen a la nueva ciudad chilena.

     -¿No exagera usted? Al fin, aunque no sean oficialmente libres, según tengo entendido -Gallegos y Santa Cruz-, lo son en la práctica...

     -¡Sí!, ¿pero hasta cuándo? ¿Y si a la nueva convención se le ocurre no darles definitivamente esa franquicia? ¿Quién se arriesga a establecerse con semejante inseguridad? Desde que no tiene aduana, Gallegos ha progresado de una manera notable; pero su progreso no seguirá en la misma proporción si cesa ese estado de cosas, porque ya no afluirán allí los comerciantes que acuden hoy, y Punta Arenas mantendrá su absoluta preponderancia.

     A mi regreso a Buenos Aires me he encontrado con que la esperanza de los habitantes de la Patagonia se había desvanecido, pues la convención reformadora juzgó mejor dejarlos sin franquicias. Afortunadamente, el Congreso y el Ejecutivo pueden favorecerlos, y deben preocuparse de ello, pues es de alta conveniencia material y hasta patriótica, propender a que se pueblen aquellas regiones en que hasta hace bien pocos años casi no habíamos ejercido nuestra soberanía... ¡Descuido imperdonable que pudo muy bien costarnos caro!

     ...Pero volvamos al Chubut, cuyo movimiento comercial nos ha traído a esta digresión, al observar su relativamente lento desarrollo.

     La exportación ha sido durante el año 1897 poco mayor que la importación y alcanzó a un valor oficial de $ 236.392,92. Hay que hacer observar que este valor es generalmente más bajo del real. Esta exportación se detalla como sigue:

     

Trigo

. . . . . . . . . . . . . . . . .

Ks.

6059966

$ 151.499,15

     

Cebada

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

79861

1597,22

Semilla de alfalfa

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

187215

936075

Cerda

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

4124

1649,6

Cueros vacunos secos

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

20878

3089,16

Cueros lanares secos

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

17162

4175,6

Lana de oveja

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

122022

28065,06

Quillangos de guanaco

. . . . . . . . . . . . . . . . .

2915

17.326-

Quillangos de Pluma

. . . . . . . . . . . . . . . . .

221

1.326-

Pluma de avestruz

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

7078

8493,6

Cueros de guanaco

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

999

249,75

Cueros de lobo

. . . . . . . . . . . . . . . . .

288

223-

Cueros diversos

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

1359

339,75

Lana de guanaco

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

217

54,25

Guano

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

150000

4800

Artículos nacionalizados

. . . . . . . . . . . . . . . . .

»

-

398003

     La exportación supera a la importación en un valor oficial de $ 608,84.

     En 1897 se exportaron 79.579 kilos de trigo más que en 1896, y el aumento en otros productos ha sido: semilla de alfalfa 133.107 kilos, cerda 1647, cueros lanares 1529, lana de oveja 29.647, quillangos de guanaco y avestruz 960 unidades, guano 150.000 kilos, etc., etc.

     En el mismo año han entrado en los puertos del Chubut 17 buques de vela con 1407 toneladas de carga y 132 tripulantes, tres en lastre de 856 toneladas y 23 tripulantes, y 28 vapores con 19.980 toneladas de carga y 1735 tripulantes. Naturalmente, sólo parte de esta carga iba con destino al territorio, pues se trata de los transportes nacionales y de barcos que hacen escala en muchos otros puntos. Pero la estadística suele tener esta poesía de inflación de números, que hay que perdonarle. De todos modos, resalta el hecho de que no faltan grandes barcos que recalen en Golfo Nuevo y negocien con los chubutenses.

     Y aunque no se me perdone la aparente aridez de estos capítulos, tan útiles al hombre práctico, seguiré acumulando informes.

     La generalidad cree aún que el Chubut es exclusivamente agrícola, pero la ganadería toma impulso de algún tiempo a esta parte, como podrá verse por las siguientes cifras, representativas del número de cabezas de ganado:

                                                  

Vacuno

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

60000

                                                  

Ovino

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

170000

Yeguarizo

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

20000

Porcino

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

688

Caprino

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

677

     Este es un plantel pequeño aún, pero aumenta cada día por la implantación de nuevos establecimientos ganaderos, y por la incorporación a aquel pueblo naciente, de hombres de brío, convencidos de que allí hay campo vasto para el aventurero del trabajo, muerto en vida en las ciudades, y en las comarcas desecadas por el enorme drenaje de la competencia mercantil e industrial, y, llamado al triunfo y la riqueza si riega aquel terreno con sudor fecundante.

     Conversando con uno de los pioneers que están ya a punto de conquistar la fortuna, inquiría yo:

     -¿De modo que aquí el hombre cuenta con un porvenir cierto? ¿Los que vienen conquistan seguramente la riqueza?

     Y mi interlocutor, haciendo una mueca expresiva y despreciativa y abarcando el horizonte con el ademán de su brazo derecho:

     -Según -me contestó-. Aquí sólo tienen éxito los hombres de acción, de trabajo y de perseverancia. El que venga a Patagonia a mandar hacer, puede estar seguro de un fracaso; el que se imagine que se enriquecerá sin sacrificio, quédese, es mejor... Aquí, muchas veces, hay que sufrir hambre y sed... Aquí sólo medra el trabajo personal, continuo. Pero el que, en medio de estas privaciones, sea obrero y patrón, sobrelleve necesidades y fatigas, y luche con esperanza y sin tregua, ese llegará infaliblemente a rico.

     Y me contó la odisea de la formación de su estancia: el arriendo y la adquisición del campo con las mil dificultades protectoras que opone el Gobierno a los verdaderos pobladores, mientras regala lo mejor de todo a los favoritos, que lo entregan a la especulación inútil y dañina; la perforación de pozos en medio del arenal, para hacer jagüeles de agua salobre que sólo llega a ser potable por medio del trabajo incesante, del baldeo continuo; la conducción de las primeras ovejas desde los confines de la Pampa Central a la provincia de Buenos Aires, por interminables travesías en que la sed acecha al viajero, y lo mata después de horribles padecimientos; las noches de insomnio, pasadas en rondar el rebaño, inquieto en aquel terreno desconocido, y que no quiere echarse a descansar; las abrumadoras jornadas al paso del caballo escuálido y sediento, entre el polvo de la majada y la tropilla; la pérdida de los animales enloquecidos a la vista del mar, precipitándose a la orilla, para morir al día siguiente de sed, después de haber bebido.

     ¡Oh, qué animosos y qué dignos del triunfo son esos hombres del sur, que pasean la Patagonia desde los Andes hasta el Atlántico, sin más defensa que su propio esfuerzo, sin más protección que la ayuda propia, y que abren a la civilización y al progreso aquella inmensa tierra ignota y virgen, ingrata para el muelle, generosa y maternal para el bien templado!

     De pronto, en medio del campo reseco y polvoroso, una tosca crucecita de ramas abre y retuerce los brazos, señalando el sitio donde descansa el cadáver gesticulante y crispado de algún pioneer que mató la sed... El viento de la montaña levanta espirales de fino polvo, y las arrastra girando sobre sí mismas como extrañas columnas salomónicas, transparentes y móviles, que van a derrumbarse allá a lo lejos... Y el tropero con ademán temeroso y preocupado, se asegura de que su provisión de agua no corre peligro, de que no se filtra del zurrón de cuero en que la lleva, de que no le faltará hasta que pueda renovarla... ¡Y cuando falta!...

     -Un día -me contaba el señor José Siches, joven hacendado de la península Valdez-, un día era tal la sed que me acosaba, que me tiré del caballo en un cañadón, y comencé desesperado a cavar la arena con las uñas, en busca de un poco de humedad..., y no hallando agua, me llenó dos y tres y más veces la boca con esa misma arena apenas humedecida, lastimándome encías y paladar para disminuir siguiera un poco mis horribles padecimientos... Cuando llegué a una población horas más tarde, tenía la boca negra y completamente ulcerada.

     ¡Y cuántos han caído! ¡Cuántos caerán aún en esas travesías!

     El viajero debe llevar consigo el agua necesaria, ya en chifles, ya en botas, ya en zurrones de piel de guanaco: de otro modo, su muerte es segura. El ingeniero Schierone, que tanto ha andado por aquellas soledades, ideó servirse -y lo hizo con éxito- de las árganas y tarros que usaran hasta hace poco los lecheros; sin embargo, el sistema es engorroso, pues hay que equilibrar muy bien la carga, so pena de perderla. Otros utilizan pellejos de liebre y de nonato y pieles de guanaco y zorro, pero aún no se ha encontrado nada verdaderamente cómodo y práctico, pues los pellejos dan generalmente mal gusto al agua, y hasta la descomponen, en cuyo caso los viajeros la sanean ventilándola.

     Otro recurso inestimable (según me dijo, causándome mucha extrañeza, un habitante de esos parajes) es el guanaco mismo, que me afirma tiene en el estómago un depósito como de un litro de agua fresca y cristalina, aunque con cierto saborcillo de que se burla el sediento, capaz de beber cosas peores cuando la necesidad apura: ¡la sangre de los animales degollados de propósito, las mismas secreciones del cuerpo!... Casos conozco capaces de hacer erizar los cabellos, como el de dos infelices disputándose a mano armada una botella conteniendo orines... Pero, ¿para qué insistir? ¿No basta lo dicho como demostración del mérito de esos hombres, en lucha a brazo partido con la naturaleza, cine quiere ser vencida antes de entregar sus favores a quien con ella se atreve?

     Sin embargo, esto tiene remedio, no por parte de los individuos aislados, sino de la colectividad, más poderosa.

     El Gobierno, en efecto, podría, con poco gasto, establecer cisternas (las hubo hasta en Arabia), o mejor aún, pozos semi-surgentes, a lo largo de esos caminos desamparados, con tanta mayor razón, cuanto que el mantenimiento de la línea telegráfica que va a tenderse los hará de imprescindible necesidad. El pozo semi-surgente, que hay cuesta una insignificancia, favorecería de una manera inmensa al valeroso poblador del sur, y sus servicios deberían hacerse extensivos a la costa patagónica, cuyo único y desolador defecto es la falta de agua. Pero, ¡vaya usted a esperar algo de la ignorancia de casi todos nuestros hombres públicos en lo que se refiere a aquella región! Tanto valdría aguardar a que esos progresos se realizaran por generación espontánea...

     Volviendo a la situación actual del territorio del Chubut, añadiré que de las 30.000 hectáreas destinadas a la labranza, 15.000, o sea la mitad, están desmontadas, niveladas y habilitadas para el riego, y 5633 de éstas, en pleno cultivo y en la siguiente forma:

                                                  

Sembradas con trigo

. . . .

4616

                                                  

Sembradas con alfalfa

. . . .

922

Sembradas con cebada

. . . .

64

Sembradas con maíz, papas, etc.

. . . .

14

     La producción se estima así: trigo 7.811.150 kilos, alfalfa 5.000.000, cebada 184.500, semilla de alfalfa 200,000.

     Los colonos se preocupan también de la plantación de árboles, y hoy crecen en aquel terreno 2403 frutales, 55.367 forestales y 4530 cepas de viña, ensayo este último digno de ser observado y seguido en sus diversas fases, y que muestra cómo conquista poco a poco nuestro suelo la vid que ya en Bahía Blanca y Patagones se creía vencida por los rigores del clima.

     He hablado antes de la moralidad de los galenses.

     Como la moral es una reglamentación relativa, claro que la patagónica tiene que ser peculiar. Y en grado sumo.

     No puede suponerse que hombres del temperamento y la energía de los que pueblan aquellas comarcas, se encierren en el estrecho círculo de convenciones en que se desenvuelven más o menos incómodamente los que viven en los grandes centros sociales; ni puede exigirse que quien de tal modo renuncia a la sociedad, continúe sintiéndose cohibido por sus mandatos.

     Así, no extraño que se me hayan contado, acerca de la familia galense, aberraciones que no quiero creer, aunque crea necesariamente en ciertas libertades no delictuosas, a que invita sin duda esa clase de existencia semi-primitiva, de sencillez absoluta, que hace que, los colonos del Chubut resistan nuestra influencia y nuestras costumbres, para mantenerse solidariamente aislados.

     Pero la estadística habla también en favor de ellos.

     La policía tomó durante el año 1897 veinte personas por contravenciones, nueve por escándalo, diez por ebriedad y uno por ostentación de armas.

     El ex Gobernador Tello tenía, pues, razón cuando decía en una de sus últimas memorias, que los galenses eran gente honrada y moral, aunque protestante.

     De los veintisiete presos encerrados en la cárcel durante aquel año, diez y siete eran del territorio, dos del de Santa Cruz y ocho del de Tierra del Fuego, y las causas de su condena: cinco por homicidio, ocho por cuatrería, seis por robo, cinco por heridas, tres por violación y siete (presos policiales); especificación que, como ustedes ven, da ancho margen de las suposiciones.

     En medio de esta paz, el Chubut crece, con una fuerza de desarrollo que hace pensar en los verdaderos milagros que produciría una sabia protección por parte de nuestro gobierno: el aumento de la población, la multiplicación de los ganados y de los cultivos, las comunicaciones facilitadas, el territorio por fin incorporado a la vida nacional. Pero aquí, como en tantos otros países, la acción del Gobierno se traduce, sobre todo, en trabas y limitaciones, cuando en los territorios lo único que se necesita, la condición ineludible para el progreso, es la amplia libertad, y una liberal distribución de beneficios materiales, que los dote de aquello que hace falta y que la iniciativa particular no puede procurarse. Resumiendo: cuanto menos gobierno, mejor, siempre que se cuide del territorio considerándolo plantel para el futuro. Yo los asimilaría a una caja de ahorro, a una alcancía en que se fuera echando la moneda menuda, sin contarla ni hacer uso de ella, para encontrarse a la vuelta de algunos años con un capitalito.

     Pero no piensan así nuestros hombres públicos, ni pensarán sin duda. Baste como ejemplo y prueba la siguiente página arrancada del último libro del doctor Moreno, en que habla algo de lo mejor del Chubut -la colonia 16 de Octubre- y que puede hacerse extensiva a casi toda la Patagonia:

     «Cuando regresé en 1880 de mi viaje a esa región, e hice pública su fertilidad, nadie creyó en mis afirmaciones: la rutina decía que Patagonia era sinónimo de esterilidad, y ¡vaya uno a fiarse de entusiasmos de viajeros que dicen lo contrario! Pero las poblaciones de los colonos son el mejor justificativo de la bondad de la tierra y del fruto que ésta da cuando se la trabaja con ahínco y perseverancia. Hay comodidad en aquellas cabañas humildes, y si los colonos que llegaron y se establecieron allí desde 1888 recibieran en propiedad el lote que se les prometió, que poblaron y que aún no se les ha otorgado, indudablemente la colonia 16 de octubre sería hoy la más importante de Patagonia; pero, desgraciadamente no pocos tropiezos tienen en sus afanes, pues las tierras que rodean el valle ya han sido ubicadas desde Buenos Aires, y las quejas que oigo sobre avances de los nuevos propietarios, me apenan. ¿Cómo hemos de desarrollar la población en Patagonia, cuando tras una iniciativa laudable se dictan medidas que la anulan?

     «Más de un pedido he recibido de esos pobres colonos para que trate de impedir que se reduzca el perímetro de la colonia; pero ¿qué hacer cuando no se escuchan voces de tan lejos y se procede de manera tan contraria a los intereses del país? Gran beneficio produciría una resolución general del Gobierno de la nación, ordenando la suspensión de toda ubicación de terrenos y de todo remate de tierras en Patagonia mientras no se conozca el valor de esas tierras y la mejor forma para su aprovechamiento».

     ¡Tal es el abono con que se trata de enriquecer aquel semillero en plena germinación! Tal el sistema adoptado para dar incremento a aquellas nacientes poblaciones.

     ¡Y si fuera eso solo!

 

- VI -
Proa al sur

     Todo era animación en la pequeña cámara del Villarino, donde se comentaba vivamente la determinación del Dr. Brodrick, ocupado aún de su equipaje depositado en el fondo de la bodega; mistress Brodrick distribuía saludos amables y vigorosos apretones de mano; el perro -aquel curioso perro negro de aguas, con una cruz de Malta en el lomo, y caireles, y collares y brazaletes de pelo en todos lados, que el doctor trasquilaba el día entero sobre cubierta, perfeccionando los extravagantes dibujos que le daban aspecto tan original -andaba también de un lado a otro, como adivinando que algo inesperado iba a ocurrir. Miss Mary X miraba melancólicamente a su compatriota, por encima del libro en que trataba de leer, pensando quizá en los caprichos del destino, y con una vaga sonrisa de indecisión y de misterio.

     Miss Mary X venía de Londres, se había detenido en Buenos Aires sólo para aguardar la partida del transporte, y se dirigía a Río Gallegos, también en busca de una posición social. Iba a casarse. Ella misma nos hizo la confidencia: en la capital del territorio de Santa Cruz la aguardaba su prometido, un inglés, mister M., bien colocado, estanciero, a cuyo lado pensaba ser feliz. Lo conocía desde muchos años atrás, y no lo había visto hacía largo tiempo. El compromiso se contrajo por medio del correo: «Si usted quiere casarse»... «Sí, señor; quiero...» «Entonces, venga, que la aguardo...» E iba.

     Iba sola, defendida únicamente por su valor de inglesa acostumbrada a manejarse por sí misma en el mundo, y por el natural respeto de los demás; los sajones han observado bien y prácticamente: mejor defensa es la educación que el cerrojo, y la mujer modesta y enérgica lleva una egida en que se embota, en medio de la sociedad naturalmente, la grosería y el apetito de los hombres...

     Junto al Villarino, amarrada a la escala, mecíase la lancha medio llena ya por el equipaje del médico, los chubutenses venidos a bordo se despedían alegres por su adquisición, y la máquina del barco retemblaba pronta a ponerse en movimiento a todo vapor. Era más de la una.

     -Buena suerte, doctor.

     -Good by! Thank you.

     Los que habrían de quedar en Madryn embarcáronse en la lancha, iluminada a medias por uno de los faroles del Villarino; y destacándose sobre el fondo de tinta de la noche y el mar, los pasajeros, sobre cubierta, miraban la maniobra, no sin cierta melancolía -ese vago sentimiento de malestar que se experimenta en viaje, cuando se deja a un compañero poco antes desconocido y que poco después será sin duda indiferente- y la ola mansa y profunda, batía con golpe de caja destemplada los flancos del buque.

     -¡Abre!

     La lancha se separó de nuestro costado.

     -¡Arma!

     Y los remos, moviéndose cadenciosos, se llevaron la embarcación, allá, a lo obscuro, mientras la hélice del Villarino hacía hervir el agua a popa, produciendo un torbellino luminoso, un pululamiento de moléculas fosforescentes que iba alargándose y tranquilizándose hacia atrás, para semejar más lejos, en la estela, ondulante cinta de plata.

     Pero no anduvimos mucho. Había en el golfo mar de fondo, y fuera muy mal tiempo, de modo que recalamos en Grakes Bay, frente a la pesquería de Eyroa, muda y triste, para zarpar de allí al día siguiente, que amaneció bonancible y claro.

     Y al salir del golfo, admiré de nuevo la soberbia entrada de aquel lago inmenso, cuyos extremos, escuetos y elevados, parecen hechos para una fortificación inexpugnable y dominadora. ¿Por qué no se ha construido allí nuestro puerto militar? ¿Por la escasez de agua, cuando tan fácil es conseguirla? ¿O, más bien, porque ofrece muchas ventajas?... ¡Quién sabe!

     La vida de a bordo se habla hecho más soportable, gracias a los numerosos pasajeros que desembarcaron en, el Chubut; ya casi todos teníamos camarotes, y la cámara no presentaba por las noches los caracteres de un campamento improvisado, con el tendal de las camas en el suelo. La atmósfera era más respirable, la comodidad mayor, y la temperatura fresca comenzaba a resarcirnos de los intensos calores sufridos en Buenos Aires.

     Pude examinar entonces, con relativa calma, diversos documentos que se me habían proporcionado, relativos al Chubut, que los lectores ya conocen hasta cierto punto.

     Añadiré a lo dicho antes, para contribuir al conocimiento de aquellas regiones, que en su estado actual sólo han sido descriptas en el reciente libro del señor Teodoro Alemann, titulado Ein Ausflug nach dem Chubut-Territorium. Allerlei über Land und Leute im Chubut -en las memorias más o menos completas, presentadas al Gobierno nacional por los gobernadores del territorio, Tello y Conessa.

     El libro del señor Alemann es por muchos conceptos interesante, y está inspirado en el noble deseo de hacer prosperar aquel territorio, que describe dividiéndolo en dos partes, como el resto de la Patagonia: la región de la costa y la de la cordillera, muy seca la primera, sobre todo hacia el norte, y húmeda, surcada por numerosas corrientes y cubierta de abundantes pastos la segunda. En el valle del Chubut, dice, la temperatura varía entre +38º y -6º centígrado, pero la nieve no permanece, como tampoco en la costa, al revés de lo que ocurre en el interior y en las mesetas. Extracto lo que sigue:

     ¿Es conveniente para el colono alemán o suizo emigrar al territorio del Chubut? No lo aconseja ni a éstos ni a otros inmigrantes europeos, mientras no haya fuertes sociedades colonizadoras que los protejan. Los galenses son muy exclusivistas, no hay tierras extensas para formar centros agrícolas cerca de las costas, y en el interior faltan comunicaciones. Más que la agricultura conviene la ganadería, y especialmente la cría de animales ovinos. Sólo indicarla que fueran al Chubut los colonos de Santa Fe y Entre Ríos que han perdido sus cosechas, y los que propone un medio muy curioso de establecerse. Compren ustedes -les dice- ovejas y caballos en el sur de la provincia de Buenos Aires, y avancen poco a poco en dirección al Chubut, eligiendo el invierno, en que el agua es más abundante; atraviesen el valle y continúen a lo largo de la costa, hasta encontrar sitio apropiado para instalarse. No les preocupe la propiedad del terreno: la mayoría de los ganaderos del Chubut se compone de intrusos; si el campo es particular, su dueño tiene que correr muchos trámites antes de expulsar a quien lo ocupa indebidamente en su ausencia; éste, por otra parte, no lo hace daño alguno. Si la expulsión llega, se repite la operación en otro sitio, hasta ganar lo suficiente para arrendar o comprar tierra. El consejo no es muy moral -continúa- pero las leyes nacionales no ayudan al pobre, y las mismas autoridades del territorio no han conseguido que se remedie la triste situación del poblador. De las 9750 leguas cuadradas que componen el territorio, sólo se hallan legalmente ocupadas 14 de la colonia galense, 50 de la 16 de octubre y 20 de la compañía argentina Sud de Tierras, las ubicadas por la ley de tierras del Río Negro, 2 leguas en Teca, 2 en Valle Genoa, 5 en Camarones, 10 en Cabo Raso, etc., etc.; un total de 145 leguas, en las cuales habrá unas 80.000 ovejas y unas 42.000 cabezas de ganado bovino y caballar. El resto de los animales está repartido en las tierras ocupadas sin derecho por pobladores que poseen hasta 8 y 10.000 ovejas.

     La causa de este estado de cosas es, según el señor Alemann, la tramitación larga y enojosa que hay que seguir para arrendar el campo. Muy a menudo sucede, también, que los especuladores compran la tierra arrendada, perjudicando al poblador... Por fin ofrece un interesante ejemplo práctico de lo que puede producir un pequeño capital dedicado a la ganadería en el Chubut: Con $ 8800, y arrendando campo, al cabo de seis años el ganadero tendrá animales por valor de $ 22.756, y además una ganancia por venta de lanas de $ 2248; habrá, pues, triplicado el capital, u obtenido mayor ventaja aún si compró la tierra...

     La memoria del ex Gobernador interino señor Alejandro E. Conessa, a que me he referido, tiene importancia, no sólo por la preparación y experiencia de su autor, sino también por contener numerosos datos generalmente desconocidos. Entresacaré lo de mayor importancia y en primer lugar algo que corrobora lo que afirma en su libro el señor Alemann:

     «El principal factor de la colonización patagónica y la única forma práctica y viable de realizarla sin grandes erogaciones fiscales, ha de tener por base la liberal y conveniente distribución local de la tierra pública entre los pobladores de buena fe. Con gran perjuicio para los territorios patagónicos se ha generalizado en demasía un grave error, que consiste en la exageración siempre creciente de la excelencia y el valor de sus tierras, a consecuencia de una propaganda especulativa hecha a favor de los compradores metropolitanos, poseedores de grandes áreas únicamente destinadas a la especulación».

     Observa que sólo 145 leguas están ocupadas legalmente, y añade:

     «Pero es el caso notable que esos propietarios no representan la tercera parte de la cifra que arroja la ganadería territorial»; luego «existe una población importantísima que se halla en condiciones precarias, ya radicada en campos fiscales, va en terrenos de propiedad particular que no han sido poblados, ocupando una superficie doble o triple de la que utilizan los dueños o concesionarios autorizados.»

     Para poner remedio a esta situación, el señor Conessa ha proyectado una ley destinando mil leguas a la colonización pastoril, y por la cual se favorecería a los actuales ocupantes y se estimularía la construcción de pozos, sin los que no podrá poblarse la mayor parte de los campos de la costa...

     Se detiene también el señor Conessa en el relato de las aventuras de seis familias polacas que fueron al Chubut y se encontraron sin las tierras laborables que se les había concedido aquí, y con la resistencia de los galenses en cambio. Como afortunadamente poseían algunos medios, se fueron con el señor Julio Kaulosky a establecerse sobre el río Mayo o la laguna Blanca, donde el Gobierno haría bien en concederles tierras, abriendo así el camino a otros inmigrantes de la misma nacionalidad que pudieran acudir.

     Otras noticias interesantes, que sintetizo lo más posible: El sistema de irrigación es muy deficiente, y urge la construcción de dos represas proyectadas en 1883 por el ingeniero Tornu. No hay fondos suficientes para la construcción de puentes y caminos, que se impone.

     «Valle de los Mártires»: La tierra de esta colonia, fundada en 1891, es idéntica a la de la colonia galense, pero está a 50 leguas de los puertos, y las cien hectáreas que se conceden a los pobladores no compensan los gastos. Podría dedicarse con éxito a la colonización agropecuaria, lo mismo que el Paso de Indios.

     Las colonias pastoriles Sarmiento, sobre los lagos Musters y Colehuape, a 15 y 20 leguas del puerto Tilly-Road, y San Martín o Indígena en los valles andinos del río Genua, están aún en barbecho, pues no se ha practicado la subdivisión necesaria. Tienen, sin embargo, pobladores ubicados transitoriamente.

     «16 de Octubre»: uno de los más hermosos valles patagónicos, está bastante poblado, y no necesita sino un poco de atención por parte del Gobierno nacional, para convertirse en un notable centro productor...

     ...A mi regreso al Chubut, sope que había sido nombrado Gobernador del territorio el coronel O'Donnell, jefe por tantos conceptos digno de aprecio, y que tan buenos servicios ha prestado en la dirección del Colegio Militar, etc. A su llegada se le recibió con grandes demostraciones, que me relató pintorescamente un vecino:

     -¡Oh!, ¡le hicimos una fiesta inolvidable para nosotros! Nunca hubo nada igual en el Chubut. Nombramos comisiones, nos vinimos todos a Madryn, dijimos discursos, y se dio un lunch, y quemamos fuegos artificiales, soltamos globos, tiramos bombas... ¡Figúrese usted! Toda la guardia nacional, los cuarenta hombres, formó en Trelew y escoltó al coronel hasta Rawson. Bueno, ya comprende que con el cansancio no hubo fiesta posible aquel día. ¡Pero al siguiente!... A las tres se sirvió un té en la Gobernación para el pueblo, para los pobres, y al mismo tiempo otro más paquete en el club para el Gobernador y su comitiva. Al anochecer, banquete, con un discurso del doctor Álvarez, que no habla más que pedir, y una contestación del Coronel que nos dejó contentísimos. La capital estaba toda embanderada... En fin, amigo, estábamos satisfechos y teníamos que hacerlo ver. ¡Ojalá todos los gobernadores fueran tan buenos gauchos como O'Donnell!

 

- VII -
Deseado y el telégrafo estratégico

     Pasamos de largo frente a la bahía de Camarones, a propósito de la cual dice Fitz-Roy en su derrotero:

     «Esta gran bahía alcanza desde puerto Santa Elena al cabo Dos Bahías, que dista de aquélla 22 millas. La costa es de piedra hasta la punta Fabián, desde la cual se transforma en chinos y continúa de esta manera hasta el cabo. En el fondo de la ensenada hay un islote alto y pedregoso con otros dos cayos más bajos y pequeños hacia el norte: todos ellos son totalmente blancos, por lo cual se les denomina cayos o islotes blancos; esta blancura la ocasionan los excrementos de miles de pájaros acuáticos que en ellos se posan.»

     Pero -ya que no pude detenerme- el señor Campbell, que acababa de recorrer aquellos parajes, me facilitó datos bastante completos acerca de Camarones, cuyo desarrollo comienza apenas.

     Los principales pobladores son los señores Camerón y Greenshields, que poseen cuarenta leguas de tierra, en las que van a instalarse con 6000 ovejas de Malvinas. Este establecimiento se llama Lochiel, nombre de un highlander escocés.

     Existe otra estancia de diez y seis leguas, con 2500 ovejas, perteneciente al señor Julio Schelkly, que se propone aumentar ese plantel dentro de poco, y entre el resto de los pobladores se llegará a unas 5000 ovejas y a tinas 3000 cabezas de ganado vacuno, caballar y porcino.

     Entre los arbustos espinosos que desgarran el vellón de las ovejas, pululan las perdices, las liebres y los guanacos que corretean en rebaños por aquellos campos, y suelen con su empuje derribar los alambrados. Tampoco falta el ñandú, cuya pluma se vende a buen precio, y cuya carne comen con placer los habitantes de la Patagonia. No he podido comprobar la afirmación varias veces oída, de que es mejor para comer que el avestruz de Buenos Aires, tan duro y mal oliente.

     Los campos de Camarones no son tan buenos para la ganadería como se dice generalmente, a juzgar por el hecho de que no soporten bien más de 1500 ovejas por legua. Algunos pobladores, sin embargo, hacen subir teóricamente ese número a 3000; pero no han hecho la prueba todavía.

     En cambio, aunque escaso, el pasto es salado y de buen engorde, y el clima favorable. La oveja malvinera de excelente lana y se reproduce muy bien. Pueden aprovecharse los valles, que son lo más apto para la ganadería, con bastante éxito, aunque los mismos médanos tengan yerba también.

     El agua es generalmente salobre y escasa, pero en algunos puntos se la ha encontrado de buena calidad.

     La población de Camarones alcanzará hoy a unos 60 habitantes, entre propietarios y peones, en su mayoría gente del norte de Europa, avezada al clima. Los peones son generalmente criollos.

     Es de notar allí la estancia del señor Fisher, establecida en Cabo Raso, con 3000 ovejas, y una cómoda casa de material, la mejor de todo el territorio del Chubut.

     -¿Y usted va a establecerse en Camarones, mister Campbell? -pregunté cuando me hubo dado estos informes.

     -¡Oh! no -contestó vivamente-. La tierra es muy cara a cansa de la especulación. Ahora voy a Santa Cruz, donde creo encontrar campos mejores y más baratos.

     En la bahía hay mucho y muy buen pescado, como también camarones, etc.

     Pasamos algo más tarde frente a Malaspina, donde se está planteando una estancia perteneciente a mister Keen, todavía sin animales, y luego frente al golfo de San Jorge, cuyas costas están desiertas y son muy poco conocidas, probablemente a causa de la escasez de agua potable.

     Era ya de noche cuando cruzamos el golfo, por lo común agitado y bravo. No sé cómo habían llegado estas noticias a los pasajeros de proa, que por la tarde se decían unos a otros:

     -Luego estamos de baile en lo de don Jorge.

     El baile, aunque lo hubo, no fue tan animado como se temía, pero sí lo bastante para hacer retirarse a sus camarotes a los que, desde Madryn, gozaban de una tregua en el mareo. Rolaba el Villarino, que cuando rola lo hace de veras, y no para que se burle de él cualquier estómago de tres al cuarto, y la despoblación de la cubierta y de la cámara, cuyas maderas crujían, como quejándose, volvió a producirse más acentuadamente que nunca.

     Uno de los peones de la comisión de límites, que dormía sobre cubierta envuelto en un poncho, despertó sobresaltado de repente, y viendo que el transporte se inclinaba de un modo tan violento como amenazador, se puso en pie de un brinco, recogió el poncho, y conservando con dificultad el equilibrio, dio la voz de alerta a sus descuidados compañeros:

     -¡Guarda muchachos, que se da vuelta el barco!...

     La frase, que tuvo un éxito colosal de hilaridad, corría poco después de boca en boca.

     Pero la cosa no pasó de bandazos y crujidos, y el día siguiente amaneció sin otra novedad a bordo que la desaparición de uno de los patos que el señor de la Serna llevaba a la Isla de los Estados, y que probablemente se asó en algún rinconcito de la máquina.

     Las Tres Puntas, en que termina el golfo de San Jorge y que -Cosa curiosa -coincide casi exactamente con los Tres Montes de la costa del Pacífico, nos presentaron aquel día sus tres cerrillos de tierra, perfectamente destacados sobre el horizonte.

     La navegación continuó sin incidentes hasta que avistamos Deseado. Alguien nos vio desde la costa, porque de pronto; apareció una humareda, anunciadora de nuestra llegada. Los humos, como los llaman por allí, sirven de telégrafo óptico en la Patagonia, y con ellos se comunican los habitantes y los viajeros a largas distancias, estableciendo anticipadamente su significado convencional. Un humo quiere decir una cosa, dos otra, y así sucesivamente. Como ciertas yerbas producen humo de distinto color, ya negro, ya blanco, se hacen combinaciones, y así pueden multiplicarse las señales todo lo necesario.

     Pero a pesar del oportuno aviso, Deseado nos deseó en vano esta vez, porque pasamos de largo.

     Este puerto, situado en la boca del río del mismo nombre, es difícil por la fuerza de la marea, por la falta de espacio en su entrada, y por los bajos de piedra que hay en ella.

     Todavía existen allí las ruinas a que se refiere Fitz-Roy en su Derrotero:

     «Hace tiempo se fundó en este puerto una colonia española; pero no correspondiendo a las esperanzas que sus fundadores habían concebido, la abandonaron. Las ruinas de los edificios, que son de piedra, y los restos de un jardín de árboles frutales que todavía en 1829 producían membrillos y cerezas, indican distintamente la localidad.»

     Muchos cerezos han caído, mandados cortar para hacer fuego por un jefe de nuestra escuadra, hoy comodoro.

     Deseado fue descubierto en 1586 por el célebre navegante inglés Thomas Candish, quien fondeó en él con cinco buques y le dio ese nombre, que era el de uno de ellos. Peleó con los patagones en esa primera estadía, que repitió en 1591, yendo como antes al estrecho de Magallanes. Más tarde, en 1591, lo visitó el marino holandés Oliverio Noort, quien cazó allí gran número de pingüinos.

     También Le Maire estuvo en Deseado, dejando allí una inscripción, de la que se apoderó el caballero inglés Juan Narborough, y monumentos conmemorativos de su viaje, que halló el capitán Wood en 1671.

     Lo más curioso de la historia de este puerto, es que dos veces se ha tomado posesión de él en nombre de Inglaterra, la primera en marzo de 1670 por John Narborough, y la segunda un año más tarde por el capitán Wood.

     Pero pasemos o otro orden de observaciones.

     El verano pasado (1897), el comandante Funes, que iba con nosotros a bordo del Villarino, reconoció los terrenos comprendidos entre Puerto Deseado y Santa Cruz, con el objeto de establecer la línea telegráfica militar que ha de unir Buenos Aires con el extremo sur de la República. Él me ha proporcionado interesantes informes sobre aquella región, de los que voy a valerme.

     Después de recorrer el río Santa Cruz y la isla de Pavón, exploró el río Chico y sus alrededores, entre ellos el gran bajo de San Julián, situado a la altura del paso de la Tapera, en el mismo río, y que tiene 25 leguas de largo de este a oeste por cinco leguas de ancho, aproximadamente. Desde el río Chico hasta el extremo este del bajo, los terrenos son casi siempre pobres de pasto, y carecen de agua, notándose sólo la aguada de Pan de Azúcar, a once leguas del río. La línea telegráfica tendrá que correr, pues, por el este del paso de la Tapera unas dos leguas y media, para continuar luego en dirección a San Julián.

     A seis leguas se encuentra un puesto de la estancia de mister Hope, y el camino que a él conduce permite el tránsito de carros, siendo de notar que desde el extremo del bajo hasta el puerto los campos tienen mayor abundancia de pastos. Desde el establecimiento citado hasta San Julián no hay agua en un trayecto de nueve leguas; la hay al oeste, como también pasto abundante, pero la línea tendría que detenerse en el bajo de San Julián, que a esa altura es intransitable.

     Mas al norte, de San Julián a Deseado, hay un camino que corre a lo largo de la costa y del mar a distancia que varía de una a cinco leguas de ella, transitable para vehículos. Sobre 61 a 24 leguas del primero de dichos puertos, está situado el establecimiento de los hermanos Arnold; más lejos hacia Deseado, los campos continúan siendo buenos en una extensión de 35 leguas aproximadamente, y tienen cuatro aguadas; del Tordillo, del Petizo, del Buque y del Lobuno, dos de ellas a 15 leguas de distancia entre sí, y la última a tres de Deseado.

     Al contrario de la creencia general a propósito de la Patagonia, los campos son buenos aunque sin agua hacia la costa, y malos hacia el oeste, como que no tienen pasto, son pedregosos y además de carecer de agua también, están sembrados de grandes salinas. Las abundantes lluvias de invierno forman depósitos de agua dulce, pero los calores y los fuertes vientos, tan frecuentes allí, los hacen desaparecer en el verano, por lo cual no hay que contar mucho con ellos, y preferir las aguadas permanentes donde, con más o menos trabajo, siempre se obtiene agua.

     El comandante Funes añade que el camino de San Julián a la boca del río Santa Cruz no puede servir para establecer la línea, porque atraviesa campos yermos, sin agua ni pasto.

     Del Santa Cruz a la boca del Coy Inlet corre un camino carretero en buenas condiciones y en una extensión de 45 leguas aproximadamente, por campos feraces, provistos de agua, hasta unas 15 leguas del segundo río, donde comienza a ser escasa, aunque se la encuentre acercándose a la costa del mar.

     La línea telegráfica tendrá que desviarse hacia la laguna de la Leona, entre el Coy Inlet y Río Gallegos, para atravesar el río por el paso de Guaraique, pues más cerca del mar los desbordes del Gallegos, la fuerza de sus corrientes y los témpanos que arrastra, derribarían los postes inutilizando el telégrafo.

     Del paso de Guaraique al puerto de Gallegos y de éste a Punta Loyola, que dista aproximadamente ocho leguas, sólo se presenta una dificultad: el paso del río Chico, que en invierno inunda el valle y que mantendría en el agua algunas partes, cosa que sucederá más acentuadamente aún en el valle del Coy Inlet.

     Por estos datos puede colegirse el aspecto general de aquella región, ya bastante poblada, y en que prosperan las haciendas, se encuentran guanacos y avestruces, y vagan animales vacunos y yeguarizos, alzados, que el gaucho y el pioneer no desdeñan, como que les ofrecen abundantes y suculentos asados sin exigir más que un buen tiro de bolas a carrera tendida.

     Entré San Julián y el cañadón 11 de septiembre, en una extensión de 24 leguas hacia Deseado, existen los establecimientos de los hermanos Patterson, Mata Grande, y de los hermanos Arnold, con ganado ovino, como la estancia de mister Jenkins Binfien, a tres leguas de Deseado.

     Los establecimientos de Victoriano Vázquez, Reina, Smith, Guillaume, Woodman y Bodman, y Hamilton, dedicados especialmente a la cría de ganado lanar, se encuentran situados entre Santa Cruz y Loyola, el de Reina en el cañadón de las Vacas, el de Smith en la boca del Coy Inlet, el de Guillaume al otro lado del mismo río, y el de Hamilton justamente en Punta Loyola. Deben señalarse también el de Hope, a nueve leguas de San Julián, y el de Manzano, en la costa norte del río Santa Cruz.

     Todos estos hacendados, a quienes el telégrafo prestará grandes servicios, haciendo cesar la incomunicación en que se encuentran, cooperan en lo posible para su ejecución, y han prometido dar local para las oficinas, alojamiento y manutención para el personal, y caballos para los guarda-hilos. Así, pues, no hay sino que poner manos a la obra, que - dicho sea de paso- debería haberse ejecutado muchos años hace, no sólo teniendo en cuenta la defensa militar del país, sino también el progreso de aquellas regiones argentinas, más alejadas de las provincias hermanas -en el hecho- que estas últimas de la misma Europa, como que sólo fondea en sus puertos un sólo transporte nacional cada mes largo... Y eso, algunas veces; porque cuando no se les ocurre...

     La prolongación de la línea telegráfica desde Punta Loyola hasta el Cabo de las Vírgenes, se hará por medio de un cable submarino, según el proyecto del ingeniero Luiggi. Más tarde será necesario complementar esta obra, siguiéndola hasta San Sebastián, Usuhaia e Isla de los Estados, donde el telégrafo sería de grande utilidad.

     Para la línea terrestre entre Deseado y Gallegos, se necesitarán 10.600 postes -que ya comienzan a llevarse a la costa-, en la forma siguiente: a Deseado 375, a Spring Bay 375, a Bahía Desvelos 1100, a San Julián 2550, a Santa Cruz 2600, a Coy Inlet 2600 y a Gallegos 1000.

     Pero se ha cometido un error muy grave, al elegir la madera de Tierra del Fuego, si esa madera no es pura y exclusivamente del corte de invierno. La procedente de los cortes hechos en verano, es tan poco apropiada para el objeto, que todas las personas entendidas convienen en que con tales postes la línea telegráfica será de tan poca duración, que puede decirse que apenas terminada por un extremo estaría en el suelo por el otro... El fagus cortado en verano tiene el grave defecto de rajarse de arriba abajo, y de podrirse una vez enterrado, de tal modo que en Santa Cruz hay que renovar sin tregua los corrales hechos con postes de esa madera, que en Tierra del Fuego son, en cambio, de gran duración, tanto al aire como bajo el agua. Y si a esto se añade los fuertes vientos, los animales alzados y los guanacos sarnosos que irán a rascarse en los postes, la tensión del alambre, etc., se emprende fácilmente que la línea será «pan para hoy y hambre para mañana», como dice el refrán. Pero con buena vigilancia puede evitarse en mucha parte el inconveniente.

     Entre otros informes queme dio el señor Funes sobre aquellos parajes, que no me era posible recorrer sin dedicar muchos meses a ello, son interesantes los que se refieren al puerto, de San Julián y al Coy Inlet.

     Allí practicó reconocimientos del fondo de la bahía, y valiéndose de una mala chalana, única embarcación con que contara, hizo varios sondajes y encontró un fondeadero con nueve a diez brazas de agua en marea baja, abrigado de los vientos y de la mar que entra con temporal de afuera. Ese fondeadero está mucho más adentro que el señalado en las cartas inglesas, que carece de abrigo, y es, por lo tanto, mucho más cómodo. Con poco trabajo puede obtenerse agua potable, y convendría hacerlo, pues San Julián está rodeado de estancias, cuyos productos irán a Buenos Aires cuando haya mayores comunicaciones. Hoy se envían directamente a Inglaterra, porque los transportes nacionales no se detienen allí, lo que perjudica al mismo tiempo a los hacendados y al fisco.

     La entrada del Coy Inlet presenta dos canales, uno al norte y otro al sur, y adentro hay un fondeadero abrigado, con seis brazas en marea baja. La barra es de piedra, pero plana, y no la atacan sino muy rara vez los vientos de afuera, pues reinan sobre todo los del tercer cuadrante, disminuyendo por lo tanto el peligro de una varadura. Las mareas son allí de siete brazas, de modo que cualquier buque puede entrar al fondeadero.

 

- VIII -
Carnaval en Santa Cruz

     Santa Cruz, a donde nos dirigíamos a todo vapor, y ayudados por las velas cuando el viento era propicio, fue hasta hace poco la capital del territorio de su mismo nombre, que hoy ha sido trasladada a Gallegos.

     Pero antes que lleguemos a esos puntos, séame permitido añadir algunas líneas a propósito de Deseado.

     Como han de recordarlo aquellas personas que se han preocupado de los progresos del sur, los primeros colonos de ese puerto llegaron a él en 1882, y se establecieron bajo las órdenes de un personal oficial, numeroso y bien remunerado, que poco o nada útil era.

     Dos años trabajaron asiduamente las familias colonizadoras, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos, y poco a poco fueron retirándose, quedando sólo tres que han logrado formar un capital bastante apreciable. La desorganización de las subprefecturas y la falta de comunicaciones, no han sido ajenas a este resultado, la una sembrando la desconfianza en los habitantes, la otra impidiendo el desarrollo de los productos naturales. Los transportes -¡siempre los transportes!- han dejado de visitar a Deseado con la relativa frecuencia con que visitan a algunos otros puertos del sur, y han abandonado a los colonos a su propia suerte... Por otra parte, la subprefectura en cuestión ha dado lugar a un número tal de sumarios, que no puede compararse a otra oficina pública, según verá el curioso en los archivos...

     El clima, como en toda esa parte de la Patagonia, es variable pero seco, y también, como en el Chubut, la escasez del agua se hace sentir y ha impedido que los campos se pueblen más.

     Otra particularidad, un recuerdo, mejor dicho, de la vieja colonia española, es la existencia del perejil, cuya semilla, arrastrada por el viento, ha ido a germinar en los cañadones, a muchas leguas de la costa, y que probablemente de año en año va extendiendo su conquista hacia el interior.

     Respecto de aquella tierra, a menudo inhospitalaria, conviene citar aquí los datos que me comunica un antiguo habitante de ella.

     «En 1885, casi a la entrada de la bahía Spring, se perdió el vapor inglés Bochester, cuyos tripulantes, por casualidad, dieron con un colono, quien los llevó a la subprefectura, donde permanecieron cerca de cinco meses, por falta de transporte.

     »Luego, en 1887, se perdió nuestro Magallanes, y los pasajeros y tripulantes no se cansan de contar las penurias que han sufrido hasta la llegada de socorros.

     »En 1895, para hacer economías, fue abandonada la subprefectura, y sólo en el año corriente se restableció, sin que se hubiera dado noticia de esto a los cónsules de las naciones marítimas...»

     Menos mal que se haya vuelto sobre esta medida, y que ya se piense en dar estabilidad a las reparticiones racionales de la Patagonia, sobre todo las que son de tan imprescindible o insustituible auxilio. Pero ya hemos visto a la subprefectura de Madryn casi sin botes en que poder separarse algunos cables de la costa, y ya veremos otras lindezas análogas...

     Largas horas de navegación nos faltaban para llegar a Santa Cruz, punto de, arribo del doctor Moreno y su comitiva, y gran parte de ellas la dediqué a reunir recuerdos y pedir informes acerca de aquella región.

     -Santa Cruz y Gallegos -me dijo uno de mis compañeros de viaje-, son dos puertos característicos por sus ríos y la gran semejanza de sus condiciones climatéricas y topográficas. El primero de estos ríos es más caudaloso que el segundo, y se cree que es navegable casi en toda su extensión...

     (Esto último acaba de comprobarlo el doctor Moreao con toda felicidad, como lo relataré a su tiempo.)

     -Este río Santa Cruz, continuó mi interlocutor, es una arteria de comunicación de la más alta importancia, como han sabido comprenderlo muchos compradores de tierra que la han monopolizado.

     -¿Y del Gallegos? -pregunté.

     -Podría decirse lo mismo, aunque en menor escala, en lo referente a las tierras. Varios ciudadanos chilenos vienen desde 1880 ocupándose de recorrer todo el territorio de Santa Cruz, y hoy algunos de los hacendados que poseen extensos campos a ambas orillas del Estrecho de Magallanes, en suelo chileno, poseen también los mejores campos de esta región argentina.

     Esta especie de monopolio, que se hace extensivo no sólo a los habitantes de un país extranjero -que al fin pueblan sus campos y contribuyen a su progreso- sino también a los favoritos de la suerte, representados en el caso por empleados públicos de más o menos campanillas, este monopolio, repito, se hace por la desidia y con la anuencia inconsciente del Gobierno, que nunca se ha preocupado con la debida dedicación del porvenir de esas tierras y de la facilidad de existencia de sus colonos actuales. ¿Dónde están los estudios concienzudos o siquiera esmerados de aquel suelo, desde el punto de vista práctico?, ¿dónde la legislación lógica que permita no deshacer mañana lo que se está haciendo hoy?, ¿dónde la tendencia de crear sobre bases experimentales la estabilidad de propósitos que nos es tan necesaria para que nuestra marcha sea seria y realmente progresiva?

     Apenas se ha explorado una región desconocida, y apenas se sabe en las oficinas públicas que hay en ella terrenos aprovechable o cuando esos terrenos se solicitan por la especulación, que los obtiene sin dificultad, aunque ellos estén poblados desde muchos años atrás por hombres de trabajo y sacrificio, que tendrán que desalojar a la intimación de los nuevos posesores.

     -¡Ah, señor! -decía a un miembro de la comisión de límites uno de esos antiguos habitantes de la Patagonia- Aquí he pasado una gran parte de mi vida; todo lo que usted ve, esta estancia, lo he hecho yo con mis propias manos y es todo mi capital. Si mañana alguno, comprador o arrendatario del Gobierno, viene a sacarme de aquí, yo alegaré mi mejor derecho, hasta con las armas si es preciso.

     Y ese hombre representaba en su frase enérgica, la irritabilidad de que se encuentran presa los que se hallan en sus mismas condiciones, y que allá, en medio del desierto, han hecho obra más meritoria y patriótica que aquellos que, por el simple hecho de frecuentar los ministerios, pueden hoy echarlos de su hogar.

     Más tarde veremos lo que suele suceder con las denuncias de yacimientos mineros, que es curioso, por no decir otra cosa.

     Y ese desamparo, esa injusticia del Gobierno están probados en todas las formas, hasta en la misma ubicación de las subprefecturas y de las capitales, que ya hemos visto pasearse de un lado a otro; en el nombramiento de funcionarios y empleados poco idóneos, sólo delicados a su interés, y por lo mismo, autoritarios y despóticos; en la falta de una inspección severa que hubiese podido evitar desde faltas muy graves hasta simples ridiculeces.

     En cierta época, los marineros de la subprefectura de Santa Cruz andaban vestidos de chiripá y bota de potro, por no tener otra cosa que ponerse.

     El presidio militar, que, tanto dinero costó, está hoy abandonado, sus casillas de madera se caen a pedazos, o se venden a precios irrisorios; el depósito de carbón, vacío, con análoga suerte, y lo único de extrañar es que el despilfarro se detenga aparentemente ahí.

     El 20 de febrero, domingo de carnaval, llegamos a Santa Cruz, después de una navegación bastante agradable, pasada sin incidentes, en la amena y fácil intimidad de a bordo.

     Las largas horas transcurridas sobre cubierta, con una temperatura benigna y un sol radioso, parecían cortas por la contemplación del mar, cuyos tonos cambiantes, según el momento, la profundidad y la marea, reclaman un pintor. Van del azul obscuro, casi negro, basta el verde claro, pasando por todas las gradaciones y matices intermedios. A popa, la espuma de la hélice y la de la ola que acaba de cortar y surca el barco, forma curiosas vetas sobre el fondo verdoso y transparente, que me hacen recordar el mármol de San Luis. A lo lejos, la marejada mansa trae a la memoria la Pampa con sus suaves ondulaciones. La luz juega el principal papel en este cuadro siempre variado y siempre el mismo, y los vapores nos hacen representar a menudo e instintivamente la escena de Hamlet y Polonio:

     Hamlet.- ¿No ves aquella nube que parece un camello?

     Polonio.- Cierto, parece un camello.

     Hamlet.- Pero ahora me parece una comadreja.

     Polonio.- No hay duda, tiene aspecto de comadreja.

     Hamlet.- O de ballena.

     Polonio.- Verdad, sí, de ballena...

     Hamlet.- ...Tanto harán ustedes, que me volveré loco de veras.

     Pero estas visiones, bellísimas entonces, iban a desmerecer muy luego y casi a borrarse de la memoria ante otros espectáculos más grandes y tangibles que todavía guarda el sur casi desconocido, y que no sé cómo no han atraído ya a todos los amantes de la naturaleza...

     La entrada a Santa Cruz es menos monótona que la de Madryn, porque sus costas descarnadas, y tristes también, son más abruptas, y la vista descansa en los altos acantilados, en los montes y las colinas, en la rápida corriente del río, que, cuando baja la marea, llega a ser torrentosa.

     A la derecha, a lo lejos, en un vallecito escondido, está Misioneros, el que fue presidio militar y hoy no se sabe cómo continúa siendo asiento de la subprefectura y del correo, aunque se halle a más de una legua de los verdaderos centros poblados.

     Enfrente se ven unas cuantas casas de comercio, destacándose sobre la inmensa y alta playa de cantos rodados y de arena fina; a la izquierda los grandes galpones para depósito de carbón que el Gobierno tiene abandonados y sin un pedazo de hulla, aunque tanto necesite de esa facilidad la navegación del sur, y aunque Chile nos haya dado el ejemplo en toda la costa oeste y en Punta Arenas mismo. Más lejos, colinas pedregosas de cantos rodados, en que crecen matas de esa yerba fuerte que vive en las tierras saladas, y que da a esos cerrillos tintes verdinegros, que se hacen más intensos hacia el pueblo propiamente dicho -el Quemado-, extendido sobre un pequeño llano a 1900 metros de la costa, y unido a ella por una calle bastante bien hecha, y de 25 metros de ancho.

          En la playa, multitud de fardos de lana estaban tirados desde meses atrás, a la espera de un barco que los transportara, y echándose a perder a la intemperie, aunque a pocos pasos se levante el depósito inútil del carbón, que bien pudiera prestarse a los colonos para defender su mercadería.

     Y tirada sobre uno de los costados, imagen desolada de nuestra actividad administrativa, la antigua barca Usuhaia, que se me dijo estaba en venta, sin que se hallara comprador.

     Tiempo, y largo, tuve para contemplar este paisaje, pues el bote de la subprefectura que debía darnos entrada, tenía que trasladarse desde Misioneros, cuyas casillas negras se distinguían apenas allá a lo lejos, detrás de un monte (Punta Witte), rico en curiosidades naturales, entre ellas la magnífica ostra fósil de la Patagonia, que figura en todos los museos.

     La población de Santa Cruz data de 1879, pero tomó incremento realmente desde 1881; aun antes, en 1877, el comandante Piedrabuena edificó en la Isla Pavón; pero en la última fecha estableciéronse allí los colonos Gregorio Ibáñez, Cipriano García, Manuel Coronel y Gregorio Albarracín. De éstos sólo queda hoy la sucesión del primero, porque los demás tuvieron que ceder sus derechos. ¡Y con razón! Vivían en el más completo abandono, y su única comunicación era un barco que llegaba con intervalos de ocho y más meses. El Gobierno, que les había prometido animales, no se los dio, y para alimentarse tenían que recurrir a la caza de avestruces y guanacos, porque ni la pesca abunda... Los barcos que llegaban vendíanles víveres, pero escasos, y ¡a qué precio!... En una ocasión se vendió en Santa Cruz el quintal de harina a $ 50 oro.

     Y todos aquellos colonos que habían ido allí con sus familias, fiados en nuestros gobiernos protectores del inmigrante, tuvieron por fin que retirarse, no sólo a causa de las tremendas penalidades que sufrieron, sino también porque hasta ahora no han logrado título de la legua de campo que por ley les corresponde como colonos.

     El 84 volvió a poblarse Santa Cruz, yendo en la barca William Seeck a establecerse allí el nuevo comisario de la colonia, señor Augusto Segovia, y los colonas Marcelino Tourville, Pedro Semino, Silvestre Alquinta y Pedro Sanveliche. Diose a cada uno de ellos una casilla de madera y forros de hierro galvanizado para la misma, víveres para un año y unos pocos animales.

     El Gobierno, que se habla comprometido, según decreto y contrato, a darles 250 ovejas, 50 animales vacunos, 12 caballos y útiles de labranza, etc., a cada uno, no les dio nada en resumen de cuentas; pero ellos, a fuerza de trabajo y perseverancia, consiguieron algunos animalitos, y hoy son estancieros y cuentan con un serio capital.

     Eso sí, ¡tampoco se les ha dado el título de la legua de campo! Aviso a los especuladores.

     ¡Oh! hay que machacar sobre esto, que es la carcoma de aquel territorio, desde el río Negro hasta los canales del Beagle. Aquellos hombres no pueden ser despojados, porque han hecho demasiado esfuerzo para que les resulte inútil, porque han hecho muchísimo bien al país en que viven, para que éste no les recompense, dándoles siquiera lo prometido.

     El señor Williams, que en aquel tiempo era subprefecto marítimo, les daba para que pudieran, no vivir, sino no morirse de hambre, los víveres sobrantes de la subprefectura, lo que él podía de sus propias reservas, y aun así veíase obligado a salir a cazar o mandar a su hermano con sus caballos y sus perros, para darles de comer. Uno de ellos, don Pedro Semino, que habitaba en una casilla del Gobierno con su mujer y dos hijos menores, tenía por único haber... ¡una yegua!... Los nuevos colonos de la Patagonia no sabían andar a caballo, no tenían recursos, estaban en el más completo abandono, y sin embargo, han triunfado. Véase por esto lo que hubiera sido aquella región con una más hábil y generosa distribución de los beneficios gubernativos, o mejor dicho, con un cumplimiento más estricto de sus deberes y obligaciones...

     Hoy, en el departamento de Santa Cruz solamente, cuéntanse 250.000 ovejas y 1000 animales vacunos, los que no dan resultado, y sólo se tienen para las necesidades de la pequeña población, que entre Santa Cruz y San Julián es de unos 250 habitantes. Santa Cruz tiene además 2000 caballos, y San Julián 100.000 ovejas.

     Las casas principales de comercio de Santa Cruz son la de Braune y Blanchard (sucursal, notadlo bien, de la de Punta Arenas), con un capital de 25.000 pesos; la de don Benito Fernández, antiguo contramaestre de nuestra escuadra y de la Escuela Naval, con 20.000; la de Tito Martínez, etc., etc.

     Pero hay que hacer observar que estas pequeñas casas tienen su capitalito en continuo movimiento, y realizan beneficios muy apreciables, lo que las hace en realidad de mayor importancia.

     ...Llegó por fin el bote de la subprefectura, diose entrada al Villarino, que borneaba con la marea bajante. Allí iba a quedar gran parte de los pasajeros, con el doctor Moreno, unos para remontar con él el Santa Cruz, otros para seguir por el río Chico, a las órdenes del capitán Uriburu, que debía reunirse con la novena subcomisión de límites.

     Además de la lancha, que era necesario armar a bordo, tenía que procederse al desembarco de las mulas de la comisión, taciturnos y melancólicos compañeros de viaje, de que no me he ocupado quizá como debiera, y que mirándose unas a otras, vuelta el anca al mar, rumiaron tristemente durante largos días el pasto seco que se les daba, cuando no se sentían atormentadas por el mareo o a medias cocidas por el vaho ardiente de las calderas. La operación iba a costar varios días de trabajo.

     La caldera de la lancha Tornycroft, número 2, que tan airosamente iba a navegar muy luego el río Santa Cruz, no se hallaba en buenas condiciones; la prueba que de ella se hizo en el puerto de Buenos Aires no fue suficiente, como lo demostró otra que -esta vez con vapor y no con presión de agua- se efectuó a bordo del Villarino poco antes de la arribada. Se repasó toda ella, ajustándosele tubo por tubo, y la larga operación no estaba aún concluida en el momento del desembarco.

     Bajamos a tierra. La marea había dejado a descubierto la ancha y tersa playa de arena, coronada por la gradiente de cantos rodados, de pedregullo, que forma una verdadera colina de falda completamente plana. Se calculará la altura de esta costa, sabiendo que en las mareas de luna llena las aguas tienen entre baja y pleamar, una diferencia de 42 pies.

     El doctor Moreno, sus ayudantes y sus peones fueron a instalarse en el abandonado depósito de carbón, mientras uno de su comitiva quedaba a bordo para vigilar la descarga de los víveres y pertrechos.

     Al mismo tiempo comenzaba el carnaval, el único que hemos tenido, el de las mulas.

     Con la baja marea el Villarino estaba a distancia relativamente corta de la playa, y para ahorrar trabajo y no estropear demasiado a los animales, se procedió a echarlos al agua y hacer que, nadando, ganaran la orilla. Abrieron la marcha los caballos del coronel Rosario Suárez, sobre todo el Rayo, «su crédito», corcel que fue de un cacique del sur, y que viejo y todo como es hoy, dio muestra de su brío cortando vigorosamente el agua correntosa del Santa Cruz, y dando ejemplo a sus compañeros. ¡Pobres animales! Después de tanto día de traqueteo infernal, de mareo y de hambre, aquel jueguito de carnaval al uso antiguo no debía hacerles mucha gracia. Al pisar la arena se detenían temblando, sacudiéndose, desorientados, como si les faltase el balanceo del buque. En el agua los arriaban la lancha a vapor del transporte y los botes, pero hubo que abandonar el procedimiento, porque, espantados, se iban corriente abajo, a perecer en cuanto se fatigaran. Solos, se desenvolvían perfectamente, y llegaron sanos y salvos.

     Sentados en el pedregullo, mirábamos el interesante espectáculo, muy divertidos, porque en esos viajes largos y monótonos todo incidente es entretenimiento, y recordando que también en Buenos Aires se desembarcaban de ese modo los animales antes de que, tuviéramos el Puerto Madero, como se desembarcaban en carretas las personas...

     -Lindo carnaval, ¿eh?

     -¡Lindo, lindo! Ahora falta el corso: vamos hasta el Quemado.

     -Vamos.

     Y emprendimos la marcha hacia la aldea, que, como he dicho antes, está a 1900 metros de la costa. Aquí comenzaron las penas, pues para ganar el bulevar teníamos que recorrer un trayecto bastante largo por el pedregullo, que se apartaba crujiendo bajo nuestro peso, destrozándonos los botines, no hechos para esas andanzas. Afortunadamente, un carrito de carnicero acertó a pasar cuando ya estábamos dando al diablo la caminata, y el carrero, dirigiéndose al doctor Luque, que iba con nosotros:

     -¿Usted es el médico de a bordo? -le preguntó.

     -Sí. ¿Qué desea?

     -¿Quiere hacer el favor de venir a ver a un enfermo en casa de Tito?

     -¿Dónde está esa casa?

     -Allá, en el Quemado.

     -Bueno, ahora mismo irá.

     Yo tomé parte en la conversación entonces, iluminado por una idea salvadora.

     -¿Por qué no nos llevaría en el carrito?

     Y en el carrito sucio de sangre, nos fuimos, en efecto, el doctor Luque, de uniforme, y yo, porque los compañeros no quisieron seguirnos, suplantando el suplicio del pedregullo por el de los barquinazos del vehículo, que nos obligaban a asirnos fuertemente para no caer. Así vimos la casa de comercio de Braune y Blanchard, el galpón negro con una cruz en el remate, que sirve de iglesia, donde no se dice misa porque no hay ornamentos, y el resto del pueblo, alegremente dorado por el sol, plácido y tranquilo entre las altas colinas que lo rodean por tres lados, y que no dejan de tener algo de pintoresco.

     El doctor Luque hizo su visita médica, luego tuvo que montar a caballo para ir a hacer otra en Misioneros -un regular galope-, y por fin todo el día estuvo solicitado, llevado y traído, sin dársele punto de reposo. En Santa Cruz no hay médico, como no lo había en el Chubut, y cuando llega un transporte, el de a bordo ya tiene para rato, por poco complaciente que sea, porque en cuanto a recompensa, sólo habría que esperar la celeste.

     Don Juan Williams, juez de paz de la localidad, y que hace de agrimensor, de consejero, etc., asiste a los enfermos también como Dios le da a entender, y algunas veces con excelentes resultados. Pero... no hay medicamentos, es decir, no hay sino aquellos de uso más común, como la sal de Inglaterra y a algunos específicos; buscó, por ejemplo, el doctor Luque yoduro de potasio, y tuvo que recurrir al botiquín de a bordo.

     Este señor Williams, que fue subprefecto marítimo en tiempos de la segunda fundación de la colonia cuya historia he referido rápidamente, ocupándome al paso de él, es un hombre alto y seco en apariencia, de larga barba entrecana y ojos llenos de juventud. Gran jinete, infatigable cazador de guanacos y avestruces, ha corrido por aquellas colinas pedregosas y abruptas, arriba y abajo, con riesgo de la vida, y eso durante años enteros. Diez y siete ha estado allí, sin venir sino tres veces a Buenos Aires, y conoce aquella tierra palmo a palmo, como conoce cuanto ha pasado en ella. Él fue quien me dio minuciosos e interesantes detalles sobre esta región, que me han servido y me servirán en adelante.

     -¿La vida no será en Santa Cruz tan fácil como podría serio? -le pregunté en una de nuestras largas conversaciones.

     -¡Oh! a pesar de todo lo que se sufre, esto es hoy el paraíso, comparado con lo que fue antes. Ahora hay recursos, no muchos, pero suficientes, y en un principio no había nada, todo estaba como la palma de la mano...

     -Usted ha prestado muchos servicios a los colonos, que le deben no haberse muerto de hambre en ciertas ocasiones. Me ha dicho Tourville, por ejemplo...

     -Ya hubieran salido solos del paso -dijo, rehuyendo la contestación.

     Cambiamos de tema, y al ver una cantidad de troncos y tablas esparcidos por el suelo, en medio del campo, pregunté:

     -¿Para qué es toda esa madera?

     -Estamos de edificación -me contestó-. Santa Cruz adelanta a pesar de todo. Ahora va a poblarse todo el terreno amojonado que usted ve, y dentro de poco nuestro pueblito habrá crecido notablemente. Se dan lotes de 25 por 50 y de 50 por 50 a los que se comprometen a poblar, con la única condición de que depositen 50 pesos como garantía de que construirán el cerco y la casilla. Muchas de ellas serán de madera solamente, pero, como habrá visto en el Quemado, allí las hay de material, es decir, de adobe.

     -Y, a propósito de progresos y facilidades de existencia: ¿ha cesado por completo la carestía de otros tiempos?

     -Sí, ahora tenemos vacas, cuya carne no se consume, porque los animales enflaquecen demasiado; capones excelentes, muy sabrosos, algunas aves, muy pocas legumbres, que cultiva cada uno para sí -papas, habas, cebollas-, etc.- vino chileno abundante y barato, como el azúcar, el café, té, licores...

     -¿Que vienen naturalmente de Punta Arenas?

     -De Punta Arenas, sí. Se exporta mucho para allá también, porque los transportes no bastan, las mercaderías que vienen se quedan en Buenos Aires, y las que deberían ir... Esos fardos de lana que ve usted en la playa, están allí hace más de dos meses, y tendrán todavía que aguardar. En cambio hay otras ventajas, como, por ejemplo, el aumento anual de las ovejas, que dan 85 por 100 aquí, en ocasiones hasta 110 en San Julián y hasta 140 al pie de la cordillera... Y eso con una sola parición al año.

     -¿Tanto? ¿Y cómo puede ser que...?

     -Es que esta raza, cruza de Cheviot y Lincoln, que es más o menos la de las Malvinas, adquiere gran desarrollo y es mellicera. Las ovejas tienen dos y a veces tres corderos, la mortalidad es muy pequeña, no hay epidemias, y el clima demuestra ser muy favorable.

     -¿Y la lana es tan buena como la carne, que en efecto es sabrosísima?

     -Se lo diré todo con decirle que el año pasado ha obtenido en Inglaterra hasta 8 3/4, peniques.

     Miré el campo en torno y quedé sorprendido de que aquellos matorrales desolados, escasos, morados y verdes, pudieran servir de alimento, con tan visible éxito, a los miles, de animales de que se trata. Pero recordé que en Patagonia no se tienen las majadas como en el norte, un espacios reducidos; que cada oveja cuenta con un vasto radio en que comer el jume blanco, y que esos animales están desde varias generaciones adaptados al medio, como que proceden de las Malvinas, donde ya Darwin, en su viaje de circunnavegación a bordo del Beagle, observó la curiosa adaptación y el desarrollo del ganado vacuno; caso que ha ocurrido también en lo que respecta al ovino, que literalmente no cabe en la isla.

     Tanto es así, que algunos hacendados malvineros matan millares de cabezas a la orilla del mar para utilizar las pieles y dejar el animal a disposición de las aves carnívoras y del capricho de las olas. Otros hacen sebo, y otros, por fin, venden los animales en pie a precios muy bajos.

     Muchos de esos hacendados han hecho todo lo posible para ir a poblar la Patagonia, pero se han encontrado con esta dificultad: no se les garantizaba la posesión ni el arrendamiento del campo necesario, y no podían aventurarse hasta el extremo de tener ovejas y no donde ponerlas. Eran siete u ocho, que hubieran llevado un plantel de mucha importancia. El señor Williams envió innumerables notas, tocó cuantos resortes pudo, pero sin que se lograse como servicio lo que en verdad era un beneficio general. Y los malvineros se fueron a Chile.

     Entretanto, aquella tarde se había desembarcado todo el equipaje del doctor Moreno y comitiva, y gran parte de las mulas y caballos, operación esta última que tuvo que suspenderse porque comenzó a soplar el vientecito patagónico, y a correr el Santa Cruz que se las pelaba.

     La comisión de límites estaba ya instalada en el galpón, organizando los víveres y pertrechos, bajo las órdenes inmediatas del perito, incansable en la tarea y que tomaba parte en ella como los demás. Las visitas se encargaban del mate amargo, que no hubiera circulado de otro modo, y ya junto al fuego se doraban lentamente los cuartos de un capón, que al poco rato fue manjar delicioso para nuestros estómagos hambrientos.

     Crujían bajo nuestros pies los cantos rodados que han quedado en enormes montones en el piso interior, y redoblaba sobre nuestras cabezas el techo de hierro, sacudido por la brisa que, según el anemómetro de abordo, corrió aquella noche más de 60 kilómetros por hora. Algunas veces anda más, y por eso aquel puerto es tan temible para las embarcaciones menores, pues se le alía la corriente, y como suele soplar arrachado, con ráfagas violentas, ni puede utilizarse la vela, ni puede el remo con el torrente aquél.

     -¡Hermoso carnaval!

     -¡Hermoso!

     -Mientras sólo dure los tres días...

     Buque ha habido que ha tenido que quedarse allí, a dos anclas, semanas enteras, por no poder desembarcar un fardo ni con la lancha a vapor.

     Cuando, después de comer, hicimos señas al Villarino para que nos mandara bote, comenzó a inquietarnos no notar a bordo movimiento alguno. A las señales con pañuelos, sucedieron más tarde, ya entrada la noche, las de los faroles, las fogatas y los tiros de revólver. Nada.

     Nadie se movió, ninguna embarcación bajó de sus pescantes, y el Santa Cruz siguió rodando con ruido fragoroso sus aguas verde claro.

     -Hay que renunciar a que nos manden bote.

     -¿Pasará algo a bordo?

     -Es extraño que no contesten, porque tienen que haber comprendido las señales.

     -Y el comandante Murúa también está en tierra y desearía embarcarse.

     Estas y otras observaciones cambiábamos cinco de los pasajeros del Villarino, y un peón, cargado de trebejos, los que más habíamos andado aquel día; no descontábamos lo que la experiencia enseña a los que frecuentan aquellos parajes. Nadie escarmienta en cabeza ajena.

     Sin embargo, el río es verdaderamente temible en esa altura.

     La corriente llega a tener una velocidad de siete a ocho millas por hora, y si el viento, tal como lo he descripto -con sus 60 y 70 kilómetros-, corre en contra de ella, bien pueden comprender los lectores que no exagero.

     Pero no podíamos pensar en dormir incómodos allí cuando a bordo nos aguardaban nuestras camas y nuestros abrigos -habíamos declarado terminantemente nuestro propósito de no quedarnos en tierra-, desconocíamos, o mejor, no queríamos creer en los riesgos que presenta aquel relativamente angosto caudal de agua, cuando el Villarino estaba casi puede decirse al alcance de la mano, y por amor propio y temeridad resolvimos embarcarnos de cualquier modo. La suerte no quiso que halláramos lo necesario: bote sí -había varios eu la playa-, pero faltaban los remos. Hubiéramos tomado cualquiera, para devolverlo al día siguiente, pero no era posible hacerlo sin tener con qué bogar.

     Una choza baja, tan baja que era menester entrar casi a gatas, cerrada apenas con unas chapas de hierro galvanizado, aislada en la costa, nos pareció depósito de artículos navales.

     -¿Abriremos?

     -¿No abriremos?

     -A la guerre comine à la guerre.

     Y se abrió. Había allí, en efecto, caballería, tarros vacíos de pintura, bombillas, hasta un timón, pero ni un solo remo.

     -¿Durmamos aquí? -propuso uno.

     -¡Qué hemos de caber, hombre! Y además, tanto valdría dormir afuera, y en el galpón estábamos mejor.

     Seguimos buscando, naturalmente sin hallar, a lo largo de la playa, sobre los cantos rodados, bajo el viento cortante como hoja de cuchillo, hasta que al fin, cansados, lacerados casi, acabamos por donde debimos comenzar, dirigiéndonos hacia la única casa de comercio que permanecía abierta todavía, la de un obsequioso andaluz que habíamos conocido aquella tarde.

     -Venimos en procura de bote; ¿tiene usted alguno, o cualquier otra cosa para irnos a bordo?

     -¿A bordo?... -preguntó extrañado- ¿Con este tiempo?

     -Sí, hemos resuelto irnos.

     -Pues no, señores, no tengo bote, y me alegro.

     -¿Ni remos?

     -Tampoco.

     Inició una disquisición sobre los peligros, pero se la cortamos, preguntándole si no habría al alcance algún lanchero. Había, se le mandó llamar y fue. Era un marinero portugués, de cara ancha y abierta, sonriente y tranquilo. A nuestra pregunta, hecha casi en coro, contestó categóricamente:

     -No, señores, no puedo llevarlos; mi compañero no está, un hombre solo no rema bastante; y aunque estuviera, él no querría... ni yo tampoco.

     -¿Por qué?

     -Ustedes no quieren creerlo que es este río; se ha comido mucha gente; se ha de comer mucha todavía, y no hay que jugar con él...

     Y nos contó varios naufragios, marineros perdidos con el bote, que había ido a encenagarse allá abajo en el cieno, hombres robustos, arrebatados por la corriente... y todo esto sin dejar la expresión risueña y franca.

     Nos miramos las caras. Volver al depósito de carbón era declararnos en plena derrota. Pero no había que hacerle. Lo que no tiene remedio, remediado está.

     Agotados todos los medios de que hubiera podido disponerse para ir a bordo, natural es que resolviéramos... quedarnos en tierra. Pero, ¿dónde? Nos consultamos, consultamos al almacenero andaluz, al marinero portugués, y ya íbamos a optar por ir a dormir en la playa sobre el pedregullo -¡con aquel viento!- o invadir el depósito de carbón, cuando la situación se despejó como por ensalmo.

     -Yo me voy al depósito -dijo uno-. Tengo una cama para usted -murmuró el ventero al oído de otro, conocido suyo de tiempo atrás.

     Un tercero preparó sus baterías y las abocó al marinero, que se había quedado observando la escena con cara risueña:

     -¿Y usted no tendrá algún rincón?...

     -Sí, pero mi casilla es chica y no podría llevar sino a uno.

     -Bueno, el peón dormirá en cualquier parte, en el suelo, donde menos incomode.

     Y los que quedábamos en blanco, que éramos tres, comenzamos, envidiosos, a tratar de que se echara atrás, denigrando la habitación sin conocerla. Pero el huésped replicó, sin enfadarse, risueño como cuando se negaba a llevarnos: -No, el cuarto era muy limpio, hasta recién empapelado, con una buena cama.

     -¡Oh! -terminó- siempre pasa lo mismo con los pasajeros; muchas veces he pensado hacer una comodidad y la haré en cuanto pueda...

     Creí entender por comodidad algunos cuartos para huéspedes, y eso era en efecto.

     -Bueno, pero ¿y nosotros?

     -¡Ah!

     Y se desentendían los ya ubicados, tan egoístas como nosotros envidiosos. «Una noche como quiera se pasa», sí, pero ¡aquélla! El que se quedaba en el almacén nos surgió de pronto una idea salvadora.

     -¿Por qué no van a casa de Braune y Blanchard?

     -¡A esta hora! (ya eran cerca de las doce, y la noche estaba como boca de lobo).

     -Sí, pues. Seguro que les dan hospedaje.

     -Pero es imposible que a media noche...

     -Vayan tranquilos, y llamen si la casa está cerrada.

     No había que discutir, pues la disyuntiva era fatal: o ir a fastidiar al prójimo, u optar por el pedregullo del depósito, incomodando también allí para procurarnos algunas mantas. ¡En marcha, pues! Y azotados por el viento, en medio de una obscuridad tal que no nos veíamos aunque camináramos juntos, echamos a andar en busca de la larga calle que ya aquel día habíamos recorrido varias veces. Los demás tomaron rumbo también, y las peripecias cesaron. En casa de Braune y Blanchard nos recibieron en palmas de manos, aunque ya estuvieran todos acostados; cediome su cama el gerente, a pesar de mis protestas; la otra que ocupaba un empleado tocó en suerte a uno de los compañeros, y el último, Nesler, tuvo un magnífico catre. Poco después dormíamos todos con un sueño tan bien ganado desde el punto en que comenzó a ser vaga aspiración, que necesariamente tenía que ser profundo.

     Al día siguiente, cuando volvimos a la playa, supimos que otros compañeros, menos afortunados, habían forzado también la puerta de la casucha, y entre los baldes y los cabos habían pasado la terrible noche. De esta última aventura nadie ha dicho palabra, nadie se ha jactado, de manera que sus actores permanecen desconocidos... hasta cierto punto.

     En el depósito de carbón ya casi todo estaba dispuesto para la marcha; los víveres en sus cajas a propósito para el carguero de las mulas, repartidas las armas, las mantas, las ropas. Sólo faltaban las mulas que no habían podido desembarcarse el día anterior, para que la comisión de límites pudiera fijar definitivamente su partida. El doctor Moreno, levantado desde el amanecer, ocupaba su actividad en mil detalles, sin demostrar impaciencia por el retardo. Bien es cierto que aun desembarcadas las mulas, faltaría la lancha, que, en efecto, el Villarino dejó varios días después, con uno de sus maquinistas, para terminar el arreglo de la caldera. Pero he observado en él esa cualidad de no impacientarse, mientras se esfuerza por ganar tiempo a la vez, en varias ocasiones. Cuando varamos en plena dársena, y después de seis eternas horas de espera, cuando los nervios de todos nosotros vibraban como cuerdas de violín, recuerdo que le dije:

     -¿No le parece esto desesperante, doctor?

     -Cuando se viaja es necesario aprender a tener paciencia -me contestó.

     La experiencia, en efecto, me lo ha estado demostrando en esta larga excursión. Pero sería necesario examinar si algunos temperamentos son aptos para aprenderlo.

     Pasamos aquella mañana mirando el río y mirándonos las caras. No había otra cosa que hacer hasta la hora de almorzar, lejana aún, si es que no se considera hacer algo el sorber mate tras mate, y comentar el ruido del viento y el de la arena que arrastraba para imitar el rumor de la lluvia que no cae por allí.

     Curioso fenómeno: antes no llovía jamás en la costa este de la Patagonia y Tierra del Fuego; ahora comienzan a notarse algunas escasas lluvias, sobre todo en la isla. El clima varía, en efecto, y observaciones aproximativas hechas en Bahía Thetis, Buen Suceso y Policarpo, dan en cuatro años un aumento notable en la lluvia caída y en la humedad atmosférica. También se ha notado una pequeña diminución en la velocidad de los vientos. Datos exactos a este propósito tienen los padres salesianos de Río Grande, y el observatorio de Córdoba, que mantiene una estación en la Isla de los Estados.

     Y ya que hablamos de meteorología -aunque rudimentaria-, ¿por qué no añadir que el clima de Santa Cruz es tan extremoso que de 22 grados centígrados de temperatura en el verano, el termómetro desciende en invierno a 13 y más grados bajo cero? Los vientos que predominan, con la velocidad que ya he dicho, son los del tercero y cuarto cuadrante, nieva todo el invierno, y el mismo río suele helarse a una y otra orilla, hasta no dejar sino un pequeño canal en el centro, como sucedió en julio de 1895. Verdad que en aquel mes, desde el 12 al 16 sobre todo, la temperatura era, de 8 a 9 de la mañana, de 15 grados bajo cero.

     -¿Vamos a almorzar?

     -¡Ya era tiempo!

 

- IX -
Lunes de Carnaval

     A la tarde el viento amainó un poco, pero no lo suficiente para que pudieran continuarse las operaciones de desembarco. Habíamos hecho honores a un gran puchero y a un buen asado de capón en casa de Tito, en el Quemado, y trabado más amplia relación con Marcelino Tourville, quien me prestó su caballo para ir hasta el depósito-alojamiento de la comisión de límites, y usarlo luego según me pareciera.

     -Es un servicio inestimable, pues recorreré la costa, veré Misioneros, y me libraré del pedregullo -me dije-. Cierto que hace años que no monto a caballo, pero ¡bah! quien bien aprende, tarde olvida.

     Hubiera deseado mayor tiempo para internarme algo en el territorio, pero ni podía perder el Villarino, so pena de quedarme allí un mes entero, ni podía tampoco adivinar que el viento iba a jugarnos la mala pasada que tenía en preparación.

     Pero, otros dirán por mí el concepto que les merece aquella región, tierra adentro, y el primero será uno de los hombres que más han contribuido, en épocas anteriores, al conocimiento de la Patagonia: el capitán Moyano que, refiriendose a ella, dice:

     «La zona vecina a la costa contiene pastos escasos, pero de una calidad especial que permite aprovecharlos para la cría de vacas, ovejas, caballos y cabras, y que la práctica ha probado pueden soportar el clima de todo el año, y algunos retazos en los valles de los ríos y cañadas se prestarían para la agricultura, aunque no en grande escala. La zona central es menos apta a estos objetos, porque a la escasez mucho más acentuada de su vegetación, reúne la seria desventaja de que dando una prueba de su inhabitabilidad en esta estación, los mismos animales salvajes, como guanacos y avestruces y aves que a millones bajan en ella a las costas, tal vez no permita en ella la estadía de los animales en el invierno, doblemente más crudo que el de la costa, por la elevación de las mesetas que la forman, y su distancia del mar, que tanto atempera el clima. La zona andina, o sea la zona montañosa, que empieza con los primeros contrafuertes de la cordillera, está caracterizada por espesos e interminables bosques de hayas antárticas, y una vegetación herbácea que satisfaría al estanciero más exigente».

     La reciente obra del doctor Moreno es más explícita en lo que respecta a la Patagonia Central, y los trabajos que él y sus colaboradores tienen en preparación arrojarán mucha luz sobre ella.

     Pero, aparte de que era justo recordar al explorador citado -a cuyos trabajos he tenido que referirme ya-, sus consideraciones son de mucho valor, y merecen ser recordadas.

     Darwin, que remontó con Fitz-Roy el río Santa Cruz, y que si hubiera seguido todavía algunas de sus vueltas habría avistado y descubierto el lago Argentino, puesto que anduvo 224 kilómetros de su curso, y el lago estaba como si dijéramos al alcance de su mano, se expresa con mayor severidad y no sin cierta injusticia, acerca de la topografía de aquel territorio.

     «El paisaje -dice- continúa ofreciendo escaso interés. La similitud absoluta de las producciones en toda la extensión de Patagonia, constituye uno de los caracteres más notables de este país. Las llanuras pedregosas, áridas, tienen en todas partes las mismas plantas achaparradas; en todos los valles crúzanse los mismos matorrales espinosos. Por todas partes vemos los mismos pájaros y los mismos insectos. Apenas si un tinte verde, algo más acentuado, corre por las orillas del río y de los arroyos límpidos que van a arrojarse a su seno. La esterilidad se extiende como una maldición sobre todo este país, y la misma agua que corre sobre un lecho de guijarros, parece participar de esa maldición...»

     La falta de víveres, más que otra cosa, hizo que Fitz-Roy no siguiera adelante; otros más tarde lo hicieron, y por último ha tocado al perito argentino la honra de remontar a vapor el Santa Cruz -como aseguró que era posible en 1877-, de entrar al lago Argentino, de ir por el Leona, hasta el lago Viedma, sirgando sólo unos veinte metros a la altura del cerro Fortaleza. Pero no adelantemos los sucesos, como se dice en las novelas de intriga, y recordemos que el doctor Moreno, sus ayudantes y sus peones, están todavía en el depósito de carbón.

     Sin embargo, venía esto muy a cuento al hablar del territorio, pues contra lo que afirman los exploradores citados, el doctor Moreno, que no limitó sus trabajos al curso mismo del río, sino que estudió también sus márgenes en una extensión bastante vasta, ha encontrado -según mis noticias- campos espléndidos para pastoreo, y lo que es mejor, maderas en abundancia, y hasta minas de carbón de piedra (¿lignito?)

     La navegabilidad del Santa Cruz era un problema de alta importancia, cuya solución va a entregar al trabajo y al progreso una nueva y vastísima zona, casi despoblada hasta hoy; si el parásito de la especulación, que impide el desarrollo y ejercicio de las fuerzas vivas que están aún latentes en toda la Patagonia, no invade también aquella región, y si el Gobierno, tan descuidado siempre, la reserva hasta estudiarla y hallar el modo de entregarla a los pioneers que la hagan prosperar para bien suyo y del país.

     No tengamos, por Dios, otra concesión Grünbein, ni se dé esa tierra a intermediarios cuya sola misión sería hacerla pagar máscara a los trabajadores, cobrando su influencia como mercadería, y contribuyendo así a desacreditar nuestros procedimientos administrativos. Hay que reaccionar; es necesario no descontar ya el porvenir, sino prepararlo para que sea más próspero.

     ...Santa Cruz debe su nombre a Magallanes, que lo descubrió el 26 de agosto de 1520, después del recio temporal que hizo naufragar una de sus naves. Pero durante muchos años no se ocuparon de aquel puerto los españoles, en cuyo nombre había tomado posesión de él quien estaba llamado a mayor gloria aún, el navegante de quien Camoens dijo:

                            

Ao longo desta costa que tereis

                    

irá buscando a parte mais remota

o Magalhaes, no feito con verdade

portuguez, porém nao na lealdade

     Según Pigafeta, el historiador de aquella expedición por tantos conceptos memorable, el puerto era bueno y seguro. D'Orbigny supone que más tarde hubiera cambiado, porque en 1746 la nave española San Antonio lo encontró impracticable a causa de la acumulación de arenas. Pero no ha habido tal cambio; el San Antonio no habrá logrado entrar a causa de la barra que sólo puede pasarse cada seis horas; la enorme diferencia de las marcas, que he señalado ya, permite en pleamar el paso de buques de cuatro y cinco mil toneladas, sin el menor inconveniente.

     Magallanes, sin embargo, pudiera haber hecho una pequeña variación profética en el nombre con que bautizó a esa Pesada Cruz para sus primeros pobladores... para los pasajeros del Villarino, y especialmente para mí, que en el overo de Tourville, abiertas las piernas como para desarticularlas sobre el ancho recado, y después de dar algunos galopes de aquí para allá, caí muy ufano al depósito, para averiguar cómo marchaban las cosas. Todo iba a pedir de boca, menos lo dependiente de la voluntad del río, que corría en forma de hacer inverosímil que pudiera helarse alguna vez, ni aun en el mismo polo.

     -¿Por qué no va a Misioneros? -me preguntó el Dr. Moreno.

     -Es mi proyecto.

     -Entonces, hágame el favor de ver si hay cartas para la comisión de límites.

     -Con mucho gusto.

     Bajé a tomar un mate, y ya comencé a notar que el recado no estaba hecho para mí o yo no estaba hecho para el recado. Disimulé como pude una manera de caminar que aún no me conocía, y traté de alejar de mi mente los tristes y dolorosos presagios que la asaltaban. ¡Caramba, un criollo, que ya en 1880 hacía largas etapas en Curumalal con D. José María Muñiz!...

     Entre los visitantes semiforzados del depósito estaba el ingeniero Tapia, que:

     -Si encontrara caballo, lo acompañaría con gusto -me dijo:

     -Y yo también -añadió el comisario Martínez.

     Encontraron: Martínez un jamelgo y Tapia una linda mula, trotona y falsa, como la del romance; montamos los tres, y para llegar más pronto, echamos a galopar por el camino más largo. Fuimos de nuevo al Quemado, y desde allí, al trote, para gozar del paisaje, a la subprefectura, por la falda de los cerros que dominan el río.

     -¡Pero qué andar tan duro tiene este animal! -Y recordaba, allá en mis adentros, la aventura que el día anterior había ocurrido a un joven francés, compañero de viaje, que tuvimos por muerto tres o cuatro veces. A la quinta, y después de recogerlo casi del suelo, no pude menos que decirle:

     -¡Mais vous vous faites mal!

     -J'en ai eu bien d'autres... au manège... et encore, le caporal etait-là, pour m'obliger a remonter en selle...

     Y volvía a subir como si tal cosa.

     Al pie de los cerros, riquísimos en fósiles, el camino es fácil y el río hace en la playa, un poco más lejos, caprichosos encajes. Misioneros no se ve, aunque se halle a menos de una legua, oculto como está por la punta de Witte. El viento parece haber dejado de soplar, quizá porque lo detienen las alturas que faldeamos.

     -¡Pero qué andar de caballo!

     -¿Quiere la mulita? -me preguntó risueñamente Tapia.

     La miré, lo miré... Él es pequeño y no va mal en una mula como las excelentes llevadas en el Villarino, de cuya recua formaba parte aquélla. Pero yo... Mi montura, cuando pasé los Andes, parecía extraño fenómeno con seis extremidades.

     -¡Muchas gracias! -contesté.

     -¿Quiere que regresemos?

     -¡Qué esperanza!

     Este modismo era trasunto de mi temor a una rechifla. ¿Y las cartas? ¿Dónde estaban las cartas? ¿Conque no había llegado a Misioneros?... Me encomendé a Pellicer, mártir en Santiago del Estero y... ¡a galope para concluir de una vez! No sé cómo puede uno olvidarse de tal modo de andar a caballo. ¿Será el recado? ¡pues, tan ancho! En una silla inglesa, menos mal...

     Por fin se presentaron a nuestra vista las casillas negras del antiguo presidio, la habitación del subprefecto, menos tétrica, y la mancha roja del buzón federal, allí en la playa, donde nadie ha depositado nunca cosa alguna, si no es el viento las arenas y las piedrecitas que arrastra.

     Nos apeamos a la puerta de las oficinas subprefectoril y postal, y nos recibieron el subprefecto Máximo Rivero y el ayudante y administrador de Correos a la vez. Mi modo de andar del depósito se había acentuado un tanto, pero aún era presentable.

     -¿A usted lo manda La Nación? -me preguntó el subprefecto.

     -Sí, señor.

     -¿Y para qué?

     -Hombre... para ver... para observar...

     -¡Ah! ¿De modo que viene al tuntún?

     -En efecto, al tuntún. Siempre andamos así, y a veces es muy curioso...

     (Hay que recordar que estábamos en lunes de carnaval, y que era obligatorio divertirse en algo. Nunca falta quien suministre asunto.)

     Recogí luego las cartas, montamos, y aunque fuera un poco tarde, Tapia y yo nos quedamos en la punta Witte para recoger algunos fósiles.

     Desde Darwin se conocen esos fósiles, pesadas ostras que llegan a tener un pie de diámetro y que parecen enormes y cenicientos pasteles de hojaldre. El comisario Martínez siguió marchando al paso, para que lo alcanzáramos.

     Llenamos de ostras las alforjas de la mula, que desgraciadamente tenía floja la cincha, y mientras armábamos un cigarrillo y cambiábamos impresiones, se preparaba la catástrofe.

     -¡Cuidado! -gritó de pronto el ingeniero Tapia.

     Y apenas lo hubo dicho, cuando sentí silbar junto a mi cabeza el más vigoroso par de coces que cuadrúpedo alguno haya tirado nunca, y enseguida una loca, una furiosa carrera por las piedras de la loma.

     -¡De buena se ha escapado! -exclamó mi compañero, que montó de un salto a caballo y se puso en persecución del espantado animal, que fue sembrando el suelo con ostras fósiles, bajeras, cincha y montura, dejándome boquiabierto, tan rápidamente se había desarrollado este final de acto.

     ¡Pero qué carnaval, señor!

     Filosóficamente fui recogiendo las prendas de la montura, y luego me senté sobre ellas a contemplar las peripecias de la cacería en que Tapia se había empeñado. Triunfó por fin, volvió haciendo cabrestear al animal, lo ensillamos, y sin que mediara negociación alguna, él se quedó con el caballo y yo lo seguí modestamente enhorquetado en la acémila, y todavía agradecido por no haberme quedado a pie.

     Los fósiles, que fueron a buscar nuevo yacimiento, se quedaron por esa vez allí.

     En el camino encontramos a Martínez, que volvía a ver lo que pasaba, y como se acercaba la noche, echamos por la quebrada playa, arribando felizmente al depósito. Cuando eché pie a tierra tuvo que hacer heroicos esfuerzos para que no se me conociera la enorme fatiga, el dolor del cuerpo entero, desde los omóplatos hasta los tobillos.

     A pesar del resultado un tanto negativo de mi cabalgata de ese día, pensé poner en planta un proyecto que mascullaba en mi interior, casi desde el principio del viaje: pedir permiso para agregarme a la comitiva del perito, y acompañarlo en su expedición a través de la Patagonia, para ir con él a Santiago y regresar de allí a Buenos Aires. En tal caso tendría que haber modificado el plan primitivo de la excursión, dejando para otra vez la interesantísima visita a Tierra del Fuego e Isla de los Estados. Como lo pensé lo hice, pero a la primera insinuación, el doctor Moreno me dio a entender que no tenía para qué exponerme a un fracaso seguro, solicitando claramente un favor que no me concedería. Y pues había observado ya con qué severidad alejaba a los que no pertenecían a la comisión, me di por entendido, y puse punto en boca. Más tarde, en Buenos Aires y de regreso, le pregunté si, en caso de insistencia, me hubiera autorizado a seguirlo.

     -No -me contestó categóricamente.

     Traigo esto a cuenta, porque algunos diarios de ultracordillera han hecho viajar al enviado de La Nación con los expedicionarios de la comisión de límites, criticando y dando por realizado lo que sólo fue un proyecto periodístico muy natural, pero que ni siquiera se formuló. Y como no ha faltado tampoco aquí quien recogiera la especie, no estaba demás desvanecerla, aunque mi itinerario se haya encargado ya de ello.

     ...Pasando por alto otros incidentes de menor cuantía, cayó la tarde, amainó bastante el viento, y los pocos que en la playa estábamos vimos con júbilo que se desprendía un bote del costado del Villarino. Había que aprovecharlo y embarcarse. Nos despedimos antes de que la embarcación llegara a la playa.

     -¿Pero volverán? Vengan mañana a comer un asado al asador.

     -Sí, ¡cómo no! Pero bueno es despedirse... por si acaso.

     Con estos vientos no sabe uno a qué atenerse, ni puede confiar mucho...

     -Buen viaje, entonces.

     Y deseando al perito Moreno que realizara la proyectada y felizmente resuelta navegación del Santa Cruz, nos lanzamos al bote, que tomamos por asalto, con un gran suspiro de satisfacción, aunque fuéramos a encerrarnos en círculo más estrecho: el barco.

     La embarcación iba llena de gente, pero apenas golpearon a compás los remos y nos separamos de la orilla, cuando acudieron de varias partes a la playa, a todo correr, otros compañeros de viaje, a quienes no pudimos ir a tomar, por desgracia suya. Los rezagados suelen llevar la peor parte... y éste fue el caso, pues la calina que en ese momento aprovechábamos, era sólo un recalmón, precursor de una ventolera de dos mil y pico de demonios.

     A bordo nos recibieron con grandes agasajos un si es no es fisgones, pues los prudentes que no desembarcaron, se daban cuenta de que todas no habían sido rosas la noche anterior. Habían oído los tiros y visto la fogata, pero ¿qué hacerle con semejante tiempo? Los botes que se ocupaban del desembarco estuvieron la tarde anterior en serio peligro, el chinchorro, con los que habían salido a pescar, en tremendos apuros, y la misma lancha a vapor no llegó sin esfuerzo al costado del buque. ¿Cómo ir en busca, entonces, de los que «andaban paseando»?

     -¿Y probó la picana con piedra? -me preguntó el segundo Méndez, que se había divertido mucho con nuestras aventuras diurnas y nocturnas.

     -¡Cómo quiere que saliéramos! Además, tendríamos que haber andado mucho para encontrar avestruces.

     La picana con piedra es un plato indígena del que hablan primores cuantos lo han comido; consiste en la armazón posterior de un avestruz gordo -o flaco si no hay otro-, en cuyo interior se echa una piedra previamente calentada todo lo posible; luego se cierra la caparazón cosiendo la piel, que se ha dejado a ese objeto, y se pone el todo un rato al rescoldo. En un momento más la picana está hecha, se abre, y en la fuente natural queda un guiso exquisito -dicen cuantos lo gustaron-, en que los trozos de carne se bañan en una salsa que no podría imitar el más hábil cocinero.

     Pero ese manjar, antes cuotidiano en Patagonia, escasea hoy sobre la costa, porque los avestruces han ido retirándose hacia el interior, en un repliegue defensivo a que los han obligado los intrépidos e infatigables cazadores. Digo intrépidos, porque se necesita valor real para correrlos a rienda suelta, cuesta arriba y cuesta abajo, por campos cubiertos de piedras y guijarros, donde si no hace la vizcacha sus madrigueras, practica sus obscuras minas el tucu-tucu -más temible, porque sus trampas no se ven, como las del otro roedor. Este avestruz -creo haberlo dicho antes-, difiero de su hermano de la provincia de Buenos Aires, no sólo en su carne, más apetitosa, sino también en varias particularidades, que lo han hecho llamar Struthio Darwinii, mientras el otro lleva el nombre de S. Rhea.

     No se lo caza entre muchos, como en las boleadas de nuestra provincia; en Patagonia suele un solo jinete ir con sus perros -esos extraños perros que sólo se ven allí y en el Jardín Zoológico- y volver con varios ejemplares del enorme pájaro, cuya pluma se vende a buen precio, cuyos alones y picana se comen, y de cuya piel del pescuezo se hacen tabaqueras (chupas) sacándola al estilo de las botas de potro.

     Los perros -especie de galgos mestizos de largo hocico- adiestrados ya por el atavismo y perfeccionados por el ejercicio, tienen tan rara habilidad, que a veces cazan sin necesidad de ayuda; corren, matan el ave, y luego vuelven en busca del amo para conducirlo adonde está la presa. Pero éstos son excepcionales, y la mayoría se limita a retardar la carrera del avestruz y hasta detenerlo colgándose de él a pesar de sus patadas, que rehuyen con agilidad pasmosa.

     En cuanto a las costumbres del ave gigantesca de la Patagonia, nada digo, por cuanto han sido ya tan descriptas, que no incurriré en el exceso de volver sobre ellas. Corren como el viento, ayudándose con las alas; la hembra pone gran número de huevos que el macho incuba; sabe y puede nadar largos trechos, aunque no le agrade el agua; es muy curioso, y tiene un estómago... de avestruz.

     El guanaco, tan desconfiado como su vecino patagónico, y al mismo tiempo tan curioso como él, se caza en la misma forma, y son los perros los que hacen el mayor gasto en las partidas cinegéticas. Este animal, que Darwin señalaba como análogo en Patagonia al camello en Oriente, suele encontrarse en gran número en las travesías más extensas, donde no hay agua en decenas de leguas a la redonda. Muchos afirman que bebe agua salada; lo cierto es que puede pasar mucho tiempo sin sufrir sed, y luego corre con tal rapidez, que no existen para él distancias demasiado largas. Ya hice referencia a la versión -que trato de comprobar- de que, a semejanza del camello, llevan un depósito de agua en el estómago. Es verosímil, puesto que se trataría de una adaptación al medio, en forma más perfecta que la poca o ninguna necesidad de beber de ciertos animales -hasta la misma oveja del territorio que se contenta con el rocío cuando no tiene otra cosa.

     La caza del guanaco es de más peligro que la del avestruz, porque aquél, como la gamuza europea, trepa montañas y salta precipicios y grietas, poniendo en duro trance al jinete que lo persigue. Pero como los perros, los caballos se han habituado a esa suerte de ejercicios, y no es raro verlos bajar a galope por una cuesta ruda y pedregosa, casi tan rápidamente corro los cantos que hacen rodar sus patas, de tal modo que no se sabe a quién admirar más, si al noble animal o a quien lo monta.

     El guanaco sirve para comer cuando no está muy cansado: la fatiga hace desmerecer mucho su carne, que en ese caso se acepta sólo por necesidad.

     En la región, y como recurso, hay también liebres -ya en menor cantidad que más al norte- algunas aves, y el mismo tucu-tucu, que bien preparado es un aceptable manjar. Más al centro aparece el huemul, el ciervo chileno, que cerca de la cordillera no teme todavía al hombre, o lo observa con la misma curiosidad del guanaco y del avestruz, pero más ingenua y confiadamente. Las grandes manadas de animales alzados, de baguales, que caza y come con tanto placer el habitante de la Patagonia, se han retirado mucho, y van en marcha hacia el sur. También con ese rumbo han ido las vacas, que antes vagaban por el territorio del Río Negro, rechazadas poco a poco por el hombre, que las persigue sin descanso.

     Para la caza de estos animales, el perro es también poderoso auxiliar, y se adapta a ella con singular resultado, como se adapta a la del zorro, que abunda, pero que se toma preferentemente por medio de trampas, evitando así trabajo y gastos. Con la piel del zorro se hacen quillangos, no tan estimados como los de guanaco y avestruz, y pues se necesitan muchos para hacer uno solo de esos curiosos tapices, esparcidos hoy por el mundo entero, no vale la pena de matar caballos y de cansar perros en su busca. Pero los canes suelen hacer esa caza por su cuenta y de pura afición, cuando la encuentran a tiro o la olfatean en las cercanías.

     -¡Oh!, yo no creía que estos animales fueran tan buenos cazadores, aunque me lo hubieran animado muchas veces personas serias y conocedoras del país.

     Esto me decía un ingeniero francés que acababa de explorar aquella región.

     Y me contó cómo un día, que -poco después de llegar- recorría el territorio, vio a lo lejos, a una distancia tal que era locura pensar en perseguirlo, un avestruz de gran alzada.

     El perro que llevaba, y que era un hermoso ejemplar perteneciente a un explorador francés que lo había precedido, se puso a ladrar, como invitándolo a que lo siguiera. En lugar de hacerlo, ordenó a un peón que detuviera al animal, pero, como si hubiera comprendido, éste se lanzó a toda carrera, antes de que el peón se hubiera bajado del caballo, en dirección al avestruz y hasta perderse de vista... Largo rato después, y cuando el explorador creía que el perro se había escapado, volvió jadeante, y con sus ladridos, ora alegres, ora disgustados, tanto hizo, que un peón lo siguió hasta donde el avestruz yacía con el cuello fracturado por sus mordiscos.

     Bastará, por ahora, de perros, cuando diga que en Patagonia sirven también, y con mucha fidelidad y eficacia, de pastores de rebaño. La escasez de yerba hace, como ya lo he dicho, que las majadas de ovejas tengan que esparcirse en vastísimos espacios, calculándose algunas veces, y en ciertos parajes, que se necesita una hectárea por animal. Para el hombre sería improbo trabajo rodearlas y recogerlas, pero el perro se encarga de ello y lo hace a las mil maravillas. Aún más: toma y detiene a la res que el amo le indica, y llena sus funciones con una seriedad y una competencia que pocas veces se halla en los puesteros y peones de estancia, más aficionados al fogón que a la labor.

     El comercio de quillangos tiene alguna importancia, y su factura ha ido perfeccionándose poco a poco. A los comunes que todos conocen, han sucedido otros hechos con ciertas partes especiales de la piel, como por ejemplo, la pequeña mancha color torcaz en la frente del guanaco, o las salpicaduras blancas del cuerpo y el pecho; este producto tiene que ser caro, pues cada quillango se compone de piezas cosidas entre sí, que no alcanzan a un decímetro cuadrado cada una. Combinando colores, se hacen también de bonitos dibujos simétricos.

     Los indios los cosen con tientos, o fibras del mismo guanaco, y muestran en ese trabajo mucha habilidad; hechos así, los quillangos son de larga duración, doble o triple de la que alcanzan los de otra factura menos prolija y con materiales distintos. Una vez sobadas las pieles, y cosidas unas a otras, suelen los indios pintarlas del lado del revés con tierras coloreadas, haciendo algunos dibujos semi-geométricos, en que el contraste de las tintas no deja de tener gracia.

     Además de los quillangos de guanaco y de zorro, los hay -y pueden encontrarse en el comercio- de piel de avestruz, con sus plumas, naturalmente, siendo los más estimados, más hermosos, y de más alto precio, los hechos con las plumas más blandas y blancas, sobre todo los llamados de «avestruz de huevo», que se hacen sólo con pichones, a costa de mucho trabajo y sobre todo de paciencia. Pocos ejemplares hay de esta clase, y si la moda se inclinara a ese lujo, no dudo de que el Struthio Darwinii iría muy pronto a aumentar el catálogo de las especies extinguidas.

     El precio a que pueden adquirirse en Patagonia misma -los quillangos inferiores, precio para los viajeros que pasan por los puertos y tienen el capricho de poseer uno- varía entre quince y veinte pesos papel; los especiales suben en proporción a su mérito, y algunos cuestan una fuerte suma.

     Otro animal que, si no es característico de aquella costa y la correspondiente región mediterránea, frecuenta ambas habitualmente, es el cóndor de los Andes, que suele verse como un punto negro en las alturas, cerniéndose en busca de la presa que su extraordinario poder visual ha de indicarle. Remito al lector a los que han descripto antes al rey de las aves, ya científica, ya literariamente, y sólo me permitiré hablar de unos cóndores domésticos.

     El señor John Wilson, vecino de Puerto Deseado, tuvo la buena fortuna de tomar varios cóndores pichones, que crió en su casa hasta su completo desarrollo. Naturalmente, siempre impidió que volaran, para que no se le escapasen -e ignoro si para ello los tuvo encadenados de una pata, como se estila, o solamente enjaulados- y allí vivieron sus primeros años los «calvos moradores de la montaña».

     Pero un buen día -también ignoro por qué- resolvió mister Wilson desprenderse de los esclavizados monarcas, y los regaló a una persona residente en Santa Cruz, que se los llevó a ese puerto y los tuvo algún tiempo en la subprefectura. Una mañana le avisaron que las aves habían desaparecido.

     «La cabra tira al monte y el cóndor a los Andes» -dirán ustedes.

     Pues no, señor. Cual modestas palomas mensajeras que vuelven al palomar paterno, los cóndores alzaron el vuelo, trazaron sus círculos cabalísticos en el aire, y de un solo golpe de alas fueron a dar a Puerto Deseado y a casa de mister Wilson, que, naturalmente, los acogió como merecían. Repito que esos cóndores no habían volado nunca, lo que habla mucho en favor de su instinto, y que volvieron voluntariamente al cautiverio, lo que demuestra que podría domesticarse si no fuera por ungues et rostrum.

     Ya me parece verlos de carteros en la Patagonia, llevando paquetes de impresos bajo el ala, como las palomas los livianos mensajes que se les confían. Eso sería mejor que hacerlos alzar muchachos en las garras, como hizo Julio Verne, o construir nidos como nuestro alto poeta.

     «¡El cóndor mensajero!» Vale la pena repetir el ensayo que, sin pensarlo, hizo el señor Wilson, para lo cual podrían utilizarse los ejemplares que parpadean mustios en las jaulas de Palermo; sólo que éstos encontrarían en la provincia de Buenos Aires muchos más pollos y gallinas en que entretenerse, que sus filosóficos hermanos de la Patagonia, y puede que no volvieran a la querencia, como regresaron los que tenían allí la vida asegurada.

     ¡Qué diablos! no siempre se halla en las estepas patagónicas un cadáver de guanaco en que cebar el pico: aunque sea más ayunador que Tanner y que Succhi, también el cóndor ha de ser aficionado a comer todos los días.

     Si aquila non capit muscas, menos aún el cóndor, sobre todo cuando ha sentado su real en esos territorios, donde no he visto una sola mosca, ni para remedio... es decir, en tierra, pues las que con nosotros venían en el Villarino -y aunque Darwin diga lo contrario-, vivían en cámara y camarotes, aunque decreciendo en número a medida que avanzábamos hacia el sur. Verdad que la doctrina del sabio inglés no queda contradicha por el hecho; al contrario. Si las moscas no se adaptan al medio patagónico, el transporte nacional está adaptado especialmente para su conservación y propagación... lo que no quiere decir -¡cómo ha de querer!- que sea sucio en demasía.

     Observé algunas cuando volví esa tarde: estaban semi-atontadas, pegadas a las paredes y especialmente al techo; su hora final se aproximaba. Y recordé entonces con cierto espíritu de venganza satisfecha, cuánto y con qué insistencia y de qué modo me había fastidiado, incomodado, atormentado, cuando eran enjambre, al zarpar de la dársena y luego allá en alta mar, donde estaban de perpetuo jolgorio, sin soñar en la suerte que las aguardaba...

     ...Aquella noche estuvimos de fiesta a bordo. Fiesta de marineros: acordeón, guitarra y baile, sin que faltara probablemente el trago echado a hurtadillas, pues a pesar de todos los reglamentos y de todos los castigos, la tripulación de nuestros buques se ingenia para procurarse licores, y suelo hacer proezas que dejan chiquita a la famosa pesca de botellas de los mosqueteros.

     No sé de dónde sacaron aquellos alegres mozos ropas de mujer y otra indumentaria carnavalesca; es el caso que pronto aparecieron sobre cubierta varias parejas de máscaras, y después de un paseo triunfal por todo el barco, rasgueó una guitarra, chilló un acordeón y dio principio el baile, a la luz de las lamparillas incandescentes, atrayendo a todos los pasajeros, para quienes ya cualquier cosa era diversión, y que formaron corro en torno de los grotescos bailarines... Un cuadro digno de ser pintado: sobre el fondo negro de la noche, como estrellas, las luces del pueblito; una, titilante y vaga, allá a lo lejos, en Misioneros; la cubierta en la penumbra, creciente hacia proa, con la mancha blanca y violenta de una lamparilla incandescente; un grupo de figuras indecisas en lo obscuro; otro destacándose con vigor, vibrando colores, en plena luz; marineros sentados o echados en el suelo; pasajeros de proa hablándose y riendo a voz en cuello; oficiales de pie, con su traje galoneado, y en medio, girando al compás de la música áspera, los mascarones mal prendidos, con el rostro cubierto de hollín (que, dicho sea de paso, nos ha llovido el viaje entero)... Tal fue, después del de las mulas y la cabalgata, el famoso carnaval santacrucense, que por mucho tiempo me dejará recuerdos, gratos o ingratos, según me refiera al espíritu o al cuerpo.

     Todo el mundo estaba alegre, menos una única pasajera de cámara, miss Mary X, la joven inglesa que iba a Gallegos, a casarse. ¿Porqué? Misterio... Ella tan risueña, tan jovial en los días anteriores, melancólica y callada, apenas si se acercó al corro para dirigir una mirada mustia a los bailarines.

     -¿Qué tiene, miss Mary?

     -Nothing.

     De pronto cambió completamente de expresión, iluminándosele el rostro, y se puso a hablar con mucha animación a un joven, compañero nuestro desde Buenos Aires, que le daba la réplica en un inglés mediano, pero muy sugestivo al parecer... ¡Acabáramos de llegar!

     Sin duda en ausencia nuestra se habría hecho allí un nudo, y estaríamos en pleno reinado de la intriga amorosa, aunque inocente.

     Ella joven, sola, agradecida a las atenciones de que la rodeaba él, buen mozo y emprendedor... No, no podía ser de otro modo, y más cuando la monotonía del viaje, el aire tibio y vivo, los efluvios del mar, la luz, la confianza de a bordo, todo había estado tomando parte semanas enteras en la muda complicidad de las cosas...

     Medio derrengado, me senté en un banco a observarlos: no -¡Dios me libre!- por malsana curiosidad, ni menos por burlona indiscreción. Pero todo es materia de estudio, todo tiene un significado, todo contribuye a dar -al que sabe observarlo- idea del medio en que se halla, de los hombres que codea, de las peculiaridades que flotan a su alrededor, invisibles para la mayoría.

     Y pensaba: He aquí una mujer que, dando muestras de verdadero temple de ánimo, viene de uno al otro hemisferio, en busca de su pareja, confiada en el varón, fuerte por sí misma, pero susceptible de cambios y adaptaciones inesperadas, sensible a las influencias externas, como el compás en los canales del Beagle, perturbado por la atracción de los minerales de hierro de la costa... Esta mujer, sentada frente a mí, junto a un argentino que representa bien el tipo nacional, forma con él un símbolo de la fuerza de atracción de estos países y estas razas nuevas. Ella, de cualquier modo, sea que realice su proyecto matrimonial, sea que el inocente flirt de hoy se desarrolle en novela más o menos interesante y efectista, va desde luego a convertirse en pobladora de la Patagonia, tiene un significado histórico, es una nueva energía que colaborará desde hoy en la obra de las energías poderosas que allí trabajan. Él, con su juventud, con su brío, con la corriente de simpatía franca y jovial que emana de los latinos de América, regenerados y reforzados por otras sangres más ingenuas pero más fuertes, viene a ser en el caso, representativo y útil; porque reúne nuestras cualidades de atracción, y tiene en su persona y en su modo de ser, la juventud, el desprendimiento, la despreocupación de nuestro país... todo eso malo, que a nadie daña sino a nosotros mismos.

     Y esa mujer, libre como lo son sus compatriotas, que ni teme a las hablillas, ni cree peligroso conversar con un hombre -seguía yo reflexionando-, da, a bordo del Villarino y en pequeño, la nota tónica del progreso de esta región, que a mi juicio está llamada a ser, geográfica y sociológicamente, la homóloga de los Estados Unidos del Norte, pese a la ceguedad de los gobiernos.

     Este fuerte sexo débil ha desalojado ya en mucha parte de la Patagonia a la india Tehuelche, de enérgica e inteligente raza, sobre cuyos -cada vez más escasos- ejemplares, domina desde las estancias inglesas y alemanas, salpicadas en el desierto como núcleos de futura civilización. Ante ella, la mujer que llevaban los ejércitos de fronteras, y que allí quedó llenando sus funciones étnicas, y la mestiza que nació del contacto entre indios y cristianos, ceden palmo a palmo el terreno, que prepararon ha tiempo, como tipos de un período de transición. Vienen de fuera, al par de miss Mary, y en continua y poco observada inmigración, a cooperar en la tarea evolutiva, miembros femeninos de pueblos varoniles crecidos en climas análogos; de pueblos que ora han podido entonar el Rule, ora han dado florescencias intelectuales tan extraordinariamente poderosas como Escandinavia. Y -sin perjuicio de eso- allá en Rawson, y en Gayman, y en Trelew, se forma desde hace años una ¿cómo diré? una especie de haras humano, cuyos productos están llamados a extenderse por gran parte de la Patagonia y a influir de una manera decisiva en el tipo de su población, como influirán -sin darse cuenta, pero no menos eficazmente por eso-, las semillas esparcidas y cuasi aisladas en toda esta zona inmensa. Invito al lector a considerar los hombres -sólo eso- de los pobladores de aquella tierra, cuando, poco más adelante, inserte el plano del territorio de Santa Cruz con los establecimientos ganaderos que lo pueblan; y lo invito a que medite sobre ello, para arribar a la conclusión de que, en efecto, en Patagonia se prepara una raza distinta de la nuestra, no sólo porque el medio lo exige así, sino también porque los elementos que trabajan en su formación, los antepasados de los nietos por venir, son diferentes en absoluto de nuestros abuelos.

     Aun los de esta generación hemos asistido como testigos oculares a transformaciones sociales de mayor cuantía, como por ejemplo, a la diminución y casi extinción del negro, no perdido en medio del número que creó la decuplicación de los habitantes de Buenos Aires, sino lisa y llanamente desaparecido por el mestizaje primero, y por la escasa vitalidad del mestizo después. Todo, usos, costumbres, hasta rasgos fisonómicos, ha variado de un cuarto de siglo a esta parte, en la capital como en la provincia, como en Santa Fe, como en toda comarca a que han afluido diversas inmigraciones. El gaucho de los alrededores fue suplantado por ol orillero en otra época, y hoy este mismo se funde en el pueblo común, sin características determinadas, porque el tipo general es indeciso todavía. Y en este centro la influencia era más difícil de ejercer, porque el plantel que lo formaba tenía acentuados rasgos propios, como que venía de una sola raza, y se había establecido bajo la superintendencia absoluta de ésta. ¿Cómo, pues, no prever lo que está preparándose en Patagonia? ¿Cómo creer que aquel almácigo -muy ralo hoy, a decir verdad- va a producir plantas análogas a las que nacen y prosperan de este lado del río Negro?

     ¡Oh, miss Mary! Si usted supiera el interés etnológico que tiene su persona, en su carácter futuro de antepasada!...

     Sabía yo muy bien que mi compañera de viaje no emigraba por casualidad y excepción hacia esas tierras. Otras la precedieron, otras la seguirán.

     Las familias de estancieros ingleses y alemanes, gustan de ser servidas -aunque no hayan sido gentes de fortuna en su país- con más corrección y delicadeza de la que puede esperarse y exigirse de los ásperos hijos de nuestra campana, y generalmente traen de ultramar las personas que han de ocuparse de los servicios de dentro de casa.

     Los ingleses, sobre todo, han introducido en Patagonia sus house-maids, con un contrato en que establecen generalmente, además de la soldada, el compromiso de pagar el viaje de retorno y otras recompensas, las obligaciones comunes en esa clase de trabajo, y la de que «no han de casarse» mientras dure el contrato, so pena de perder los salarios del término entero... Esto no puede impedir, y naturalmente no impide, que se casen cuando hallan mi buen partido, cosa no difícil si se tiene en cuenta que en Patagonia escasea la población femenina, y que la masculina, crecida en relación, no es muy exigente ni de belleza, ni menos de patrimonio. Las que no se casan mientras dura su enganche, regresan a Europa si tienen allí un compromiso preestablecido; pero en su mayoría se quedan, inducidas a ello por una fuerza de inercia aparentemente negativa, pero en este caso muy positiva y muy benéfica... La naturaleza echa mano de medios complicados y a veces invisibles para arribar al resultado final que se propone y a que siempre llega. Hizo una raza de ovejas para la Patagonia; con facilidad igual, sin el concurso de sabios ni estadistas, está haciendo un pueblo...

     Y mientras estas ideas, informes aún, bullían en mi cerebro, se confundían con observaciones extravagantes y con recuerdos melancólicos, sin destacarse claras y aisladas como ahora; miss Mary y su galán seguían hablando dulcemente, en íntima confidencia, ajenos a la sospecha de que pudieran ser punto de partida de una meditación sobre las razas futuras, terminada en un sueño de lo porvenir.

     Porque así terminé: Patagonia estaba ya poblada desde Viedma hasta la punta Dungeness, desde el Atlántico hasta los valles habitantes de los Andes; cada puerto era un pueblo, cada caleta una aldea; luego la población se hacía más densa a medida que avanzaba a la falda de la cordillera, donde vivía con una vida intensa y pacífica, libre y feliz. Esos pobladores eran ya tostados y nervudos hombres de campo, derechos sobre el caballo o encorvados sobre la esteva, manufactureros vigorosos, leñadores, mineros... Los trenes llevaban a la costa los productos de todo el interior. Por los grandes ríos que bajan de la montaña, iban y venían las chatas a vapor, llenas de mercaderías, de minerales, de maderas. Variaba el clima, brotaba el bosque hasta en el arenal, perdía Patagonia su fisonomía misteriosa y amenazadora, y de aquel territorio inculto y casi desierto, surgían una, dos, tres provincias que reclamaban el self government, con más razón que muchas otras, diciendo: «¡Ah! nos habéis dejado, y hemos crecido solas, por nosotras mismas, con nuestras fuerzas personales, sin ayuda, sin simpatía, sin educación casi, y hoy tenemos otro modo de ser, otras costumbres, otros hijos distintos de los vuestros. Y contad con que sólo queremos ser estados dentro del estado... Nos habéis dado gobiernos que han detenido nuestro progreso, preocupados sólo, egoísta, delictuosamente, del progreso individual de los que los componían; nos habéis hecho permanecer largos, muy largos años, en un destierro que comercialmente nos acercaba a Inglaterra y a Chile más que a vosotros... Ahora venimos a daros la sorpresa de nuestra mayoría de edad, en que no pensasteis nunca, para la cual no nos habéis preparado...»

     Bien. Esto es pura fantasía. Pero, sea lo que fuere, ese ensueño se puede realizar, porque Patagonia, más que geográficamente, está alejada del resto de la república por la indiferencia.

     Más aun: en los centros de población, los hijos del país se consideran extraños, cuando no enemigos. Han ido a ellos antes, van a ellos ahora, como se va a una tierra conquistada (¿es esto atavismo?), y pesan sobre los pobladores de otras nacionalidades con toda su autoridad delegada o usurpada, pues también suelen crearse autoridades sin base legal. De ahí un retraimiento, una desconfianza por lo que procede de nosotros, que se manifiesta claramente hasta en lo más mínimo.

     Ejemplo de ello es que allí donde pueden ejercer los habitantes algún derecho político, lo ejercen haciendo abstracción de los argentinos. Así, en el Chubut, donde se eligen municipales, éstos pertenecen en su totalidad y genuinamente a la colonia galense, con exclusión de los ciudadanos de raza latina.

     Pero nuestros gobiernos no tienen costumbre de considerar problemas políticos estos cuyo planteo se inicia ahora, y dejarán que Chubut y Santa Cruz especialmente no afinen sus instrumentos para entrar acordes en el nacional. ¿Es esto para mal?, ¿es para bien? ¡Quién sabe! Considero que allí se prepara una raza poderosa; que las fuerzas de la Naturaleza trabajan activamente, en colaboración con las fuerzas sociales que están en perpetuo movimiento en todo el mundo y encuentra allí terreno nuevo y libre donde actuar y acrecer, y que hora es ya de no limitarse a considerar política el cambio de un gobierno o la elección de un candidato, para que el pensamiento pueda abarcar mayores conjuntos y llegar a conclusiones más amplias y positivas.

 

- X -
Los adioses de Santa Cruz

     A la mañana siguiente era el viento tan violento, que no se pudo acabar con el inacabable desembarco de las mulas.

     Apenas si se botó al agua la hoy famosa lancha Thornycrofft que ha remontado el Santa Cruz, pero con su caldera incompleta y sus adornos desdeñados, porque no hay paciencia humana capaz de resolver el rompecabezas de las piececillas accesorias e inútiles que hay que ordenar, como el forro de la regala, las bancadas de proa y popa y los lujosos enjaretados. Remolcada, la lanchita dio ya idea de sus buenas condiciones, quedó más libre la cubierta del Villarino y nosotros exonerados de una de nuestras preocupaciones.

     De vuelta, un bote nos trajo tentadora invitación a no sé qué asado al asador de carne caponil, fresca y gorda; y relamiéndonos, tratamos el vaso de conciencia de desembarcar o no desembarcar, de ir o de no ir, de comer o no comer, porque esta última era la disyuntiva entre el famoso plato nacional y los platos anti-internacionales de a bordo.

     -¿Vamos?

     -¿Y si no podemos volver?

     -Sí, pero... ¿y el asado?

     -Bueno... ¿pero y el viento y la corriente?... Acordémonos de ayer...

     -¡Vamos!

     -Yo no voy...

     Y en ese instante Eolo hinchó los carrillos y se puso a soplar con tanta fuerza, que imagino que tras de la arena volaron los cantos rodados de la playa, y tras éstos las ostras patagónicas, y después todo cuanto se levantaba sobre la superficie de la tierra.

     Corría arremolinado y verde de rabia el Santa Cruz; en la costa nubes de polvo ocultaban el árido paisaje; algún remolino de arena erguía su línea opaca y móvil, más visible que el resto del cuadro, y súbitamente desaparecieron de la escena cuantas personas animaban la costa melancólica del río...

     Supe después que los pocos pasajeros que permanecían aún en tierra, se habían visto obligados a quedarse en el sitio en donde estaban, pues salvo caso de fuerza mayor, no se hubieran atrevido a poner las narices afuera.

     Pero, como todo tiene que acabarse, nuestro cautiverio santacrucense tuvo fin al fin, y una buena tarde nos hallamos todos a bordo, sin grandes desperfectos, dispuestos a zarpar y deseosos de hacerlo.

     Sin grandes desperfectos, excepción hecha del Dr. Luque, quien, almorzando en el depósito de carbón con el Dr. Moreno y comitiva, quedó con la mano agujereada de una puñalada, en cierto encarnizado combate con una patria galleta... Nos llenó de sangre el barco, palideció mucho, detuvo la hemorragia después de revolver todo el botiquín, y los aires salobres y saludables del extremo austral de América no tardaron en reponerlo después de la sangría.

     Las que no pudieron reponerse fueron algunas docenas de fotografías que había yo tomado y cuya pérdida lamento aún. Los negativos procedentes de un foto-gemelo con objetivo Seiz de Lepage, estaban cuidadosamente guardados a la luz de una lámpara roja en un estuche especial, negro y sin rendijas, donde la luz tenía rigurosamente prohibida la entrada. Pero no faltó mano de compañero curioso, o de mozo entrometido que destapara la caja y diera paso al enemigo de las placas sensibles. Total: perdí muchas vistas interesantes, de cuya catástrofe sólo he venido a darme amarga cuenta acá. Lo siento, porque la falta es irreparable...

     ...Todos los pasajeros estábamos en la borda agitando en el aire nuestros pañuelos; subía y bajaba lenta en la popa, la bandera azul y blanca; hervía el agua atrás, y en la superficie del río iba quedando un surco, como de tierra arada. Sobre el fondo negro del depósito de carbón movíanse coloreadas figuras liliputienses, y en el ambiente brumoso había olor y electricidad de sensaciones nuevas. Marchaba el Villarino. Quedábanse Moreno y sus segundos. Y a aquel trapo que ondulaba a popa, al estridente silbido que una, dos y tres veces rasgó el aire, envuelto en tenue nube de vapor, contestó de pronto, mudo y solemne, flameando sobre el techo del depósito, otro paño blanco y azul, que más adivinamos que distinguimos y que hemos seguido con la vista hasta que se perdió en la bruma.

     ¡A Gallegos! Íbamos a ver el último centro de población que la Argentina tiene en Patagonia, la capital de Santa Cruz, el pueblo que tarde viene a disputar la hegemonía a Punta Arenas.

     ¿Qué, sorpresa agradable o desagradable podría guardarnos Río Gallegos? Pocas horas nos faltaban para saberlo y también para dar principio al fin de nuestro viaje por esa tierra austral argentina, ya que el remoto sur del continente está en otras manos, merced a la geométrica y curiosa raya del paralelo 52.

     Despreocupado de la charla amena de los compañeros y de la música de Rinaldi, el maestro de piano del Villarino, que tocaba no sé qué barcarola sentimental, allá en cubierta me puse a revisar mi cuaderno de notas, para añadir las muchas que faltaban y no fiar demasiado a la memoria.

     En la vida de repórter se observa a la larga cuán malos colaboradores son el lápiz y la cartera de apuntes. Un periodista habla con un individuo sobre cualquiera cuestión interesante, le pregunta, está obteniendo de él datos preciosos, tiene toda la confianza y toda la locuacidad del interlocutor en favor suyo. Pero de pronto saca el carnet, esgrime el lapicero, y la fuente se ciega como por ensalmo. La confianza se trueca en temor, la locuacidad en reticencia, y los datos positivos, a veces, en rotundas negativas...

     No aconsejo a los colegas el uso de las notas, sino ex post facto.

     Yo agregué algunas a mi cuaderno, entre otras una denuncia de vecinos caracterizados del Quemado contra un funcionario de la localidad, cuya denuncia, cubierta de firmas, tengo en mi poder, y dice:

     «El comisario de este departamento comete los abusos y arbitrariedades que a continuación se expresan:

     »Han ocurrido tres muertes violentas de hombres sin que la policía haya averiguado nada al respecto, aun teniendo conocimiento de ellas.

     »El señor comisario ha establecido un despacho de bebidas a nombre de otra persona, donde todo individuo puede embriagarse impunemente y a su vista, sin sufrir castigo alguno, mientras que, si esto hacen en otra casa de negocio, se le cobra una fuerte multa, o en su defecto, es castigado con prisión en un sucio calabozo.

     »Las jugadas en todas las casas son prohibidas, y castigadas con multas, mientras que en la casa del señor comisario no sólo son admitidas, sino que también se ha establecido un sistema de coimas a favor de la casa, en la taba, el monte criollo y el choclón.

     »Los gendarmes, que son solamente dos, los emplea el señor comisario en su servicio particular, y en apalear personas indefensas por el solo hecho de no haberse embriagado en su casa de negocio.

     »Han sido enviadas muchas quejas al gobernador del territorio, sin que hayan sido atendidas.»

     Este grito no ha de extrañar a nadie y ha de ser absolutamente ineficaz. Es el caso, o nunca, de la voz que clama en el desierto, y convencido de ello, no lo traería a estas páginas si no fuera prueba viva de lo que está consignado en el capítulo anterior.

     Las autoridades que manda el país, pueden hacerlo, por lo menos, antipático a la Patagonia. Los gobernadores no observan bastante las necesidades y las pasiones del pueblo que nace bajo su mano. Son indiferentes a sus quejas, fundadas o infundadas, y suelen sufrir que los desacredite un subalterno por no haberse hecho bastante accesibles a la masa, considerando alcurnia lo que por hoy sólo podría compararse a una transitoria jefatura de tribu, o si se quiere que modernicemos, a la dirección de una empresa agrícola, de una factoría, en que cada trabajador es moralmente un socio.

     Iban esos vecinos de Santa Cruz a presentarse al Ministro del Interior, desesperando de hallar en el Gobernador del territorio ecos a su queja. No era el camino. Además, quién sabe si habrán hablado de una manera tan categórica al Gobernador, en quien -lo creo- vivirá, pronto a exteriorizarse, el espíritu de la justicia que no se ha manifestado, sólo por no presentársele la ocasión.

     Y, al par de esa prueba de la tirantez existente entre los colonos y sus gobernantes, nos da el documento indicios de lo que es el comercio en aquellas regiones: el alcohol prima sobre las otras mercaderías, o por lo menos ocupa uno de los primeros lugares entre ellas. Es natural: esparcidos en una gran extensión de territorio, los pobladores de Patagonia van al pueblo con dinero en el bolsillo, o crédito que lo valga, no sólo en procura de vitualla y ropas, sino también a divertirse en la posible manera, allí donde no abundan los sitios de recreo. La esquina del gaucho pampeano, la pulpería famosa, teatro de dramas y sainetes, se ha trasladado allá con otro carácter, ha diezmado al tehuelche, y cobra diezmo crecido al trabajador patagónico, que deja en ella gran parte de su salario, sino todo.

     El comercio de artículos de tienda está también muy comprometido, pues lo practican, al par de las casas especiales, los mismos establecimientos ganaderos, que mandan sus lanas a Inglaterra y piden que, en cambio de una parte de su valor, les envíen un surtido o pacotilla de prendas de vestir, que luego venden con poca ganancia a los peones que en ellos trabajan, tanto más fácilmente, cuanto que no se les cobra derechos de importación.

     Este es uno de los grandes argumentos que tienen a su servicio los que se oponen a los puertos libres en Patagonia, como si el enriquecimiento de unos pocos negociantes equivaliera al bienestar de la generalidad de los que pueblan aquel suelo.

     Claro que el importador que introduce grandes partidas de mercadería, puede hacer menos pesadas las tarifas aduaneras; pero tan claro como eso es que, no habiendo derechos, mejor para cada uno es tener los menos intermediarios que sea posible.

     Luego después, Patagonia no será ni en muchos años comercial sino por accidente; tiene funciones determinadas de productora, sobre todo en el ramo de ganadería, pues exceptuando el Chubut, la agricultura no prospera en ella aún. Los temores que por su comercio se abriguen, son extemporáneos, y pensar en proteger a los almaceneros y tenderos, es curarse en salud. Ya se protegen ellos solos...

     -Verá usted -me decía un hacendado de Santa Cruz-, verá usted cómo las provincias colonizadoras como Santa Fe, se oponen a que nos den los puertos libres, poniendo de relieve razones que no son las verdaderas.

     -¿Por qué?

     -Porque no les conviene decir la verdad, y hacen, lo que dice el cantar criollo: hacen como el teru-teru

                                  

que chilla lejos del nido

                    

pa que no encuentren los huevos.

     -¿Y cuáles son las razones verdaderas?

     -Una, sobre todas: que si se declararan estos puertos libres, todos los colonos que hoy sufren al norte por la pérdida de sus cosechas, etc., se vendrían inmediatamente aquí...

     -Puede que acierte usted.

     -Estoy en lo verdadero, y como decía La Honradez «los hechos me justificarán...»

     He sabido después que, en efecto, las provincias agricultoras se opusieron en el seno de la convención, por medio de sus representantes, a las franquicias de los puertos patagónicos,  logrando que no se les dieran. Pero aunque esa oposición no triunfara, la exigencia injustificada de las ya formadas y constituidas provincias del norte, hubiera hecho muy difícil, si no imposible, dar ese decisivo impulso a los territorios del extremo sur. Pretendemos servirnos de la experiencia de Estados Unidos, y no acertamos a imitarlos en aquello que ha cooperado con más eficacia a su engrandecimiento, como las extraordinarias facilidades que dieron para poblar sus comarcas desiertas, y la absoluta libertad de que gozaron sus primeros habitantes. Aquí todas son trabas, y cuando el pioneer se lanza por fin a aquellos incultos y pobres campos, después de vencer dificultades sin cuento, encuentra en las autoridades el mismo afán de gobierno a todo trance que viviendo en un centro de civilización.

     Y repito que no son aquellos hombres del mismo corte que los que trabajan en nuestras provincias: la necesidad les hace aguzar el ingenio, y la lucha tenaz por la vida, los prepara para todas las tareas.

     Uno de Santa Cruz, llamado Charles Ross, realiza la síntesis del colono patagónico.

     Este individuo, que habita el territorio desde hace muchos años, comenzó a abrirse camino en las condiciones más precarias que imaginarse pueda. Para adquirir un caballo, no teniendo dinero disponible ni de dónde sacarlo, dio al que se lo vendía, por ochocientos pesos de trabajo. Ross es al mismo tiempo herrero, carpintero, mecánico, maquinista... y hoy alquila su caballo Tucu-Tucu, a tanta costa obtenido, por botellas de coñac o de ginebra, nunca por dinero... Como él hay otros, y los antiguos colonos que vinieron del viejo mundo sin saber palabra de la nueva vida en que iban a iniciarse, se han convertido en camperos, jinetes y cazadores que corren el avestruz y el guanaco cual si hubiesen nacido en plena pampa,  y se han avezado de tal modo a las necesidades de aquella existencia solitaria, que hoy se bastan a sí mismos, y pocas veces tienen que recurrir a extraño auxilio. Sólo reclamarían la acción de un gobierno, para libertarse de enemigos tales como los cuatreros, y eso simplemente porque no se les permite tomarse justicia por su mano, porque poco les costaría, como a los primeros habitantes del Far West, formar liga para perseguirlos y ahuyentarlos.

     Uno de estos cuatreros, Asencio, no deja de ser original.

     Hace sus incursiones dos veces al año, sin que la policía se preocupe mayormente, y roba caballos, ovejas, cuanto encuentra a mano, para volver después con toda tranquilidad a su escondite y prepararse para el malón siguiente.

     Esto viene de tiempo inmemorial, y parece que continuará por largos años todavía, con gran detrimento de las ovejas, en balde tan prolíficas.

     Otro de los apuntes de mi cartera, hechos a bordo, después de la excursión por Santa Cruz, dice:

     «He visto pocos indios tehuelches, y los pocos que he visto están tan asimilados a las costumbres comunes a nuestra campaña, que no pueden considerarse ya como genuinos.»

     Sus costumbres, su físico, hasta sus mismas creencias religiosas estén bien diseñadas por los muchos exploradores de Patagonia, una vez desvanecida la leyenda de los gigantes que inventó Pigafeta, y que repitieron tantos.

     El fantástico historiador de viaje de Magallanes, los decía de cuatro varas de estatura, invención que corre parejas con la de que los tehuelches hablaron con el diablo, casi en presencia suya, con la de que los pájaros del Pacífico se meten dentro de las ballenas, y con la de que un rey americano tenía dos perlas como huevos de gallina...

     Son efectivamente altos, bien formados, fuertes, y el quillango que constituye su único traje y que llevan como manto, no sin cierta gracia, los hace parecer de mayor estatura, como sucede con cuantos usan ropa talar. Son dolicocéfalos, es decir, tienen el cráneo oval en la parte superior, y más largo que ancho. Viven de la caza, en que demuestran gran habilidad; su inteligencia es clara, sus costumbres sencillas, y sólo la civilización que les ha llevado el alcohol asesino, ha podido hacerlos degenerar. Pacíficos y bondadosos, han sido los amigos de los primeros europeos que visitaron la Patagonia, con quienes comerciaron, y a quienes sirvieron en muchas ocasiones. Los primeros navegantes -después de Magallanes-, los encontraron ya con caballos.

     Respecto de ellos dice Darwin: «En tiempos de Sarmiento (1580) esos indios estaban armados de arcos y flechas que luego han desaparecido. Ya también entonces poseían algunos caballos. Hecho curioso es éste, que demuestra con cuánta rapidez se multiplicaron los caballos en la América del Sur. Los primeros fueron desembarcados en Buenos Aires en 15371; la colonia fue abandonada durante algún tiempo, y los caballos volvieron al estado salvaje; y en 1590, sólo cuarenta y tres años más tarde, ya se les encuentra en las costas del Estrecho de Magallanes.»

     En otra parte dice el sabio naturalista: «Sus grandes capas de guanaco (de los tehuelches), sus largos y flotantes cabellos, su aspecto general, les hacen parecer más grandes de lo que realmente son. Tienen por término medio seis pies de alto; algunos son más grandes; otros, pero en número muy escaso, más pequeños. Las mujeres son también muy altas. Esta es, en suma, la raza más grande que se haya visto. Sus rasgos se parecen mucho a los de los indios que vi con Rosas en el norte; tienen, sin embargo, un aspecto más salvaje y formidable: se pintan el rostro de rojo y negro, y uno de ellos estaba cubierto de líneas y puntos blancos, como fueguino.

     El malogrado Ramón Lista, en uno de sus últimos trabajos, ha hablado bastante extensamente de la curiosa leyenda que los tehuelches relatan como historia de su raza. Lista, que fue gobernador del territorio de Santa Cruz, estuvo muy en contacto con esos indios, tanto que llegó hasta vivir entre ellos, valiéndose de medios que no son para contados ahora.

     Dice que tienen en su mitología un ser fuerte, sabio, benéfico, creador del universo, a quien llaman El-lal, autor de los tehuelches o Tzóneka, que animó a las fieras que infestan el mundo, reveló al hombre el secreto del fuego, le dio armas, abrigo e ideas morales. El-lal llega a la tierra desierta, vence al puma, al zorro y al cóndor. No ha nacido; vivo le arrancó Nosjthej del vientre de la madre sacrificada y quiso devorarlo, cuando un roedor auxilia y esconde al niño en su madriguera. El-lal, nómade, vence luego al gigante Goshg-e, pide la mano del hijo del sol y es burlado. Se metamorfosea en pájaro entonces, y en alas de un cisne se aleja para siempre de aquella tierra ingrata.

     Añade Lista que, según la tradición, El-lal procedía de Oriente, pero que también se lo hacía aparecer por primera vez en la montaña.

     «Nosjthej, padre de El-lal -escribe-, mata a su mujer, ábrele el vientre con tajante pedernal, y arranca al niño que ansía devorar; pero en tan supremo instante siente un ruido extraño bajo el suelo que se estremece, quédase suspenso y olvida al niño.

     »Aparece entonces Terguer, el roedor, que coge a El-lal y va a esconderle en el sitio más recóndito de su morada. En vano Nosjthej, repuesto de su sorpresa, intenta realizar su abominable propósito: sus manos chorrean sangre, la cueva es profunda y estrecha. Arde en su mirada la cólera salvaje; grita con voz que repercute en los Andes; pero todo es inútil: el dios seguirá creciendo al amparo protector de la tierra.

     »Nosjthej vuelve los ojos extraviados hacia el cadáver sangriento de su víctima. ¡Oh, portento! Una fuente cristalina fluye del vientre herido... Y pasan los años, y los siglos se suceden a los siglos, y ahí está -frente a Teckel, camino de Ay-aike al Senguerr- el manantial maravilloso, Jentre, en cuyas aguas se han bañado muchas generaciones de niños Tzónekas.

     »Los primeros años de El-lal pasaron ignorados en la soledad del desierto. El roedor fue su sostén, le enseñó a comer yerbas, le abrigó en su nido de lana de guanaco, le hizo conocer los senderos de la montaña. El-lal siguió creciendo, inventó el arco y la flecha, y muy pronto dio principio a sus correrías vagabundas. Al volver cada noche a la cueva, llevaba algún pajarillo cazado con sus armas divinas.

     -»Ten cuidado -le decía el roedor-; las fieras son hijas de la obscuridad.

     »Y El-lal se sonreía.

     »Una mañana iba siguiendo el borde sinuoso de un torrente; de repente le acomete un puma enorme. Arma su arco, silba la flecha certera y va a herir en el ijar al cruel felino, que lanza un rugido pavoroso. Otro rugido le responde, El-lal se halla entre dos fieras, la una herida pero en pie, la otra, más temible aún, oculta en la maleza. El cazador está sonriente; ni siquiera ha vuelto a armar el arco. Luego sigue su rumbo, trepa una colina, se acerca al borde de un río caudaloso, coge algunas piedras de su lecho, se aparta un tanto de la orilla, reúne aquí y allá pequeños trozos de leña, desmenuza unos, rompe otros... y el fuego brilla por primera vez en la soledad de los campos.

     »Otro día más que pasa. El-lal ve un cóndor parado en la cumbre de un cerro.

     -»Dame una pluma de tus alas para poner en mi flecha.

     »¡Imposible! -le grita el pájaro- Las necesito, son mi abrigo, con ellas hiendo el aire.

     »Insiste El-lal, ruega, amenaza.

     -¡Imposible! ¡Imposible!

     »Y el cóndor despliega sus alas, remonta el vuelo y ya casi desaparece en el espacio, cuando El-lal arma su arco son cuidado, suelta la cuerda, vibra el aire... y el ave desciende en revueltos giros.

     -¿Qué pluma queréis? ¿Qué pluma queréis?

     »Y llega a tierra con la garra entreabierta. El-lal le coge del cuello, le arranca las plumas de la cabeza y le dice:

     -¡Vuélvete a la cúspide del cerro!

     -El dios-hombre tiene ya la fuerza y la musculatura de la juventud; ningún animal le resiste: el puma se le humilla, el cóndor le acompaña en sus correrías, el cóndor no le niega ya sus plumas. Todo está sujeto a su imperio.

     »Pero un día reaparece Nosjthej.

     -»Yo soy tu padre -le dice.

     »El-lal lo conduce a su antro, le enseña sus armas, sus arcos, sus flechas, sus tallados pedernales y sus hondas; le muestra sus trofeos, las pieles de los pumas, las caparazones de los armadillos gigantescos, las alas enormes de los cóndores.

     » Después coge un hueso, extráele la médula y se la ofrece complacido...

     »Transcurre algún tiempo. Nosjthej es el amo; el héroe le obedece, pero un día se subleva contra sus mandatos y huye a esconderse en la montaña. Su padre le persigue... Ya le alcanza... El-lal se detiene un instante, hiere la tierra con el pie, lanza un grito estridente, y el bosque, la selva enmarañada, se alza como una barrera insalvable delante del colérico padre.

     »La tierra ya se ha poblado de hombres, y un gigante, Goshg-e, siembra en ella el terror y la desesperación. Cada noche desaparece algún niño. El monstruo devora, también, al cazador extraviado. El-lal sale en su busca, le encuentra en la linde de la selva... Pero el gigante es invulnerable... las flechas del héroe se astillan o rebotan... Las víctimas se suceden a las víctimas. El espanto no tiene límites.

     »El-lal toma entonces la apariencia de un tábano, busca otra vez a Goshg-e, se introduce arteramente en sus fauces, penetra en su estómago, híncale el aguijón. El gigante se retuerce y lanza gritos nunca oídos, gritos que el viento arrastra por los campos como la última amenaza del monstruo..

     »Luego hay un lapso de tiempo en que todo es vago y misterioso, en que todo se confunde y contradice. El-lal pierde casi por completo su carácter divino, toma un nuevo nombre. Su cabellera va sujeta a la frente, con la vincha indiana; el hacha de piedra y el dardo aparecen en sus manos; su albergue es de ramas entrelazadas. Otros seres como él le acompañan por todas partes. Da caza a los guanacos, vigila en la noche. Tan pronto se le ve a la vera del bosque como al borde del mar. Es ictiófago, es carnicero...

     »Nosjthej se llama entonces Tkaur.- El roedor dormita en la cueva...

     »Aparece Sintalk'n, guerrero poderoso y sagaz. Lucha con El-lal. La sangre de los hombres empaña la tierra. Las bestias feroces vuelven a sus correrías destructoras.- Renace Goshg-e, más espantoso; su frente sobrepasa a los cerros más altos.- Hasta la misma Naturaleza parece conturbada. El sol se obscurece, la tierra palpita en su corteza, el viento brama incesante. El-lal ya no es dios. Su boca blasfema, en su corazón arden todas las pasiones de los hombres.

     -»¡Sintalk'n! ¡Sintalk'n!

     »Este nombre resuena al borde del océano y al pie de la montaña... Pero el guerrero es vencido y aprisionado... y devorado. El-lal vuelve a ser omnipotente. Solicita en matrimonio a la hija del Sol y de la Luna, pero éstos, no atreviéndose a rechazar abiertamente la alianza, se valen de un subterfugio para no acceder al pedido; una sierva joven toma el vestido y el nombre de la niña; los emisarios de El-lal la reciben y conducen al lado del héroe, quien descubre inmediatamente el engaño. Su voz suena entonces contra el Sol, y su arco le amenaza con sus flechas más agudas.

     »Pero no termina aquí el mito tehuelche.

     »Disgustado El-lal, va a alejarse para siempre del teatro en que se desarrolla su obra de dios y de héroe. Su misión ha terminado: ha hecho al hombre primitivo, ha purgado la tierra de los monstruos que la asolaban; ha echado la primer semilla de moral en el corazón de la criatura humana, y le ha enseñado el secreto de la combustión y los rudimentos de la industria; le ha dado armas, le ha dado abrigo de pieles, le ha proporcionado albergue. Ha removido para él todos los obstáculos de la ingrata naturaleza, y le ha dicho:

     -»¡Anda! ¡El horizonte es tuyo!

     »Metamorfoséase luego en avecilla, reúne a los cisnes sus hermanos, pósase en alas del más arrogante de ellos, y en bandada rumorosa va a través de los mares, hacia el este, descansando en las islas misteriosas que surgen de las ondas heridas por flechas invisibles.

     -»Allá, por donde andan los vapores, allá desapareció El-lal con los cisnes sus hermanos -me decía el anciano Papón».

     Esta confusa mitología, llena de saltos y lagunas, y que quizá necesite mayor comprobación, ofrece gran margen para el hombre estudioso. porque inconexa y todo como es, tiene vagas reminiscencias de otras mitologías y otras teodiceas. Cuando lleguemos a hablar de los indios de la Tierra del Fuego -de una de sus razas, sobre todo- nos servirá la página de Lista para establecer puntos de comparación, no exentos de interés positivo, e indicios fehacientes de afinidades no comprobadas hasta ahora.

     Repito nuevamente que, entre los múltiples trabajos de Lista, los que versan sobre los tehuelches son los que tienen más valor, y los que pueden tomarse con mayor confianza, por los medios de que se valió para entrar en las costumbres y en la intimidad de esos indios. Conviene, pues -ya que no he logrado acercarme a ellos-, utilizar ese folleto, muy escasamente conocido, según mis informes. Habla Lista:

     «Ambos sexos llevan en sí el sello peculiar a todos los pueblos indígenas sudamericanos y éste es el de la tristeza, detalle que se advierte al primer golpe de vista. Es un aire doliente, pesado, lánguido o indiferente a la vez, y sin que ello importe el querer hacer una frase, diríase que el tehuelche retrata en su semblante la desolación, la árida monotonía del país en que ha nacido. Es poco dado a la risa, y cuando lo hace es a manera de estallido, anormal, como que su temperamento no se presta a tal manifestación.

     »De otra parte, he observado que conversan poco y con cierta indecisión, une en las horas aflictivas se convierte en balbuceo.

     »Dado este modo de ser, nada tiene de extraño que las manifestaciones de sus más íntimas alegrías, siempre breves, revistan un carácter de brusquedad turbulenta y salvaje.

     »Estos indios no se sorprenden de nada; todo lo miran con la mayor indiferencia, al menos aparente, y ni siquiera las obras arquitectónicas o mecánicas más notables despiertan en ellos signos externos de asombro. El cacique Papón visitó conmigo, no ha mucho, el Río de la Plata; mas nada llegó a alterar la fría serenidad de su rostro. Figurábame que todo le era conocido: ferrocarriles, monumentos públicos, instalaciones de industria, alumbrado eléctrico. Lo único que llegó a interesar su curiosidad, fue la pareja de elefantes del jardín de aclimatación en Buenos Aires.

     -»¡Oh! ¿Cómo llamar ese animal grande?... Keteshk (lindo) -agregó en su lengua; y se quedó callado, girando su mirada a otra parte.

     »La expresión facial parece como que se comunicara al cuerpo todo; y esto que tal vez parezca absurdo a muchos, es para mí evidente. Observad a un indio que anda: su andar es vacilante, se inclina hacia el suelo, diríase que le abruman hondos pensamientos.»

     Falta ahora, para que el lector forme concepto acerca del tehuelche, copiar modelos de literatura que el mismo Lista ofrece, quizá exagerando su nitidez, pero ciertos en el fondo, sin embargo. Son dos fábulas. Una de ellas -la primera- la conozco pasada por la pluma de Fernández Bremón y con un personaje sustituto del zorro; la otra, tan ingenua, no tiene, según mis impresiones, una analogía entre los apólogos conocidos. -Véanse, que será útil:

     «El zorro y la piedra. -Un zorro desafió a correr a una piedra; ésta se excusó:

     -Soy muy pesada.

     -Correremos cuesta abajo de este cerro- insistió el zorro.

     -Soy muy pesada, pero... guardaos de mí.

     -¿Alcanzarme? ¡Qué locura! Yo corro como el viento.

     -En fin, corramos -dijo la piedra.

     Y el zorro partió como una flecha... se echó a rodar la piedra entonces, y de tumbo en tumbo fue a herir de muerte a su rival, que ya llegaba al pie del cerro.»

     La segunda fábula a que me refería, es la siguiente:

     «El zorro y el puma. -Un puma se encontró al linde de un pajal con un zorro muy donoso.

     (Es de advertir que éste tenía un vistoso copete en la cabeza).

     -¡Qué lindo adorno llevas, amigo mío! ¿Cómo lo has confeccionado? -habló la fiera.

     -Muy sencillamente: raspeme la cabeza con un pedernal, y luego introduje en ella las lindas plumas de avestruz.

     -¡Qué admirable! Yo deseo someterme a la misma prueba. ¿Quieres tomarte la molestia de hacerlo por mí?

     -De mil amores.

     Y el zorro comenzó a raspar el cráneo del puma hasta que lo hubo adelgazado lo suficiente para quebrarlo de un sólo golpe de pedernal.

     Y murió el puma.»

 

- XI -
Rumbo a Gallegos

     Acompaña a este capítulo un plano de una parte del territorio de Santa Cruz -la comprendida entre el río del mismo nombre y el límite argentino-chileno, que deja a la vecina República el sur de la Patagonia y todo el estrecho de Magallanes. Este plano, hecho sobre el del ingeniero Siewert, de reciente data, tiene por objeto dar a conocer la población e industria ganadera de esa interesante región de nuestro territorio. Para no llenarlo de confusos letreros, se ha usado en él de los números, cuya explicación va enseguida, y sólo se han señalado los lotes de la concesión Grümbein, para que el observador pueda abarcar de una ojeada el modo como se han desflorado aquellos terrenos: los lotes elegidos, y que hoy pertenecen, ya a Grümbein, ya al Banco de Amberes, están encerrados por  líneas rectas; la mensura de esas posesiones, acaba de ser aprobada por el Gobierno.

     Pero antes de continuar, consignaré las notas explicativas referentes al plano.

          

Núm 1.-

   

Establecimiento de la concesión Piedrabuena, con 8 o 10.000 ovejas más o menos.

          

Núm. 2.-

Mister Johnson, 4.000 vacas.

Núm. 3.-

León Pouchet, 4.000.

Núm. 4.-

Señor Cressard, 4.000.

Núm. 5.-

Kurtz y Wahlen, 15.000 ovejas. Hay en ese campo hacienda alzada.

Núm. 6.-

Enrique L. Reynard, 12 ovejas.

Núm. 7.-

Estancia de Manuel Coronel, uno de los primeros pobladores del territorio, que ha estado en continuo contacto con los indios y conoce toda la Patagonia desde el Río Negro al estrecho de Magallanes. Ha vivido con los indios más de quince años, y hoy cuenta de 65 a 70 de edad. No posee gran número de haciendas.

Núm. 8.-

Pearson, y Patterson, 2.000 ovejas.

Núm. 9.-

Smith, 8.000.

Núm. 10.-

Puesto de Contreras, con 500 vacas. Las subcomisiones de límite acostumbraban proveerse allí de carne.

Núm. 11.-

Puesto de Coronel, con 1.000 ovejas. En los alrededores hay liebres patagónicas, o mejor dicho agutíes.

Núm. 12.-

Puesto de un oriental, llamado don Tomás, con 1.000 ovejas.

Núm. 13.-

Guillaume, pequeña población sin animales todavía.

Núm. 14.-

Aubone, ex-secretario de la Gobernación de Santa Cruz, puesto con 6.000 ovejas.

Núm. 15.-

Guillaume, francés, establecido allí desde hace muchos años. Tiene 8000 ovejas procedentes del Río Negro, 300 vacas y 300 yeguas.

Núm. 16.-

Montes, español, 90.000 ovejas o más. Un poco más arriba, sobre la costa del Atlántico, hay pasto fuerte y abundante.

Núm. 17.-

Jameson, australiano, 2000 ovejas.

Núm. 18.-

Terrenos inhabitados; algo más al sur hay dos grandes lagunas de agua dulce, que se unen en la época de las crecientes.

Núm. 19.-

Fernández, español, 4.000 ovejas.

Núm. 20.-

Establecimiento de varios pequeños con un total de 1200 ovejas.

Núm. 21.-

Riquez, oriental, 6000 ovejas.

Núm. 22.-

Urbina, 5000 íd.

Núm. 23.-

Redman y Woodmann, sobre el cerro Guar-Ayken. 20.000 íd.

Núm. 24.-

Felton, 18.000 íd.

Núm. 25.-

Halliday, 12.000 íd.

Núm. 26.-

Riveira, 10.000. Estos campos están cubiertos de mata negra, pasto fuerte y de buen engorde para los animales. Sobre la costa y sin número, ocupando el cabo Buen Tiempo, está el establecimiento de Rudd, con 10.000 ovejas.

Núm. 27.-

Meyer, 12.000 íd.

Núm. 28.-

Douglas, 112.000 íd.

Núm. 29.-

Roux, 2000 vacas.

Núm. 30.-

Noya y otros, 7.5000 ovejas.

Núm. 31.-

Ronx, 9000 íd.

Hotel y posada en el paso del Guar-Ayken.

Núm. 32.-

Gran campo alambrado de los señores Hamilton y Saunders, escoceses, con un plantel de 10.000 ovejas, que piensan aumentar introduciendo mayor número de animales.

Núm. 33.-

Establecimientos de Bartlett y de Molesworth, con 10.000 ovejas cada uno.

Núm. 34.-

Establecimiento de Montes, con unas 10.000 ovejas y campo de Celestino Bousquet, con hacienda vacuna bravía, compuesta de 3000 cabezas, más o menos.

Núm. 35.-

Clark, 6.000 ovejas.

Núm. 36.-

Bitsch, 6000 íd.

Núm. 37.-

Eberbardt, 20.000 íd.

Núm. 38.-

Cark, 6000 íd.

Núm. 39.-

G. Saunders, 12.000 íd.

Núm. 40.-

Ross, 2500 íd.

Núm. 41.-

Scott, 9000, y Grant, 3000 íd.

Núm. 42.-

Hamilton y Saunders, 10.000.

Núm. 43.-

Grandes bosques de hayas antárticas. Hay allí una puntita de ovejas del señor Lemaitre.

Núm. 44.-

Woods y Compañía que poseen una inmensa zona de terreno. Tienen allí más de 10.000 ovejas, pero no he podido precisar el número.

     Una de las casas de comercio más importantes del territorio, me facilitó la lista de los principales hacendados, propietarios y arrendatarios de tierra, algunos de los cuales no figuran en el plano adjunto, ya por estar establecidos al norte del Santa Cruz, ya por no haber obtenido el tiempo oportuno informes fidedignos a su respecto. Son los señores: Aubone; Alonso, Martín (Deseado); Auvern, Tomás; Bousquet, Celestino; Bresca y Compañía; Barreiro; Braun Moritz; Braun, Cameron y Lippert (San Julián); Burlotti, Engenio; Clark, William; Coronel, Manuel; Clementi, Máximo; Dobree y Cressard (comerciantes en Punta Arenas también); Eberhardt; Felton, Herbert; Grant, Roberto; Game y Catlle; Guillaume, Augusto; Halliday, Williams; Hamilton y Saunders; Hope, W. (San Julián); Jameson, Jenkis (Deseado); Kark y Oxembruj; Burgmeister; Mc. George; Molesworth; Montes, José; Noya, L.; Nees, William; Nash; Patterson, Donald; Rivera, Victoriano; Rieques, Juan; Reynardo y Greenwood; Magan; Rieques, Juan, Suárez, Rodolfo; Scott; Smith, Juan; Urbina, Pedro; Woodman y Redman; Van Praet; Wallace, Williams (San Julián); Wahlen y Kurtz, etc., etc.

     Puede observarse bien aquí lo que queda dicho en el capítulo anterior acerca de la población de Patagonia y los elementos de que se compone su plantel en la actualidad, teniendo  en cuenta también que los hacendados ingleses prefieren muy a menudo llevar sus peones y capataces de Inglaterra, desconfiando mucho -y no sin razón- de la actividad de los hijos del país.

Y se habrá observado también la forma de población de ese pedazo de territorio, que si bien es más densa hacia la costa, no desaparece sino muy poco a poco hacia la cordillera, en ensayos primeros contrafuertes y a inmediaciones de los lagos, hay todavía algunos establecimientos, como uno de Carpenter con 3000 ovejas, otro de Kark con 5000, un tercero de Eberhardt con 4000, etc., que no figuran en el plano. Poco tiempo más, y se verá el efecto de esos jalones plantados en el desierto, y que invitan a que otros vayan a ubicarse entre ellos, disminuyendo las distancias y aumentando los recursos de aquella zona.

     De la concesión Grünbein ¿qué puedo añadir a lo que ya se ha dicho en todos los tonos? La elección que ha presidido a la ubicación de los lotes, está bien patente en el plano. Se ha seleccionado todo lo mejor, se ha desdeñado lo mediano y lo malo, y se ha quitado el mérito a mucha tierra que pudiera tenerlo si contara con las aguadas que le servirían con una división que consultase más el interés común.

     En fin, eso está hecho, y parece que sin remedio, aunque semejante modo de ubicar tierra no tiene precedentes sino en la República Argentina; ahora lo que importa es que no se repita esa desastrosa errata -quiero llamarla así- en las nuevas zonas que van a abrirse a la civilización.

     De los terrenos de la concesión Grünbein, los mejores son los del oeste, situados casi sobre los lagos Sarmiento y Maravilla, al norte del seno de la Última Esperanza. Estos campos, excelentes para la ganadería, pertenecen hoy, en gran parte, al Banco de Amberes, y ocupan el vasto cuadrado que se ve en la parte alta del plano.

     ...Desde nuestra partida de Santa Cruz el tiempo nos favoreció, como en las anteriores singladuras. Roló algo el Villarino, molestado por el viento de tierra y un poco de mar de fondo, pero sin llegar a mayores. La vida a bordo era tranquila y plácida. Íbamos más solos, cada vez más solos, dejando no sin cierta vaga melancolía nuevos compañeros en cada puerto, especialmente en Madryn, que es de mucho movimiento de pasajeros, y en Santa Cruz, donde acabábamos de separarnos de la comisión del doctor Moreno. Añadíase a esto la falta de noticias de Buenos Aires, que ya se dejaba sentir, produciendo en todos los no avezados a esos viajes, un desasosiego no por lo reprimido menos sensible.

     -¡Bah! Telegrafiaremos en Punta Arenas...

     -En Punta Arenas no hay telégrafo.

     -A Buenos Aires no, pero a Santiago... Y haciendo retransmitir desde allí los despachos...

     -No hay telégrafo a Santiago...

     No lo hay, en efecto, aunque aquí se crea generalmente lo contrario, tanto que yo iba convencido de ello, y esperaba poder comunicarme desde el Estrecho con la dirección del diario y con los míos. Es tan natural que no se deje completamente aislada del país una zona que lo pertenece, y que tiene importancia real, política y comercialmente considerada, que atribuíamos a los vecinos más actividad de la que nosotros hemos demostrado... y demostramos; porque todavía es difícil que aprovechando todo el verano próximo y trabajando firme, quede tendida la línea, establecidas las estaciones y en aptitud de funcionar el telégrafo. Ahora, la correspondencia con Buenos Aires es de una lentitud desesperante. Pasando los transportes una vez por mes, cuando no más, una carta no obtiene contestación sino sesenta días después de escrita... Patagonia está, pues, más lejos de Buenos Aires que la misma Europa.

     ...La falta de noticias, el aislamiento en que uno se encuentra en Patagonia, es lo que hace desagradable un viaje que en otras condiciones sería de placer, aunque la costa, árida y triste, tenga muy poco de pintoresca. La monotonía de aquellas tierras, ora pedregosas, ora cubiertas de arena, siempre con escasa y pobre vegetación, es un prólogo que prepara bien el ánimo para los cuadros sorprendentes que han de verse después. Y el mar, como si se diera cuenta de la poca variedad del paisaje, se esfuerza en cautivar la vista, combinando sus más curiosos juegos de color, y excediéndose a sí mismo en las auroras triunfales y en las sanguíneas puestas de sol. El mar es, por sí solo, un espectáculo altamente sugestivo: invita a meditar, aclara las ideas, permite concentrarse y hacer síntesis de lo que se ha observado. En él se suprime con la imaginación el estrecho límite del barco, y el pensamiento flota libre en la inmensidad. Todo contribuye a este resultado, desde la falta de preocupaciones materiales inmediatas, hasta el mismo a veces cuasi cariñoso cabeceo del buque mecido por la ola. El movimiento del agua, la luz que la colora, el cielo en que pasan, ya lentas caravanas de nubes, ya escuadrones lanzados en rápida carrera; el aire que juega con la vela o con el gallardete, las aves que revolotean sobre la superficie móvil, diezmando los bancos de crustáceos o de pececillos, son elementos siempre iguales y siempre nuevos, de un cuadro que se pinta en el espíritu y que reclamando una atención vaga y soñadora, permite pensar, y sugiere nuevos rumbos a la idea.

     Aquella tarde el Atlántico estaba bravo; desde lejos corrían hacia nosotros batallones de olas coronadas de espuma, que cortaba el Villarino, más gallardo que nunca, moviéndose de proa a popa, de popa a proa, con movimientos de corcel brioso. De pronto, con fragor de hojas sacudidas por el viento, una salpicadura de espuma blanca entraba por delante, se estrellaba contra la casilla del timonel, bifurcábase por babor y estribor, corría largo trecho, dando un tinte obscuro a las maderas claras de la cubierta, y llegaba hasta la popa, arrastrada por el viento como fresca y salada llovizna...

     Todos los pasajeros estaban en la cámara. Ya se veía la costa, más accidentada allí, con médanos y serranías, cubiertos ole pasto fuerte, y donde pacen numerosas ovejas, desde el Santa Cruz hasta el Coy Inlet, hasta el cabo Buen Tiempo, hasta la punta Dungeness. El río Coy es una arteria de mucha importancia, cuyo curso no se conoce todavía sino desde el meridiano 71º 30', que tiene numerosos brazos y va a echarse en el océano en el paralelo 51º, a poco más de medio grado al norte de Río Gallegos. Se le llama allí generalmente el Coile, adulterando el nombre como lo hacen a veces hasta los mismos hombres de ciencia. Darwin, inducido en error por la pronunciación inglesa, y como Fitz-Roy también, llama Chupat al río Chubut, y escribe Tandeel, Tapalguen, etc. Esta ortografía subsiste en las traducciones al francés de sus obras, perdiéndose así hasta el parecido de la pronunciación, como sucede, por ejemplo, con Walleechu (hualichu), que todavía en inglés se pronuncia de una manera análoga a la tehuelche. Aquella región está cruzada por una verdadera red de corrientes de agua, aunque aquí y allí no falte una que otra travesía sin recursos. Los campos mejoran hacia la cordillera, y sobre ella comienza el bosque de árboles corpulentos, recurso inapreciable para los futuros pobladores de la comarca, como lo serán las minas de lignito que se encuentran sobre el estrecho de Magallanes y suben hacia el norte, presentándose en todos los territorios, incluso el Neuquen. El combustible no abunda hacia la costa, y los tehuelches usaban la leña de guanaco, de la misma procedencia de la leña de oveja utilizada en la provincia de Buenos Aires, y fácil de obtener por los grandes montones de estiércol que forman esos animales, acostumbrados a usar una sola huanera.

     Y, ya que hablo de huano, recordaré que lo hay en bastantes cantidades a lo largo de la costa patagónica y en algunos islotes. Desvelos es uno de los puntos más ricos de ese abono, pero parece que el producto no es de muy buena calidad. Es curioso el aspecto que suelen presentar esos depósitos blancos, sobre todo si, como en Deseado, se destacan como grandes parches de cal sobre las peñas obscuras, casi negras.

     Hace algunos años el transporte Villarino sorprendió y apresó en Desvelos a dos buques que se ocupaban en cargar huano, contra lo que manda la ley, quitándoles más de trescientas bolsas llenas del producto, que dejó en el mismo puerto. Pero no por eso dejan de ser explotadas las huaneras, y en toda la costa se piratea y se pesca sin miedo del castigo, pues los transportes nacionales no tienen interés en perseguir buques cuya captura es difícil por lo veleros y el poco calado, cuando nunca se obtiene el prometido premio por la buena presa...

     Lobos, cazones, huano, ballenas, peces exquisitos, mariscos, nada falta en aquellos mares, aunque escasee en ciertos puertos: en otros, en cambio, se presentan con sorprendente abundancia, y es realmente raro que todavía no se haya formado una empresa seria -la de bahía Crakes tuvo la mala suerte que se sabe- para la explotación de la pesca en grande escala y la fabricación de conservas. Pero ya vendrá todo eso, cuando se cuente con un servicio regular de comunicaciones, y Patagonia, hoy exclusivamente ganadera, se prepare para la industria, acercándose más a los mercados de consumo. Para ello es necesario que el Gobierno se preocupe de aquellas regiones, y que cese de ser cierta la siguiente observación de Martín de Moussy:

     «Las tentativas de colonización ejecutadas desde 1580 hasta 1782, tenían por objeto principal garantizar aquel pedazo de territorio contra su ocupación posible por otra nación.»

     Tan poco caso se hace aún de la Patagonia, que la frase del geógrafo francés parece escrita hoy mismo, tal es su actualidad... Pero no se ven indicios todavía de que comience a variar ese estado de cosas, y si no fuera porque aquellas comarcas tienen una gran vitalidad propia, estarían tan desiertas como hace un siglo.

     No lo están hoy -lejos de eso- y todo el que recorra el territorio del río Santa Cruz hacia el sur, se sorprenderá de su progreso rápido aunque extraoficial.

     Un proyecto de excursión -que tuve que abandonar después, porque hubiera implicado renunciar a la visita a Tierra del Fuego o isla de los Estados, pero que recomiendo a los que vayan con más tiempo a la Patagonia Austral -tenía el siguiente itinerario:

     De Gallegos por el valle que cruza el río, hasta los canales del oeste y el lago Maravilla -una cabalgata de ocho días-; de allí a la comisaría de Mollesworth, situada al sudeste, y luego al establecimiento de Bonvalot, para seguir después a la estancia de Saunders, y llegar a Punta Arenas pasando por la garganta formada entre Otway Wather y el Estrecho de Magallanes, y en que muchas cartas geográficas sitúan equivocadamente la cordillera. Esa garganta es, por el contrario, un bajo salpicado con numerosos charcos de agua, restos sin duda de un viejo canal.

     La excursión es cómoda y fácil, por los abundantes elementos con que puede contarse, el carácter servicial de los hacendados de la región, y la benignidad del clima durante los meses del verano. Según se me ha informado, aquellos campos son excelentes, y los paisajes muy hermosos, sobre todo cerca de la cordillera y en el lago Maravilla, que al decir de cuantos lo han visto, tiene muy merecido su nombre.

     La más desagradable de las peripecias que puedan ocurrir al viajero en ese trayecto, será el encuentro con algún puma, como le sucedió al Dr. Moreno en el río que llamó Leona en recuerdo del peligro corrido. Los pumas, en efecto, llegan muy al sur, para no detenerse sino ante la barrera que les forma el Estrecho. Pero no son muy temibles. Sólo atacan al hombre cuando se ven acorralados y no pueden huir; entonces esgrimen furiosos la zarpa y el colmillo.

     «Este animal -dice Darwin- habita las comarcas más diversas; se le halla, en efecto, en las selvas ecuatoriales, en los desiertos de Patagonia y hasta bajo las latitudes 53 y 54º, frías y húmedas de Tierra del Fuego. He observado sus huellas, en la cordillera de Chile central, a una altura de 10.000 pies por lo menos. En las provincias del Río de la Plata, el puma se alimenta principalmente de venados, avestruces, vizcachas y otros cuadrúpedos pequeños. Rara vez ataca a las haciendas y caballos, y menos aún al hombre. En Chile, por el contrario, destruye muchos potrillos y terneros, probablemente a causa de la escasez de otros cuadrúpedos... Se afirma que el puma mata siempre su presa saltándole sobre la cruz y tirando hacia él con una de sus patas, la cabeza de su víctima, hasta romperle la columna vertebral. He visto en Patagonia esqueletos de guanacos cuyo cuello estaba dislocado así.»

     Según los habitantes de Santa Cruz, el procedimiento del puma es otro, aunque se parezca al descripto por Darwin: salta sobre la grupa de su presa, y el solo golpe de su caída basta para descuadrilarla, y reducirla a la inmovilidad.

     El ingeniero Siewert, me dice que ha encontrado numerosos pumas en los cerros del sur de Gallegos, habitando en las cuevas naturales que allí existen.

     Entretanto, íbamos acercándonos a Gallegos, y al mismo tiempo al desenlace o cosa así de la novelita de miss Mary. Un indiscreto -que nunca faltan- se había preocupado de verificar en Santa Cruz la existencia del novio. Sí, lo había, el hecho era indiscutible. Pero no reunía las condiciones con que lo exornaba la fantasía de la joven, por lo menos según los informes del indiscreto en cuestión. Hombre de carne y hueso, ya un poco maduro, con escaso capital, mayordomo y no propietario de estancia, desvirtuábase un tanto en nuestro concepto, antes muy alto, por las reflexiones que sugería aquella el mujer haciendo viaje tan largo en busca suya.

     -Ya estamos cerca, miss Mary.

     -¡Oh, sí!

     Y reprimió un suspiro mientras buscaba con la vista a su caballero accidental.

     Éramos varios los que seguíamos con interés el desarrollo de ese drama sin peripecias ni golpes de efecto, tan humano en su sencillez como poco teatral, y no era posible rehuir el comentario.

     -Me parece que esta mujer no se casa, decía uno meneando la cabeza con aire perplejo.

     -Lo que nos importará a nosotros que se case o no... replicaba un segundo, que sin embargo estaba dedicadísimo a la observación.

     -Sería lástima, porque esa joven es muy correcta, y su posición se liaría difícil si no se casara...

     -¡Bah! Es inglesa, y si no su cónsul de Punta Arenas, cualquier compatriota la reintegraría a su tierra. Los ingleses se ayudan tanto entre sí como tienen poco en cuenta a los de otras nacionalidades, los argentinos inclusive...

     En estas y otras pláticas llegamos a la entrada del río Gallegos, entre el cabo Buen Tiempo y la Punta Loyola. Esa entrada es más pintoresca que la de los otros puertos visitados antes. A uno y otro lado se elevan grandes barrancas cubiertas de pasto fuerte, que terminan al norte en un promontorio bastante alto. A lo lejos, al sur, se ve un sistema de cerros, llamados impropiamente Los Frailes y Los Conventos, sin que nada justifique ni un remoto parecido.

     Esas montañas son de piedra y presentan en su interior tres cráteres estriados, en cuyas paredes se notan todavía las huellas del fuego que debe haberse extinguido en una época relativamente cercana. Junto a esos cráteres principales hay muchos secundarios más pequeños.

     La playa de Gallegos es de ripio, y bastante elevada, pues las mareas son tan poderosas o más que en Santa Cruz. Cuando fondeamos, frente a la capital más austral de la Patagonia argentina, en el puerto sólo había un pequeño buque fondeado, perteneciente a una de las casas de comercio de Punta Arenas, que tienen sucursales en nuestro territorio. Otros dos buques varados y tumbados en la playa daban al sitio un acento de tristeza, una nota melancólica y sugestiva.

 

- XII -
La capital de Santa Cruz

     -Aquí, en Patagonia, se sale de un buque para entrar a otro.

     -Es mucha verdad.

     Íbamos a instalarnos en el hotel, recién establecido, y que es más confortable de lo que en aquellas comarcas pudiera esperarse. La casa, de madera, está dividida en varias salas, y tiene también algunas habitaciones para huéspedes. Pero tanto esa como las demás del pueblo naciente, están asimiladas a barco, hasta por el olor peculiar que partiendo de la cocina se enseñorea de todos los rincones del edificio.

     Gallegos tiene unas cien casas, y quinientos habitantes, más o menos. De esas cien, la mitad son establecimientos comerciales más o menos importantes, cuyo capital en giro alcanzará a medio millón de pesos. Ha tomado mucho impulso de algunos años a esta parte, desde que se trasladó allí la capital del territorio, y gracias sobre todo a las franquicias aduaneras de que gozó bajo cuerda, y que incitaron a varios comerciantes a establecerse con casas de cierta importancia como la de Braune y Blanchard, la de Dobrée y la que acaba de fundar el señor Jacobs, ex-vicecónsul argentino en Punta Arenas. Las otras dos son, también, sucursales establecidas por comerciantes de la ciudad chilena.

     El palacio de la gobernación es una gran casilla de madera, cuyo techo rojo domina el resto, con una nota más vibrante de color. Las calles, apenas esbozadas, son rectas -o lo serán cuando aumente la edificación-, y un ancho camino bastante bien tenido conduce del centro del pueblo a la playa. En los corrales adyacentes a las casas, se ven animales domésticos, gallinas, patos, avutardas, cuya presencia sugiere la idea de cierto bienestar, y aquí y allí, levantándose escuetas, las armazones de nuevas casillas, anunciadoras de un progreso bastante rápido.

     También allí se oyen quejas amargas contra los transportes nacionales, aunque la cercanía de Punta Arenas haga menos dura la situación, con algún beneficio para los habitantes y mucho para nuestros vecinos del Estrecho, que acaparan aquella clientela, lo importan mercaderías, y lo exportan los productos.

     Los transportes no llevan carga para el puerto chileno, pero el intercambio no disminuye por eso, como que varios veleros de cabotaje y algunos vaporcitos hacen la carrera, cobrando escaso flete, y resulta una ventaja para productores y comerciantes, hacer sus operaciones por allí.

     Muchos de los que tienen que viajar a Buenos Aires, prefieren irse por tierra a Punta Arenas, y embarcarse en los grandes vapores que tocan allí tan a menudo.

     ...Hay un momento triste en esta vida de perpetuo examen que llevamos los periodistas: arribar a una síntesis, a una conclusión -después de haber visto-, es una tarea agotadora, una exacerbación del gasto nervioso, que produce un cansancio excesivo, y que no rinde ni en líneas abundantes, ni en líneas elegantes, el esfuerzo que significa.

     Ya en Gallegos, casi en el límite de la Patagonia argentina, me era imprescindible echar una ojeada general al país que iba a dejar horas más tarde; y con la indolencia que en los largos viajes crea esa especie de cuna que se llama un barco, dejaba pasear mi fantasía por las vagas regiones de lo inmaterial y de lo abstracto. Patagonia era para mí, en aquel momento, una tierra geográfica, cuyo papel exclusivo se limitaba a las cartas y a los textos, y cuya acción no iba más allá de un ensueño de novedades áridas y poco sugestivas... Cuando uno de mis compañeros de viaje, inteligente y claro, poniéndome la mano sobre el hombro, me dijo:

     -Ya sé...

     -Ya sabe usted... ¿qué?

     Se sonrío, y repuso:

     -Ya sé lo que usted piensa... Está preocupado en busca de una idea...

     -Puede... Yo mismo ignoro lo que me trabaja...

     -La idiosincrasia de Patagonia...

     -¿Cómo adivina?

     -Las mismas causas determinantes, producen los mismos efectos... No es adivinanza, entonces.

     Callamos un instante, pero al fin mi curiosidad pudo más que mi amor propio, y pregunté:

     -¿Y qué piensa usted de Patagonia?

     Mi interlocutor se quedó perplejo, y no contestó.

     Gallegos, silencioso, se extendía a lo lejos, envuelto en la noche. Algún perro celoso ladraba a los marineros que cruzaban las calles. La paz tranquila del extremo sur de América envolvía seres y objetos -y mi pregunta se ensanchaba, tomaba proporciones de problema, agitaba sus enormes alas sobre el pueblo casi dormido. Y se repetía:

     -¿Qué piensa usted de Patagonia?

     Y mientras aguardaba la respuesta, ella iba formulándose en mi mente, clara y determinada, cuando el interlocutor, perplejo, buscaba las palabras para vestir la idea. Recordaba los nombres de sus exploradores, sus trabajos científicos, su esfuerzo, que pocos tienen hoy en cuenta; hacía revista de los viajes y las recaladas, cuando marinos valerosos iban a surcar aquellos mares, a vela, desafiando peligros que no desafían hoy los barcos de vapor. Asociaba los nombres de la costa a los nombres de los que la visitaron cuando aquello parecía buena presa para las potencias marítimas. Soñaba en el estadista que hubiera hecho de aquellas comarcas un centro nuevo de civilización. Y en la exaltación creadora del pensamiento, repetía la aspiración desvanecida del maestro Zola, y a la amarga y «no contestada frase de Pedro en la ciudad de los Césares y de los Papas, sustituía otra más lógica y más positiva y más real: «¡Una nueva América! ¡Una nueva América!»

     Entretanto, después de la pausa larga y sugestiva, mi interlocutor contestó:

     -Patagonia es hijastra. Tiene toda la voluntad de las hijastras, descuidadas y sin embargo dignas de atención, de respeto, de ayuda. Si sus cualidades naturales responden a su ambición, puede que triunfe sobre sus hermanas.

     -¿Cree usted próximo ese triunfo?

     -Próximo o lejano, ¡quién sabe!

     Cambiamos de conversación, pero creo que no nos apartamos ni un momento del asunto principal.

     Patagonia no debe al Gobierno sino vejámenes unas veces, desdenes otras.

     Gallegos mismo, que comienza a prosperar hoy, está amenazado de muerte segura, si la convención reformadora ha dicho la última, palabra respecto de su suerte...

     Vivir de Punta Arenas es bien triste para los que habitan zonas tan favorecidas por la naturaleza; vivir sin ella es imposible, cuando no se tienen comunicaciones con el resto del país, y cuando sólo gabelas se aguardan de sus gobernantes, que no quieren abrirlos ojos. Todo es exigencia de parte de los argentinos para aquellos parajes; todo es tolerancia, de parte de los chilenos, para aquella comarca.

     -Fíjese usted -me dijo, apenas desembarcado, el señor M., joven argentino, a quien preocupaba el hecho que iba a señalarme-. Fíjese usted; aquí todo el mundo es semi-chileno.

     -No lo extrañé -le contesté-. Si examinamos bien, hemos de ver que más servicios les han hecho los chilenos que los argentinos... Nosotros... apenas si ahora comenzamos, extraoficialmente, a ocuparnos de esto, y a darnos por apercibidos de que vive gente aquí...

     No insistiré sobre la importancia del territorio de que Gallegos es capital, ni sobre la clase de sus productos, su modo de población, la calidad de sus tierras, etc., tanto más, cuanto que desde aquel punto casi extremo, la atención comienza a ser fuertemente atraída por lo que ha de verse días y aun horas más tarde: el Estrecho, que las consejas del sur rodean de majestad tan terrible; la inmensa isla de Tierra del Fuego; la colonia de Magallanes, mercado y almacén de Patagonia; el paso del Breecknock, semillero de piedras y de escollos; los canales de la Beagle, estupendos de belleza, y por fin, las últimas poblaciones perdidas del país, Lapataia, Usuhaia, San Juan del Salvamento...

     Sólo se reflexiona sobre la única preocupación dominante a lo largo de la costa, el tema obligado de todos los días, el que llega a apoderarse del espíritu y se convierte en obsesión: las comunicaciones. Sin ellas no se progresará; con ellas, dadas las fuerzas vivas que tiene aquel inmenso pedazo de nuestro suelo, se irá lejos, y muy fácilmente, como lo demuestra Punta Arenas con su rápido incremento, que ahora nada detendrá.

     Pero poca suerte ha tenido la tierra patagónica desde su descubrimiento hasta la fecha, y el sistema de desdén y abandono data de siglos.

     A este respecto cuenta Martín de Moussy, que los hermanos Viedma emplearon el año 1780 en examinar el puerto de Santa Elena (44º 30') y de San Gregorio, las costas del golfo de San Jorge, el Puerto Deseado y el de San Julián. Habiendo dejado a su hermano en el puerto San José (golfo de San Matías), Francisco Viedma se decidió por Puerto Deseado, donde estableció provisionalmente una parte de los colonos que llevaba consigo; luego, pareciéndole preferible el puerto de San Julián, hízolo asiento de un establecimiento definitivo. Aquella localidad era, en efecto, muy ventajosa por lo profundo del mar, y la abundancia de leña, pastos y agua potable. En los alrededores vivían indios pacíficos que habían recibido bien a los españoles.

     «Después de una invernada que fue ruda para los colonos, cuya instalación no podía ser completa -añade el sabio geógrafo francés- Viedma aprovechó su buena voluntad para llevar un reconocimiento al interior del país en noviembre de 1782. Llegó casi hasta la vertiente oriental de la cordillera, después de haber tenido que atravesar los afluentes, entonces considerables, del río Santa Cruz. Los indios tehuelches que encontró en el camino, eran hombres de talla superior a la de los españoles, y tenían seis pies (1m 74) término medio -es la media que da d'Orbigny- aunque los hubiera más altos aún».

     ...«Viedma consideraba, pues, el puerto San Julián como el mejor de toda la Patagonia para un establecimiento colonial, cuando el virrey ordenó que se abandonara, a pesar de toda la oposición de su gobernador, que con razón hacía resaltar sus ventajas, su porvenir y los gastos que ya se habían hecho en él».

     Ese sistema de población y abandono lo ha continuado y perfeccionado la República Argentina, como ha podido verso en Santa Cruz, por ejemplo, y se verá luego en Buen Suceso, Bahía Thetis, etc., etc., gastando sumas importantes sin beneficio para nadie, o mejor dicho, con particular beneficio para unos pocos. Unas veces el abandono ha tenido razón de ser, por haberse elegido mal el sitio donde se ubicaba ya el presidio, ya la subprefectura, ya el futuro pueblo; otras ha obedecido a causas de menor cuantía, a meros caprichos, o a propósitos no muy confesables que digamos. Pero es tiempo de que esto cese, tanto más, cuanto que la experiencia ha costado millones al país, y nuestros vecinos han llegado a éxito mayor con menor esfuerzo, sencillamente porque han sabido administrar, han sido más prácticos que teóricos, y -fuerza es decirlo también- porque sus marinos, frecuentadores de los mares del sur, no han hecho de ellos un espantajo, dando margen a que se pensara que querían conservar su usufructo. Véase cómo cuenta Moussy, ya citado, la fundación de Punta Arenas, y cómo su perspicacia le hacía prever el porvenir de la pequeña colonia:

     «A pesar de todas las exploraciones -dice hablando del sur de Patagonia- no se creó establecimiento alguno en aquellos parajes, hasta que en 1843 el Gobierno chileno se decidió a ocupar el Estrecho de Magallanes y sus dos orillas. Una pequeña expedición que salió de Chiloé el 10 de septiembre, llegó el 21 a Puerto Hambre y echó los cimientos de una colonia, a la que se dio el nombre de Punta Bulnes, en honor del entonces gobernador de la república chilena. Seis años más tarde, el 1849, el establecimiento fue trasladado a diez y seis leguas de allí, a un pequeño cabo llamado Punta Arenas, donde la temperatura era más elevada, la leña más abundante y el aspecto más alegre. Creose allí la ciudad de San Miguel que existe todavía.

     »Un motín, continuación de la tentativa revolucionaria hecha el año anterior en Copiapó, ensangrentó la colonia en 1852; pero el jefe de la revuelta, el autor de los actos de ferocidad que entonces se cometieron, Cambiaso, fue pasado por las armas, y la colonia -que tiene ya veinte años de existencia- comienza a prosperar, según parece.

     »Este punto se hará muy importante cuando se establezca en el Estrecho la navegación a vapor. Un informe del último gobernador, señor Schythe, afirma que se encuentran yacimientos de carbón en las cercanías de la colonia. Esta circunstancia contribuiría poderosamente a dar valor a esa creación, porque no es dudoso que, tanto el Estrecho de Magallanes como las costas patagónicas, tendrán con el tiempo una población civilizada y establecimientos serios.»

     »La gran pesca de anfibios, la de la ballena, la explotación del huano de los islotes de la costa de Patagonia, pueden abrir desde hoy fértil campo a la industria; muchos navíos a vela antes que doblar el Cabo de Hornos preferirían el paso del Estrecho, si hallaran en él remolcadores a vapor, absolutamente necesarios, a causa de las calmas y las corrientes.»

     Los mismos vapores de la P. S. N. C. que hoy recalan en Punta Arenas, al cruzar el Estrecho, los de la Kosmos y otros, podrían haber sido atraídos a hacer escala en algún punto de la costa argentina, ofreciéndoles análogas comodidades a las que, para refrescar víveres, etc., tienen en el puerto chileno. Y eso, que no hubiera sido inmediatamente benéfico para todo la Patagonia, hubieralo sido a la larga, contribuyendo a formar una población de importancia, desde luego mucho mayor que la de Gallegos y Santa Cruz.

     Un solo día permanecimos en el puerto: la carga era muy poca -pues las mercaderías van de Punta Arenas, donde se obtienen más baratas-, siendo colmados de atenciones por los señores Aubone, Magan, y otros propietarios y pobladores del territorio. A la mañana siguiente a nuestra llegada debíamos zarpar, aprovechando la marca, porque la barra es de difícil acceso, y la última noche que pasáramos en la Patagonia Argentina transcurrió rápida en amable conversación que duró hasta altas horas.

     Había desembarcado miss Mary, en compañía de su prometido, que fue en su busca a bordo.

     Era éste un hombre alto y fuerte, ya de alguna edad, pero de aspecto juvenil todavía. Tenía las características del inglés de nuestra campaña, hecho ya a los usos del país, acriollado en su traje y sus maneras. No fue muy efusivo con la novia, que lo fue menos con él, pero en la expresión del rostro se le conocía la íntima satisfacción de que estaba poseído. Ella no pudo ocultar cierta esquivez, cierta desilusión, y sus ojos se empañaron un tanto. ¡Vaya! Tiene razón Campoamor:

                                

«Pasan diez años, vuelve él

                    

y al encontrarse él y ella:

-¡Dios mío!, ¡y éste es aquél!

-¡Dios santo!, ¡y ésta es aquélla!

     Vinieron las presentaciones, que miss Mary hizo con gracia, recomendándonos a la gratitud del futuro por la atención que todos sus compañeros de viaje habíamos tenido con ella, y especialmente uno, el mismo de las largas charlas sobre cubierta que entre burlón y entristecido miraba a la pareja, pensando quizá en que todo tiene un término en la vida, y especialmente el flirt a bordo de los vapores.

     El novio, muy gentil, nos estrechó la mano, agradeció en pocas palabras, y después de desembarcar, paseó toda la tarde por el pueblo, llevando del brazo a miss Mary, con una plenitud de satisfacción que le brotaba visiblemente por todos los poros...

     Pero vino la noche, y con la noche la sorpresa.

     Un caballero inglés, que iba con nosotros en el Villarino, y que acabábamos de ver hablando con la joven, se acercó a un grupo de pasajeros, e hizo estallar la bomba:

     -Miss Mary no quiere casarse...

     -¡Hola! ¡Hola!

     -¿Cómo es eso?

     -¿Que nos cuenta usted?

     Y nos mirábamos sorprendidos, aunque con una aire que estaba diciendo: «Pero si eso era inevitable.»

     -Así me lo acaba de declarar -repuso el viajero- pidiéndome consejo, y autorizándome para que consultara con ustedes qué es lo que puede hacer, como más conocedores que son de las costumbres del país.

     -Hombre, sencillamente que no se case, si no quiere...

     -Es natural.

     -Nadie puede obligarla.

     Pero, después de la sentencia vino la reflexión, y el interrogatorio:

     -Pero ¿por qué no quiere casarse?

     -¿No conocía ya al novio?

     -¿No será esto un capricho pasajero?

     -Ella declara terminante mente que ni se casa ni se queda en Gallegos; que lo ha pensado bien, y que ahora no le conviene en manera alguna... Yo le he hecho reflexiones, pero de nada han valido...

     -¿Y qué podemos hacer nosotros?

     -No veo con qué títulos intervendríamos...

     -Sí, pero dejar que una mujer se case contra su voluntad...

     -¡Pues, señor! ¡Esto sí que es comedia!... De cómo se quiere hacer representar el papel de providencia en el Sí de las niñas...

     Al fin, y como galantería ineludible, se resolvió que una delegación iría a hablar con miss Mary, para conocer su última  palabra y resolver luego lo que podría hacerse dentro de lo correcto y lo caballeresco; la delegación partió en su busca, conversó con ella largo rato, y regresó diciendo que habían fracasado todas las tentativas de arreglo, que miss Mary quería irse a Punta Arenas para tomar el primer vapor del Pacífico que la volvería a Inglaterra, y que rogaba a sus compañeros de viaje que le ahorraran una penosísima explicación con mister Z., representándola y diciéndole que renunciaba a su mano.

     -¡Vaya un compromiso en que nos coloca! -exclamó uno- Bonitos nos pondría el novio...

     -¿Y quién va con esa carta del negro? -preguntó otro- Si se tratara de parientes o de amigos...

     -Tanto más -agregó otro- cuando puede suceder que miss Mary cambie nuevamente de opinión. Souvent femme varie... Bueno fuera que mañana quisiera casarse...

     Como el Villarino salía al día siguiente, el problema tenía siquiera una dilación, ya que no una solución.

     -Dejemos el asunto para mañana, pues.

     -Claro, es lo mejor. Así tendremos tiempo de reflexionar, los novios inclusive.

     A primera hora del siguiente día, nueva consulta a miss Mary, que se ratificó en su firmísima intención de no casarse, y rogó de nuevo que se la sacara del apurado trance, casi con lágrimas en los ojos. Y nueva consulta en cónclave de pasajeros, ya resueltos a hacer algo por la joven, pero sin hallar el medio decoroso y decisivo, que tampoco hiriera muy cruelmente al novio, quien, por otra parte, ya podría haberse apercibido de que algo terrible estaba tramitándose contra su corazón... Porque ¡figúrense ustedes lo que significará una mujer querida para esos hombres del desierto!...

     -¿Y si consultáramos con alguno de los vecinos que conozca bien a Z., y que lleve la parte cantante en este final dramático? Nosotros lo acompañaríamos como coristas...

     -Bien pensado. Pero ¿a quién?

     -A. N. Es influyente, creo que tiene negocios con Z., y puede, por lo menos, darnos un buen consejo. Casualmente, ahí va, hacia la playa, donde también están los novios... Y ya nosotros debemos ir pensando en embarcarnos.

     El señor N. nos dio efectivamente la solución del problema.

     -Puede que se trate de una tontería, de un simple capricho, de algún pasatiempo tomado a lo serio; según lo que ustedes me dicen, eso es fácil... Entonces, ya que la joven ha hecho lo más, que haga lo menos. Vino de Inglaterra, pues que se quede aquí unas semanas, hasta conocer mejor a Z., que es un excelente sujeto, y quizá entonces quiera lo que no quiere hoy. Yo le ofrezco mi casa; en ella puede hospedarse el tiempo necesario para el experimento, y si su negativa continúa, yo me comprometo a envíarla a Punta Arenas para que su cónsul la reintegre a Inglaterra, como lo hará sin duda.

     Tan sensatas palabras tuvieron la acogida que merecían, y todos vimos el cielo abierto ante ese allanamiento de las dificultades que un momento antes nos parecían casi insuperables. Pero faltaba poner el plan por obra, que convencer a miss Mary, que preparar a mister Z., y por fin... que embarcarnos, porque la marea crecía rápidamente.

     Se hizo como se pensó. Después de algún llanto de la joven, de un susto terrible del prometido, que no sabía si tomarlo a burla o a veras, trágica o indiferentemente, pues no estaba preparado para el golpe de una conferencia explicativa entre ambos, mister Z. se fue a sus quehaceres, miss Mary con el señor N. a casa de éste, nosotros al bote que nos esperaba al pie de la costa de pedregullo, escenario triste de aquella escena, y poco después, silbando como espectador descontento, echó a andar el Villarino en las aguas tranquilas de la mar llena.

     Mes y medio más tarde, pasando de vuelta por Gallegos, pregunté:

     -¿Y miss Mary?

     -Está en la estancia.

     -¿En qué estancia?

     -En la de Z.

     -¡Cómo! ¿Se ha casado?

     -Pocos días después de irse el Villarino.

     También este es un desenlace lógico y natural: había que esperarlo, como había que esperar el que estuvo a punto de ser decisivo.

 

- XIII -
En el Estrecho de Magallanes

     Al día siguiente, muy de madrugada, pasamos a la altura del Cabo de las Vírgenes, aquel cabo famoso que hace más de diez años despertó en Buenos Aires la fiebre del oro, haciendo que chicos y grandes se precipitaran al Ministerio de Hacienda a solicitar pertenencias mineras, que quedaron inexplotadas porque el rendimiento de las arenas y las pepitas auríferas no equivalía al sacrificio que representaba obtenerlas. Sin embargo, no faltan hoy mismo cateadores y mineros que frecuenten aquellos parajes, trabajando en sociedad y con algún resultado, pues viven de poco, y se contentan con unos cuantos gramos de oro que los permitan divertirse más o menos días en Punta Arenas.

     En efecto, vimos dos carpas de mineros en Zanja Pike, situada más arriba del cabo, en cuya demanda íbamos.

     Es urgente el establecimiento de un faro de primera clase en el Cabo de las Vírgenes, llamado así por Magallanes, que lo descubrió el año 1520 y el día de las Once mil Vírgenes. Dicho faro, que sin duda formará parte del vasto proyecto de iluminación de nuestras costas formulado por el ingeniero Luiggi, será de mucho auxilio para los barcos que navegan en demanda del Estrecho o del Cabo de Hornos, pues no teniendo hoy como situarse en noches obscuras, corren serio riesgo, y muchas veces naufragan -los de vela sobre todo-, cuando sobreviene una calma y los arrastra la corriente hacia tierra. Un casco de navío de buen porte, que vimos náufrago en el cabo, es mudo pero elocuente testigo de la necesidad de esa obra...

     Poco más tarde, y pasando la línea de fronteras argentino-chilena, que sigue el paralelo 52 hasta el meridiano 70, baja de allí, recta, hasta el monte Aymont, y corre luego, sinuosa, a cortar el monte Dinero y la punta Dungeness, doblamos ésta y penetramos en el Estrecho de Magallanes, tranquilo como una balsa de aceite.

     A nuestra derecha se elevaba, no muy altivo, no muy majestuoso, el monte Dinero; a la izquierda velamos vagamente la costa de Tierra del Fuego, más baja que la de la Patagonia chilena, y al contemplar aquel paisaje algo monótono, algo desabrido, desvanecíase la temerosa esperanza de asistir a uno de los grandes espectáculos de la Naturaleza. Nada de lucha de los elementos, nada más que una gran masa de agua arrastrada por las corrientes, entre costas relativamente bajas, y que nuestro buque cortaba tranquilo con su proa. Sin embargo, la idea que uno se forma del Estrecho es terrible, y no sin razón. Las penalidades que han sufrido los primeros navegantes que por aquel paso se trasladaron al Pacífico, los peligros que acechan hoy también a los barcos, tienen que rodearlo de un nimbo temeroso. ¡Ah, cuando reina la calma, y el agua se precipita del uno al otro mar, con rapidez vertiginosa, no hay muchas veces paño que baste al velero para salvarse del naufragio!... ¡Ah! cuando sobreviene un chubasco, y el horizonte se cierra a pocas brazas de la proa del vapor que navega confiado, y su comandante no tiene cómo saber si corre a embicar o si sigue el rumbo que le marcan las excelentes balizas y columnas puestas meticulosamente por orden del Gobierno chileno, barcos de vela, buques de vapor, juegan su vida al entrar a ese estrecho, para mí tan tranquilo, menos proceloso aún que nuestro río, en las suestadas que lo enloquecen...

     Al oír hablar de las dificultades con que tropiezan, de los riesgos que corren, de las catástrofes que sufren los marinos de hoy, con buques tan perfectos, causa asombro el valor y la pericia de los que, como Magallanes, se atrevieron a surcar, en verdaderas cáscaras de nuez, mares hasta entonces desconocidos, y temibles aún ahora, cuando las cartas del Almirantazgo, de Fitz-Roy y de la Romanche señalan casi hasta la más mínima piedra.

     Los cinco buques con que Magallanes realizó la proeza, sumaban, en total quinientas toneladas, es decir, menos que un pequeño transporte de hoy, y su tripulación se componía de ¡doscientos treinta y siete hombres! De estas cinco naves, la Santiago, que mandaba Serrano, se perdió en la costa patagónica; otra, la Victoria, vio en Octubre de 1520, al sur del Cabo Vírgenes, una «abertura que después de averiguado era un estrecho», y que algunos llamaron por eso de la Victoria.

     Mandó Magallanes que se explorase el paso, la tripulación de una de las naves se sublevó y regresó a España, otra nave volvió días después, diciendo sus oficiales que sólo habían visto una gran bahía rodeada de bajíos y escollos, y por fin súpose que la tercera había andado tres días sin dificultad, y que lo alto de las costas, el excesivo fondo y el movimiento de las mareas hacían muy creíble que aquel fuera un estrecho entre dos mares. Magallanes resolvió seguir el mismo camino con las tres naves que le quedaban, abandonando a la sublevada de que no se tenía noticias, y el 6 de noviembre de 1520 entró en el Estrecho, y el 28 del mismo mes lo había recorrido de extremo a extremo, y desembocaba en el mar que llamó Pacífico, porque el tiempo constantemente favorable les permitía hacer singladuras hasta de setenta leguas.

     Poco iba a gozar de su triunfo el gran navegante, que el 26 de abril de 1521, cinco meses después de su descubrimiento, moría a manos de los indios. Los historiadores portugueses de la época, y también Argensola, hacen notar que al mismo tiempo y en circunstancias análogas, moría en las Molucas Juan Serrano, grande amigo de Magallanes, y cuyos informes incitaron a éste a buscar un paso entro los dos océanos.

     Los indios diezmaron a la tripulación de las naves, que -por no poder llevarla-, tuvo que quemar una de ellas, la Concepción; la Trinidad fijé tomada en la Malasia por los portugueses, y sólo la Victoria, mandada por Sebastián de Elcano, con diez y ocho tripulantes, volvió a España en septiembre de 1522.

                                        Oceanum reserans navis Victoria totum

                                        Hispanim Imperio clausit utroque polo.

     Magallanes tiene un monumento en el sitio en que cayó, en las Islas Filipinas, y otro más grande o imperecedero en el estrecho que lleva su nombre, poniendo de relieve su enérgica figura ante los ojos de cuantos navegan esas aguas que el surcó el primero.

     Siguiendo sus huellas, y antes de que el Estrecho fuera frecuentado y se abriera definitivamente a la navegación, muchos navegantes expedicionaron a él, mandados por España y otras naciones.

     En 1525, siete buques con un total de 1010 toneladas y hombres de tripulación, al mando de García Yofre de Loaisa, partió para el Magallanes, recorrió la costa patagónica y el estrecho; una de sus naves, el San Lesmes, que corrió hacía el sur, volvió porque parecía que donde había llegado «era acabamiento de tierra» (probablemente, según Urdaneta, vio el Cabo de Hornos), y fue tan perseguido por la desgracia, que doce años después sólo Urdaneta había regresado a España.

     Gaboto preparó una expedición para ir en socorro de Loaisa, pero no pasó del Río de la Plata.

     En septiembre de 1534, salía de España D. Simón de Alcazaba, con dos naves, y el 18 de enero de 1535 entraba en el Estrecho. En la entrada de éste halló un mástil elevado en tierra con una gran cruz y esta inscripción: 1526; y los restos de un navío, que supuso fuera uno de Elcano. Por la rudeza de la estación (era verano, sin embargo) la tripulación le obligó a volverse de la mitad del Estrecho. Alcazaba desembarcó en la costa, hízose jurar gobernador, realizó algunas pequeñas expediciones al interior, y fue poco después asesinado por algunos de los suyos, que pretendían hacerse piratas. El maestre y contramaestre de la capitana, ayudados por algunos marineros fieles, lograron apoderarse de los asesinos, pasando por las armas a los principales. Pero los sobrevivientes llegaron a tal estado de escasez, que la ración quedó poco a poco reducida a una libra de carne de lobo y una taza de vino para cada tres hombres. Se dieron, por fin, a la vela, dejando en la costa algunos desterrados por complicidad en el crimen cometido, pero las naves se separaron sin causa, y sufrieron toda clase de penalidades, naufragios, avances de los indios, etc.

     Pero, no obstante estos fracasos, cuatro años después, don Alonso de Camargo partió con tres navíos rumbo al Estrecho de Magallanes. Perdiose la capitana en la primera angostura, el 22 de octubre de 1539; otra tuvo que correr hasta el Cabo Vírgenes, y la tercera, muy maltratada, pasó al Pacífico, recogiendo a Camargo y los náufragos, y llegó a Arequipa, dando por primera vez noticias de la costa.

     En 1557, el capitán Juan Ladrilleros con dos navíos, salió de Valdivia por orden del gobernador y capitán general de la provincia de Chile; recorriolo dos veces, estudiándolo con esmero, y volvió con sus marineros diezmados por los grandes azares del viaje.

     Hiciéronse otras muchas expediciones por orden de los gobernadores de Chile y el Perú, perdiéronse muchos buques, otros renunciaron al intento, y por fin España abandonó el Estrecho, de cuya existencia llegó a dudarse, siendo opinión de muchos que se había cerrado, hasta que otras naciones desvanecieron semejante error.

     Inglaterra, en sólo diez y seis años, hizo seis expediciones, siendo la primera en fecha la del célebre Francisco Drake, grande y arrojado marino, pero no menos pirata por eso. En abril de 1578 llegó a San Julián, donde empleó un patíbulo erigido por Magallanes para castigar a insubordinados, colgando de él a Thomas Dougthie, que trataba de hacerle un motín; peleó contra los tehuelches, y el 17 de agosto embocó el Estrecho, teniendo que retroceder por un viento contrario. Por fin, lo pasó en 17 días, viaje el más rápido que se hubiera hecho hasta entonces. Luego, y después de sufrir un temporal de cuarenta días, navegó el Pacífico hacía el norte, tomó y saqueó a Valparaíso y otros pueblos de la costa, y a la altura de Panamá se apoderó de varios navíos españoles cargados de dinero, por el cual dio recibo, arruinó a Guatalco, y cargado de riquezas dio la vuelta al mundo, para arribar a Plymouth tres años después de su partida...

     Por perseguir a Drake, España reanudó sus expediciones al Estrecho de Magallanes, enviando una al mando de don Pedro sarmiento de Gamboa, caballero de Galicia, que ya en el Callao y en Panamá había peleado con el marino inglés, Sarmiento era muy experto navegante, aunque nunca creyera que hubiese variación en la aguja imantada, y se confiaba mucho en su pericia.

     Esta expedición de Sarmiento fue una de las que arrojó más luz sobre el Estrecho de Magallanes, aunque los medios de observación de que se disponía en el siglo XVI, fuesen muy escasos y dieran lugar a grandes errores. Valiole ser honrado con el título de capitán general del Estrecho de Magallanes y gobernador de cuantas tierras poblase en él, pues había logrado que Felipe II resolviera fortificar la primera angostura y establecer más tarde colonias en ambas márgenes.

     Con este objeto, que iba a dar a España el dominio definitivo de aquella zona, armose una segunda expedición, llamada también de Sarmiento, y mayor que todas las anteriores, pues la escuadra se componía de 23 navíos.

     Zarpó esta flota, del puerto de Sevilla, el 25 de septiembre de 1581, con anuncios de mal tiempo.

     Los pilotos hacían notar que, como se acercaba el equinoccio, era peligroso darse a la vela, pero el duque de Medina Sidonia los obligó a zarpar, como lo hicieron, para tener que refugiarse días después en Cádiz, habiendo perdido totalmente cinco de sus buques y ochocientos hombres. Antes de salir perdieron otras naves, y en la travesía a Río de Janeiro se enfermaron y murieron más de ciento cincuenta tripulantes. En Río, donde invernaron, murieron otros tantos y varios desertaron... Los navíos comenzaron a podrirse, menos los acorazados o emplomados del rey, y a hacer agua... Los desastres de esta expedición fueron en aumento. Los jefes Flores de Valdez de la flotilla, y Sarmiento, del Estrecho y sus futuras colonias, ya desavenidos, se separaron. Los capitanes y maestres de las otras naves vendían las provisiones destinadas a las colonias, cambiándolas por productos del país... Zarparon, por fin, en noviembre de 1582, pero para perder un bergantín y una lancha, y luego la Riola, de quinientas toneladas, con 350 personas, la Santa Marta y la Proveedora. Flores, cuya intención parece haber sido la de que fracasara el viaje, dejó otros tres buques la Almiranta, la Concepción y la Begoña -con trescientos soldados, en las costas del Brasil, diciendo que no aguantaban el mar.

     Más tarde se separó de la expedición para irse por tierra a su gobierno de Chile, don Alonso de Sotomayor, con tres naves y muchas provisiones y gente, aunque tuviera orden de auxiliar antes a la expedición en el Estrecho.

     Sólo con cinco naves llegó Sarmiento al Magallanes el 7 de febrero de 1583; pero Flores se echó atrás, a pesar de todo cuanto Sarmiento le dijera y sin motivo alguno plausible, volviéndose a Río de Janeiro y de allí a España.

     Sarmiento con el almirante Rivera, cinco naves y 530 hombres, volvieron a emprender la expedición, llegaron al Estrecho el 8 de diciembre, pasaron la primera angostura, fondearon cerca de la segunda en febrero de 1584, pero perdieron las amarras (las anclas sujetábanse entonces con cabo, no con cadenas como hoy) y tuvieron que volver atrás, a ponerse al reparo del Cabo Vírgenes.

     Allí se fundó el primer establecimiento que haya existido en el Estrecho de Magallanes, con trescientas personas y con el nombre de ciudad del Nombre de Jesús. El desembarco fue muy difícil. Rivera, sin orden de Sarmiento, marchose una noche a España con tres fragatas; otra, mal varada para alijarla, no podía servir, de modo que sólo La María quedó al servicio de la colonia.

     El animoso Sarmiento no desesperó por eso, y después de otras mil peripecias, combates con los indios, penosísima excursión por tierra, fundó en mitad del Estrecho una segunda ciudad que llamó del Rey Don Felipe en cuya construcción trabajó hasta abril. Luego, como fuera con su nave y treinta hombres a visitar la ciudad Jesús, corrió un temporal, tuvo que desembocar al Atlántico, y subir hasta el Brasil, desde donde intentó repetidas veces, y siempre en vano, volver al Estrecho. La historia de Sarmiento parece desde un principio, y especialmente a partir de este punto, una novela de aventuras, fogosamente escrita por él mismo. Derrotado, viejo y enfermo, llegó a España en 1590, aquel hombre de indomable energía, cuya empresa mereció mejor fortuna.

     En cuanto a los pobladores de las nuevas ciudades, sin recursos, sufriendo los rigores de aquel clima, desamparados, hicieron inútil tentativa de escapar a una muerte segura, construyendo bajo la dirección de Biedma, que los mandaba, dos barcos, uno de los cuales naufragó... Pasaron dos inviernos en medio de tantas penalidades -casi sin otra comida que mariscos, agotados por el frío-, que al fin del segundo invierno sólo quedaban quince hombres y tres mujeres de las dos colonias...

     Los españoles afirman que el marino inglés Thomas Candish, que pasó por allí en 1587, fue informado por el marinero Tomé Hernández, de la desesperada situación de sus compañeros, que Candish dijo a éste que les avisara su presencia, pues los tomaría a su bordo, pero que luego se hizo a la vela, abandonándolos. El diario de Candish dice lo contrario; pero parece quo, en efecto, no hizo todo lo que debiera por aquellos desgraciados primeros pobladores de las costas donde hoy pacen grandes rebaños de ovejas, y donde bajo excelentes auspicios nace la vida civilizada.

     Esa expedición de Candish abre una larga serie de otras realizadas por ingleses, como la de Sarmiento cierra con una catástrofe las de los españoles. Pasó Candish el Estrecho, hizo buenas presas en el Pacífico, y volvió a Inglaterra dos años después de su salida.

     Su teniente Davis, arrojado muy al este de Puerto Deseado (que descubrió Candish y así llamado por el nombre de uno de sus barcos), avistó unas islas, probablemente las Malvinas, descubiertas en 1700 por los marinos de Saint Malo.

     Andrés Merik, que siguió a Candish en 1589, no pudo entrar en el Estrecho, y regresó a Europa. La misma poco más o menos, fue, en 1591, la suerte de la escuadra de John Chidley, y, de la segunda expedición de Candish, que sólo llegó a Puerto Hambre, y vuelto atrás, la tripulación lo obligó a dirigirse a Inglaterra. Se cree que murió en el viaje.

     En 1593, otro inglés, Richard Hawkins, cruzó el Estrecho, avanzó por el Pacífico hacia el norte, y fue tomado por la escuadra del Perú, cesando con esta expedición las de los corsarios de aquella nacionalidad.

     En cambio, los holandeses fijaron la vista en el Estrecho, para intentar un comercio regular con las Indias. El primero de éstos fue Mahu, al mando de cinco buques de 150 a 500 toneladas y 547 tripulantes. Pero murió Mahu del escorbuto, y asumió el comando el vicealmirante Simón de Cordes, que dio su nombre a una de las bahías al sudeste de la Península de Brunswick, después de larga navegación en que no le faltaron penalidades. Poco más adelante fundaron la orden del «León desencadenado» para -decían- «perpetuar la memoria de un viaje tan extraordinario y peligroso, en un estrecho que ninguna otra nación había intentado pasar con tantos y tan grandes buques». Curiosa es una de las cláusulas a que debían sujetarse los caballeros del León, por la cual, era su deber, «exponer libremente la vida y hacer todos sus esfuerzos, para que las armas holandesas triunfasen en el país de donde el rey de España sacaba tantos tesoros empleados tan largos años en hacer la guerra y oprimir a los Países Bajos»... Pasó el Estrecho, perdió varios de sus buques, y el último que quedaba fue tomado en las Molucas por los portugueses...

     Olivier Van Noort, otro holandés, pasó el Estrecho en 1600 y dio la vuelta al mundo. Siguiéronle más tarde Sebald de Wart, Joris Spilberg, y Jacobo Lemaire.

     Este último es el glorioso descubridor del cabo de Hornos, de Horn, mejor dicho, y del Estrecho que lleva su nombre, y nos ocupará más tarde.

     Reanudaron entonces sus expediciones los españoles, con las de los hermanos Nodal, que fueron hasta la isla de Diego Ramírez, llamada así por el hidrógrafo que llevaban con ellos; a los ingleses volvieron también a la cara, enviando primero a sir John Narbourough, encargado de fundar en la costa patagónica establecimientos que no fundó, pero quien tomó posesión de Deseado, y pasó al Pacífico; y después al capitán Wood, con dos buques. El capitán Wood tocó en Puerto Hambre en noviembre de 1671, pasó al Pacífico, donde los españoles le tomaron alguna gente prisionera, volvió a cruzar el Estrecho en sólo diez y ocho días, y regresó a Inglaterra.

     Siguen a ésta una expedición española mandada por don Antonio de Vea (1675), otra de los famosos corsarios llamados Flibustiers, cuya historia -muy interesante- no es del caso, y la inglesa de Strong (1689) que no tuvo resultado.

     Toca ahora, después de España, Inglaterra y Holanda, el turno a Francia, que acaba de coronar últimamente sus exploraciones, con la utilísima y famosa de la Romanche a Tierra del Fuego y Cabo de Hornos, que en estos años tanto ha contribuido al conocimiento de aquellas regiones.

     El primer navegante francés que surcó las aguas del Estrecho (1696) fue M. de Genner, con seis buques y el geógrafo M. Froger. Tuvo, después de llegar al cabo Froward y de bautizar en las inmediaciones la Bahía Francesa y el río Genner, que regresará su tierra, tan falto de víveres, que cinco días antes de llegar a la Bochela tuvo que dar ración única de chocolate y azúcar a su tripulación. Fundose luego en Francia una compañía para establecimiento y explotación de colonias en Sud América, la cual envió al capitán Beauchesne, quien invernó en Puerto Hambre, tomó posesión de una de las islas del sur, que llamó Luis el Grande, y después de hacer gran comercio con los indios, volvió doblando el Cabo de Hornos. La isla se abandonó por el advenimiento de los Borbones al trono de España.

     Pero la dificultad del paso del Estrecho hizo que los muchos franceses que acudieron a negociar en el Pacífico, prefirieran el camino del Cabo, hasta que M. Marcant entró en Magallanes, descubriendo al este de la isla Clarence un canal que llamó Bárbara, como su buque (1713).

     Entretanto, el rey Felipe V quiso hacer extensiva a Patagonia la pacificación y colonización intentadas en las Pampas, y ordenó una expedición que salió de Buenos Aires el 15 de diciembre de 1748, formando parte de ella los padres jesuitas José Quiroga, Cardal, Strobl y Falkiter, quien se quedó en Patagonia hasta la expulsión de su Orden, e hizo una descripción algo fantástica pero en muchos puntos apreciable, de aquellas regiones. La expedición llegó hasta el Estrecho, pero no lo atravesó.

     Luego Inglaterra mandó a Byron (1764) a hacer un viaje de circunnavegación pasando por el Magallanes, como lo realizó; a Wallis, que de 1766 a 1768, dio dos veces la vuelta al mundo, en 637 días, a bordo de su Delfín; a Carteret, que separado de Wallis en el Estrecho, también dio dos veces la vuelta al mundo.

     Bucarelli mandó, por esos años (1767) una expedición a la Tierra del Fuego, que colonizó en ella sin oposición de los indios, que, por el contrario, se mostraban serviciales; pero la colonia fue abandonada por su distancia y porque se la consideraba un lugar de destierro.

     Esta expedición, mandada por Felipe Ruiz Puente y compuesta de las fragatas Esperanza y Liebre, salió de Montevideo el 28 de febrero de 1767 junto con el célebre Bougainville, que mandaba la Boudeuse y L'Etoile, y que iba a entregará España las Malvinas, cedidas por Francia mediante la indemnización de 2.412.000 reales de vellón.

     Bougainville fue el primer francés que diera la vuelta al mundo, y la narración de sus viajes es palpitante de interés y de verdad.

     En 1779 hizo otra expedición Juan de la Piedra, no llegando sino hasta San Matías, donde fundó una colonia que diezmó el escorbuto.

     En 1785 y 1786, la fragata Santa María de la Cabeza, mandada por el capitán de navío don Antonio de Córdoba, practicó un minucioso reconocimiento del Estrecho, y la relación de su viaje es documento de mucho valor para la historia del Magallanes.

     En este siglo pocos viajes hay que notar, si no es el de d'Orbigny, que sólo llegó al golfo de San Matías, y muy especialmente el de la Beagle y la Adventure, mandadas por Philip Parker King y Robert Fitz-Roy (1826 a 1834), de que formó parte Darwin, el del comandante Mayne (1867-68) y el de la Romanche (1883). Pero esos pocos viajes, a partir de Fitz-Roy, han bastado para desvanecer muchas consejas, hacer dar algunos pasos a la ciencia y ofrecer al navegante guías inapreciables en el laberinto de los mares del sur.

     Por nuestra parte, aunque descuidáramos mucho aquella región, hemos mandado varias expediciones, ya a Tierra del Fuego, ya a la Isla de los Estados, que si bien no se han ocupado especialmente del Estrecho, lo han recorrido del uno al otro extremo. Tendré oportunidad más tarde de ocuparme de estas expediciones, entre las cuales la más interesante es la de la subcomisión de límites, que ha practicado estudios y reconocimientos de importancia, al oeste, aunque no en las mismas aguas del Magallanes.

     Los chilenos se han preocupado más, y son utilísimos los trabajos hechos en 1885 y 1886 por sus buques de guerra Toro, Aptao y Cóndor, que lo balizaron en toda su extensión, facilitando aquel camino para la navegación, hoy tan importante.

     Las balizas y hoyas colocadas en aquella época, a tan corta distancia unas de otras, que siempre están a la vista del piloto, se cuidan meticulosamente, y un vaporcito que recala en Punta Arenas, las recorre sin cesar, desagotando las boyas, cuidando de que no se desvíen y manteniendo siempre correcta esa inapreciable guía del marino.

     Tal es, a grandes rasgos, la historia del Estrecho de Magallanes, desde su descubrimiento hasta el día. Quien desee conocerla más en detalle hasta fines del siglo pasado, puede recurrir a un libro, cuyos datos he aprovechado en gran parte de lo que dicho llevo. Es la Relación del último viaje al Estrecho de Magallanes, de la fragata de S. M. Santa María de la Cabeza, en los años 1785 y 1786. Extracto de todos los anteriores desde su descubrimiento, impresos y manuscritos, y noticias de los habitantes, suelo, clima y producciones del Estrecho. Trabajada de orden del Rey. Me he referido al viaje de la Santa María, tan interesante bajo todos conceptos, algunos renglones más arriba, como uno de los que más contribuyeron al conocimiento del Estrecho; debo añadir que la relación de ese viaje es de lo más completo y claro que he visto en la materia, y afirmar como seguro, que si los navegantes de la nave citada hubieran poseído los instrumentos con que se cuenta hoy, sobrellevando menos fatiga y haciendo menos esfuerzo, habrían dado una nota definitiva a propósito del Magallanes.

     Cuando se piensa en lo que hicieron aquellos hombres con tan escasos elementos, luchando en forma tal contra dificultades hoy desaparecidas, se toman bajo beneficio de inventario las cuasi proezas de los navegantes actuales de Piedrabuena, abajo, y de ese inventarlo resulta que más es el ruido que las nueces, como vulgarmente se dice, y que ir hoy con un barco a vapor a surcar el temeroso Estrecho, es más fácil que internarse sin práctico en uno de nuestros mansos ríos.

     Pero los que han hecho la navegación del sur, han cuidado de presentarla como temible, para dominar sobre ella primero, y para infundir temor después.

     Del miedo sale el monopolio.

     Mas los amigos de Piedrabuena, que adquirió la República para su servicio, como quien hace alianza con una potencia, le habrán oído decir, en la intimidad, cuán fácil era surcar siempre a vela aquellas aguas del Atlántico, si menos mansas, tan poco devastadoras como las del Pacífico.

     Murúa, el comandante del Villarino, discípulo y cultor de Piedrabuena, cuyo retrato está en su camarote, sonríe cuando se le habla de los pretendidos peligros de aquel derrotero, pero calla, puesto que es humano admitir que uno hace algo más de lo que los otros serían capaces de hacer... Y su segundo, Méndez, suele encogerse imperceptiblemente de hombros, y cuando mucho, observa:

     -El paso del Breacknock suele ser serio, en caso de neblinas y chubascos. Pero... lo preferiría al canal de la Mancha...

     Y sin embargo...

     Llega a mi noticia, alguna sobre los últimos naufragios ocurridos en el Estrecho, que dan qué pensar. No son todas, al fin flores.

     En un intervalo de diez días, allá en 1884, perdiéronse en el Estrecho dos vapores; el uno de la compañía francesa Chargeurs Réunis, llamado Arctic, encallado en una restinga que sale del Cabo Vírgenes; el otro, de la P. S. N. C., el Cordillera. Salváronse en ambos las vidas, pero no la valiosa carga (ya se verá en otro sitio cómo son los salvamentos y cuánto cuestan).

     El Arctic naufragó de noche, durante un chubasco de nieve, y con sus propios recursos desembarcó los pasajeros y envió un chasque en demanda de auxilio a Punta Arenas. Aunque hubiera naufragado en costa argentina, nuestras autoridades no intervinieron para nada...

     Todo el cargamento del Arctic, mercaderías generales, telas y paños, vino, etc.., fue, transportado al puerto chileno, con ayuda del vapor aviso Comodoro Py, y a pedido del señor Sampayo, gobernador de Magallanes.

     El Cordillera se perdió en la Punta San Isidro, también de noche y durante un chubasco de nieve, como el anterior (12 de octubre). Salváronse los pasajeros, que fueron llevados a Punta Arenas, como el cargamento, que se vendió en £ 500 a los señores Julio Haas y José Fiol, que tenían un buzo como socio industrial. Las mercaderías resultaron muy averiadas, pero la maquinaria y rieles de ferrocarril que llevaba el Cordillera, dieron a los compradores una ganancia líquida de 20.000 pesos oro.

     En 1885, el transporte chileno Angamos tocó en una piedra desconocida hasta entonces, y apenas si se salvó, muy averiado, gracias a los socorros del vapor Malvina.

     Recientes son las pérdidas del vapor alemán Kambyses y del inglés Coro-Coro en el Cabo San Antonio, y de otro cuyo nombre no sé, en el canal de Smith, donde estaba trabajando actualmente el vapor Albatros, chileno.

     Por mucho que el balizamiento del Estrecho sea eficaz para la navegación durante el día no es suficiente para la navegación nocturna. Hace falta un sistema bien combinado de faros en vez de las pirámides y boyas.

     Toca también al Gobierno argentino el establecimiento de dos faros: uno en el Cabo Vírgenes, como ya he dicho, y otro en el Cabo Espíritu Santo, y ambos de bastante alcance. No darían quizás beneficio inmediato, pero lo procurarían considerable para los transportes que pasan por el Estrecho.


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